Batir y ganar (El gran show de repostería de las brujas 9) Capítulo 10 #2
55%

Capítulo 10 #2

—Son las yemas. Vienen de la granja local del pueblo de Broomewode y son los mejores huevos que he usado en mi vida. Cremosos, ricos y deliciosos —dijo, llevándose los dedos a los labios con un beso de chef.

Bueno, al menos Florence tuvo la decencia de reconocer el mérito de la granja de Susan por los huevos. Eché un vistazo al puesto de Hamish para ver si estaba escuchando la perorata de Florence, pero tenía la cabeza gacha, concentrado.

Pero Florence aún no había terminado con las cámaras. Mientras la batidora hacía su trabajo, centró toda su atención en Elspeth y le explicó su técnica con la manga pastelera.

—Aprendí pronto que no hay que apretar demasiado la manga al usarla —dijo—. La masa es bastante líquida, así que si aprietas mucho, no consigues la forma delicada que busco. Una vez horneados, tienen que quedar lisos por arriba pero también crujientes.

Florence esbozó su encantadora sonrisa y Elspeth le deseó buena suerte.

Argh. Era difícil verla tan encantadora. Pero, para mi horror, alguien más estaba tan frustrado como yo y, por lo visto, a punto de desquitarse de la única manera que conocía. Gerry se dirigía flotando hacia el puesto de Florence con una mirada decidida en aquel rostro pálido y fantasmal.

Di un paso adelante y contuve la respiración.

Ya le había advertido a Gerry que no se metiera hoy.

¿Cómo podía hacerle entender que tenía que largarse?

¿Esfumarse? ¿Pirarse? Intenté captar su atención mirándolo fijamente, pero si notaba mis malas vibraciones, desde luego no lo demostraba.

Observé, cada vez más frustrada, cómo empezaba a usar sus poderes paranormales para levantar la manga pastelera de Florence.

¿Iba a intentar interferir? Seguro que no.

Pero sí. La manga empezó a deslizarse, desesperantemente despacio, por la encimera hacia el suelo.

Argh, Gerry era insoportable. ¿Se había dejado la capacidad de escuchar en el mundo de los vivos cuando lo electrocutaron?

Era poco ético interferir en el programa.

¡Inconcebible! No podía permitir que pasara.

Pero la única alternativa era usar mis propios poderes.

No contaba como usarlos en mi propio beneficio si lo que hacía era detener el sabotaje que estaban a punto de cometer contra alguien a quien vería perder la competición encantada, ¿verdad?

Cerré los ojos y me concentré en la manga pastelera.

En mi imaginación, podía ver toda la encimera con claridad.

Los ingredientes cuidadosamente dispuestos, el bol, la batidora.

Reuniendo todas mis fuerzas, empecé a concentrarme en alejar la manga del borde.

La energía inundó mi cuerpo y noté que empezaba a ruborizarme.

Concéntrate, Pops, concéntrate. Abrí los ojos.

¡Estaba funcionando! La manga pastelera había dejado de moverse, a centímetros del borde.

Florence, que había estado ocupada cortando hojas de papel de horno, se dio la vuelta y se encontró su preciosa manga llena de masa peligrosamente cerca del borde.

Frunció el ceño, y pude ver que se preguntaba cómo había sido tan torpe de dejarla en una posición tan precaria.

Si Gerry hubiera podido ponerse rojo, lo habría hecho en ese momento.

Apartó la atención de Florence y buscó entre la multitud.

Nuestras miradas se cruzaron y negué con la cabeza, furiosa.

Florence siguió con su plan y Hamish con el suyo. Las cámaras seguían cada uno de sus movimientos, empeñadas en grabar cada instante.

Gerry flotó hacia mí.

—¿Cómo has podido? —dijo con voz de niño pequeño.

Por supuesto, no podía responder. Estábamos en medio de una multitud con innumerables cámaras a pocos metros.

Gerry aprovechó la oportunidad para echarme la bronca sin que yo pudiera replicar.

No me quedó más remedio que escuchar mientras intentaba justificar sus acciones: que un poco de masa derramada no era el fin del mundo, pero sí suficiente para ralentizar a Florence.

Pero por mucho que razonara, no iba a convencerme de que sus acciones estaban justificadas. Sentía la sangre hervir. Quería decirle a Gerry que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Teníamos la obligación de ser justos y ecuánimes. No podíamos meternos con la gente por capricho.

Me alejé de la multitud y le hice un gesto a Gerry para que me siguiera.

En cuanto nadie podía oírnos, le canté las cuarenta. Para ser justa con Gerry, ni siquiera intentó interrumpirme mientras me iba calentando, sermoneándolo con ecos de las sabias palabras que Elspeth me había dicho una vez.

En cuanto hice una pausa para respirar, Gerry abrió la boca.

—Sí, sí, te entiendo, Pops, pero tienes que relajarte. Era broma. Tampoco es que haya intentado echarle sal en vez de azúcar al bol.

Dejé de pasearme por la rosaleda y miré fijamente a Gerry.

—Dime que estás de broma y que no hiciste eso.

Gerry se entretuvo acercándose una rosa amarilla a la nariz para olerla. No sé para qué: los fantasmas no tienen sentido del olfato ni del gusto.

—¿Gerry?

Levantó la vista con una sonrisa traviesa.

—No, no lo hice. Pero lo estaba considerando muy en serio hasta que te metiste por medio.

Le habría dado una bofetada, pero ¿de qué servía? Sería como meter la mano en una nevera y él se reiría de mí.

—Últimamente estás hecha una maestra severa. Si no podemos divertirnos un poco, ¿qué sentido tiene todo esto?

—Gerry, no has escuchado ni una palabra de lo que te he dicho —respiré hondo e intenté calmarme—. Prométeme que no volverás a interferir.

—Pero es que me aburro mucho.

—Aquí no valen peros.

Adopté pose de maestra severa, con las manos en las caderas y mirándolo fijamente.

—Vale, lo prometo —murmuró Gerry—. Pero que sepas que no me caes nada bien ahora mismo, Poppy Wilkinson.

—Igualmente —respondí.

Para mi sorpresa, Gerry se largó ofendido hacia la posada sin siquiera despedirse. Bueno, al menos no iba a volver a la carpa. Había logrado evitar el desastre, al menos por ahora.

Sabía que estaba frustrado porque no conseguía cruzar al otro lado. Estaba atrapado aquí en Broomewode, y eso hacía que se comportara de forma impulsiva. Ojalá pudiera ayudarlo a pasar página. Una tarea más para una lista abrumadora que ya incluía resolver un asesinato.

Sí, Charles Radlier no significaba nada para mí, pero Benedict estaba metido en el asunto, y si podía hacer algo para facilitarle la vida, lo haría.