33 #3
—La familia me apoyó cuando le comuniqué mi decisión a Antonio Valenti y él me retiró su confianza. Tu padre dio la cara por mí.
—¿En serio? ¿No se opuso?
—Lo hizo, y mucho. Pero frente a los Valenti dimos imagen de unidad. —Siento sus manos en mis glúteos, pegándome a su cuerpo—. Tu padre me prohibió volver a acercarme a ti.
—Qué pena que esa decisión sea cosa mía y no suya.
—No sabes lo que estás haciendo, Giulia. —Niega con la cabeza con un anhelo tan desbordante que las bragas se me empapan de excitación—. Has cometido un gran error al volver a Bari.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
—Porque ya no volveré a verte marchar. Voy a retenerte, joder. Puedo soportar que me odies, que me insultes, que me ataques, pero no dejaré que te vayas.
—Siento mucho privarte de la diversión de encerrarme, señor mafioso, porque no va a ser necesario. No tengo intención de irme a ninguna parte si no es contigo.
Adriano sonríe con un deseo que nos envuelve a ambos. Acerca tanto su rostro al mío que nuestras bocas se rozan mientras responde:
—Te esposaré a mi muñeca. Te ataré a mi cintura. Te encerraré en mi casa. Te haré tantos bebés que vivirás constantemente embarazada. —Me muerde los labios y gimo de puro placer—. Pero ahora no puedes quedarte aquí, Giulia. Es peligroso. No tendrías que haber venido.
—Pues vámonos.
—No puedo marcharme; me ofrecí a ser el señuelo para pillar a los Moretti.
—¡No! Nos vamos los dos.
—Te llevaré con tu padre y me esperarás en el palazzo .
—¡Adriano!
—Obedéceme de una maldita vez. Nero Moretti es un jodido asesino. No puedo perderte.
—¡Yo tampoco te perderé a ti! ¡No estás bien, te has drogado! No estás en tus plenas facultades para hacer esto.
—Ahora que te tengo conmigo, podría matar sin ayuda a un puto estadio de fútbol. Te acompañaré con tu padre y luego…
—¡Vaya, vaya! Pero ¿a quién tenemos aquí? —Una voz profunda y desgarrada interrumpe a Adriano antes de que termine la frase.
No sé quién es, pero, por la forma en que tensa su cuerpo contra el mío, intuyo que no es alguien de confianza.
Mis ojos coinciden con los de Adriano y lo que veo en ellos me pone muy nerviosa. En sus pupilas bulle la rabia, la determinación y la sed de sangre.
Da media vuelta, encarando al recién llegado sin dejar de cubrirme con su cuerpo, protegiéndome en todo momento. Después levanta la pistola en su dirección.
—Hola, Nero, ¿dando un paseo nocturno?
—No lo sé, dímelo tú, Barone. ¿Qué haces en mi territorio a estas horas?
—¿Desde cuándo el muelle es territorio de nadie? —pregunta con una chulería y una tensión palpables en su cuerpo. Me tiene sujeta con la mano que no sostiene el arma y lo hace tan fuerte que, aunque quisiera, no podría soltarme.
Adriano se mueve ligeramente hacia la izquierda y veo al famoso Nero Moretti por primera vez.
Es un tipo de mediana edad, alto, corpulento, que viste con ropa elegante. Sus ojos son amenazantes y un espeso bigote negro cubre su labio superior.
No me gusta su sonrisa. Parece demasiado seguro de sí mismo, demasiado aterrador. Y lo peor de todo es que no está solo. Tras él hay seis hombres más armados hasta los dientes, que nos apuntan con sus pistolas esperando la orden de su jefe para acabar con nuestras vidas.
—El muelle es territorio de los Moretti desde que me sale de los huevos. Y no me has pedido permiso para pisar lo que es mío.
—Cómeme la polla, Nero.
—¿Yo? No, gracias; de eso ya se encarga la putita con la que te estabas magreando hace un momento.
—¡A mi mujer la respetas, hijo de perra! —truena Adriano, dando un paso hacia él, apuntándolo con su pistola a la frente—. A ella no la metas en esta mierda.
—¿Tu mujer? Barone, esta zorra no es Stella Valenti. —Nero Moretti levanta la mirada hacia mí y sonríe entre dientes—. Es la bastarda de Riccardo. ¿Ahora te follas a tu prima?
—¡Una puta palabra más y te reviento la cabeza de un balazo! —Amartilla su arma, avisando de que no es ningún farol.
—Eh, eh, chico, no te enfades. Si yo estuviera en tu lugar, haría lo mismo —se ríe—. Tiene que ser una delicia follarse su coñito prieto y joven. Quizá lo haga cuando os extermine a todos los Barone como si fuerais cucarachas.
Adriano ruge, perdiendo los nervios. Sin embargo, en vez de asustarse y pedir piedad, Nero se ríe y hace una suave señal a sus hombres, que levantan las armas y me apuntan directamente a mí, a la cabeza.
—Mátame, Barone. Vamos, hazlo. Pero, en cuanto aprietes el gatillo, tu puta vendrá al infierno conmigo.
