Barone (Familias de la mafia 1) 31
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Giulia

Adriano no lo aceptó. Por más que le expliqué cómo me sentía, no dio su brazo a torcer; se empeñó en que me quedase a su lado. Lo intentó de todas las formas posibles.

Pero no lo hice. No pude hacerlo.

Cogí mi ropa del suelo y me marché de su habitación llorando, destrozada, en plena madrugada.

Sin embargo, eso no fue lo peor, sino su reacción.

Cuando se quedó a solas, comenzó a descargar su ira rompiéndolo todo.

No lo vi, pero lo escuché mientras me alejaba por el pasillo.

Los golpes debieron despertar a todo el maldito palazzo .

Y después llegaron los mensajes.

Decenas de mensajes que pasaron del amor al chantaje y finalmente a las amenazas al darse cuenta de que no pensaba responder.

Tuve que apagar el teléfono; cada notificación se me clavaba en el pecho como un puñal, porque sabía que eran suyas y que si seguía insistiendo acabaría contestándole.

Con él soy jodidamente débil. Y no puedo seguir siéndolo, por mucho que me duela.

—¿De verdad vas a marcharte, piccola ?

La pregunta de Fabio, que permanece tumbado en su cama con una gran venda alrededor de las costillas, me hace regresar a la realidad. A este quirófano improvisado que mi padre mandó montar anoche en una de las salitas del palazzo , para que los médicos de los Barone pudiesen operar a mi hermano.

Estoy sentada a su lado en la cama, estrechando su mano, mientras el pitido constante del electrocardiógrafo rompe el silencio que reina a nuestro alrededor.

Tiene buen aspecto, a pesar de que unas horas atrás estaba desangrándose con dos malditas balas alojadas muy cerca del pulmón izquierdo.

—Me voy en un rato —asiento, dedicándole una sonrisa falsa, pues por dentro me muero de pena—. Ya sé que prometí quedarme hasta que acabase el verano, pero…

—Comprendes que la nonna va a disgustarse, ¿verdad? —se entromete mi padre, que permanece de pie frente a nosotros con los brazos cruzados sobre el pecho. Él tampoco quiere que me vaya—. Estaba muy ilusionada de que te quedases hasta septiembre.

—Me despediré de ella antes de marcharme.

—¿Cómo vas a volver a Roma? —continúa Fabio.

—Cogeré un autobús en Bari.

—Alessandro te llevará —sentencia mi padre con voz de mando.

—No es necesario, papá.

—Eres una Barone, no vas a montar en un sucio autobús. ¿Qué clase de padre sería si lo permitiese?

—Uno que comprende que su hija necesita un poco de soledad.

—¿Tan mal has llevado el estar acompañada por tu familia?

—No es eso. Este mes y medio en el palazzo ha sido increíble. —Los ojos se me humedecen por las lágrimas. Fabio me aprieta la mano al ver que me emociono—. Yo… siempre lo recordaré con mucho cariño. Sois geniales todos.

—Entonces, ¿por qué no te quedas aquí?

Quizás en otras circunstancias habría pensado seriamente su oferta. Pero ¿cómo hacerlo cuando quedarme en Bari significa verlo a él? Sería como meterme en la boca del lobo por mi propio pie.

—Tengo que regresar a Roma. A la vida que dejé allí.

—Al menos, promete que vendrás para Navidades —insiste mi hermano sin dar su brazo a torcer.

—O podríais venir vosotros a Roma.

—¿Todos los Barone en tu apartamento enano?

—Me refiero a vosotros. A papá, Alessandro y tú. ¡Ah, y la nonna !

—Está muy mayor para hacer un viaje tan largo, bambina —me recuerda mi padre, negando con la cabeza—. Sería demasiado pesado para ella.

Hundo los hombros al comprender que tiene razón. Si quiero volver a ver a mi abuela, tendré que regresar a Bari.

—Está bien, volveré en Navidad —acepto al fin. En Navidad. Cuando todo se haya enfriado un poco, cuando mi amor por Adriano haya desaparecido, cuando él ya esté casado con Stella.

—¡Giulia, querida! ¿Es verdad que te marchas? —Raffaella aparece en la sala vestida con un traje de chaqueta sencillo y elegante de tono marfil. Va acompañada por mi tío Ettore, que me mira sorprendido por la noticia.

—Es cierto, regreso a Roma en un rato.

—Oh, ¿tan pronto? ¡Ven aquí y dame un abrazo! ¡Vamos a echarte mucho de menos! —La madre de Adriano me estrecha entre sus brazos y yo cierro los ojos y contengo las ganas de echarme a llorar una vez más—. Tienes que visitarnos más a menudo.

—Ni siquiera deberías marcharte —sentencia Ettore, acariciándome el brazo—. Hermano, ¿por qué dejas que la niña se vaya?

