33 #2
—Piensa que soy yo. ¡Mierda! —Stella da un golpe en la pared—. Llevo tres putos días intentando convencerlo para que no cometa ninguna estupidez, pero no ha querido escucharme. Por eso estoy aquí, Giulia. Ya no sabía qué más hacer.
—Lo llamaré con mi propio teléfono. —Saco mi móvil e insisto. Lo llamo tantas veces que los minutos vuelan, pero él sigue sin contestar—. ¡Adriano, joder!
—Debe creer que sigo siendo yo.
—Pues insistiré hasta que se canse y conteste. —Pulso de nuevo sobre su número y, antes de dar señal, la llamada se corta de improviso. La operadora me avisa de que el teléfono está apagado—. ¡No! ¡No, no!
—¿Qué pasa?
—¡Lo ha apagado! —Hiperventilo al darme cuenta de que no puedo localizarlo—. ¡Contesta, Adriano! ¡Contesta!
Desesperada, abro la aplicación de chats y comienzo a escribirle:
Giulia
Adriano, soy yo.
Giulia
Te quiero.
Giulia
Por favor, ven a Roma esta noche.
Giulia
Tenemos mucho de lo que hablar.
Giulia
Perdóname, no debí marcharme así. Te echo muchísimo de menos.
Giulia
Contesta, por favor.
Giulia
¡Adriano, contesta!
Ninguno de mis mensajes llega a marcarse con el doble check . Su teléfono sigue apagado y no hay forma de localizarlo. Una lágrima resbala por mi mejilla debido a la desesperación, al miedo de no poder detenerlo antes de que vaya al encuentro de Nero Moretti.
—¡No responde, Stella!
—¡Mierda! ¡El maldito Drio Barone va a ponerlo difícil hasta el final!
—¿Sabes a qué hora y en qué lugar tienen planeada la emboscada a Moretti?
—A las dos de la madrugada en el muelle de Bari —responde con solemnidad.
—¿Cuándo llegaríamos si condujese a toda hostia hasta allí?
—A las dos, Giulia. Es imposible llegar antes.
—¡Pues vamos! —Tiro de su mano hacia fuera de mi apartamento—. No hay tiempo que perder. Tengo que impedir que ponga su vida en peligro y decirle que lo amo con todo mi corazón.
Mientras yo conduzco, Stella intenta ponerse en contacto con los demás Barone, pero tampoco hay suerte.
¿Qué demonios ocurre? ¿Es que nadie va a coger el puto teléfono? Tanto silencio me pone aún más nerviosa. ¿Y si han adelantado la hora de la emboscada? ¿Y si Adriano está ahora mismo debatiéndose entre la vida y la muerte, tirado en el suelo de ese sucio muelle?
No quiero pensar más. Llevo sin dejar de llorar desde que salimos de Roma y necesito mantener la calma para no acabar estrellando el coche a mitad de camino.
El tiempo pasa lento. Cada jodido segundo se me antoja una eternidad, pero, cuando por fin llegamos a Bari, faltan diez minutos para las dos.
—Stella, ¿cómo llegamos al muelle?
—Sigue recto. La tercera calle antes del paseo marítimo a la derecha. —Mira su reloj de muñeca y da un golpecito al cristal de la ventanilla—. ¡Vamos a conseguirlo, Giulia!
—Espero que no hayan empezado.
—Tu padre es un jodido loco de la puntualidad. Estarán esperando a que el reloj marque la hora en punto. Y eso está de puta madre, porque Farnese y Marino también llegarán a tiempo.
—¿Los conozco?
—Todavía no, pero los conocerás —sonríe—. Pertenecen a la Sacra Corona Unita. Son amigos. Y unos hijos de puta de cuidado. Dante y Ginevra te caerán bien.
—¿Son pareja?
—Repite esa pregunta delante de ella si pretendes acabar dentro de una caja de pino antes de que termine la noche.
