Barone (Familias de la mafia 1) 29 #2
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—¿Papá? —No me gusta nada el tormento que refleja. Ni el nerviosismo que está apoderándose de su cuerpo.

—Está bien, traedlos rápido, llamaré al equipo médico. ¡No tardéis! —Cuando cuelga y se guarda de nuevo el móvil en el bolsillo, se pasa una mano por su canoso cabello—. Principessa , tengo que irme. Ha ocurrido algo malo.

—¿Qué pasa? ¿A quién han herido?

—A Fabio y a Drio. Les han disparado. Vienen de camino a casa y tengo que avisar a los médicos.

El rostro se me deforma por el terror. Se me paraliza el cuerpo por un miedo tan intenso e incapacitante que no me deja reaccionar. Están heridos. Mi hermano y Adriano. ¡No! ¡No, no, no, por favor!

Las manos me tiemblan sin remedio cuando veo a mi padre correr hacia el palazzo a toda velocidad.

Yo también lo hago tras él. Corro todo lo rápido que me lo permiten las piernas, descalza, con los tacones en las manos y una desesperación desbordante mordiéndome dentro del pecho.

Rezo por mi hermano, para que no sea nada grave.

Por Adriano. Si le pasa algo malo, me muero. A él no. A él no, joder.

◆◆◆

El tic tac del reloj está destrozándome. Llevamos esperando en el salón, mi padre, Vittoria, mis tíos y yo, más de diez minutos, y no hay ni rastro de ellos.

Ando de un lado a otro. Me asomo por la ventana.

Cojo la mano de Raffaella, que tiene el rostro desencajado de preocupación.

Qué lento pasa el puto tiempo. Cada segundo se me antoja una eternidad.

Estoy reprimiendo las ganas de volver a echarme a llorar.

No quiero hacerlo delante de ellos. Eso solo sumaría más estrés a la situación.

De repente, el rugido del motor de un coche que se acerca a toda velocidad por el camino de tierra del jardín nos hace correr hacia el ventanal. Son ellos. Reconozco el todoterreno negro de Alessandro.

—Ya están aquí —sentencia mi padre con premura—. Ettore, dile a los médicos que salgan con las camillas.

—¡Enseguida!

El personal médico corre hacia el exterior del palazzo , seguidos por mi padre y mi tío, pero Raffaella y Vittoria continúan aquí, esperando con una serenidad admirable, aunque por dentro estén muertas de preocupación.

Así que me quedo con ellas, aunque yo sigo andando de un lado a otro sin apartar los ojos de la puerta.

Agudizando el oído. Tratando de calmar los latidos furiosos de mi corazón.

Los primeros en entrar son un grupo de médicos empujando una camilla a gran velocidad, con mi hermano Fabio tumbado en ella y mi padre al lado, presionando contra sus costillas un trozo de camiseta empapada en sangre.

Tiene los ojos entrecerrados y en sus labios se dibuja una mueca de dolor, pero cuando pasa por mi lado, hace el esfuerzo de guiñarme un ojo, lo que me calma un poco.

Ni siquiera puedo reaccionar cuando la otra camilla irrumpe en el salón y pasa por delante tan rápido como la de mi hermano. Doy unos pasos hacia ella, intentando ver a Adriano, pero no es él quien está tumbado con una herida de bala en el muslo, sino uno de los gorilas de mi padre.

Una lágrima de desesperación resbala por mi mejilla al no verlo. ¿Dónde está? No puedo respirar, joder. ¡¿Dónde está Adriano?!

—No pasa nada, papá, puedo andar.

¡Su voz!

Giro sobre mis talones y lo descubro al fin cruzando la puerta junto a Ettore. Va sin camisa, pues ha tenido que usarla para hacerse un torniquete en el brazo, pero camina sin ayuda y tiene buen aspecto.

Un torrente de alivio me sacude de arriba abajo al ver que está a salvo. Un sollozo escapa de mi garganta cuando echo a correr hacia él y me abrazo con fuerza a su cintura, haciéndolo tambalear.

—Estoy bien —me susurra al oído, abrazándome a él con su brazo sano. Todo el mundo nos mira, pero me da igual. He pasado tanto miedo que me la suda lo que los demás piensen—. No llores, tentazione . Hemos sufrido heridas peores. Todos saldremos de esta.

