Capítulo 5
C uando Philly me llamó, agradecí poder excusarme de la mesa.
Florence me había puesto nerviosa. Gerry seguía merodeando cuando volví a la barra, así que le susurré que espiara por mí.
—Averigua qué están especulando los aldeanos.
—Hizo un saludo militar, también contento de tener algo que hacer.
Tenía que admitir que a veces era agradable tener a Gerry cerca. Y útil.
Antes de alejarse flotando, dijo, mirando a la engreída Florence y al deprimido Hamish: —Ojalá pudiera llegar hasta Broomewode Hall. Me encantaría colarme en esas reuniones suyas. Seguro que está mintiendo. Ya sé yo dónde le metería sus Huevos Benedict.
Agradecí el apoyo. Puede que acabara horneando la tarta de boda de Benedict y Florence algún día, pero al menos siempre tendría a Gerry.
Me acerqué a Philly, y me mostró dónde guardaban los dosificadores para servir vino por copas.
—Han empezado a beber temprano —dijo en tono confidencial—.
Buenas noticias para nosotras, malas para sus resacas de mañana.
—Esbozó una sonrisa—. Los tickets de bebidas salen aquí.
—Señaló una pequeña máquina negra junto a la cafetera—. Llevan el pedido y el número de mesa.
Asentí, intentando asimilarlo todo. Eve estaba ocupada en la barra, pero me lanzó una sonrisa de ánimo.
Cogí el primer ticket de la máquina. —Dos copas medianas de Chablis —leí en voz alta—. Vale, puedo hacerlo.
Saqué las copas de vino blanco del estante de arriba y busqué el Chablis en la nevera.
Mientras servía, recorrí la sala con la mirada buscando la mesa correcta.
Vaya suerte la mía. Era una mesa de londinenses pijos, amigos del conde y la condesa que había visto en el funeral.
Respiré hondo. Todos los presentes habían presenciado mi arrebato, habían oído mis gritos de que había alguien en la cripta.
Ahora iba a tener que enfrentarme a esos desconocidos que ya se habían formado una opinión sobre mí —sin duda muy negativa— y sonreír educadamente.
Me acerqué a la mesa despacio, deseando pillar algo de la conversación.
—Problemas de dinero. Eso es lo que he oído —decía alguien.
—Graves problemas de gestión financiera —dijo otra voz.
Ambas voces eran de hombres, y entonces me di cuenta de que había mucha gente de la cacería de la semana pasada. ¿Se habría metido Charles Radlier en problemas financieros y necesitaba pedir dinero prestado? ¿Habría aceptado una oferta de quien no debía?
Llegué a la mesa e intenté sonreír a la pareja que tenía delante. Llevaban trajes caros, el de ella de seda azul tinta, el de él negro azabache, y ambos iban arreglados hasta el último detalle. Los dos tecleaban frenéticamente en sus móviles.
—¿Dos copas de Chablis? —pregunté, rogando que no me preguntaran por mi arrebato en el funeral.
Pero no tenía por qué haberme preocupado. La pareja ni siquiera levantó la vista de sus teléfonos.
—Así es —dijo la mujer, todavía mirando fijamente su pantalla—. Muchas gracias.
Dejé las bebidas, sin saber si agradecer el anonimato que me proporcionaba su grosería o sentirme ofendida. Volví a la barra y ayudé a Eve a preparar unos cafés.
—Nunca lo había visto así —admitió Eve—. Es como una fiesta de Nochevieja, excepto que todos van vestidos de negro.
—No son muy solemnes, ¿verdad?
—El conde no era precisamente popular. Y a la gente de por aquí no le hace falta mucho para engancharse al último cotilleo. Es lo típico del pueblo.
No podía llevarle la contraria a Eve, aunque me sentía ferozmente protectora con Broomewode.
En lugar de darle vueltas, seguí su ejemplo, y antes de darme cuenta, ya le había pillado el tranquillo al trabajo de sala.
Llegó un pedido grande de brandis, y estaba segura de que era de un grupo de la cacería.
Me ofrecí a llevarlo, deseando cotillear su conversación.
Con cuidado, llevé la bandeja de coñac caro siguiendo el mapa de mesas de Philly hasta un grupo de hombres en la esquina. A diferencia del resto de la sala, su actitud era más seria.
—El mausoleo era el lugar perfecto para esconder el cuerpo donde nunca lo encontrarían —dijo uno de ellos.
—Si no llega a ser por esa chica, quienquiera que fuese se habría salido con la suya.
—¿Cómo lo supo? —intervino otro hombre.
Bajé la cabeza, esperando pasar desapercibida como antes.
Si no hubiera sido bruja, el cuerpo habría seguido donde estaba y el pobre fantasma de Charles habría quedado atrapado.
Sabía que había hecho algo bueno, pero no podía admitirlo.
Dejé las bebidas delante de los hombres y me alejé deprisa sin siquiera un «aquí tienen».
No iba a arriesgarme a que me reconocieran por querer ser educada.
Esperaba que la explicación que le había dado a Ruta aguantara.
Alguien iba a ponerme en un aprieto pronto.
De vuelta a la barra, el sargento Lane me llamó la atención y me hizo señas para que me acercara.
Ni siquiera me había fijado en que estaba allí.
Lane estaba solo, escribiendo en su libreta.
