30 #2
Asciendo sobre sus caderas, sacándomela casi por completo, y luego me dejo caer de nuevo, logrando una profundidad que me deja sin respiración. Inclino el cuerpo sobre el suyo y nos devoramos los labios sin dejar de follarnos a lo bestia, entre gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas.
Agarra mi cuello con posesividad, privándome del aire, y me obliga a recostarme sobre él, sin dejar de movernos contra el otro. De follarnos con esa intensidad bestial y demoledora que se crea cuando estamos juntos.
Me corro por segunda vez en muy poco tiempo y el orgasmo que experimento no se parece a ninguno que haya tenido antes.
Es desgarrador, demasiado profundo para soportarlo sin gritar.
Las paredes de la habitación retumban con mi voz.
Me tapa la boca con firmeza para silenciar mi aullido.
En lugar de reprochármelo y advertirme que alguien podría escucharnos, sus labios se curvan en una sonrisa complacida porque acabo de demostrarle lo mucho que me gusta el sexo juntos.
No obstante, dicha sonrisa muere en su boca cuando le sorprende su propio orgasmo.
Se corre dentro. Ninguno de los dos hacemos nada para remediarlo. Me llena con su semen, vaciándose del todo en mi interior, al tiempo que sus labios capturan una vez más los míos y me devora con un hambre insaciable.
◆◆◆
Adriano se queda dormido abrazado a mí, todavía desnudos sobre su cama, después del tercer polvo.
Tengo la cabeza apoyada en su brazo sano y me rodea la cintura con el otro, a pesar de que la venda no le da mucho margen de movimiento.
Su respiración en mi oído es tranquilizadora y el calor de su cuerpo pegado a mi piel, lo más agradable del mundo.
Lleva dormido más de dos horas y en ningún momento me ha soltado. Cada vez que cambia de posición, se ocupa de atraerme hacia él y enredar los brazos en mi cuerpo. Siempre me ha encantado que hiciera eso, que me quisiera cerca cada segundo.
Desde que hemos entrado a su dormitorio, no ha hecho más que mimarme, follarme y tratarme como una jodida reina. Como a su reina.
Pero hay algo en mí que no anda bien.
No he pegado ojo. No tengo sueño. Sin embargo, eso no es lo que me perturba.
Sigo teniendo unas enormes ganas de echarme a llorar, aunque él esté a mi lado.
La desesperación se enreda en mi estómago y empieza a hacerme sentir fatal.
Llevo horas luchando contra ella, asegurándome que todo está perfectamente, que no debo sobrepensar.
Aunque, llegado a este punto, me he dado por vencida.
Todo el palazzo está en absoluto silencio y por el ventanal del dormitorio se filtra un débil haz de luz proveniente de las farolas del jardín.
Me llevo una mano a la mejilla y me seco una lágrima. He perdido la cuenta de las veces que lo he hecho en estos últimos quince minutos.
Hoy ha sido un día de mierda.
Lo último que esperaba era que mi padre me confesase que la tumba de mi madre siempre ha estado aquí. Que no me abandonó, que llevo engañada toda mi maldita vida. Cualquier persona con un corazón en el pecho, por pequeño y podrido que fuera, se sentiría como yo.
Sin embargo, el asunto de mi madre no es lo que me tiene tan jodida. Es por él.
Levanto la mirada y observo el rostro de Adriano, que permanece pegado al mío. Tranquilo, relajado, guapísimo. Cuando no frunce el ceño, parece el típico chico despreocupado y canalla con el que todas las mujeres hemos soñado alguna vez en nuestra vida, y no un señor despiadado de la mafia.
Acaricio su mejilla con suavidad, disfrutando del tacto áspero del vello que empieza a salirle en el mentón, a pesar de que a simple vista parece perfectamente rasurado.
Las lágrimas humedecen de nuevo mis ojos y ahogo un gemido al no ser capaz de aguantar el llanto.
No puedo hacerlo. No puedo seguir con esto.
Por más que lo intente, mi cabeza no me lo permite.
Aunque esté enamorada de él. Aunque la sola idea de separarnos sea como si me clavasen veinte cuchillos en el estómago.
No obstante, quedarme aquí siendo su eterno secreto, viéndolo casarse con otra mientras yo estoy obligada a permanecer en las sombras, es mil veces peor.
Me destruiría. Acabaría odiándolo a él. A mí.
Reprochándome el haberme convertido en su amante.
En convertirme en el tipo de mujer que siempre rechacé.
Me tapo la boca con ambas manos y mi cuerpo se agita por la desdicha. La pena me golpea tan fuerte que me hace sentir insignificante.
Lo amo. Pero no puedo quedarme a su lado. No de esta forma. No así.
Miro su rostro con una pena que me rompe por dentro, despidiéndome de él, de nosotros. Diciéndole adiós a esta intimidad que nunca volveremos a compartir.
