Batir y ganar (El gran show de repostería de las brujas 9) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—La condesa, creo que quizá se ha venido abajo desde la muerte del conde.

Es la única conclusión que tiene sentido.

No logro entender por qué imagina que yo tendría algo que ver con su muerte.

He trabajado para su familia la mayor parte de mi vida.

Haría cualquier cosa por ellos. Pero nadie cree que esa nota fuera para Derek.

Están convencidos de que estaba amenazando al conde.

Los ojos de Katie se llenaron de lágrimas de nuevo.

—Todo esto por una discusión sobre el precio de las salchichas.

Ojalá hubiera mantenido la calma con ese carnicero desagradable y aprovechado, y no me hubiera alterado tanto.

¿Cómo iba a saber que me metería en este lío?

No tienes ni idea de cuántas veces he maldecido mi mal genio.

Siempre he sido así, desde que era una cría.

Mi difunta madre solía decirme que algún día mi lengua desatada me metería en problemas. Cuánta razón tenía.

Le tembló la voz.

—Creen que maté al conde. Podría acabar en la cárcel.

—Pero tienes un buen abogado, y hay mucha gente que intenta descubrir la verdad.

Pensé que eso era diplomático. Yo era una de esas personas. Fuera cual fuera la verdad, quería encontrarla, pero si Katie había matado al conde, tendría que pagar por su crimen.

—Y ahora me entero de que el pobre Charles Radlier ha muerto.

Parecía que su mundo se estuviera derrumbando.

—Una tragedia tras otra.

—¿Lo conocías bien?

Por supuesto, Katie probablemente conocía de oídas al Maestro de la Caza aunque no lo conociera personalmente.

Katie asintió.

—Solo de las fiestas de su señoría. Nada más personal que eso. Eve me contó que encontraste su cuerpo. No podía hacerme a la idea. ¿Oíste ruidos allí abajo?

Me aferré a mi historia sobre tener buen oído, estar en el lugar correcto y que la puerta estuviera abierta.

—No puedo explicarlo —me oí decir—. Pero oí ruidos. O eso creí.

—Las ratas.

Katie asintió.

—Eve me contó lo malas que son allí abajo. Parece que ella también las oyó.

Uf. Menos mal que existía Eve.

—Exacto. Pero también tuve una corazonada.

—Tienes buenos instintos, Poppy —dijo Katie, un poco soñadora—. Captas las pistas más sutiles y no las sueltas. Es algo con lo que naciste.

Dejé la taza. ¿Qué estaba diciendo Katie?

—Mi pobre Benedict —continuó, dejando de lado lo que acababa de decir—. Debe de haber tenido una mañana horrible. A punto de enterrar a su padre y de repente, más asesinato, más trastorno. Sin funeral.

Mordió un muffin de arándanos.

Era terrible oír esas palabras de boca de Katie. En esencia, aunque yo no tenía la culpa del asesinato de Charles Radlier, había sido la causante de que el funeral de su padre se arruinara. De repente, se oyó un extraño ruido de arañazos, no muy diferente del que había fingido oír en el funeral.

—¿Qué es eso? —le pregunté a Katie—. ¿Algún tipo de roce?

Katie se rió entre dientes.

—¡Vaya, sí que tienes buen oído! Es Frankie.

¿El tiempo en prisión preventiva le había afectado la cabeza a Katie?

—¿Frankie?

Katie se levantó y desapareció en otra habitación.

—Te va a encantar —dijo desde dentro.

¿De verdad? ¿Qué estaba haciendo Katie?

Regresó haciéndose la interesante, con algo en brazos que sostenía con cuidado, como si fuera un bebé.

—Poppy, te presento a Frankie.

Katie sostenía un conejo. Un conejo gris de lo más adorable, con la nariz temblándole y el trasero peludo moviéndose entre las manos de Katie.

—Sabe Dios qué le dio a Eve por querer un conejo como mascota —dijo—, pero debo admitir que ya le he cogido bastante cariño.

