Batir y ganar (El gran show de repostería de las brujas 9)
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Capítulo 1
U na ligera llovizna cayó sobre el pueblo de Broomewode el jueves por la noche, y a la mañana siguiente, la lluvia había arreciado y el viento arrastraba grandes cortinas de agua fría por el cielo.
Los pájaros revoloteaban zarandeados entre las nubes y los árboles agitaban sus copas frondosas.
—Un tiempo espantoso —me quejé a Gateau mientras conducía por los familiares caminos sinuosos que conectaban Norton St. Philip con Broomewode.
Maulló en respuesta y se removió en el asiento del copiloto para hacerse un ovillo más prieto.
Mi dulce familiar detestaba la lluvia tanto como yo.
Menuda pareja hacíamos. Las dos habíamos pasado la noche en vela mientras la tormenta de verano alcanzaba su punto álgido.
Se había pasado la noche correteando por toda la cabaña, molestando a Mildred, mi fantasma de cocina, y sin dejarme pegar ojo.
Aunque tampoco habría tenido mucha suerte durmiendo, de todas formas.
Esa mañana se celebraba el funeral del conde de Frome, y yo llevaba días intentando reconstruir las extrañas circunstancias de su muerte.
No podía creer que Katie Donegal, que había servido fielmente a la familia del conde durante décadas, fuera una asesina, pese a las pruebas que habían reunido los detectives de la policía local.
Katie había sido detenida y acusada del asesinato del conde, lo que había causado aún más conmoción en Broomewode.
También me preocupaba el hijo del conde, Benedict.
De la noche a la mañana le habían caído encima un sinfín de responsabilidades, y hoy tendría que mantenerse fuerte y guardar las apariencias mientras enterraban a su padre ante todo el pueblo.
Se me encogía el corazón solo de pensarlo.
En realidad, el corazón me dolía sin más.
Tras un comienzo difícil, Benedict se había vuelto especial para mí.
Y yo para él. Todavía se me erizaba la piel entera al recordar el beso apasionado que habíamos compartido.
Aquel beso lo había cambiado todo. Andaba del revés, como Mildred tan amablemente me había hecho notar.
Quedándome embobada delante de los fogones, dejando caer los utensilios de repostería.
Ya no distinguía la izquierda de la derecha.
Si esto era lo que el amor le hacía a una, bueno, podía vivir sin los efectos secundarios.
Aunque era un momento difícil para un romance incipiente.
Benedict había estado ocupado con los preparativos del funeral y con consolar a su madre.
Por mi parte, los turnos extra en la posada me habían tenido más que ocupada.
Pavel, el segundo de cocina, había pillado un virus estomacal horrible y se había tomado dos días libres para recuperarse.
Ruta, la jefa de cocina, necesitaba que todo el mundo arrimara el hombro para mantener a flote el restaurante del pub.
Por suerte, no teníamos el aforo completo, pero bastaba para dejar agotada a cualquiera.
Ahora que Pavel se había recuperado del todo, Ruta me había dado el día libre para ir al funeral y apoyar a Benedict. No le había contado lo del beso a nadie salvo a Gateau y a Mildred (las dos, discretísimas por razones obvias), pero Ruta parecía intuir lo importante que era para mí estar allí.
Sabía que iba a acudir mucha gente. No porque el conde fuera un hombre popular (tenía el don de caer mal a demasiada gente), sino porque era el conde de Frome.
Además, la curiosidad podría con muchos.
Broomewode era una comunidad pequeña y muy unida, y su muerte suponía un cambio radical en el funcionamiento de las cosas por aquí.
El conde era el casero de muchos vecinos, parte esencial de las tradiciones que unían a los aldeanos.
Te cayera bien o mal, era imposible escapar de la influencia del conde en la vida diaria del pueblo.
Resultaba extraño pensar que aquella personalidad tan imponente ya no estaba.
Al girar hacia Church Lane, la lluvia no daba tregua. No hacía frío, pero el tiempo era deprimente, y deseaba que el sol asomara para alegrar aquel día tan solemne.
Cuanto más me acercaba a la iglesia, más coches había en la carretera, y pronto me vi avanzando a paso de tortuga mientras buscaba desesperadamente un sitio donde aparcar.
Seguro que muchos de los amigos pijos de Robert Champney habían venido en coche para la ocasión.
Seguro que la mayoría de los que había invitado a su última y fatídica cacería el fin de semana anterior estarían allí para presentar sus respetos.
Gateau se despertó de la siesta y se quedó mirando la lluvia que golpeaba contra la ventana.
Cuando encontré un hueco en el que mi pequeño Renault Clio cabía justo, me entraron los nervios.
