Barone (Familias de la mafia 1) 33 #4
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—¡Giulia, aquí! —Es Stella, que se arrastra hasta mí y me agarra del brazo, tirando de mi cuerpo para que me ponga a salvo de los disparos tras uno de los contenedores.

—¡Espera, espera, no puedo irme! ¡Adriano, mi padre, mis hermanos!

—¡Ellos estarán bien! ¡Somos nosotras quienes corremos peligro! ¡Vamos desarmadas!

—¡Pero…!

—¡Vamos, joder! ¡Farnese y Marino están con ellos! —Sigue arrastrándome hasta que consigue ponernos a salvo—. ¡Cúbrete la cabeza con los brazos!

Hago lo que me ordena, pero mi cuerpo empieza a zarandearse por el llanto y el terror de que algo malo pueda pasarles. Se escuchan gritos, puñetazos, disparos por doquier y la risa macabra de esa tal Ginevra Farnese.

Cierro los ojos con mucha fuerza y me pongo a rezar. Nunca he sido una persona especialmente devota, pero en estos momentos necesito que Dios nos eche un cable. Si algo malo les sucediera… Si algo le sucediera a Adriano, me muero, joder. Estoy aterrada.

Después de más de quince minutos de lucha, un último disparo resuena en nuestros oídos. Luego, silencio.

Stella y yo nos miramos a los ojos y nos levantamos del suelo a toda velocidad para ver qué ha pasado. ¿Por qué no habla nadie? No me gusta una mierda este silencio.

Cuando salimos de detrás del contenedor, lo primero que encontramos son seis cuerpos ensangrentados a nuestros pies y decenas de casquillos de bala esparcidos por doquier.

—¿Estáis todos bien? —Es mi tío Ettore, que sale de un improvisado escondrijo tras un viejo bote pesquero y se limpia el polvo de su traje.

—A Alessandro le han disparado en el brazo; por lo demás, bien —contesta Fabio, presionando un trozo de la tela de su camiseta contra el antebrazo de nuestro hermano.

—¿Dónde está papá? —pregunta Alessandro, mirando hacia todos lados.

—Estoy aquí —responde él, apareciendo de repente acompañado por esa tal Ginevra Farnese y Dante Marino—. Los Barone estamos en deuda con vuestras familias.

—Para eso estamos los aliados —responde Dante, quitándole importancia—. Además, Farnese no se habría perdido la fiesta por nada del mundo.

La otra abre la boca para hablar; sin embargo, tras ellos vislumbro a otra persona que se lleva toda nuestra atención.

Es Adriano. Y sobre sus hombros carga un cadáver.

¡Es él! ¡Está bien! ¡Está vivo!

Al verlo sano y salvo, las piernas me tiemblan y un nudo de alivio me presiona la garganta. He pasado tanto miedo.

Tira el cuerpo sin vida al suelo y es entonces cuando todos reconocemos a Nero. Aunque la imagen de su rostro destrozado por los golpes me hace llevarme una mano a la boca.

—Aquí lo tienes, padrino —dice con un tono frío y calmado—. Este cabrón desgraciado no volverá a meterse en nuestros asuntos.

—Buen trabajo, Drio. —Le da una patada al cadáver—. Púdrete en el infierno, hijo de puta.

Mi padre comienza a hablar con Adriano y lo felicita por haber acabado con el capo de los Moretti; sin embargo, él apenas le presta atención. Sus ojos están puestos en mí. Desde la distancia. Me mira fijamente con un anhelo que me hace estremecer de arriba abajo.

—Disculpa, padrino —lo interrumpe de improviso, sin importarle los buenos modales ni la jerarquía del crimine .

Camina hacia donde me encuentro como si la vida le fuera en ello. Yo también lo hago; corro hacia él con una naciente sonrisa en los labios y nos abrazamos con fuerza cuando nuestros cuerpos colisionan.

Entonces me besa. Su boca me devora con esas ansias que hemos estado aguantando todo este tiempo separados.

Me mete la lengua en la boca, poseyéndome, mordiéndome, marcándome a fuego.

Y yo respondo con una intensidad arrolladora, rodeando su cuello con ambos brazos y pegándome tanto a él que siento contra mi pecho los furiosos latidos de su corazón.

—¿Estás bien, tentazione ?

—¿Tú estás bien?

—Ahora mismo, de puta madre. —Sonríe contra mi boca y me devora una vez más, haciéndome gemir de puro placer—. Vámonos de aquí. Vamos a casa. Tenemos que recuperar este jodido mes de mierda.

—¡Drio! ¡Suéltala! —se inmiscuye mi padre con hostilidad. Camina hacia nosotros con los dientes apretados, fulminándolo con la mirada—. ¡Te advertí que no te acercases a ella, y tú…!

—¡No! —gruñe Adriano como única respuesta. Me abraza más fuerte contra su cuerpo.

—¡Giulia y tú no podéis…!

—¡He dicho que no!

—¡Es mi hija, maldita sea! ¡Tu prima!

—¡Es mi mujer! ¡Y mi mujer se viene conmigo! —le advierte con un tono gutural que no permite réplica. Entrelaza nuestras manos y tira de mí para separarme del resto—. Nos largamos de aquí.

—¡Yo soy el que manda, Adriano! ¡Debes obedecerme!

—En esto no, padrino. Con ella no hay negociación posible. Es mía y se viene a mi casa.

—¡Eso tendrá que decidirlo mi hija! ¡Ni siquiera sé si ella quiere esto o…!

—Sí que quiero, papá —respondo antes de que pueda terminar de hablar.

Adriano curva sus labios en una sonrisa enorme y me agarra la barbilla para comerme la boca ante todos. Luego mira por última vez a mi padre y asiente con la cabeza antes de marcharnos del muelle:

—Mi mujer ha hablado. Buenas noches a todos.