Barone (Familias de la mafia 1) 33
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Roma

Giulia

—¿De verdad vas a estar bien?

—Sí, no te preocupes.

—Puedo quedarme contigo y hacerte compañía.

Niego con la cabeza una vez más y le doy un abrazo de despedida a Siena cuando llegamos a mi portal.

Como cada jueves, hemos quedado para vernos. Es un ritual al que nunca faltamos, por muy jodidas y tristes que estemos, como es mi caso. Porque, la verdad, me siento tan mal que apenas me he acabado la primera copa.

Desde que regresé a Roma, no levanto cabeza.

Tengo los malditos ánimos por los suelos y, por más que me repito que saldré de esta, que el dolor no durará para siempre, me siento fatal.

Lo único que me apetece es quedarme en casa y lamentarme por todo lo ocurrido con él. Por mucho que me repito que estoy haciendo lo correcto, no puedo borrar lo vivido a su lado. Esa plenitud que sentía cuando Adriano estaba conmigo.

Solo salgo a la calle si no me queda más remedio. Aunque me empeñe, se me acaban las excusas para seguir tirada en el sofá con el pijama manchado de helado de chocolate.

Los recuerdos me taladran el corazón sin que pueda evitarlo.

Cuando lo imagino follándome de ese modo salvaje, pidiéndome que me quede con él.

Pero, sobre todo, cuando lo imagino aquí, conmigo, en casa.

En el mismo sofá donde lo hicimos por primera vez, donde tonteamos, comimos, hablamos. Donde empecé a enamorarme de él.

Sé que mi decisión de marcharme de Bari fue acertada. Jamás podría ser su amante, aunque acabe retorciéndome de dolor por haberlo perdido. Yo merezco mucho más, y compartir con otra mujer al hombre que quiero no es una opción.

—No hace falta, Siena, de verdad. Estoy bien —respondo al fin, intentando sonar convincente.

Pero ni estoy bien ni me apetece pasarme otra noche llorando como una gilipollas por algo que nunca podrá ser.

Finjo una sonrisa que no me llega a los ojos y le palmeo el brazo a mi amiga, que sigue mirándome con la duda de si cancelar su cita y acompañarme—.

Ni de coña vas a darle plantón a ese morenazo del que llevas hablándome desde hace días.

—Giulietta, eso da igual. Si no me lo follo hoy, ya me lo follaré otro día. Es un polvo asegurado. —Me estrecha las manos—. Lo primero eres tú. Sabes que estoy aquí para lo que necesites.

—Lo sé.

—No me gusta verte tan triste.

—Se me pasará, es cuestión de tiempo.

—Eso dijiste hace un mes, y cada vez te veo peor.

—Es parte del duelo. La semana que viene estaré repuesta, te doy mi palabra. —Fuerzo una última sonrisa.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Mmm…, vale, elijo creerte. —Suspira y me besa en la mejilla—. Me voy a mi cita, pero si en algún momento te agobias y quieres que venga, llámame.

Cierro la puerta de casa una vez Siena desaparece al girar la esquina y me apoyo en la madera con la mirada puesta en mis sandalias.

Llevo sin comer nada desde esta mañana y me siento un poco mareada por la copa que ni siquiera me he terminado. Quizá Siena tenía razón y no ha sido buena idea quedarme sola; en momentos de debilidad suelo cometer gilipolleces. Y ahora mismo me encantaría cometer el peor error de todos.

Miro las notificaciones de mi teléfono, sabiendo que no hay ninguna de Adriano. ¿Cómo va a haberlas si ni siquiera tiene mi nuevo número? Dejé el móvil que me regaló junto a la tarjeta SIM antigua en la puerta de su dormitorio. Me encargué de hacerle saber que no quería que me localizase.

Ha respetado mi decisión. Ni siquiera lo ha intentado. Creo que, en el fondo, tenía la esperanza de que tratase de volver a ponerse en contacto conmigo.

Soy imbécil y me gusta mortificarme, ya lo sé.

A pesar de que lo mejor para mí es dejar de verlo y olvidarme de que existe, no hago más que llamar a mi nonna , a mi tía Raffaella, a mis hermanos, con el anhelo de que él esté con ellos y se ponga alguna vez al teléfono.

Permanezco atenta a cada voz de fondo en las llamadas, a cada Barone que aparece en los vídeos que me manda mi abuela, pero nunca es Adriano.

Quizá, finalmente, haya decidido que no merece la pena seguir insistiendo. Le repetí tantas veces que lo mejor era estar separados que habrá decidido pasar página. Algo que, por lo visto, yo soy incapaz de hacer.

¿Por qué va a seguir pensando en mí cuando puede conseguir a la mujer que le dé la gana? ¿Qué tengo yo de especial que no tengan otras?

Suelto un hondo suspiro y camino hacia el salón, donde todo sigue en absoluto silencio.

Estoy empezando a aborrecer esta tranquilidad.

Quizá me vendría bien dejar una temporada mi apartamento y volver con mis tíos hasta que deje de sentir que los pedazos de mi corazón me desgarran el pecho cada vez que su imagen aparece en mi mente.

—Estás tan jodida como él, ¿verdad?

Me pongo en guardia cuando una repentina voz emerge desde el fondo de mi salón. Una voz femenina, musical y grave que reconozco a la perfección.

Al levantar la mirada, descubro a Stella Valenti con la cadera apoyada en el respaldo del sofá y los brazos cruzados sobre el pecho. Va vestida con unos tejanos negros que se amoldan perfectamente a sus curvas, el cabello recogido en una coleta alta y el rostro maquillado con delicadeza.

