Capítulo 11
N o me marché ofendida como Gerry, pero estaba demasiado tensa para ver la competición. Necesitaba un descanso. Y un café.
De vuelta en la posada, todo estaba tranquilo.
Entré en el pub, muerta de ganas de tomarme un café y de hablar con Eve.
Quería contarle todo sobre mi cita de anoche a alguien que entendiera lo que significaba revelar mi secreto, pero antes de dar con Eve, vi al inspector Hembly y al sargento Lane sentados a una mesa con Trim, el reportero de Broomewode News.
Parecían enfrascados en una conversación, y dudaba que tuviera algo que ver con el concurso de repostería.
Y ahora, ¿cómo interrumpir sin parecer que estaba husmeando?
Quizás podría ofrecerme a traerles un café a todos, ya que yo también necesitaba uno. Me acerqué a su mesa, pero antes de que pudiera siquiera mencionarlo, Adam Lane me invitó a sentarme. Conocía mi juego.
—Estamos repasando las fotos de Trim de la cacería. Podrías sernos útil. Tú estuviste allí.
Esto era casi mejor que el café.
—¿Están intentando encontrar una conexión entre las muertes del conde y del maestro de la cacería?
El inspector Hembly dijo:
—Estamos barajando muchas posibilidades, pero resulta extraño que tanto el conde como Charles Radlier, el maestro de la cacería, hayan sido asesinados en menos de una semana y que dejaran al señor Radlier en la cripta familiar de los Champney.
Trim dijo:
—Hice un montón de fotos. Quizás algo de aquí sirva.
Hembly arqueó las cejas. Todos sabíamos que Trim era ambicioso y esperaba aprovechar su acceso a estos casos de asesinato para conseguir un puesto de más categoría.
Extendió las fotos sobre la mesa. Caballos al galope, rostros elegantes entre la multitud, detalles de los atuendos tradicionales: hebillas relucientes y sombreros elegantes. Familias siguiendo la cacería por las ondulantes colinas de Broomewode. Los sabuesos correteando con aire de importancia.
—Esperen —dije—. Echemos un vistazo más de cerca a esa.
Señalé una fotografía de un caballo. En primer plano, el caballo se dejaba acariciar el hocico por una niña pequeña, pero vi algo más.
—¿Ven ahí? ¿En el fondo? ¿No es ese Charles Radlier? No parece contento. ¿Quién está con él?
Trim sacó una lupa y estudió la foto.
—Son Charles Radlier y Harrison Zucker —respondió. Levantó la vista—. Bien visto, Poppy.
—En plena discusión. Miren sus caras enrojecidas —entrecerré los ojos—. Harrison tiene el puño cerrado.
Estaba eufórica con mi hallazgo. Después de que Gerry oyera que Radlier estaba endeudado, había querido encontrar la manera de poner a los detectives sobre la pista, por así decirlo, pero por supuesto no podía revelar la fuente, y no quería tener que fingir que había oído el cotilleo yo misma.
Mentirle a la policía (incluso mentiras piadosas de una bruja blanca) me parecía mala idea.
Hembly asintió.
—Me fijé en que el señor Zucker le prestó mucha atención a Evelyn Frome en el funeral de su marido.
Había estado tan pendiente de que Florence le prestara atención a lady Frome que no me había fijado en quién más le había ofrecido consuelo.
—Quizás deberíamos hacerle una visita, señor —sugirió Lane.
Me alegró que los detectives hubieran hecho la conexión por su cuenta.
—¿Eso significa que Katie ya no es sospechosa? —pregunté.
Hembly me pidió con firmeza pero educadamente que no me metiera en asuntos policiales.
Asentí, pero vamos, como si fuera a hacerle caso.
Se levantaron, le dieron las gracias a Trim por sus fotos y lo que Lane llamó mi «ojo avizor», y se marcharon en busca de Harrison Zucker. Naturalmente, lo encontrarían en Broomewode.
Estaba encantada de que la policía hubiera encontrado una nueva pista y de que Katie Donegal dejara de estar en el punto de mira.
Todavía teníamos algunos asuntos pendientes, ella y yo, y decidí que el café podía esperar.
Pasaría por casa de Eve a ver a la cocinera caída en desgracia de Broomewode.
Mis ganas de contarle todo a Eve sobre Benedict tendrían que esperar.
Eve dijo que Katie estaría encantada de tener compañía y me indicó cómo llegar a su piso. Nunca había estado en casa de Eve. Me explicó que era un pequeño apartamento de dos habitaciones encima de la floristería, en las afueras del pueblo de Broomewode.
—Tienes que pulsar el timbre dos veces con fuerza, cariño, si no, no funciona. Además, Katie no tiene el oído más fino del pueblo. Aunque se enfadaría conmigo por decirlo.
Me reí.
—A Katie le gusta pensar que siempre está al tanto de todo.
Eve me besó en las mejillas y me dijo que tuviera cuidado en el pueblo.
Me miró la muñeca buscando su amuleto y sonrió al encontrarlo brillando bajo los puños de mi camisa de lino azul.
