Barone (Familias de la mafia 1) 30
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Giulia

El corazón me late tan rápido que hasta me retumba en los oídos. Adriano camina en silencio tras de mí, por las escaleras que llevan al ala de los dormitorios, y con cada paso que nos acerca a nuestro destino, mi cuerpo se vuelve más y más loco de anticipación.

Mi padre pasará la noche en la sala que ha servido de quirófano improvisado, junto a Fabio. Mis tíos y Teodoro toman té en la cocina. Mi nonna duerme ajena a lo que está sucediendo en nuestra familia.

Todos están en el palazzo ; un movimiento en falso y nuestro secreto podría ser descubierto. Pero ahora mismo lo único en lo que puedo pensar es que Adriano Barone me sigue, y un intenso cosquilleo de nervios y excitación asciende por mi estómago.

Llegamos al piso superior y me dirijo a mi habitación con él pisándome los talones.

Sin previo aviso, se coloca a mi lado y gira la cabeza para dedicarme una enigmática sonrisa.

Todavía va con el torso al aire, dejando a la vista la venda firmemente sujeta en el brazo izquierdo y algún resto de sangre seca marcándole la piel.

Trago saliva al no poder despegar los ojos de su cuerpo, de su rostro anguloso, de sus labios. Estoy demasiado enganchada a él para poder hacerlo.

La puerta de mi habitación aparece ante nosotros y apoyo la espalda sobre la madera, mirándolo fijamente, en silencio, dándome un atracón de su anatomía.

Adriano hace lo mismo, pero desde la pared de enfrente. Silencioso, expectante, excitado. Como si estuviéramos viéndonos por primera vez.

Nuestras miradas se enredan. Se nota que está cansado. Le han pegado un tiro en el brazo, maldita sea. Debe de estar agotado. Ladeo la cabeza y suspiro acongojada al recordar que algo horrible podría haberle sucedido en el almacén.

—Giulia, ven aquí —susurra de repente, sin despegar sus pupilas de las mías.

Ni siquiera dudo en obedecerlo.

Despego la espalda de la puerta y recorro la poca distancia que nos separa, hasta que nuestros cuerpos quedan a escasos centímetros.

Adriano me acaricia la mejilla con una suavidad que me estremece, me toca los labios y yo beso sus dedos.

Tomo su mano entre las mías y le beso la palma, los nudillos, el tatuaje de la calavera.

— Tentazione , podemos…

—Te quiero —lo interrumpo antes de que termine de hablar. Mis ojos se pierden en los suyos—. Yo también estoy enamorada de ti.

Se le acelera la respiración y una amplia sonrisa aparece en sus labios al tiempo que me rodea con fuerza por la cintura con el brazo sano. Junta nuestras frentes y niega con la cabeza, intentando asimilar lo que acabo de confesarle.

—Repite eso. Repite lo que acabas de decir.

—Te amo.

—Mierda, joder —exclama con una naciente emoción reflejándose en sus pupilas—. Te quiero, nena. Lo sabes, ¿verdad? ¿Sabes que estoy jodidamente loco por ti?

Me besa. Devora mi boca como si fuera la única fuente de alimento que necesitase para vivir. Y en cierto modo así me siento yo también. Cada vez que él está conmigo, es como si el resto del mundo sobrase.

Respondo a su beso con una intensidad desbordante, agarrándome a su espalda para no tambalear, clavándole las uñas en la caliente piel.

Necesito sentir que estoy anclada a algo, que aún sigo con los pies en el suelo.

Nuestras lenguas juguetean, nos comemos a lo bestia como animales, exigiéndolo todo del otro.

Adriano me levanta en peso y me aplasta contra la pared, clavándome en el estómago su polla dura y enorme.

—Bájame, estás herido —susurro contra su boca—. Te harás daño en el brazo.

—No lo necesito para lo que quiero hacerte.

—¿Vas a follarme?

—Joder, sí. —Me muerde el cuello y yo gimo echando la cabeza atrás.

—Te necesito —admito con la voz temblorosa—. He pasado tanto miedo cuando mi padre me ha dicho que estabas herido…

—Hace falta mucho más que un disparo en el brazo para acabar conmigo. Nadie va a separarme de ti.

Vuelve a besarme sin medida, lamiéndome la boca, mordiéndome los labios como un salvaje. Me deja sin respiración cuando me aplasta entre su cuerpo y la pared. Sabe cómo provocarme, qué hacer para que responda a sus juegos y me olvide de todo lo demás.

Ondea las caderas para que sienta su polla contra mí. Quiero lamerla, tragármela, ahogarme con ella hasta quedarme sin aire. Estoy tan cachonda que noto los muslos empapados. Sigo sin bragas desde que me las quitó en la fiesta de los Valenti.

En la soledad del pasillo solo se oyen nuestros gemidos y susurros. Cualquiera podría descubrirnos si apareciese en este momento. Él también se ha dado cuenta de lo expuestos que estamos, pues de inmediato, me lleva en brazos hasta una de las habitaciones: la suya.

Está situada al final del pasillo, cinco dormitorios más allá del mío. Es una estancia amplia y señorial sin apenas mobiliario más que la enorme cama y un armario ropero que ocupa toda la pared del fondo. Pero lo que más me gusta de ella es que huele a Adriano.

