Capítulo 17
L legué al piso de Eve invadida por emociones encontradas.
Ilusión. Inquietud. Esperanza. Preocupación.
Fastidio. ¿De verdad había sido necesario tanto secretismo en torno a mis orígenes?
¿Por qué parecía que todo el mundo conocía el secreto sobre mí menos yo?
Me sentía traicionada, una y otra vez. Fuera mi madre o no, era hora de que Valerie me diera información clara y directa, no más pistas misteriosas.
Me había mentido descaradamente cuando se hizo pasar por Joanna y dijo que Valerie vivía en Glasgow. ¡Glasgow! Se había acabado la farsa.
Pulsé el timbre y la voz de Valerie crepitó por el interfono, diciéndome que subiera.
Bien, primera buena señal: Katie no estaba. Valerie había cumplido su palabra: íbamos a estar a solas de verdad.
Subí las escaleras intentando controlar la respiración. La última vez que había visto a Valerie, estaba demasiado conmocionada para pensar con claridad. Ahora había tenido tiempo de pensar en lo que quería decir, en las preguntas que quería hacer.
Por favor, no me decepciones, mamá.
Valerie estaba de pie en el umbral. Llevaba vaqueros y una camisa azul claro con volantes en el cuello y las mangas. Tenía el pelo largo y oscuro suelto, la piel fresca y radiante.
—Katie está con Mitty —dijo, haciéndome un gesto para que entrara.
Me conmovió ver un tentempié dispuesto en la mesa junto al sofá.
Una cafetera con café solo, lo que parecía ser un bizcocho de limón (uno de mis favoritos), además de una selección de galletas de chocolate.
La luz de la tarde entraba a raudales por las ventanas de guillotina, y tenía que admitir que toda la escena resultaba acogedora y tentadora.
—Espero visitar a Mitty pronto también —continuó Valerie—. Antes lo conocía bien.
Una descarga me recorrió cuando Valerie se acercó.
—¿Café? ¿Bizcocho? —preguntó, señalando la mesa cuidadosamente preparada.
Asentí a ambas cosas y dejé que me sirviera. Cuando mordí el bizcocho, me sorprendió gratamente lo delicioso que estaba.
—Mmm —murmuré.
—Lo horneé yo —dijo Valerie con una sonrisa—. Heredaste de mí el amor por la repostería.
Vaya. Bueno, ahora sabía de dónde venían mi debilidad por los dulces y mi buena mano con la batidora.
—Todavía te recuerda —dije—. Mitty, quiero decir. Me llamó Valerie ayer mismo. No fue la primera vez.
Valerie se acurrucó en un lado del sofá y recogió los pies.
—¿De verdad?
—Sí. Y contó una historia asombrosa.
Me senté a su lado y, en lugar de hacerle todas las preguntas que me habían estado rondando la cabeza todo el día, me encontré contándole la historia completa: la insistencia de Mitty en que el vizconde había sido asesinado.
Mientras hablaba, los ojos amables de Valerie se llenaron de tristeza. Me detuve a mitad de frase.
—¿Estás bien? —pregunté, alargando la mano para posarla sobre su hombro.
Pero en cuanto nuestros cuerpos entraron en contacto, me invadió una tristeza tan abrumadora que retiré la mano.
—¿Qué pasó? —pregunté casi en un susurro.
Lágrimas silenciosas rodaron por el rostro de Valerie.
—Es verdad. Todo lo que dijo Mitty, todo es verdad.
Tragó saliva y se colocó el pelo detrás de las orejas.
Tenían la misma forma que las mías. Ya no nos tocábamos, pero el sufrimiento de Valerie fluía también hacia mí.
No podía evitarlo. Mis propios ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
Mitty había dicho la verdad todo el tiempo.
Y nadie le había hecho caso. Me sentí fatal.
—Tanto dolor —dije, llevándome la mano al pecho, donde el corazón me latía con fuerza—. Es como si se estuviera rompiendo, partiéndose en dos.
—Mi corazón sí se rompió —dijo Valerie, asintiendo—. Se rompió una y otra y otra vez. Pensé que nunca me recuperaría. Pero la idea de mantenerte a salvo me ayudó a seguir adelante.
Me quedé completamente inmóvil. Estaba a punto de descubrir algo tan doloroso que su peso resultaba casi insoportable.
Valerie se secó las lágrimas y me sostuvo la mirada.
—Poppy, la razón por la que tuve que entregarte fue porque tu vida también corría peligro. Tu vida y la mía estaban unidas por tu padre.
Tomé aire y contuve la respiración.
—¿Quién era mi padre?
Apenas podía articular las palabras con el nudo que tenía en la garganta. Creí que por fin lo sabía.
—Stephen Champney, el vizconde que asesinaron. Él era tu padre.
Solté el aire. El sonido de mi respiración pareció llenar la habitación.
No estaba conmocionada ni siquiera sorprendida.
En cierto nivel, lo había sospechado desde hacía tiempo, aunque nunca lo hubiera pensado de forma consciente.
Era algo que vivía en mí. Más que instinto.