Si no estuviera tan nerviosa, seguro que me habría hecho gracia su respuesta, pero la ansiedad solo me deja hacer una mueca con los labios.
Acelero a fondo al coger una recta que lleva junto a una construcción de piedra situada en el puerto pesquero, ahora tan solitario que no se ve ni un alma a nuestro alrededor.
—¡Es allí! —señala Stella hacia el frente—. ¡Frena, lo que queda tenemos que hacerlo a pie!
Cuando bajamos del coche, me guía por uno de los laterales de la construcción. No es más que una nave antigua, visiblemente reformada, que lleva hacia el muelle, donde decenas de barcos permanecen amarrados firmemente con gruesas cuerdas.
Siento los pulmones ardiendo dentro del pecho. El nerviosismo y las ganas de llorar me oprimen de tal modo que aprieto los dientes para contener las lágrimas.
—¿Y ahora por dónde, Stella?
—Recto. —Corre a mi lado con la misma tensión que debe reflejar mi rostro. Pero entonces, de repente, me agarra del brazo y me detiene de golpe—. Espera, espera.
Su voz ha sonado susurrante.
—¿Qué pasa?
—Están allí. ¿Los ves?
Fuerzo la vista hacia el punto exacto que señala. Hacia un rincón donde predomina la oscuridad.
Entonces los reconozco.
Mi padre, mi tío Ettore y mis hermanos permanecen escondidos tras una hilera de contenedores de hierro desde los que se asoman de vez en cuando. Vigilan lo que ocurre unos metros por delante. De Adriano no hay ni rastro.
Ni siquiera me aseguro de que Stella me sigue; echo a correr hacia ellos con la desesperación reflejada en el rostro y un horrible presentimiento que no puedo evitar.
—¡Papá! —Todos se sobresaltan al escuchar mi voz a sus espaldas. Incluso veo a Fabio apuntarme con su arma hasta que me reconoce.
—¡Bambina! ¿Qué demonios…? —Mi padre me agarra con fuerza del codo y me obliga a esconderme con ellos tras el contenedor de hierro. Después me mira con ojos iracundos—. ¿Qué haces aquí? ¡Esto es peligroso, Giulia! ¿Cuándo has vuelto a Bari? ¡Pensaba que seguías en Roma!
—¿Dónde está?
Mi padre frunce el ceño.
—¿Quién?
—¡Adriano! ¿Dónde está?
—¡Eso ahora no importa, regresa al palazzo hasta que hayamos terminado!
—¡No! ¡Y una mierda! ¿Dónde coño está Adriano?
—Se ha adelantado. Se ofreció a ser el portavoz ante los Moretti.
—¿El portavoz o el señuelo? ¡Stella me ha contado lo que sucede! ¡No puedo creer que hayáis permitido que ponga su vida en peligro, joder! —Giro la cabeza y miro con hostilidad al hermano de mi padre—. ¡Tío Ettore! ¡Es tu hijo, maldita sea!
—¿Crees que pudimos hacer algo para impedirlo, Giulia? ¡Me opuse y no me escuchó! ¡Últimamente no obedece las putas órdenes de nadie!
—¡Tenemos que hacer que vuelva!
—Ahora es imposible, principessa —responde mi padre con voz grave—. Si delatamos nuestra posición, los hombres de Moretti nos atacarán.
—¡No podemos quedarnos de brazos cruzados!
—Adriano es el mejor tirador de la familia. Debemos tener esperanza.
—Esperanza —repito casi sin voz—. ¿Quieres que tenga esperanza cuando esos cabrones pueden matarlo?
—Aunque te empeñes, no podemos hacer nada.
—¿No? —Jadeo, negando con la cabeza, con el enfado refulgiendo en mis pupilas—. Pues yo creo que sí.
Doy un tirón al brazo por el que mi padre me tiene sujeta y echo a correr hacia Adriano, con los latidos del corazón retumbándome en los oídos y el terror de acabar muerta por los disparos de los Moretti.
