32 #2
—Pues en eso estoy de acuerdo con mi marido. Es cosa de Stella y de mi hijo.
Mi padrino frunce el ceño y me mira con curiosidad.
—¿Tú qué dices, Drio? ¿Convencemos a Antonio para que os deje elegir todo lo relacionado con…?
—No voy a casarme con ella —lo interrumpo con voz grave antes de que termine de hablar.
Se hace un hondo silencio en el salón cuando todos escuchan mi respuesta. Incluso Alessandro ha dejado de comer y me mira boquiabierto con el tenedor a un palmo del rostro. Riccardo parpadea varias veces, sin apartar los ojos de mi cara, y niega con la cabeza, dudando de si ha escuchado bien.
—¿Cómo dices?
—Que no voy a casarme con Stella, tío.
—Pero hijo… —salta mi madre contrariada.
—¿Cómo que no te casas con ella? ¿Qué tontería es esa? —habla mi padrino sin tomarse en serio lo que acabo de decir—. Si no os apetece elegir nada pues nosotros lo haremos y…
—¡No va a haber boda!
—¡Claro que va a haber boda! ¡Lleváis prometidos siete años!
—Pues se terminó.
—Adriano, ¿qué demonios estás diciendo? —me interroga mi padre con el semblante tenso.
—¿Quieres que vuelva a repetirlo, papá? ¿De verdad no te has enterado?
—Lo prometiste, diste tu palabra, y una promesa no debe ser incumplida.
—No puedes traicionar a tu familia de esta forma, Drio —me presiona mi padrino con sequedad—. Diste tu palabra frente a los Valenti.
—Pues la retiraré.
—¡Por el amor de Dios, Adriano! —grita mi padre, dando un golpe sobre la mesa—. ¡No vamos a faltar a nuestra palabra!
—No os estoy pidiendo permiso —gruño, mirándolos a todos con hostilidad.
—¡Si te atreves a hacerlo, nadie del negocio volverá a confiar en ti! ¡Serás un paria, alguien que no es de fiar! —Mi padrino niega con la cabeza—. Esa boda se celebrará.
—¡¿Es que estáis todos sordos, maldita sea?! —estallo, levantándome como un resorte de mi silla, logrando que se vuelque. Apoyo las manos sobre la mesa y me inclino hacia adelante con actitud desafiante—. ¡No! ¡Hay! ¡Boda!
—¡Pero ¿qué demonios te ocurre?! ¡Siempre has sido leal al crimine ! ¡Eras de mis mejores hombres, Drio!
—¡Mi implicación en cuanto al negocio no ha cambiado, puedes contar conmigo para lo que necesites, pero en esto no cambiaré de opinión! ¡No cuando no es lo que quiero!
—¿Por qué? —insiste mi padre, mirándome como si me hubiesen salido dos jodidas cabezas del cuello—. ¡Tú mismo aceptaste casarte con ella! ¡Nunca te has quejado, parecías conforme, maldita sea, cooperabas en todo!
—Ya no puedo hacerlo.
—¿Cuál es el motivo?
—Estoy enamorado de otra mujer.
Mi madre se lleva la mano a la boca y me contempla con ojos brillantes. Aunque no sé si de emoción o decepción. Mis primos y mi hermano no han dicho nada desde que comenzó la discusión y la nonna parece impasible. Solo mira, observa y calla.
—En este mundo el amor es secundario, Drio —añade mi padrino con la voz algo más calmada—. Pensaba que ya lo sabrías a estas alturas.
—Yo también pensaba que era así. Hasta que la conocí.
—¿A quién? ¿Quién es esa mujer por la que estás a punto de joderte la vida?
Lleno de aire los pulmones y lo miro de frente.
—Giulia.
—¿Qué Giulia?
—¡Tu hija! ¡Giulia Fabbri! ¿A qué otra Giulia conocemos?
—¿Mi… bambina ?
—¡Estoy enamorado de ella!
—¡Lo sabía, coño! —salta Teodoro, dando un puñetazo al aire, satisfecho por su poder de deducción—. ¡Te lo dije, Adriano, te dije que veía demasiada complicidad entre Giulia y tú! ¡Dios, qué puta mente tengo!
—Teo, hijo, no hiperventiles. Lo sabíamos todos —resopla mi madre, dejándome boquiabierto a mí esta vez.
—¿Lo sabías, mamá?
—Pues claro. ¿De verdad piensas que me chupo el dedo? Soy tu madre. Además, Giulia y tú disimulabais muy mal.
—Sobre todo fue muy evidente en la fiesta de los Valenti —se inmiscuye mi nonna , que habla por fin.
—¿Tú también?
—Adriano, cariño, os vi discutir y luego besaros en el baño.
—Pero estábamos solos.
—No tan solos.
—¿Cómo que besaros? —truena mi tío Riccardo, dando otro golpe sobre la mesa—. ¿Con mi pequeña? ¿Has besado a mi hija?
—Sí.
—¿A mi Giulia?
—La niña no tiene cinco años, Riccardo. —Mi nonna pone los ojos en blanco.
—¡Pero son primos, mamma ! ¡Es mi hija, joder, y mi sobrino! ¡Adriano, ¿qué demonios has hecho?!
—¡Drio, que tenéis la misma sangre! —dice mi padre con los ojos muy abiertos.
—Cuando nos conocimos, ninguno de los dos sabíamos quién era el otro en realidad.
—¿Os habíais visto antes? ¿Cuándo?
—En Nápoles. Cuando fui a negociar con Ricci el precio del cargamento de armas de los griegos. Giulia estaba en la ciudad con Siena; la descubrí en la Galería Umberto.
—Mis abuelos eran primos —salta mi nonna con una suave sonrisa en los labios.
—¡Ahora no, mamma ! ¡Esto es grave, maldita sea! —exclama mi padrino, frotándose la frente con una mano. Luego me mira con gesto iracundo y me señala con el dedo índice—. ¡No te vuelvas a acercar a mi hija!
—¡Riccardo! —Mi madre se levanta de su silla y lo encara—. ¡Te recuerdo que ese a quien estás gritándole también es mi hijo!
—Raffaella, no te metas —se inmiscuye mi padre.
—¡Me meto porque no voy a permitir que nadie trate a Drio como si fuera un criminal cuando lo único que ha hecho ha sido enamorarse!
—No pasa nada, mamá. —Le hago una señal con la mano para que se tranquilice—. Esperaba esta reacción.
—¿La esperabas? —salta Riccardo entre dientes—. ¡Pues entonces te lo repito! ¡No te vuelvas a acercar a Giulia!
Sonrío entre dientes y ladeo la cabeza sin dejarme achantar.
—No te equivoques, padrino. Si no me acerco a Giulia es porque ella no me quiere a su lado, y no porque tú me lo ordenes.
Si por mí fuera, me la habría llevado lejos de toda esta mierda, donde nadie nos conociera.
Lo habría dejado todo atrás. Así que, no.
No me casaré con Stella Valenti por mucho que insistáis o me amenacéis con expulsarme del crimine .
Porque si tengo que elegir entre Giulia y un puto negocio familiar, podéis estar seguros de que siempre la preferiré, aunque ella no me haya elegido a mí.