Sentía el cuerpo como si no fuera mío. Me pregunté si aquello sería otra manifestación de mis poderes de bruja a la que nunca había prestado atención.
Empezaba a creer que percibía las emociones de la gente y el ambiente más que la mayoría.
O quizá era simplemente un día triste. Me había vestido de luto.
Nunca llevaba negro, y menos de pies a cabeza, y el sencillo vestido recto que mi mejor amiga Gina me había prestado para la ocasión no me sentaba del todo bien.
Me quedaba largo de cintura y me apretaba en los hombros.
Me desabroché el cinturón de seguridad y eché un vistazo rápido al espejo retrovisor.
Un maquillaje discreto me había parecido lo más apropiado para la ocasión, y me había secado el pelo castaño con secador para que me cayera liso por debajo de los hombros.
Quizá había sido un error. Hasta unos cuantos rizos habrían resultado menos severos.
Gateau soltó un maullido fuerte.
—Venga, vamos —dije—. Allá vamos.
Vale, no era muy ortodoxo llevar a mi gata a un funeral. Lo sabía, pero era más que una mascota. Gateau era mi familiar y me protegía del peligro. Además, era muy lista y no molestaría a nadie. De hecho, dudaba que los asistentes al funeral se dieran cuenta de que estaba allí.
Me incliné sobre el asiento y abrí la puerta del copiloto para que pudiera saltar fuera, y me cambié las zapatillas deportivas por unos zapatos planos negros.
Agradeciendo haber cogido un paraguas, me encaminé hacia la iglesia.
Gateau salió disparada hacia mis tobillos y empezó a dar vueltas a mi alrededor para evitar la lluvia.
—Vas a tener que seguirme el ritmo —dije— si quieres mantenerte seca.
Gateau me lanzó una mirada fulminante y me agaché para cogerla en brazos.
Se acomodó en mis brazos y le acaricié el suave pelaje.
A Gateau no le hacía ninguna gracia que la sacara de nuestra acogedora cabaña, pero aquella mañana necesitaba apoyo moral, por no hablar de protección extra.
Llevaba el amuleto y el collar de amatista, por supuesto.
Pero después del accidente del tractor de la semana anterior, la inquietante advertencia de Joanna de que abandonara Broomewode de inmediato, seguida de su repentina desaparición, no pensaba arriesgarme.
Tenía la sensación de que alguien, o algo, iba a por mí.
Tenía que estar alerta a toda costa. No es que pudiera fiarme de Joanna, la mujer que supuestamente había conocido a mi madre biológica y que había quedado conmigo la semana anterior para tomar un café.
Las dos casi habíamos muerto cuando un tractor desbocado se estrelló contra el salón de té.
De hecho, Joanna me había salvado la vida.
Pero luego había desaparecido misteriosamente.
Aún no había logrado averiguar dónde estaba ni siquiera quién era.
El número de teléfono que tenía de ella estaba desconectado.
Nadie la había visto. Puede que me hubiera salvado la vida, y le debía mucho por ello, pero no era de fiar; de eso no cabía duda.
Bajo la llovizna, la imponente iglesia de Broomewode dibujaba una silueta algo siniestra en el horizonte.
Se alzaba sobre una pequeña loma por encima del pueblo, rodeada por un antiguo muro de piedra y una empinada escalinata, en cuya parte superior un arco de rosas blancas se estremecía con el viento.
Una hortensia azul recogía gotas de agua.
Un pequeño cementerio rodeaba el lado izquierdo de la iglesia, con sus viejas lápidas desmoronadas y hundidas en la tierra en distintos ángulos.
El conde recibiría sepultura en el mausoleo familiar. Solo la familia tendría acceso.
Me uní a la multitud que se dirigía al oficio.
Era una imagen sombría: todas aquellas figuras de negro cobijándose bajo los paraguas.
Pese al tiempo, todos iban vestidos con suma elegancia.
Trajes oscuros en tonos azabache, camisas blancas impecables, faldas y blusas de crepé negro, vestidos sobrios y minimalistas.
Abundaban las joyas: oro reluciendo en orejas, cuellos y muñecas, destellos de diamantes y rubíes de un rojo intenso.
Los hombres llevaban el pelo muy corto, con cortes elegantes, cuidadosamente peinados y con raya.
El de las mujeres les caía por la espalda en largas melenas lisas como oro fundido o acero, o lo llevaban recogido en moños impecables y medias melenas elegantes.
Allí había mucho dinero, eso saltaba a la vista.
El conde tenía amigos en las altas esferas, y la élite londinense había hecho el largo viaje para presentar sus respetos.