Capítulo 1 — Maggie #2
Debería llamar a Emily, pedirle que venga a por mí, volver a casa y despertarme mañana puntual y sobria en mi vida nueva.
—Es una idea horrible —digo.
—Puede ser —susurra, mirándome.
Y aun así nos levantamos y caminamos juntos hacia el ascensor.
El ascensor es estrecho y silencioso, y no nos tocamos en todo el trayecto hacia arriba, lo que lo hace peor, no mejor.
Noto el calor que irradia, la distancia que ninguno de los dos acorta, porque acortarla haría que el resto fuera inevitable.
Los números sobre la puerta van subiendo.
Mi corazón cuenta con ellos, más deprisa de lo debido.
Una voz en mi cabeza me dice que esto es un error terrible, y decido hacerle caso mañana.
Luego llegamos arriba, la puerta de su habitación se cierra a nuestra espalda y la distancia, de pronto, ya no existe.
Me besa como si los siete años y lo que pasó al final no contaran, y puede que, en este momento, no cuenten.
Sus manos se pierden en mi pelo, en mi nuca, en la cremallera de mi vestido.
Tiro de su camisa, de los botones, de todo lo que hay entre los dos. El vestido azul resbala de mis hombros y cae al suelo, y sus ojos se oscurecen al mirarme.
—Maggie. —Solo mi nombre, ronco y bajo.
—No hables —digo.
Asiente en silencio, me alza en brazos y yo le rodeo la cintura con las piernas, y me lleva a la cama sin apartar la boca de la mía.
Su piel quema bajo mis manos, es firme y familiar de una forma que no tiene sentido después de tanto tiempo.
Me tumba y me mira, un largo instante, y en esa mirada hay algo que me deja sin aliento más que cualquier cosa que hagan sus manos.
Luego se inclina sobre mí, y dejo de pensar y de agarrarme a nada que no sea a él.
Su boca encuentra mi cuello, el punto justo debajo de la oreja, el hueco sobre la clavícula, y noto cómo todo en mí se tensa y al mismo tiempo se afloja.
Acaricio su camisa, que sigue medio puesta, se la deslizo de los hombros y él se aparta de mí un segundo, solo el tiempo justo para quitársela del todo y dejarla caer junto a la cama.
Entonces su piel está pegada a la mía, caliente y firme, y mis dudas desaparecen por completo.
Su mano recorre mi espalda, encuentra el cierre de mi sujetador y lo desabrocha con una facilidad que no quiero cuestionar. Me lo desliza por los brazos y lo tira al suelo, y su mirada se oscurece al contemplarme desde arriba.
—Eres preciosa —dice, áspero—. Siempre lo has sido.
—Deja de hablar. —La voz me tiembla, y odio desearlo tanto, odio que mi cuerpo ya lo haya decidido todo mucho antes de que mi cabeza tuviera ocasión de opinar.
Sonríe. Luego se lleva un pezón a la boca, lo chupa hasta que me oigo gemir, un sonido que me resulta extraño y familiar a la vez. Su mano desciende, pasa por mi vientre, se cuela bajo el borde de mi braguita, y cuando sus dedos me encuentran, ya estoy húmeda para él.
—Tan mojada —murmura, y suena a medias reproche, a medias triunfo—. Dime qué quieres, Maggie.
—A ti. —Se me escapa antes de poder frenarlo—. Te quiero a ti.
Me quita la braguita de las caderas, de las piernas, la deja deslizarse hasta el suelo, y entonces estoy desnuda bajo él, completamente expuesta, y ya no queda nada detrás de lo que pueda esconderme.
Sus dedos me acarician, despacio, se abren paso en mi interior.
Me arqueo contra su mano porque es demasiado y insuficiente al mismo tiempo.
Busco su cinturón, impaciente, trasteo con la hebilla, el botón, la cremallera, y él me ayuda, se quita el pantalón y todo lo que lleva debajo hasta que él también se queda sin nada.
Su polla dura presiona contra mi muslo, rígida y ardiente, y cierro la mano a su alrededor, lo oigo aspirar aire con violencia.
—Si sigues haciendo eso —dice entre dientes—, termino en diez segundos y sería una pérdida.
—Entonces haz algo al respecto.
Se apoya sobre mí, separa mis rodillas, y lo siento en mi entrada. Por un instante se detiene, me mira, y en esa mirada hay una pregunta, aunque no la formule.
—Vamos —susurro.
Y entonces se abre paso en mí, despacio, hasta el fondo, y se me olvida cómo se respira. Me llena, me estira, y durante un momento ninguno de los dos se mueve, como si ambos tuviéramos que asumir primero que esto está pasando de verdad.
Luego empieza a moverse, y me olvido de todo lo demás.
Empuja despacio al principio, hondo y controlado, y yo alzo las caderas para encontrar cada una de sus embestidas, hasta que lo lento ya no nos basta a ninguno de los dos. Su mano se desliza bajo mi rodilla, me alza la pierna, cambia el ángulo, y el sonido que se me escapa ya no es mío.
—Así, exacto —gruñe en mi oído.
No puedo evitarlo. Gimo, clavo los dedos en su espalda, y él va más rápido, más duro, cada embestida una promesa que podría cumplir toda la noche. El calor se acumula muy hondo en mi vientre, se tensa más y más, y sé que no voy a aguantar mucho más.
—Aiden. —No consigo decir nada más que su nombre.
—Lo sé. —Su voz es áspera, rota—. Ven para mí. Suéltate.
Sus dedos encuentran el punto entre los dos, dibujan círculos, y eso es lo que me hace cruzar el límite.
Me quiebro bajo él, el orgasmo me recorre en oleadas que arrasan con todo: cada pensamiento, cada propósito, cada uno de esos siete años.
Noto cómo él se tensa, cómo su ritmo se rompe, y luego me sigue, con un sonido ronco contra mi cuello, descargándose muy adentro de mí.
Nos quedamos tendidos, inmóviles, sin aliento, su frente apoyada en mi sien, y por un momento no hay nada más que nuestra respiración y los golpes de mi corazón.
Luego el mundo vuelve. Y con él vuelve el pensamiento que he estado apartando todo el tiempo: Esto ha sido un error. El error más hermoso de mi vida.
Otra vez.
O quizá aún peor que entonces, cuando me dejó plantada antes del baile de graduación.
¿Qué demonios acabo de hacer?