Supuse que andaba en lo mismo que yo: escuchando lo que decía la gente cuando creía que nadie la oía.
Con eso se podría llenar un libro entero. Un bestseller jugoso, además.
Le pregunté qué tal, y Lane respondió con una sonrisa que le marcó los hoyuelos. —Estoy bien, pero me sabe mal que tengas que volver al trabajo tan pronto después de lo de esta mañana.
—Podría decir lo mismo de ti.
Se rio. —Nunca estoy realmente fuera de servicio.
Yo tampoco, aunque no podía explicar por qué. No es que pudiera apagar mis sentidos de bruja. Me sentía constantemente en alerta máxima.
Le expliqué que me estaba acostumbrando a las sorpresas desagradables. —Ya he oído especular que Charles Radlier tenía problemas de dinero.
—Parece que tu oído está rindiendo dividendos detectivescos hoy, si me perdonas el chiste financiero.
Me reí. —Estás perdonado.
—Pero en serio, Poppy. Tengo que preguntarte: ¿cómo supiste que el hombre muerto estaba ahí abajo?
—Lane me miraba con ojos francos y cálidos.
No era una acusación, más bien curiosidad.
Y desde luego no podía culparlo por eso.
Yo también quería saber por qué mi oído se había vuelto tan agudo de repente.
—Creí oír un ruido —dije, sabiendo que sonaba poco convincente. Le conté lo mismo de la puerta abierta que a Ruta, pero no pareció tragárselo tan fácilmente.
Eve pasó junto a nuestra mesa con una bandeja llena de vasos vacíos y pilló el final de nuestra conversación.
—Son las ratas de ahí abajo. Yo también oí algo. Son horribles, descomunales.
Respiré aliviada. Qué agradecida estaba a Eve por fingir que ella también había oído algo. Ratas. Buena esa.
—No se lo digas al inspector Hembly. Le aterrorizan las ratas.
Me reí al imaginar a Hembly subiéndose a una de las bóvedas para escapar de una rata.
—Hablemos más tarde —dijo, y acompañé a Eve de vuelta a la barra.
—Muchas gracias —dije cuando ya no podían oírnos—. Me has salvado el pellejo.
—Es un buen tipo —dijo Eve—, y tiene buenas intenciones. Pero lo último que necesita el aquelarre es llamar la atención de la policía.
Por tercera vez ese día, la vergüenza me invadió. No solo mi arrebato había arruinado el funeral del padre de Benedict, sino que también había puesto en riesgo a mis hermanas. A veces ser bruja era una carga muy pesada. No estaba segura de que las ventajas compensaran.
Eve me puso una mano fría en el brazo.
—Deja de machacarte, Pops. Hiciste lo correcto. Alguien asesinó a ese pobre hombre y se habría salido con la suya si no llega a ser por ti. Siéntete orgullosa de tus poderes. Yo lo estoy.
—Vas a hacerme llorar —dije, intentando sonar bromista, pero en realidad estaba abrumada por la emoción. Había pasado demasiado en muy poco tiempo. Sentía que todo se me escapaba de las manos.
—Bah, tonterías. Estás hecha de otra pasta. Venga, ¿puedes llevar estos sándwiches a Mitty y Edward?
Cogí los platos, agradecida por tener una excusa para hablar con Mitty otra vez.
Lamentaba mucho que Katie Donegal tuviera que mantenerse al margen, pero ahora por fin podía hablar con Mitty como era debido.
Aunque su mente estuviera algo débil, estaba segura de que podría recordar algo sobre mis padres biológicos...
solo necesitaba encontrar las preguntas adecuadas, dar con la secuencia correcta de palabras.
Cuando llegué a la mesa, Mitty y Edward estaban enfrascados en una conversación; el tono de Mitty era insistente y cada vez más alto. Levantó la vista cuando dejé los sándwiches.
—Valerie lo recordará —dijo, mirándome fijamente.
Tragué saliva con incomodidad y no pude contener la decepción. La mente de Mitty no estaba mejorando.
—Esta es Poppy —dijo Lauren—. Te acuerdas de Poppy.
Lauren me sonrió y se recogió el pelo rubio en una coleta, preparándose para atacar el gigantesco sándwich de pollo asado que le había llevado.
Pero Mitty no le hizo caso a Lauren. Siguió a lo suyo, insistiendo en que Valerie entendería de qué estaba hablando. Me miró suplicante.
—Estaba cerca cuando el vizconde salió a montar ese día. Oí el disparo. Era un rifle. Reconozco ese sonido en cualquier parte. Asustó al caballo y lanzó a Stephen Champney por el borde del acantilado. No fue un accidente. Alguien disparó esa arma a propósito.
Se detuvo y agachó la cabeza, hablándole al tablero de la mesa.
—Nunca dije nada. Debería haberlo hecho. Tenía miedo de perder el trabajo. Tenía una familia que mantener, y además, el joven lord estaba muerto y era imposible probar lo que había oído. No sabía a quién acudir. Tú también lo sabías. Lo siento, Valerie.
—Tranquilo, amigo —dijo Edward con suavidad—. Todo eso quedó en el pasado. ¿Y recuerdas lo que te dijimos antes? A quien hemos intentado enterrar hoy es a Robert Champney. Ese es el funeral al que hemos asistido. El primo del vizconde.