Barone (Familias de la mafia 1) 32
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Tres semanas después

Adriano

Echo el cuerpo hacia atrás después de esnifar otra raya y me reclino en el sofá, donde llevo sentado desde que llegamos.

Hemos pasado toda la noche sin dormir, de fiesta, de un tugurio a otro.

Mezclándonos con el gentío de las discotecas, deambulando por las calles desiertas de Bari hasta el amanecer.

Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que dormí más de cuatro horas seguidas desde que se marchó.

Últimamente vivo a base de estimulantes y café, pero intentar hacer memoria me resulta imposible por la mezcla explosiva de cocaína y alcohol que llevo en el organismo.

No quiero seguir pensando. No quiero que la mente siga jodiéndome con recuerdos de ella. Con su imagen. Con sus sonrisas. Estoy en la mierda desde que se largó, llegando a un punto en que ni las drogas logran adormecerme lo suficiente para no echarla de menos.

—¿No tienes nada más fuerte? —digo cuando vuelvo a abrir los ojos.

—Eh, tranquilo, Barone. Queremos divertirnos, no acabar en el hospital con una sobredosis, ¿de acuerdo? —responde Dante Marino tras esnifar otra raya.

—Pero ¿tienes o no?

—Me estás llevando por el mal camino. —Lo escucho reír mientras niega con la cabeza.

—Cierra el puto pico.

—¿Sabes qué viene de puta madre para descargar tensiones y no es perjudicial para la salud?

—Sorpréndeme. —Resoplo.

—Follarte un culo prieto y calentito. Tendrías que haberme hecho caso cuando te aconsejé tirarte a esa morena de la discoteca. —Me guiña un ojo—. Su amigo, el que me llevé al baño, la chupaba de vicio.

—Paso de las mujeres.

—¿En serio? Pues habérmelo dicho y hubiésemos compartido al amigo.

—Sabes que no me van las pollas, Dante.

—Pues tú te lo pierdes. —Sonríe de oreja a oreja y termina con el contenido de su copa—. ¿Quieres otro trago?

—Sí, joder. Es lo más inteligente que has dicho desde que te conozco.

—Que te follen, gilipollas. —Pero sigue riéndose.

Pasar el tiempo con Dante es sencillo. Es el puto mejor compañero de juergas. Se limita a tirarse a todo lo que se mueve, a drogarse y no hace preguntas incómodas. Cosa que me viene de vicio, pues todo el maldito mundo ha decidido meter las narices en mi vida.

Menos ella.

La única persona a la que se lo permitiría no quiere saber nada de mí.

Se largó. Me dejó tirado y no he vuelto a tener noticias suyas.

Lo peor de todo es que no puedo culparla.

Estuve furioso con Giulia la primera semana tras su marcha, pero ahora…

Joder, ahora daría cualquier cosa por volver a verla. Haría lo que fuera.

—¡Puaj, vaya dos putos deshechos!

La repentina voz de Ginevra nos hace girar la cabeza hacia la puerta del reservado, por donde acaban de entrar ella y Stella, quien frunce el ceño, preocupada, al verme en este estado.

—¿Qué hay, Farnese? —la saluda Dante con su mejor sonrisa—. ¿Te lo has pensado mejor y has venido a abrirte de piernas para mí?

—No, he venido para pegarte un tiro en la polla y que nunca te multipliques. —Se deja caer al lado de Dante y le roba el cóctel para dar un trago—. Habéis empezado con la fiesta desde bien pronto.

—No, ricura. Más bien seguimos de fiesta desde anoche.

—¿Estáis de coña? —se inmiscuye Stella, tomando asiento a mi lado—. Adriano, ¿es eso verdad?

—¿Ahora eres mi maldita madre para controlar lo que hago?

—¡Soy tu amiga, joder! ¡Me preocupo por ti! ¡Y desde que Giulia se fue, tú…!

—¡No la nombres! —gruño entre dientes—. ¡No digas su puto nombre nunca más!

—¿Estás amargado, Barone? —Se ríe Ginevra, lanzándome su paquete de tabaco—. Toma, no te olvides de alimentar a tu futuro cáncer de pulmón.

Le sonrío mientras saco un cigarro y me lo pongo en la boca.

—Tú sí que molas, Farnese.

—¿Por qué? ¿Porque te ríe las gracias y no te dice lo que piensa? —continúa Stella con dureza.

—¿Y qué se supone que piensa? —Miro directamente a Ginevra—. Venga, Farnese, ¿es eso cierto? ¿Qué piensas de mí?

—Que eres patético —suelta sin más—. Y que es divertido ver cómo te autodestruyes por una mujer porque no tienes huevos de ir a buscarla.

—No tenéis ni puta idea de mi vida ni de la vida de Giulia, así que cierra el maldito pico.

—Ahora dirás que me equivoco.

—¡Pues sí, te equivocas, hostia! ¿Crees que no lo he intentado?

¿Piensas que no intento ponerme en contacto con ella cada jodido día?

¿Piensas que es fácil para mí respetar su decisión y no ir a buscarla?

—Doy un puñetazo sobre la mesa—. Si por mí fuera, ella estaría aquí, Ginevra, aunque me odiase el resto de su vida.

—Ay, Drio —suspira Stella, mirándome con pena.

—Hoy es su puto cumpleaños —continúo—. Y en vez de estar con ella, me encuentro sentado en la sala VIP de un sucio casino, drogado hasta las cejas, para no mandarlo todo a tomar por culo y presentarme en su casa.

—Deberías ir —añade Ginevra como si nada.

—Farnese, cómo te gusta ver el mundo arder, hija de puta —comenta Dante sin aguantar la sonrisa.