Le acarició la suave cabecita, y Frankie se tranquilizó en sus brazos.

Por supuesto que Eve tenía un animal en casa: era su familiar.

—No se lo digas a Gateau —le susurré a Frankie—, pero creo que podrías ser la cosita más adorable que he visto en mucho tiempo.

Frankie movió la nariz, y Katie lo dejó en el suelo, donde se puso a explorar.

Katie se lavó las manos y luego trajo los muffins.

Acepté uno de limón y semillas de amapola y lo probé con actitud crítica, como había empezado a hacer con toda la repostería.

Incluso con la mía. Era un gaje del oficio.

No podía probar cada hornada que hacía, así que fue un alivio descubrir que los muffins estaban buenos.

No me había dado cuenta del hambre que tenía.

Se acercaba la hora del almuerzo, y estaba más que lista para comer.

Katie asintió. Estaba jugueteando con los dedos, entrelazándolos y rascándose las uñas con nerviosismo.

—¿Y mi Mitty? ¿Cómo está? Ha sido espantoso no poder verlo todos los días.

Tragué saliva. No quería decirle a Katie que Mitty se había comportado de forma extraña en el funeral.

Pero quizás ella pudiera ayudarme a separar los recuerdos confusos de la verdad.

Le conté que Mitty había estado confundido, mezclando la muerte de Robert Champney con la del anterior vizconde, Stephen Champney, su primo.

—Primo segundo —dijo ella.

Me pareció interesante que estos dos viejos sirvientes estuvieran tan empeñados en marcar esa distancia entre el hombre que debería haber sido el conde de Frome y el que heredó el título de rebote.

—Mitty estaba obsesionado con el día en que Stephen Champney cayó por el acantilado. Hablaba de cazadores furtivos y de que Robert Champney andaba por los terrenos asustando al caballo. Dijo, en voz muy alta, que no fue un accidente.

No le dije que la condesa se había puesto furiosa. Sin duda ella misma lo deduciría.

Katie bajó la vista hacia su té. ¿Estaba evitando mi mirada?

—¿Katie? ¿Mitty habla de eso contigo también? ¿Hay algo de verdad en sus divagaciones?

Katie carraspeó.

—Mitty dice muchas cosas. Su mente ya no es lo que era.

—Puede que su memoria no funcione de forma lineal, pero eso no significa que se esté inventando las cosas. ¿Estaba Robert Champney montando a caballo el día que murió el vizconde?

Frankie se acercó dando saltitos, buscando atención. Dejé el té y le acaricié las suaves orejas. Esperé, pero mi acompañante, normalmente tan parlanchina, no respondió a mi pregunta.

—¿Katie?

Pero un tintineo de llaves nos hizo volver la atención hacia la puerta. Alguien estaba abriendo la cerradura. Eve no podía haber salido ya de la posada, ¿verdad? Estaba a mitad de turno.

Katie se sonrojó y se levantó a medias cuando la puerta se abrió.

Y entró «Joanna». O la mujer que se me había presentado como Joanna.

No sé quién estaba más sorprendida, si yo al ver a Joanna entrar en casa de Eve o Joanna al encontrarme allí.

Durante un segundo, nadie dijo una palabra. Percibí que la mujer se planteaba darse la vuelta y marcharse, y estaba lista para detenerla con magia si era necesario. Luego pareció aceptar lo inevitable y entró del todo.

La miré a ella y luego a Katie.

—¿Qué está pasando aquí? —exigí, sintiendo cómo la ira crecía en mi interior.

Joanna me había dado largas durante una semana, ¿y ahora resulta que entraba en el apartamento de Eve como Pedro por su casa?

Silencio. Incluso Frankie se quedó quieto a medio camino de Joanna.

Joanna parecía muerta de miedo.

Finalmente, Katie habló.

—Es hora de que se lo cuentes, querida.