Capítulo 18
L a luna llena brillaba sobre el círculo de piedras. Tomé a Valerie y a Elspeth de la mano. Estábamos junto a la piedra principal, la que se erguía sobre las demás, más desgastadas, algunas tendidas en el suelo.
Aún me costaba creer que estaba viva. Después de que Evelyn Champney se marchara, los tres habíamos contemplado horrorizados cómo se alejaba a toda velocidad en su Land Rover.
—¿Cómo lo supiste? —le había preguntado a Benedict.
—No lo sabía. Vi a mi madre marcharse con una escopeta y me preocupé por ella. No tenía ni idea.
Valerie informó a la policía del vehículo que conducía la condesa y la dirección que había tomado, pero Benedict dijo que iría tras su madre «antes de que cause más daño. Soy quien mejor puede encontrarla. Quizá aún confíe en mí».
Pensé en aquella mujer, tan trastornada que había matado a su propio marido.
—Por favor, ten cuidado.
Tomé el amuleto protector que Eve me había hecho y susurré un hechizo de protección para Benedict. Lo besé y se lo coloqué en la muñeca.
Me estrechó entre sus brazos y me besó. Luego subió a su coche y salió tras su madre.
Valerie me revisó de arriba abajo en busca de golpes y moretones. La aparté, medio riendo a pesar de todo. Era tan maternal .
Una vez que supe que ella también estaba bien, Valerie me recordó que esa noche habría un círculo mágico por la luna llena.
Y allí estábamos: Eve, Susan, Elspeth y Valerie.
Mis hermanas de aquelarre y mi madre biológica.
Aunque habían vuelto a amenazar mi vida, me sentía tranquila y llena de amor.
Los hilos de mi historia se estaban entrelazando, cada cabo suelto encontraba su conexión.
Estaba arraigada en mi lugar dentro de la historia de Broomewode, agradecida por el linaje que Valerie se había sacrificado para proteger.
Era sagrado y especial. Mi madre biológica era especial.
El cielo estaba despejado y la luna nos sonreía. El aire era dulce y limpio, y respiré hondo, una y otra y otra vez, mientras sentía que revivía con cada bocanada.
Eve y Susan dispusieron enormes velas color crema en un círculo dentro de las piedras. Esperaba que Elspeth las encendiera con sus poderes, pero esta vez Elspeth se mantuvo al margen y miró a Valerie con afecto.
—Querida, ¿por qué no haces tú los honores? —sugirió.
Valerie sonrió radiante.
—Con mucho gusto.
Hizo un movimiento circular con el dedo extendido, y las velas se encendieron una tras otra, como una hilera de delicadas luces de hadas.
Susan había traído incienso de sándalo y musgo de roble, y colocó una fina varilla en un soporte de madera.
Valerie también la encendió, y una voluta de humo dulce y terroso se elevó en el aire.
La atmósfera estaba cargada de electricidad.
Susan sacó los cristales que había usado en otros círculos mágicos, pero esta vez, en lugar de cuatro cristales de distintos tonos, había cinco. Se quedó con el rojo y pasó el verde a Eve, el translúcido con aspecto de perla a Elspeth, y los dos azules a Valerie y a mí.
—Fuego, aire, tierra y dos hermosas brujas de agua —dijo.
No podía creer que no me hubiera dado cuenta de que Valerie era una bruja de agua como yo. Todavía había tanto por descubrir. Pero al menos ahora estaba en el camino correcto.
Depositamos los cristales frente a nosotras; el círculo estaba completo.
—Hermanas —dijo Elspeth, mirándonos una a una—, nos hemos reunido hoy para dar la bienvenida a nuestra hermana errante Valerie y rendir homenaje a nuestro linaje.
Valerie sonrió, ruborizada de felicidad.
—No os imagináis lo maravilloso que es estar en casa y reunida con mi preciosa hija.
Las demás murmuraron en señal de acuerdo. Notaba que las lágrimas pugnaban por salir, pero intenté contenerlas.
—Poppy —dijo Elspeth—, creo que deberías dirigir el círculo de esta noche.
—¿Dirigir? ¡No tengo ni idea de cómo hacerlo!
—Solo tómame de la mano —dijo Valerie con dulzura—. Surgirá solo.
—Tu madre tiene razón —dijo Susan—. Todas sabemos que el poder siempre ha estado en ti; ahora debes aprender a conectar con él.
Tomé de la mano a Valerie y luego a Elspeth, y las demás hicieron lo mismo hasta que nuestros cuerpos formaron un eco de las piedras y las velas que parpadeaban en su interior.
Una suave onda de electricidad nació en las yemas de mis dedos, y luego oleadas de energía burbujeante recorrieron mis antebrazos hasta el pecho.
Era poderosa pero no abrumadora, una fuerza que me ayudaba a conectar con el aquelarre y con la energía que fluía por Broomewode.
Cerré los ojos lentamente. Recordé todas las veces que me había sentido nerviosa en la carpa de repostería y una voz dijo: Puedes hacerlo, Pops .
Gerry.