Lleno los pulmones de oxígeno y aparto su mano lentamente de mi cintura para no despertarlo. Me incorporo en la cama, quedando sentada sobre el colchón, dándole la espalda.
Mi vestido está tirado en el suelo, muy arrugado, junto a su ropa. Solo unos pasos y todo acabará.
—¿Giulia? ¿Estás llorando?
Cierro los ojos muy fuerte al escuchar su voz soñolienta. Me limpio de nuevo las lágrimas y me encojo de hombros antes de contestar:
—Estoy bien.
—¿Por qué lloras? —Siento su brazo de nuevo en mi cintura, atrayéndome a él. Adriano se incorpora en la cama, con cuidado de no hacerse daño en la herida, y me agarra de las mejillas para que lo mire—. ¿Qué te pasa?
Mis lágrimas se desbordan una vez más, mojándole los dedos. Tiene los ojos rasgados por el sueño, el cabello despeinado y el ceño fruncido por la preocupación.
—Yo… —Trago saliva y cojo fuerzas para continuar—: Mañana regreso a Roma.
—Ni hablar. —Sonríe y tira de mi brazo para que me recueste sobre el colchón—. Sigue durmiendo.
—Lo estoy diciendo en serio.
—Y yo también.
—Adriano. Basta. —Le aparto el brazo de mi cintura y niego con la cabeza—. Voy a regresar a casa.
—Esta es tu casa.
—Es la casa de mi padre. Y no puedo seguir aquí.
Se queda en silencio unos segundos, me mira con el ceño fruncido, comprendiendo lo que significan mis palabras.
—¿Crees que voy a dejar que te vayas?
—Es mi decisión.
—¿Vas a decirme qué coño pasa, Giulia? —Niega con la cabeza—. Estábamos bien. Esta noche todo estaba bien.
—¡Nada estaba bien! ¡Nunca lo ha estado! ¿Es que no lo comprendes? ¡No puedo seguir con esto!
—¡No te vas a ir! —exclama entre dientes para no alertar a nuestra familia—. ¡Así que deja de decir esa mierda!
—Cogeré un autobús en Bari.
—¡Giulia! —brama con fuego en las pupilas.
—¿Por qué no respetas mi decisión?
—¡Porque no tiene ningún sentido! ¡Queremos estar juntos, joder! ¡Hace tres putas horas me repetías que me querías mientras follábamos como unas jodidas bestias!
—¡Y te quiero!
—¡Entonces, no hay más que hablar!
—¿Es que no lo entiendes? ¡No puedo quedarme! —Una lágrima me moja el cuello—. ¡Acabaría muriéndome de dolor!
—¡Yo me encargaré de que eso no ocurra! —Vuelve a enmarcar mis mejillas—. ¡ Tentazione , te haré muy feliz!
—Feliz —repito sin emoción en la voz—. ¿Feliz cómo, Adriano? ¿Pasando el resto de mi vida escondida? ¿Siendo tu amante para siempre? ¿Obligada a callar lo que siento por miedo a que todos me señalen?
—¡Mataré al que se atreva a hacerlo!
—¡Es que esa no es la solución, maldita sea! —Me llevo una mano al cabello, desesperada—. ¡Acabaría volviéndome loca!
—No es verdad.
—¡Te odiaría! ¡Te aborrecería por obligarme a vivir siendo tu amante! ¡Me odiaría a mí misma! ¡La culpabilidad acabaría destruyéndome!
—Pero ¿de qué puta culpabilidad hablas? ¡Aquí no hay esposas engañadas! ¡Ya conoces a Stella!
—¡No me merezco esto, joder! ¡Merezco a alguien que me dé mi sitio!
—¡Tu sitio es a mi lado!
Otra lágrima resbala por mi mejilla.
—Quiero una boda. Una donde toda mi familia celebre que voy a compartir mi vida con el hombre al que amo. Quiero ser la única. De verdad. Ante todos. Que mis hijos no tengan que agachar la cabeza porque alguien los llame bastardos. Quiero exclusividad en todos los sentidos.
—Ojalá pudiera darte eso, pero estoy atado de pies y manos, nena.
—Entonces deja que me vaya.
—No.
—¡Adriano, joder!
—¿Pretendes que me quede callado y sonriendo mientras veo cómo se marcha la mujer a la que quiero? ¡Y una mierda, y una puta mierda!
—Si me quieres de verdad, aceptarás mi decisión.
—¡Eso es un maldito chantaje emocional!
Niego con la cabeza, destrozada por dentro.
—¿De verdad quieres que sea feliz?
—¡Claro, joder!
—Bien, porque nunca podría serlo de esta forma. No cuando el 14 de septiembre caminarás hacia el altar para casarte con otra mujer que no soy yo.
—Nena…
—Mañana regreso a Roma, Adriano —repito con voz muerta—. Te pido por favor que no me lo pongas más difícil. Si de verdad estás enamorado de mí, déjame marchar.