Capítulo 1 #2
Entre la élite se mezclaban los lugareños.
Quizá no iban tan elegantes, pero llevaban su mejor ropa oscura.
Reconocí al carnicero que llevaba años peleado con Katie.
Allí estaba Eve, que solía atender la barra del pub, junto a Susan Bentley, la granjera.
Mis hermanas brujas parecían tristes. Gateau divisó un rincón acogedor junto a los escalones de la iglesia y se removió en mis brazos hasta que la dejé en el suelo.
Salió disparada a resguardarse de la lluvia.
Al menos estaría cerca durante el servicio.
Sentí un gran alivio al divisar a Jonathon Pine y Elspeth Peach bajo un enorme paraguas con el logo de The Great British Baking Contest . No hablaban; ambos parecían absortos en sus pensamientos. Me dirigí hacia ellos.
Elspeth me vio y sonrió con tristeza.
—Poppy, querida —dijo suavemente, y abrió los brazos para abrazarme.
Noté la ligera descarga eléctrica que siempre experimentaba cuando Elspeth me tocaba.
Ella y Jonathon eran brujos (aunque, obviamente, poca gente lo sabía) y también mis mentores.
Me besó en ambas mejillas e inhalé su perfume de rosas empolvadas.
Elspeth lucía maravillosa como siempre, con un sencillo traje pantalón negro y un collar de perlas, el cabello blanco recogido en un elegante moño en la nuca.
Jonathon me tomó las manos. Nunca lo había visto tan formal: en lugar de sus característicos vaqueros índigo, llevaba un traje gris marengo y camisa negra. Se apartó y me miró con expresión inquisitiva.
—Me alegro de que no estemos aquí por tu funeral. Cuando Katie lanzó ese tractor contra la tetería, no podía saber que estabas dentro.
—Si es que fue Katie —dije—. Sigue proclamándose inocente, y pasarán meses antes de que la juzguen.
—Las pruebas son contundentes —me recordó—.
El conde planeaba despedirla. Puede que ya lo hubiera hecho, vete tú a saber.
Después de treinta años de servicio a la familia.
Perdió la cabeza. Quizá solo temporalmente, pero estrelló ese tractor contra la tetería solo porque Robert Champney era el propietario.
Y después, cuando el conde disfrutaba de su momento de gloria en su propia cacería, tendió un cordel de cocina en su camino y lo derribó del caballo.
Puede que no tuviera intención de matarlo, pero se golpeó la cabeza contra una piedra, pobre desgraciado.
De pronto, el sonido de las gaitas resonó en el aire. Me volví y vi a un gaitero solitario junto al mausoleo tocando «Abide With Me», un himno lleno de melancolía. Dejamos de charlar y nos dirigimos a la puerta de la iglesia.
La condesa de Frome —o supuse vagamente que ya sería la condesa viuda, ahora que el conde había muerto— y Benedict aguardaban solemnemente junto al vicario cerca de la entrada de la iglesia.
Las puertas estaban abiertas de par en par, y podía ver hasta el frente, donde un reluciente ataúd de madera contenía los restos del conde.
Enormes cirios a cada lado del féretro añadían solemnidad.
Benedict estaba pálido con su traje negro. Probablemente no había dormido bien en toda la semana. Deseaba poder consolarlo.
Estábamos en la entrada, a punto de entrar en la iglesia, cuando la llegada de una limusina alargada interrumpió el momento.
—Dios mío —murmuró Elspeth—, alguien ha decidido llegar con estilo.
Ella era tan famosa como cualquiera en Inglaterra y había llegado discretamente, lo que demostraba mucha más clase que quienquiera que estuviese haciendo semejante entrada.
Todos los que estábamos listos para entrar nos inclinamos visiblemente hacia adelante, intentando vislumbrar qué celebridad estaba a punto de salir de la limusina de cristales tintados.
El conductor salió y corrió a abrir la puerta, paraguas negro en mano. Emergió una pierna larga, enfundada en una media con costura y rematada por un reluciente stiletto negro.
Se oyó una exclamación contenida. ¿De quién era aquella pierna espectacular? ¿Una estrella de cine de Los Ángeles? ¿Una princesa europea? ¿Acaso un miembro de la familia real?
El resto de la mujer emergió con elegancia, y cuando se irguió en toda su estatura, no podía creer lo que veía.
Vestida como si fuera hija de Sophia Loren y Jackie Kennedy, llevaba enormes gafas de sol, un vestido negro de una elegancia arrebatadora y un pañuelo de gasa atado con gracia sobre una melena de rizos castaños en cascada.
Incluso con las gafas de sol y el pañuelo, reconocería esa cabellera en cualquier lugar.
—No me lo puedo creer —dije—. Es Florence.
Elspeth se volvió hacia mí con un brillo divertido en los ojos.
—Dios mío, vaya entrada.
—Ya lo creo —asintió Jonathon—. Pero ¿a qué viene tanta pompa? Parece más la viuda del conde que la propia viuda.
Florence se hizo a un lado y un hombre salió del coche.
Con un traje digno de una película de James Bond, era extraordinariamente guapo.
Con el cabello negro veteado de plata y barba entrecana, era al menos una década mayor que Florence.