Stella no les hace caso. Tiene la mirada fija en mí, en mi lamentable aspecto. Creo que es la primera vez que me siento tan mal por dentro como por fuera.

—Drio, ¿por qué no vas a buscarla? —pregunta al fin.

—Yo también tengo orgullo, ¿sabes? Lo intenté todo. Le ofrecí todo lo que tengo. Mi puto corazón. Y aun así se largó.

—El orgullo no es un buen compañero de vida.

—Entonces, reza por mí porque voy a necesitarlo.

—¡No digas gilipolleces!

—¡Pues deja de meter las narices donde no te llaman!

Stella se pasa una mano por la frente y resopla al darse cuenta de que es una batalla perdida. Me arrebata el cigarro de la mano y le da una calada de mala gana.

—Mira, haz lo que te salga de los huevos, ¿vale? Si quieres seguir autodestruyéndote, adelante, pero más te vale estar presentable mañana. Tenemos una reunión para hablar sobre la boda.

—Estoy hasta los huevos de esa boda.

—¿Sí? Pues entonces podemos darnos la mano —sentencia ella, cruzándose de brazos.

—Lo digo en serio, Valenti. No aguanto más. ¡Estoy cansado de fingir todo el maldito tiempo! ¡Ninguno de los dos queremos esto! ¡Paso de esta mierda!

—Drio…

—¡A tomar por culo, joder!

—¡Drio! —Cuando la miro al fin, Stella me observa con los ojos muy abiertos—. ¿Eso significa lo que yo creo?

—Es posible.

—¿Vas a… romper el acuerdo?

—Bingo —respondo con rotundidad.

—Sabes que es una locura, ¿verdad? ¡Pueden echarte de tu crimine ! ¡Perderás la confianza de todos! ¡Te quedarás solo, Adriano!

—A estas alturas, me importa una mierda. Lo que tenga que ser, será. Lo único que quiero es terminar con esto.

◆◆◆

La mañana siguiente, llego a la casa Barone poco después de amanecer, justo cuando la familia se reúne en el salón para desayunar. Es la primera vez que piso el palazzo desde que Giulia se fue. Y parece que la veo en cada puto rincón.

Me largué de vuelta a mi hogar un par de horas después de su marcha.

No di explicaciones, ni siquiera me molesté en contestarle a mi madre cuando me preguntó si ya habían acabado las supuestas obras por las que me mudé al palazzo .

Cogí mis cosas y me marché. Al menos en mi casa no tengo recuerdos con ella.

Ni percibo su olor cada vez que paso frente a su dormitorio.

Una vez llego al salón, descubro que todos están aquí. No falta nadie, a excepción de mi tía Vittoria y de mi tentazione . Ambas se marcharon el mismo día.

—¡Adriano, hijo! ¡Ven con nosotros, siéntate! —exclama mi madre nada más descubrir que estoy aquí. Pero es ella la que viene a mi encuentro y me abraza fuerte—. Llevas tres semanas sin aparecer por el palazzo . ¿Qué pasa?

—Nada, mamá.

—No tienes buen aspecto. Estás más delgado y con ojeras.

—Todo está bien, no te preocupes —miento para que se tranquilice y deje de hacer preguntas.

—Ven aquí, chico —me anima mi padrino, señalando la silla que se encuentra frente a la suya—. Ya que estás en casa, podemos hablar sobre la reunión con Antonio Valenti mientras desayunamos.

Tomo asiento en silencio y mi primo Fabio, que se encuentra en la silla de al lado, me palmea el hombro. También está mi nonna , que me sonríe desde el otro extremo de la mesa.

—¿Te quedarás a comer hoy, Drio? Voy a preparar ossobuco .

—No sé si podré.

—Oh, pues claro que puedes —responde ella convencida—. Llevas mucho tiempo sin venir a cocinar conmigo y…

Mi abuela deja de hablar cuando un fuerte pitido proveniente de su bolsillo la sobresalta. De él saca un teléfono que le entrega a mi padre. Es la primera vez que lo veo.

—Ettore, mira a ver este trasto.

Aprieto los labios para no sonreír. Hasta donde yo recuerdo, nunca ha tenido móvil.

—Es Giulia, mamma —dice él tras desbloquear la pantalla. El corazón se me para en el mismo momento en que escucho su nombre—. Te desea buenos días y pregunta qué tal estás.

—¡Ay, mi pequeña! —Aplaude feliz antes de palmear el brazo de mi padre—. Haz que esa porquería haga un vídeo. Quiero saludarla. Grábame.

—Yo hablé con ella hace dos días —comenta mi madre como si nada—. Me dijo que nos echaba de menos.

—A mí me escribió anoche —añade Teo con una gran sonrisa—. Se interesó en si estábamos bien.

Giulia sigue en contacto con toda la familia, menos conmigo.

Estoy haciendo de tripas corazón para no arrebatarles el teléfono y apuntarme su nuevo número.

Necesito escuchar su voz, aunque solo sea unos segundos.

Me he vuelto un yonqui de todo lo que tiene que ver con Giulia Fabbri y ella no quiere saber nada más de mí.

—Bien, mientras la mamma habla con ella, empecemos con lo importante —se inmiscuye mi tío Riccardo tras dar el último sorbo a su café—. Los Valenti llegarán en una hora al palazzo .

—¿Qué quiere ahora Antonio? —se interesa mi madre, apoyando la barbilla sobre una mano.

—Viene a hablar sobre el cáterin de la boda de Adriano y Stella, de las flores y del viaje de luna de miel.

—Mmm… ¿y eso no deberían elegirlo los novios? —se inmiscuye mi padre tras terminar de grabar a mi nonna y enviarle a Giulia el vídeo.

—Ettore, hermano, parece mentira que no conozcas a Antonio. Es el hombre más controlador del jodido mundo.