—¿Crees que no he intentado convencerla?

—Tío Ettore, es mi decisión.

—¡Cuando se entere la mamma , será un drama!

—Yo se lo diré a la nonna —declaro con calma para infundirles tranquilidad.

—Llamaré a Teodoro para que venga a despedirse de ti antes de que te vayas —continúa Raffaella, pulsando sobre su teléfono. Sin embargo, cuando se vuelve para ponérselo al oído, la veo levantar la mano hacia una persona que pasa por el pasillo—. ¡Drio! ¡Espera un momento!

—¿Sí?

Al verlo frente a mí, mi mundo se tambalea.

Adriano está en la puerta de la sala, impecable con su traje de chaqueta negro y un aspecto increíble, guapísimo, sexi, embriagador, mientras yo me siento como una mierda.

Sin embargo, se nota que no ha descansado y que está molesto: las ojeras oscurecen la piel bajo sus ojos y el rictus amargo de sus labios es evidente.

—Giulia regresa hoy a Roma, ¿te has despedido de ella?

Entonces me mira. Y lo que reflejan sus ojos no es cálido ni tranquilizador. En sus pupilas reconozco una helada indiferencia que me golpea en el corazón cuando enarca las cejas en actitud chulesca.

—Que te vaya bien —me dice con frialdad. Después, da media vuelta y se marcha de la sala sin mirar atrás. Dejando a nuestra familia extrañada por su forma de comportarse.

Me odia. He conseguido que no quiera saber nada más de mí, que me aborrezca y le dé absolutamente igual.

Qué dolor. Es muy jodido saber que el hombre al que amas ni siquiera puede mirarte a la cara sin demostrar asco, pero era la única forma de que me dejase marchar.

◆◆◆

Una hora más tarde, arrastro mi maleta por el recibidor del palazzo , donde el silencio es demoledor, y en el que solo encuentro a una de las trabajadoras que limpia una de las lámparas.

Mis ojos se pierden en todos los detalles que me rodean, sabiendo que voy a echar de menos cada rincón de este lugar, cada cosa que he vivido entre estos muros, pues ya nada será igual.

Mi padre camina a mi lado, también en silencio. No le quedan excusas ni argumentos con los que pedirme que me quede. Y lo agradezco. La situación ya es jodida de por sí; no necesito más presión, sino un poco de paz.

— Principessa , ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro. —Asiento y lo miro de frente, dejando de caminar. Apenas me quedan fuerzas. Estoy agotada física y emocionalmente.

—¿Esto es por lo de anoche? ¿Por lo de tu madre? —Se lleva una mano al pelo, peinándoselo hacia atrás—. Giulia, sé que fue horrible no haberte contado la verdad, pero yo…

—Ya lo sé, papá.

—Era joven. La situación me vino muy grande. Todo se desmoronó en mi vida y, maldita sea, no supe cómo afrontarlo.

—No pasa nada.

—Sí que pasa, hija. —Me coge las manos y las aprieta entre las suyas—. Has tenido que soportar muchas mierdas por mi culpa. Tú no merecías esto, Giulia. Por culpa de mis malas decisiones, lo has pasado mal, cuando tu maldito lugar siempre ha sido junto a nosotros. Con tu familia.

—No te mortifiques por algo que no se puede cambiar.

—Puedo compensártelo.

Sonrío y niego con la cabeza.

—Mi vida no ha sido del todo horrible, ¿sabes?

Me criaron mis tíos maternos: unas personas increíbles que me dieron todo su amor desde que era un bebé y me hicieron sentir querida y especial.

Tengo un padre sobreprotector y pesado al que adoro, unos hermanos un poco locos que darían la vida por mí, y una familia en Bari que me aprecia y que me demuestra que me quiere a su lado.

Tengo suerte, papá. Quizás antes no supe verlo, pero ahora me siento muy afortunada —sentencio con los ojos repletos de nuevo de lágrimas. Joder, no puedo dejar de llorar.

— Principessa , dame un abrazo. —Me envuelve entre sus brazos y aprieta fuerte, tal y como necesito. No quiero seguir llorando delante de mi padre o acabará sospechando que ha ocurrido algo que ha acelerado mi regreso a Roma.

—Te quiero.

—Y yo a ti, bambina . Llama cuando estés en casa.

—Lo haré en cuanto compre un nuevo teléfono.

El mío se rompió ayer. —Es mentira. Lo dejé en la puerta del dormitorio de Adriano antes de marcharme, con la tarjeta SIM incluida.

No puedo seguir conservando el mismo número, ni su contacto en la agenda.

Podría caer en la tentación de llamarlo en un momento de debilidad.

Y eso pondría las cosas más difíciles. Necesito empezar desde cero.

Desaparecer, aunque su recuerdo siga jodiéndome en las entrañas y tenga su imagen clavada en la mente a todas horas.