Le tomó la mano y con la otra cogió el paraguas de la mano enguantada del conductor para cubrirlos a ambos.
—¿Es su agente? —susurró Jonathon.
—Parece más bien un productor de cine —dijo Elspeth—. No será un nuevo pretendiente, ¿no? ¿De dónde saca el tiempo?
Florence y su misterioso acompañante no perdieron tiempo en abrirse paso entre los dolientes para acercarse a Lady Frome.
Las gaitas seguían sonando con fuerza, y contuve la respiración mientras Florence saludaba a Evelyn Champney como si fueran viejas amigas, estrechándola contra su pecho.
¿Qué estaba pensando Florence? Seguramente la condesa se apartaría de aquel abrazo.
A mí nunca me había estrechado la mano y había dejado muy claro que yo no era lo bastante buena para su hijo.
¿Cómo podía una concursante italiana de repostería ser más aceptable para ella que una americana?
Me incliné hacia adelante, deseando poder oír lo que decían por encima del sonido de las gaitas.
Esperé el inevitable momento en que Lady Frome apartara a Florence como quien sacude una mota de polvo de su vestido impecable, pero, para mi asombro, la reciente viuda se apoyó en Florence y recostó la cabeza en su hombro, justo como la había visto hacer con Katie Donegal.
Pero Katie no estaba aquí. Estaba encerrada, arrestada por el asesinato del conde.
Me quedé boquiabierta. Lady Frome siempre me había tratado con desdén.
Sin embargo, se mostraba cálida y, me atrevía a pensarlo, vulnerable con Florence. ¿Cómo se conocían esas dos siquiera?
El hombre misterioso estrechó la mano de Benedict. ¿Qué demonios estaba pasando?
Desde su refugio seco, Gateau observaba la escena con la misma atención absorta que todos los demás reunidos fuera de la iglesia.
Sentí un golpecito en el hombro y me volví para ver a Hamish, muy guapo con un traje azul oscuro. Nos abrazamos, y en cuanto se apartó, dijo:
—¿Qué demonios hace Florence con la condesa? ¿Y por qué ese hombre está destrozando las hermosas gaitas de mi tierra natal?
Me reí.
—Dos muy buenas preguntas. Y no tengo respuesta para ninguna.
Hamish estrechó la mano a Jonathon y a Elspeth.
Parecía un poco nervioso, y entonces recordé por qué.
Funeral o no, era el último fin de semana del concurso de repostería.
Al día siguiente se enfrentaría al juicio severo pero justo de mis hermanos de aquelarre.
El concurso se había reducido a Hamish y Florence.
No quería decantarme por ninguno, ya que les había cogido cariño a los dos, pero Florence ya se comportaba como si la hubieran coronado ganadora, y eso solo hacía que deseara que Hamish hubiera venido dispuesto a darlo todo esa semana.
Las gaitas dejaron de sonar, y la multitud congregada frente a la iglesia empezó a crecer y a empujar. Los vecinos del pueblo se abrieron paso hasta las primeras filas, defendiendo su sitio frente a los de Londres. Me di cuenta de que casi todo Broomewode estaba en el funeral.
—Todos los negocios están cerrados —me dijo Elspeth al oído, como siempre adivinando lo que pensaba—. Pasear por el pueblo esta mañana daba verdadero escalofrío. Parecía un pueblo fantasma.
Miré a mi alrededor y fui reconociendo cada rostro familiar.
Allí estaba Bernadette, de la cocina de Broomewode Hall; Edward, el guardabosques, con su novia Lauren, que le cogía de la mano.
Me pregunté si la iglesia de Broomewode pronto tendría una ocasión más feliz que celebrar.
Llevaba tanto tiempo viniendo que ya reconocía a comerciantes y vecinos.
Y entonces vi al inspector Hembly y al sargento Lane.
Parecían alerta, con la mirada recorriendo la multitud.
—¿Por qué están aquí los detectives? —le pregunté a Hamish—. No será habitual que asistan a los funerales de los casos de asesinato que investigan, ¿no?
Hamish negó con la cabeza.
—Si fuera así, no darían abasto con lo que pasa por aquí. No, puede que parezca que solo vienen a presentar sus respetos, pero están buscando más pistas sobre cómo murió el conde.
—Pero Katie está en la cárcel.
Sentí una mano firme en el hombro, cálida.
—En realidad, está en libertad bajo fianza, cielo.
—Eve —dije, y la abracé con una oleada de afecto. Me aparté y le estudié el rostro. Los ojos grises de Eve solían brillar con picardía, pero hoy estaban apagados y sombríos. La larga trenza que siempre llevaba le caía sobre un sencillo vestido oscuro con un medallón de plata.
—¿De verdad?
Eve asintió.
—Benedict le consiguió el mejor abogado. No sé si él cree que mató al conde, pero quería que tuviera una buena defensa.
Apretó los labios y se acercó más.
—Ha sido mejor amigo para ella que la condesa. Se está quedando en mi casa, porque la condesa no la quiere de vuelta en la mansión, claro. Katie quería venir hoy a presentar sus respetos, pero le dije que no apareciera.
Bajó la voz y se acercó aún más.