Le pedí que le diera de comer a Gateau si se dignaba a salir de su siesta y cogí un paquetito de magdalenas sobrantes del desayuno para Katie.
De camino al otro lado del pueblo, mantuve la vista en el cielo azul sobre mí, con la esperanza de vislumbrar al halcón.
No lo habían visto desde la semana pasada, y no sabía si eso era buena o mala señal.
Por un lado, aparecía cuando el peligro estaba cerca.
Por otro, el pájaro tenía una conexión con mi padre biológico, y cuando lo veía surcar los cielos, sentía consuelo. Protección.
Aceleré el paso y recorrí las bonitas calles residenciales, admirando los jardines en flor y los céspedes bien recortados de las casitas.
Atravesé el parque del pueblo, alejándome de la hilera de tiendas que conocía tan bien.
Allí estaban la charcutería, la tetería, la carnicería, la verdulería y la tienda de antigüedades, cuyos escaparates siempre me tentaban.
Las calles estaban más concurridas de lo habitual: familias jóvenes que aprovechaban el pequeño parque, todos disfrutando del buen tiempo ahora que había pasado la lluvia.
Giré hacia la calle de Eve y enseguida vi el letrero de latón que se balanceaba sobre la floristería donde vivía.
«Angel's Blooms» decía en letras mayúsculas en negrita, con el contorno de una rosa tallado a un lado.
El escaparate era precioso: el rojo escarlata de las peonías, las fresias color mantequilla, los alliums morados, el follaje verde amontonado y rebosando de los cubos.
Los pájaros se posaban en el tejado y gorjeaban alegremente.
Me asomé por el cristal y vi a una mujer joven detrás del mostrador, con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja, tomando notas en un bloc.
Las rosas trepaban por la fachada del edificio.
A la izquierda de la tienda había otra puerta, y pulsé el timbre junto al nombre de Eve. Unos instantes después, el timbre cobró vida con un crepitar.
—¿Hola? —dijo una vocecita.
Normalmente Katie era bulliciosa, cálida y llena de energía. Me dolió oírla tan apagada. Le dije mi nombre, que traía pasteles, y Katie se animó de inmediato.
—Qué bien. Te abro, cariño.
La puerta no se movió. La empujé, pero seguía sin ceder.
—Entra, entra —insistía la voz de Katie.
Me reí.
—Lo intento, créeme.
Katie murmuró algo sobre la tecnología moderna, y el timbre emitió un pitido agudo de protesta. Bendita fuera Katie. No era capaz de manejar un interfono, ¿cómo iba a pensar la policía que podía planear y ejecutar el asesinato de su acaudalado señor?
—Ahora solo tengo que pulsar este chisme con ese chisme... Ajá.
La puerta cedió y entré en un pasillo en penumbra, con moqueta malva, y subí las escaleras.
Katie me esperaba arriba. A diferencia de cuando me presenté sin avisar en su casa para ver a Mitty, estaba contenta de verme.
Sin su uniforme de Broomewode Hall, iba vestida de manera informal con pantalones mostaza y una camisa blanca, el pelo gris recién lavado y aún húmedo.
Sin embargo, sus mejillas no tenían el brillo rosado habitual, y sus ojos marrones estaban cargados de una profunda tristeza.
Conmovida por su reciente calvario, atraje a Katie hacia mí y la abracé con fuerza.
—Me alegro mucho de que te hayan soltado —le dije al oído.
Katie parecía no poder creer lo que le estaba pasando.
Me dio las gracias y me hizo pasar al piso de Eve.
Era acogedor, como sabía que sería, pero con muebles y acabados modernos y un salón de planta abierta.
Un gran sofá gris dominaba el espacio, y una mesita de centro de cristal estaba repleta de libros.
Las paredes estaban pintadas de verde salvia, y todo el lugar estaba lleno de plantas en macetas.
Quiero decir, por todas partes. De todas las formas y tamaños, agrupadas con orgullo en las esquinas, otras colgando de ganchos y descendiendo por las paredes como cascadas verdes.
Supuse que Eve debía de tener buena relación con la tienda de abajo y se había dejado llevar.
Me encantó. Todo el lugar parecía un pedazo de naturaleza bajo techo.
Katie me dijo que me sentara mientras preparaba el té, y elegí una de las dos mecedoras enfrentadas junto a la ventana.
La luz entraba a raudales por las ventanas de guillotina.
Aquí arriba reinaba la paz, exactamente el tipo de lugar al que Eve necesitaría volver después de un largo turno en la posada.
Katie trajinó en la cocina, dispuso los muffins que había traído en un plato y luego vino a sentarse conmigo.
—Este también es mi sitio favorito —dijo, y me entregó una taza con su platillo.
—Verbena —dijo Katie—. Eve no parece creer en el té normal. Tiene tantas infusiones ahí dentro. No te creerías la variedad. Esta es su favorita.
Le di las gracias y tomé un sorbo del líquido caliente. Olía y sabía a bálsamo, reconfortante. Entendía por qué le gustaba a Eve.
—Siento haberme perdido el funeral de ayer —dijo Katie de repente—. Quería estar allí con todo mi ser, para presentar mis respetos al conde.
Negó con la cabeza.