Batir y ganar (El gran show de repostería de las brujas 9) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Pero yo no fui —dije, retrocediendo alarmada.

—Saquemos a Poppy a que le dé el aire y tome un café caliente. Tenemos que suspender el funeral del conde y acordonar la cripta como escena del crimen.

—Sí, señor. Daré el aviso en cuanto estemos arriba.

—Vuelve a visitarnos, querida. No recibimos muchas visitas —dijo Elizabeth.

Le sonreí, aunque dudaba mucho que fuera a bajar a hacer de cuarta para el whist.

Mientras volvía hacia la escalera, una extraña sensación se apoderó de mí y mi temperatura corporal cambió.

No sabría decir si sentía más calor o más frío.

Era más bien como si la sangre me fluyera de otra manera, con un hormigueo en la piel.

Seguí la sensación y me encontré ante otra bóveda.

Esta ocupaba una posición más prominente, y el ataúd tenía elaborados ribetes de latón en los bordes y un acabado de nogal brillante.

Entrecerré los ojos para leer el nombre en la penumbra.

Stephen Champney. El primo de Robert, que se había matado en un terrible accidente a caballo.

Pasé los dedos por la inscripción y me invadió una profunda tristeza.

Tenía mi edad cuando murió. Las palabras de Mitty resonaron en mi cabeza.

Parecía tan convencido de que la muerte del vizconde no había sido un accidente.

Pero ¿por qué? Sacudí la cabeza. Qué triste morir tan joven. Qué diferente podría ser ahora el pueblo de Broomewode si él hubiera vivido y Robert Champney nunca hubiera heredado el condado.

Elizabeth flotó hasta donde yo estaba, con la mano sobre el ataúd.

—Es un joven agradable. Te caería bien. Aunque es un poco reservado. Va a lo suyo.

—Se cree mejor que nosotros —anunció el militar.

—Tonterías, Cyril. Es tímido.

Me habría gustado conocer a Stephen Champney y preguntarle por el pasado, pero parecía estar en otra parte.

Cuando salí de nuevo y me encontré entre el grupo de dolientes, casi me di media vuelta para bajar otra vez.

Hablar con los muertos tenía sus inconvenientes, pero nunca me había sentido tan horrorizada por mi «don».

Por mi culpa, el funeral del conde tendría que posponerse, y muchos dolientes me mirarían preguntándose cómo había sabido que había un hombre asesinado en la cripta.

Esperaba no ser la siguiente en necesitar un buen abogado.

Ya en la superficie, nadie parecía saber qué hacer.

El vicario permanecía junto al ataúd como si quisiera protegerlo de la vergüenza.

Evelyn Champney me miró como si yo sola hubiera arruinado el funeral de su marido, el conde.

Lo cual, pensándolo bien, era cierto. El frío cortante de su mirada prometía que jamás me perdonaría.

Aparté la vista enseguida. Benedict no parecía enfadado conmigo, pero tampoco estaba contento.

Casi deseé haberme quedado callada. Pero entonces pensé en la familia de Charles Radlier, que estaría preguntándose qué le había pasado.

Como alguien cuya vida había estado marcada por el misterio, sabía lo dañino que podía ser no saber qué les había ocurrido a las personas que amabas.

El inspector Hembly explicó que el funeral tendría que suspenderse, puesto que el mausoleo se había convertido en escenario de un crimen.

Tenía un aire autoritario, pero aun así un hombre se adelantó y se puso a discutir.

No sabía quién era, pero desprendía autoridad.

El inspector Hembly lo apartó y hablaron en voz baja; después el hombre volvió e intercambió unas palabras discretas con Benedict y luego con Evelyn Champney.

La condesa rompió a llorar y se me encendieron las mejillas.

Ardía de vergüenza. Aquella gente había venido a dar el último adiós, y yo había interrumpido el funeral. Y todos lo sabían.

Florence estrechó a la condesa contra su pecho y empezó a susurrarle al oído. Agradecía que mi antigua rival de repostería estuviera allí para consolar a su nueva socia, pero qué típico de Florence colocarse en el centro del drama. No era precisamente de las que dan mimos.

Pero no era Florence quien me preocupaba.

Me abrí paso entre la multitud, desesperada por encontrar a Benedict y explicarle lo sucedido como buenamente pudiera.

No soportaba la idea de que me culpara de haber saboteado el funeral de su padre.

Por fin divisé a Benedict a la derecha del mausoleo, enfrascado en una conversación seria con el vicario.

Al acercarme, alcancé a oír el final: estaban acordando que los de la funeraria se llevaran al conde.

Benedict me lanzó una mirada de soslayo y apartó la vista.

¿Qué había hecho?

Pero justo entonces oí una voz:

—No te preocupes, niña. Hiciste lo correcto.

Me sobresalté, convencida de que aquella voz era de mi padre.

O del fantasma de mi padre. ¿De dónde había salido?

Me di la vuelta buscando otro fantasma, este mucho más querido.

Pero no había nadie. Nada. Por segunda vez aquel día, alguien de mi pasado había aparecido de repente para desvanecerse acto seguido.