Durante unos segundos, trato de averiguar si realmente está aquí o es mi mente la que me hace delirar.

—¿Stella? —Frunzo el ceño y doy un paso en su dirección—. ¿De verdad eres tú?

—Oh, Dios, no me jodas. Dime que no has estado drogándote también para paliar el dolor.

—¿Drogándome? ¿Yo? —Niego con la cabeza, confusa—. Nunca lo he hecho.

—Bien, al menos hay alguien cabal en vuestra relación.

—Te juro que no entiendo lo que estás diciendo. Ni siquiera entiendo cómo has entrado en mi casa.

—Eso es lo de menos. —Se acerca a mí con el semblante serio y se detiene a menos de un metro—. Lo realmente importante, y por lo que he venido, es porque tienes que volver con Adriano.

Su respuesta me deja muda unos segundos. Me abrazo a mí misma cuando el dolor regresa a mi pecho.

—No puedo, Stella.

—Claro que puedes. Y lo vas a hacer antes de que ese estúpido se autodestruya.

—¿A qué te refieres? ¿Eso de las drogas iba por él?

—Se ha convertido en un puto kamikaze —asiente—. Jamás lo había visto así. Le da igual todo, Giulia. Todo, menos tú.

Los ojos se me llenan de lágrimas al tiempo que niego con la cabeza.

—No puedo. No puedo volver con él. Si lo hiciera, me odiaría a mí misma. Vais a casaros y…

—Ya no hay boda —me interrumpe, dejándome a mitad de la frase—. Se suspendió hace una semana.

—¿Q-qué? ¿Por qué?

—Drio se enfrentó a tu padre y le dijo que no iba a casarse conmigo porque estaba enamorado de ti.

Se me eriza la piel de la espalda tras su confesión. Tengo que apoyarme en la pared, pues la adrenalina hace que todo empiece a dar vueltas a mi alrededor. ¿Esto es verdad? ¿No estoy soñando? ¿Adriano ha suspendido la boda?

—¿No os vais a casar?

—Se lo ha jugado todo por estar contigo. —El torrente de energía que me recorre de arriba abajo logra que una tímida sonrisa aparezca en mis labios. La desdicha comienza a esfumarse de mi pecho y deja lugar para la esperanza—. Es lo más loco y estúpido que ha hecho nunca Drio. Él te quiere.

—Yo también lo quiero. Joder, lo quiero muchísimo.

Estoy destrozada con esta situación. —Me llevo una mano al pecho y jadeo, embargada por una gran emoción—.

¡Dios, no va a casarse! —Podría saltar, gritar, dar vueltas.

Sin embargo, no lo hago, pues algo no cuadra.

Mi atención regresa de nuevo a Stella—. ¿Dónde está?

¿Dónde está Adriano? Si suspendió la boda hace una semana, ¿por qué no me ha buscado?

—Cariño, él también tiene orgullo, ¿sabes?

Se ha arrastrado tanto por ti que me extraña que no tenga cayos en las rodillas.

Lo dejaste, Giulia. Aunque te lo pidió por activa y por pasiva, te largaste y lo abandonaste; le prohibiste que volviera a acercarse a ti, cambiaste de número de teléfono… ¿Y aún preguntas por qué no te busca?

—No, es que… Yo solo intentaba protegerme. Necesitaba olvidarlo. ¡Iba a casarse contigo, maldita sea!

Stella niega con la cabeza y chasquea la lengua contra los dientes al ver que no sé cómo actuar.

—En serio, espero no enamorarme nunca. El amor solo trae problemas y debilidad. Estáis ciegos. —Se mete la mano en el bolsillo de sus tejanos y saca el móvil—. Toma. Habla con él y haz que entre en razón antes de que sea tarde y le metan un puto disparo en la cabeza por psicópata.

Cojo el teléfono, pero en vez de marcar, sigo mirándola con un presentimiento raro en la boca del estómago.

—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con eso?

—Desde que te fuiste de Bari, se ha propuesto inmolarse. Y esta noche tiene la intención de conseguirlo.

—¿Cómo?

—¿Recuerdas el nombre de un tal Nero Moretti?

—Sus hombres fueron los que hirieron a Adriano y a mi hermano.

—Exacto. Pues hace unos días vuestra familia ideó un plan para matar a los Moretti y así cobrarse la venganza que merecen. —Suspira—. Giulia, Adriano nos dijo ayer en el club que se había ofrecido de señuelo para atraer a los hombres de Nero.

—Señuelo —repito con un nudo enorme en la garganta.

—Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Si se produce un enfrentamiento, las primeras balas irán directas a él. Y conociendo a ambas familias, no será un encuentro pacífico.

El corazón me da un vuelco al imaginar a Adriano en medio de una lluvia de balas. No puedo respirar, joder. Si algo malo le sucediese, me moriría, maldita sea. ¿Cómo vivir sin él? ¿En un mundo donde ya no exista?

Las manos me tiemblan tanto que el teléfono de Stella casi se me resbala de entre los dedos, pero, aunque el miedo comienza a retorcerse en mi estómago, no dejo que me venza.

Miro la pantalla, donde aparece su número en la lista de contactos y pulso su nombre antes de llevarme el aparato al oído, esperando escuchar su voz.

Voy de un lado a otro en silencio, esperando una respuesta que no llega. Marcando una y otra vez, insistiendo.

—¡No lo coge! —Pulso una vez más—. ¡Adriano, responde al teléfono!