—¡Giulia! —me llama mi padre con la voz temblorosa por el miedo. Pero no pienso regresar; no lo haré hasta que Adriano esté conmigo.
Sigo corriendo entre los contenedores metálicos del muelle, con la respiración acelerada y la desesperación reflejada en el rostro.
A mi alrededor no se escucha el mínimo ruido.
No hay ni un alma y la neblina del mar enturbia mi visión.
Freno de repente cuando ante mí aparece un camino alternativo y no sé por cuál de los dos continuar.
Sin embargo, cuando voy a doblar a la derecha para seguir buscándolo, me veo arrastrada violentamente hacia el lado opuesto al ser agarrada del cuello con brutalidad.
El oxígeno abandona mis pulmones cuando mi espalda choca con uno de los contenedores. Ni siquiera puedo reaccionar antes de que la boca de una pistola acabe apoyada en mi sien. Una enorme presencia me acorrala entre el frío contenedor y su cuerpo.
Al levantar la vista, lo descubro frente a mí.
Es Adriano el que me amenaza con su propia arma, pero lo que veo en sus ojos me aterra todavía más.
Nada. Están vacíos, sin vida, como si su cuerpo fuera una cáscara carente de emociones.
Su respiración es ruidosa, casi animal. No sé qué le ocurre, pero juraría que ni siquiera me ve.
—Adriano —susurro sin respiración, pues sus dedos aprietan mi cuello tan fuerte que acabará rompiéndomelo—. Adriano, mírame. Soy yo. Giulia.
Cuando escucha mi voz, parpadea varias veces con el ceño fruncido, pero la presión del arma en mi cabeza no disminuye.
—¡Soy yo, soy yo! ¡Por favor!
—Giulia —susurra con voz fría y ojos amenazadores. No sé qué le pasa, pero este no es mi Adriano. Parece… ido.
—Eh, estoy aquí, mírame. —Levanto el brazo despacio y le acaricio la mejilla—. Estoy aquí, ¿vale?
Al darse cuenta de que está asfixiándome, aparta la mano de mi cuello y la pistola de mi sien. En sus ojos veo el horror por lo que ha estado a punto de hacer. Tiene la mirada brumosa. Hay algo en él que no está bien.
—Giulia… —repite mientras una suave sonrisa aparece en sus labios. Junta nuestras frentes y me rodea con fuerza por la cintura, levantándome del suelo.
—¿Qué has tomado? Adriano, ¿qué te has metido?
—De todo.
—Joder, ¿por qué?
—Es la única forma de lograr mantenerme alejado de ti. Estando en mi juicio, habría ido a buscarte hace mucho tiempo.
—¿Por qué no viniste? Stella me dijo que ya no hay boda.
—Me pediste distancia. Dijiste que, si de verdad te quería, te dejase ir.
—Pero no a costa de esto. —Una lágrima resbala por mi mejilla—. Te estás haciendo daño por mí. Ibas a poner tu vida en peligro frente a los Moretti.
—Cualquier cosa para dejar de pensar. —Se humedece los labios cuando me mira la boca. Quiere besarme, pero sigue respetando mi petición, así que no lo hace—. ¿Por qué has vuelto, Giulia?
—¿De verdad no lo sabes? He vuelto porque te quiero. —Cierro los ojos y rozo la punta de mi nariz con la suya—. Porque no vas a casarte. Y porque jamás me hubiera perdonado que te ocurriese algo por mi culpa.
—Intenté cumplir con mi promesa de casarme con Stella y ser un hombre de palabra. Lo intenté, tentazione . Pero ¿cómo voy a casarme con otra cuando mi mujer eres tú?
—Siento que tuvieras que pasar por esa mierda.
—Yo no. Es lo mejor que he hecho en mi puta vida.
—¿Te han expulsado del crimine ?