Me despido de mi padre cuando llegamos al jardín. Alessandro está arrancando el coche en el garaje y no tardará en aparecer para llevarme de vuelta a Roma.

Ya a solas, busco un poco de sombra cerca de una de las paredes laterales del palazzo y tomo asiento sobre mi maleta, sintiéndome diminuta, insignificante.

Me habría encantado regresar en autobús, al menos allí no habría tenido que seguir fingiendo que todo va bien. Solo de pensar que tendré que poner buena cara otras cinco horas para que Alessandro no sospeche, me vengo abajo.

—Pero ¿qué…? —Alguien chasquea la lengua—. ¿Es que no voy a poder deshacerme de tu presencia ni un maldito segundo?

Al girar la cabeza, descubro a Vittoria, que camina con decisión hacia la misma sombra en la que me resguardo del sol. Al igual que yo, tira de una enorme maleta, pero la suya con estampado animal y lleva unas elegantes gafas de sol que le cubren medio rostro.

Deja de caminar cuando llega a mi altura y me mira de arriba abajo con ese desprecio que siempre me ha tenido.

—¿Es que tu padre no te da dinero para comprarte unos tejanos sin agujeros, joder?

—Son así.

—Pues es una moda de mierda.

—Si no te gusta mi presencia, vete a otra parte.

—Es lo que me propongo. Has ganado.

Enarco una ceja al no comprender a qué se refiere. Su rostro no refleja ninguna emoción.

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo que he ganado?

—Que me largo de esta puta casa y no pienso volver jamás.

—¿Te vas? —Frunzo el ceño y niego con la cabeza—. Pero mi padre…

—Vamos a divorciarnos. Tendríamos que haberlo hecho hace muchos años, pero fui tan estúpida que seguí conservando la esperanza de que se enamorase de mí.

—Lo siento.

—¿Tú qué vas a sentirlo? Ya eres la dueña y señora de la casa Barone. Enhorabuena. Tu madre finalmente consiguió lo que se propuso. No quiero volver a saber nada de vuestro puto apellido. Si no me largo a otro continente, es por mis hijos.

Me ha dejado muda.

Siempre me extrañó que no hubiese ninguna interacción entre mi padre y su esposa, pues seguían siendo un matrimonio, pero nunca imaginé que las cosas entre ellos estuvieran tan mal.

—No tienes que irte —digo con voz suave—. Yo nunca he querido echarte, solo… estaba aquí por mi familia. Me habría encantado que hubiésemos tenido una relación cordial, Vittoria. Pero nunca lo permitiste.

—Agradéceselo a tu padre. —Se cruza de brazos.

—En serio, no tienes que irte. La que se va soy yo.

—¿Te vas? —Ahora sí parece sorprendida—. ¿Por qué? Los tenías a todos comiendo de tu mano.

—Es complicado. Yo… tengo que regresar a Roma.

—¿Y vas a abandonar a mi sobrino?

El corazón se me acelera al escuchar esta última pregunta.

—¿Q-qué?

—¿Adriano y tú os habéis peleado?

Se me corta la respiración.

—¿Cómo sabes que …?

—¿Que estabais liados? —Resopla y pone los ojos en blanco—. ¿Crees que soy estúpida, niña? Era tan evidente que lo único que me extraña es que tu padre siga creyendo que simplemente os llevabais bien. Solo os faltó meteros mano delante de nosotros.

—Fuimos cuidadosos.

—En tu mente, quizá. —Se ríe—. Déjame decirte que era un secreto a voces.

—¿Lo… lo sabe alguien más?

—Supongo. No lo sé. Y me da igual. —Me mira con desprecio—. Pero has demostrado que, además de su imagen, has heredado el carácter robahombres de tu madre.

—No sabía que estaba prometido cuando lo conocí.

—Ahora lo sabes.

—Por eso me voy —admito por fin ante alguien—. Lo nuestro se ha terminado. Yo no soy así.

—Haces bien. No consientas que otra mujer pase por lo mismo que yo, Giulia. Una traición así es imposible de superar. Te destroza la vida.

Asiento con la cabeza y, aunque me jode admitirlo, entiendo el dolor de Vittoria. No fue culpa mía, no tuve nada que ver, pero mi presencia en el palazzo ha sido para ella un continuo recordatorio del engaño que sufrió por parte de su propio marido.

—¿Puedo pedirte un favor? —pregunto con un hilo de voz.

—Prueba, pero no te aseguro nada.

—¿Podrías no hablar de esto con nadie? No quiero que las cosas se compliquen más. —Trago saliva antes de continuar, notando un nudo enorme en el pecho—. Adriano se va a casar y lo nuestro ha terminado. Sería estúpido remover algo que ya no existe. Lo que teníamos acabó para siempre.