—¡Ella no tiene nada que ver en esto! —exclama Adriano, intentando cubrirme de nuevo con su cuerpo, pero uno de sus hombres nos rodea y apoya la pistola en mi sien—. ¡Diles que la dejen en paz! ¿Quieres a los Barone? ¡Aquí estoy, hijo de puta! ¡Pero deja que ella se vaya!
—Mmm… no. Es más divertido así. Y ahora, si quieres que Giulia Barone siga respirando, dame tu arma.
—¡Es una inocente!
—¡Que me des tu maldita arma o le vuelo la cabeza! —chilla el otro, poniéndose rojo de ira.
La respiración de Adriano es tan rápida y ruidosa que se escucha por encima del sonido del mar. Todavía me cubre con su cuerpo, pero no sirve de mucho cuando tengo a uno de los Moretti apuntándome a la sien con su pistola.
Después de varios segundos en silencio, Adriano gira la cabeza hacia mí, resistiéndose a obedecer las exigencias de Nero, pero sus ojos reflejan el miedo a que puedan hacerme algo. Refulgen con una mezcla explosiva de ira y contención, pues sabe que un paso en falso podría significar la muerte.
A regañadientes, baja el arma de su frente y se la pone en la palma de la mano. Moretti la coge con satisfacción y nos mira a ambos con una hostilidad desbordante.
—Ya tienes mi pistola; ahora cumple con tu parte del trato y deja que Giulia se vaya.
—¿Trato? ¿De qué puto trato hablas? —Mira de reojo al pelirrojo que está apuntándome con el arma—. Sepárala de él.
—¡No, no! —grito cuando me rodea la cintura y me arrastra lejos de Adriano—. ¡Suéltame, cabrón de mierda!
—¡Nero! ¡Dile que no la toque! ¡Que no se le ocurra ponerle un dedo encima a mi mujer o lo despellejaré en cuanto tenga la mínima oportunidad!
—¡No estás en posición de exigir nada, así que cierra el maldito pico!
—El pelirrojo me arrastra hasta que nos situamos tras Nero Moretti y vuelve a apuntarme a la cabeza con el arma—.
Te creía más inteligente, Barone. Pensaba que me pondríais las cosas mucho más difíciles, pero esto ha sido un maldito juego de niños.
—Entonces, mátame y déjala libre.
—¡No, Adriano, no! —lloro desesperada al ver que ahora es Nero quien lo apunta a él con su pistola.
—Sabía que estaríais aquí esta noche. Y también sé que tu tío y los demás están escondidos por ahí.
¿Creías que ibais a engañarme? ¿Que podríais acabar con nosotros y quedaros con la propiedad del campo?
¡Y una mierda, Barone! ¡Y una jodida mierda!
¡Tuvisteis suerte de que mis hombres no os matasen en vuestro almacén la otra noche, pero hoy la suerte está de mi lado!
¡¿Me oyes, Riccardo?! —grita al aire para que mi padre lo escuche—.
¡No seas cobarde y sal de tu puto escondite si no quieres que masacre a tu bastarda y a tu sobrino!
—¡No salgas, papá! ¡No lo hagas! ¡No…! —El pelirrojo me golpea la cabeza con la culata de su arma y grito de dolor.
—¡Voy a reventarte, cabrón de mierda! —ruge Adriano, intentando llegar hasta mí; sin embargo, otro de los hombres de Nero le apoya la pistola en el pecho, obligándolo a frenar de golpe—. ¡Hijos de perra!
—¡No lo repetiré otra vez, Riccardo! —continúa Nero a pleno pulmón—. ¡Deja de esconderte y da la cara o me los cargo!
—Suelta a mi hija. —La voz de mi padre a nuestra espalda es tan serena y tranquila que cualquiera diría que nadie corre peligro de muerte—. Aquí estoy, Moretti. Es a mí a quien quieres.
Cuando giro la cabeza, ante nosotros aparece mi padre, que camina con elegancia hacia nuestra posición, seguido por el padre de Adriano y mis hermanos.
—Tirad las armas al suelo y levantad los brazos sobre vuestras cabezas —les ordena Nero, amenazante—. ¡Vamos! ¡Rapidito!
—Deja que se vayan, Nero. Arreglemos esto de hombre a hombre —intenta convencerlo mi padre—. Esto es entre tú y yo.
—Esto es entre familias. Y la tuya lleva jodiéndome el negocio mucho tiempo, pero eso se va a acabar. Cuando termine con todos vosotros, seré el que mande en Bari. ¡Seré el puto amo de la región!
—¡Eso será si me sale del coño, hijo de puta! —Una nueva voz se une a la conversación. Cuando todos miramos hacia la derecha, vemos a una mujer rubia y joven, con una sonrisa macabra en los labios que me pone los pelos de punta.
Ni siquiera puedo reaccionar cuando el sonido de un disparo hace gritar al pelirrojo que me sostiene. Noto que su cabeza hace un brusco movimiento hacia atrás y cae al suelo muerto, arrastrándome con él.
—¡Un cabrón menos! ¡Nos debes medio gramo de coca, Barone! —exclama un hombre alto y moreno que acaba de aparecer junto a la rubia.
Entonces se desata la locura.
Adriano aprovecha el desconcierto para darle un cabezazo a Nero y arrebatarle su arma, mientras los demás toman posiciones y comienzan a disparar los unos contra los otros.