Algo que llevaba grabado en los huesos. No tenía palabras para explicar cómo me sentía, así que asentí mirando a Valerie. A mi madre.
Tantas cosas empezaban a cobrar un sentido horrible.
—¿Fue el conde, como pensaba Mitty?
—Sí —dijo Valerie con gravedad; la consternación había reemplazado la tristeza grabada en su rostro solo un momento antes—. Robert Champney mató a su primo por el título, Poppy. Por eso tuve que huir. Nos habría matado a nosotras también si hubiera descubierto tu existencia.
Las lágrimas volvieron a brotar.
—La única forma de protegerte era entregarte. Conocía al panadero del pueblo y a su familia. Los Philpott eran gente buena y amable. Sabía que cuidarían bien de ti.
—Pero no pudieron quedarse conmigo. Me adoptaron. Unos estadounidenses.
Se secó las lágrimas.
—Era demasiado joven para entender eso. Solo sabía que tenía que salvarte la vida. Eras todo lo que me quedaba de él. De nuestros sueños de futuro. Ay, Poppy, lo siento muchísimo.
—Hiciste lo mejor que pudiste —dije, sintiendo de nuevo el dolor y la tristeza de aquella joven madre que tuvo que entregar a su hija.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—Sí. A mi padre lo asesinó su primo. Me entregaste para salvarme.
—Poppy, ¿por qué crees que Robert Champney nos habría asesinado a ti y a mí sin el menor remordimiento?
El hombre no me había caído bien, pero solo se me ocurría una razón.
—Porque era malvado.
—No estoy segura de que lo fuera. Codicioso, celoso de su primo, lleno de una ambición retorcida. Te habría matado porque te interponías en su camino. Tú eras la heredera legítima de Broomewode Hall. La hija del vizconde. Eras tú, y no su primo segundo, quien debería haberlo sucedido.
No tenía muy claras las leyes de sucesión en Inglaterra, pero dije:
—Yo era una niña y, además, ilegítima. ¿De verdad suponía una amenaza tan grande? Sin ánimo de ofender, pero ¿no tienen amantes todos los aristócratas británicos?
Valerie negó con la cabeza. Parecía escandalizada por mi comentario frívolo.
—No fue así. Estábamos profundamente enamorados.
La visión del lago volvió a mi mente. Valerie y el hombre que yo sabía que era mi padre, más jóvenes de lo que jamás me habían parecido, cogidos de la mano, paseando y riendo, tan obviamente enamorados que se me había ablandado el corazón.
Pero había alguien más. Alguien observando.
¿Quién era? ¿Acaso mi mala sensación sobre el bosque y las piñas se debía a que Robert Champney estaba allí? ¿Observando? ¿Tramando un asesinato?
Pero mientras yo divagaba por derroteros terribles, Valerie tenía la mente puesta en un pasado más agradable. Una expresión nostálgica apareció en sus cálidos ojos castaños.
—Cuando Stephen se enteró de tu existencia, se emocionó muchísimo.
Nos casamos discretamente en la iglesia del pueblo.
No se lo dijimos a nadie. Él quería estar legalmente casado antes de contárselo a sus padres, porque sabía que habría oposición.
Incluso hoy en día, a la mayoría de las familias de abolengo no les haría ninguna gracia que su hijo se casara con una criada de cocina.
Aun así, fue la noche más feliz de mi vida.
La más feliz, al menos, hasta que naciste tú unas semanas después.
—¿Quieres decir que estabas embarazada de mí y aun así no se lo contó a su familia? —Estaba segura de que mi padre era un hombre estupendo, pero ¿por qué no decírselo a su familia? ¿Se había avergonzado?
Me miró a los ojos.
—Tu padre quería complacer a todo el mundo.
Era su cualidad más encantadora y la más exasperante.
Iba a contarles a su madre y a su padre lo nuestro, pero quería estar casado primero para que no hubiera posibilidad de que lo impidieran.
Ellos eran mucho más estirados que él. Les preocupaba el qué dirán.
A él no le importaban las pompas y las ceremonias.
Tenía un corazón grande y puro. Pero no dejaba de aplazar el momento de contárselo.
Luego decidió que era mejor esperar a que nacieras.
¿Quién puede resistirse a un bebé? —Le tembló la voz de nuevo, pero se aclaró la garganta y continuó—: Pero nunca tuvo la oportunidad.
Lo mataron antes de que pudiera contárselo a sus padres. O a nadie.
—Lo siento muchísimo —Se me partía el corazón por mi madre, tan joven entonces, sola y embarazada, llorando a su marido en secreto.
—Todo el mundo dijo que había sido un accidente, pero yo tuve una visión.
Supe que había sido Robert Champney. Estaba sediento de poder.
Quería el título para él. Y sabía que no tardaría mucho en descubrir que yo estaba embarazada y que tú te interpondrías en su camino hacia el condado.
Huí. Te entregué para salvarte la vida. No podía permitir que ese hombre malvado me arrebatara las dos cosas más preciadas del mundo.
Robert Champney mató a mi padre. No podía creer cuántas veces había estado en la misma habitación que ese hombre. Me revolvía el estómago.