Una vez dentro, me lleva en volandas hasta la cama. Caemos sobre el colchón sin romper el beso, tocándonos con desesperación. Me acomoda sobre él; es más fácil que yo esté encima, pues apenas puede mover el brazo herido.

—Quítate el vestido —ordena mientras cuela la mano bajo la tela y aprieta la tierna carne de mis glúteos—. Deja que te devore las tetas, llevo deseando hacerlo una jodida eternidad.

Con las manos temblorosas, me saco la prenda por la cabeza y quedo completamente desnuda sobre su cuerpo.

Adriano profiere un gruñido gutural antes de atrapar mis pechos.

Me los come con desesperación, haciéndome gemir de puro éxtasis.

Sus dientes castigan mi pezón sin piedad; un contraste de placer y dolor que me excita muchísimo, que me obliga a dejar de pensar para entregarme por completo a él.

—Me encanta, no pares. —Muevo las caderas sobre él y le mojo los pantalones con la humedad de mi coño. Rozando, una y otra vez, mi centro contra su dureza.

Me devora los pechos como si la vida le fuese en ello, primero uno, luego el otro. Las rojeces que empiezan a aparecer junto a mis pezones lo satisfacen, pues sonríe al verlas.

Estoy tan excitada que cuelo una mano dentro de los pantalones, logrando que varios botones se suelten.

Le rodeo la polla con los dedos. Está húmedo por mí, de la punta del glande nace una gotita de líquido preseminal que extiendo con el pulgar por su fina piel.

Adriano me muerde las tetas y gruñe descontrolado, dejando la marca de sus dientes en ellas.

Después palmea mi trasero con fuerza; lo hace de tal forma que noto la vibración hasta en el coño.

Mi tierna carne palpita donde ha estampado los dedos. Qué delicia.

—Como sigas haciendo eso, te follaré ahora mismo, tentazione —susurra contra mis labios—. Y lo haré tan duro que no sabrás si es un premio o un castigo.

Mis muslos tiemblan al escuchar su amenaza y gimoteo cuando desliza los dedos por mis pliegues mojados, moviéndolos de arriba abajo por los labios.

—Mmm… Dios.

—Eres perfecta. Mírate. Me encanta cómo te rindes a mí, cómo aceptas que tu cuerpo, tu corazón y tu coño me pertenecen. —Penetra mi vagina con dos dedos y los curva en el interior—. Sigues estando tan apretada…

Mi única respuesta es un gemido. Después de haber pasado las últimas semanas sin acostarnos, siento una gran liberación en mi interior porque esto era lo que me faltaba: él. Me faltaba lo que siento cuando somos nosotros.

Me corro sin remedio con sus dedos dentro, a horcajadas sobre sus caderas, con su boca castigándome las tetas. Un escalofrío recorre mi cuerpo y cierro los ojos con fuerza, dejándome llevar por completo por este torrente de gozo que me lleva hasta el cielo.

Todavía no me he repuesto cuando Adriano levanta las caderas de la cama para bajarse los pantalones con el brazo sano. Su polla erecta aparece ante mis ojos, con ese piercing sexi atravesando su glande y otra gotita mojando su piel. Me relamo los labios al verla, haciéndolo sonreír con mi reacción.

—Luego te exigiré que me la comas, pero ahora tengo que follarte.

—Traga saliva mientras me observa con fuego en las pupilas, sentada desnuda sobre sus caderas, y me da otra palmada en el trasero, que me hace contener el aliento—.

Móntame. Cabálgame, Giulia. Quiero verte rebotar sobre mi polla hasta que me corra dentro de ti, viendo lo sucio y marcado que te he dejado el coño.

Asiento convulsivamente y me apoyo en su estómago para alzar las caderas y acomodar su falo en mi húmeda entrada. Acabo de correrme y ya estoy excitándome de nuevo solo de pensar en lo que sentiré cuando lo tenga empalado en mi profundidad.

Adriano apoya la mano en mi cintura y tira de mi cuerpo, penetrándome de una fuerte embestida.

Mi boca se curva formando una O, pero de ella no sale ni un solo sonido.

Echo la cabeza hacia adelante y disfruto de las suaves convulsiones de mi vagina al tenerlo dentro y, cuando abro los ojos, él me mira con una mezcla de aturdimiento y deseo que me eriza la piel de la espalda.

Se muerde el labio inferior antes de levantar las caderas e introducirse aún más en mi conducto.

—¡Aaah, joder! —es lo único que acierto a decir.

—Muévete, Giulia. Baila sobre mi polla, entrégate a mí por completo. —Me pellizca el trasero y gimo de puro gozo—. Eres mía, nena. Lo sabes, ¿verdad?

Cuando vuelvo a asentir, levanta bruscamente las caderas y se incrusta tan adentro que los pezones se me endurecen como piedras.

Una vez se queda quieto, soy yo quien comienza a mecerse contra él, a subir y bajar sobre su pene, tan cachonda y con la mente tan nublada que no puedo hacer otra cosa más que mirarlo y aceptar que esto era inevitable, que nunca tuve opción de escapar de él y que por mucho que me lo proponga, Adriano Barone siempre vivirá en mi corazón.