Se hizo un silencio absoluto. Ni el canto de los pájaros, ni el susurro de las hojas. Era como si hubiéramos entrado en otra esfera. Normalmente Elspeth comenzaba el círculo con su antiguo lenguaje de hechizos, pero esta vez todas me esperaban a mí. No sabía qué decir.
Esperaba sentirme nerviosa, pero en cambio me sentí elevada por el poder del círculo, y antes de darme cuenta de lo que sucedía, las palabras comenzaron a formarse en mi boca mientras mi lengua se deslizaba sobre las complicadas sílabas.
El cántico emergió de mí en un susurro. Las demás me siguieron, repitiendo como un eco las palabras que no sabía que me pertenecían, que nos pertenecían. Era una magia que nunca esperé.
El sonido era hipnótico: cinco mujeres en perfecto unísono, en perfecta sincronía.
Tras mis párpados cerrados, veía colores.
Marrones terrosos intensos, rojos óxido, taupe arenoso.
Todos se arremolinaban juntos. Luego apareció el azul, verdes profundos y conmovedores.
Cada elemento estaba presente. Tierra, viento, agua, fuego.
Todos nuestros colores se combinaban y fortalecían. Nos estábamos sincronizando.
Mi cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de asombro ante el poder que sentía ascender desde el suelo. Había alguien más aquí.
—Papá —musité, interrumpiendo el cántico y abriendo los ojos.
En el centro de nuestro círculo, allí estaba él: su contorno parpadeaba pero era nítido para mí.
Era alto y delgado, vestido con vaqueros azules, camisa blanca y pesadas botas marrones.
Ahora comprendí que era la ropa informal que llevaba cuando murió, cabalgando por los acantilados.
Pero no había tristeza en su expresión. Tenía el cabello castaño claro peinado hacia atrás, la piel bronceada y tersa, y nos sonreía radiante.
Se volvió hacia Valerie, que abrió los ojos en el instante en que él la miró.
—Mi amor —exclamó ella—. Estás aquí.
—Estoy aquí —respondió él—. Siempre he estado aquí. He velado por las dos en la medida de lo posible.
Sentí su frustración por no poder echarse en brazos del otro. Intenté contener mi propia emoción.
—No tienes idea de cuánto te he echado de menos —dijo Valerie, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Eres el amor de mi vida.
—Y tú el mío —respondió él—. Y nuestro amor perdura en nuestra hija.
Se volvió hacia mí. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no romper a llorar.
—Estoy muy orgulloso de ti, Poppy —dijo.
Su tono era tan sincero que no cabía duda de que lo decía de corazón—.
Tienes coraje y determinación, pero lo más importante es que tienes bondad, ecuanimidad y amor en el alma.
Eres la legítima sucesora de mi cargo, y sé que velarás por el pueblo de Broomewode y volverás a unir a nuestra comunidad.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Prometo que siempre daré lo mejor de mí.
Asintió y volvió a mirar a Valerie.
—Te quiero. Siempre.
Y con esas palabras, su silueta empezó a titilar con más intensidad. No quería que se fuera.
—¡ESPERAAAD! —Un grito tremendo rompió el momento.
Las mujeres se volvieron al unísono, y entonces vi a Gerry. Flotaba hacia nosotras a toda velocidad, con el pelo rojo y de punta que le brincaba alocadamente, y su camisa estampada de coches y camiones desentonaba con el bosque de hermosos árboles a su espalda.
—¡Llevadme con vosotros! —gritó—. Poppy ha resuelto el misterio de sus orígenes, ¿verdad? Quizá eso es lo que me ha estado reteniendo aquí. He estado atrapado en su búsqueda, pero ahora que ha terminado, ¿quizá yo también pueda acabar, o sea, pasar del todo al otro lado?
Me reí. No estaba tan segura de que Gerry fuera el detective fantasmal que él creía ser, pero había sido un buen compañero de pesquisas. Con un poco de suerte, la condesa ya estaría detenida y no habría más asesinatos terribles en el pueblo.
Mi padre asintió y le tendió la mano, que Gerry agarró con entusiasmo. Era una escena conmovedora. ¿Conseguiría Gerry por fin su final feliz?
Gerry se volvió hacia mí.
—Ahora que estás a salvo, ya no seré tu fantasma de la guarda, Pops. Voy a echarte de menos.
—Yo también te echaré de menos.
Mi padre dijo:
—Vas a estar bien. Pero siempre que me necesites, busca al halcón. Estará ahí fuera, surcando los cielos.
Una luz blanca apareció detrás de él y de Gerry.
—Está pasando —dijo Gerry maravillado—. Guauuu.
—Adiós, amigo mío, y gracias —dije—. Ahora descansarás en paz.
—Formar parte del Equipo Poppy fue lo que más orgullo me dio en la vida... bueno, en mi vida fantasmal.
Ay, Gerry, bribón hasta el final.
Me volví hacia mi padre. Me embargaban tantas emociones, pero respiré hondo y descubrí que las palabras más sencillas eran las adecuadas.
—Te quiero —dije.
—Y yo a ti —respondió, y se volvió hacia la luz.
Con la mano de Gerry en la suya, avanzó, y los dos fantasmas se fundieron en la luz blanca.
—Adiós —susurré—. Intentaré que te sientas orgulloso de mí.