—Giulia, ¿puedo? —es Raffaella, que espera detrás a que le permita ver a su hijo.

—Oh, claro, perdona.

Adriano y yo nos miramos a los ojos antes de separarnos a regañadientes y su madre ocupa mi lugar, abrazándolo con fuerza.

—¿Qué ha pasado, hijo?

—Ha sido una puta emboscada. Lo habían planeado todo para acorralarnos en el almacén y masacrarnos.

—¿Quiénes? —se inmiscuye su padre, tenso.

—Los hombres de Moretti.

—¡¿Ese malnacido se ha atrevido a atacarnos?!

—Nero quiere el terreno. Nos hemos convertido en una molestia para él. —Sonríe entre dientes con una furia demoledora—. Lo que no sabe ese hijo de puta es que voy a matarlo. Voy a destrozarlo, papá. Lo descuartizaré y dejaré tan irreconocible que solo servirá para dar de comer a los cerdos.

Adriano es atendido por uno de los médicos nada más llegar, quien le extrae la bala del brazo sin mayor dificultad.

Cuando vuelve a reunirse con nosotros en el salón, toma asiento a mi lado, en el sofá, y me rodea por la cintura con el brazo sano, pegándome a su cuerpo, logrando suavizar mi desesperación.

Todavía no hay noticias de Fabio. El equipo médico que lo atiende sigue operándolo para sacarle las dos balas que tiene alojadas en las costillas.

Apoyo la cabeza en su hombro y suspiro al tiempo que un par de lágrimas resbalan por mis mejillas. Todos están tan nerviosos y preocupados por mi hermano que nuestras muestras de cariño pasan totalmente desapercibidas. Para ellos, simplemente somos dos primos dándose apoyo en una situación difícil.

—¡He venido en cuanto me ha sido posible! —es Teodoro, que corre por el salón para reunirse con nosotros, pues acaba de llegar al palazzo . Va a medio vestir. Con la camisa por fuera de los pantalones y el cabello recogido en una coleta deshecha—. Drio, ¿cómo estás?

Cuando se acerca a nosotros, sus ojos se posan en la mano de su hermano en mi cintura. Me remuevo incómoda e intento separarme un poco, pero Adriano no me lo permite. Me quiere cerca y le da igual lo que puedan pensar.

—Bien, solo ha sido un disparo en el brazo. Pero Fabio sigue con los médicos. Estamos esperando noticias.

—Tendría que haber ido con vosotros, joder.

—Y también habrías acabado herido. Esos cabrones iban con la intención de matarnos.

Teo abre la boca para responder; sin embargo, un movimiento a nuestra espalda lo silencia. Es el médico. Y eso solo puede significar que viene con noticias sobre el estado de mi hermano.

Todos nos levantamos de nuestros asientos y nos acercamos a él, con rostros largos de preocupación.

—Está fuera de peligro —dice de inmediato—. Hemos conseguido extraerle las balas y contener la hemorragia.

—¿Podemos entrar a verlo? —salta Vittoria, acongojada.

—Por supuesto, pero no despertará hasta mañana.

—Mira varios papeles que tiene en las manos antes de continuar—: Les aconsejo que se vayan a descansar.

El señor Riccardo pasará la noche con su hijo.

Estarán acompañados en todo momento por dos enfermeros, se asegurarán de que todo vaya bien. Está todo controlado.

Respiro.

Ahora sí, mis pulmones se llenan del todo de oxígeno y mi cuerpo se comienza a relajar por el alivio.

—Iré a ver a mi hijo de todos modos —sentencia Vittoria con autoridad, acompañando al médico a la sala donde han intervenido a Fabio.

Cuando nos quedamos a solas, Raffaella se pasa una mano por los ojos y niega con la cabeza, al tiempo que mi tío Ettore la rodea por la cintura.

—Necesito un té. Tengo el estómago que parece una coctelera —comenta con un hilo de voz.

—Vamos a la cocina a preparar uno —asiente él. Después mira a sus dos hijos y a mí—. ¿Os apetece?

—Gracias, tío, pero estoy agotada. Me voy a la cama.

—Yo sí que voy —asiente Teodoro—. Drio, ¿nos acompañas?

—Eeeh, no. Me duele el brazo y también estoy cansado. Me voy a dormir.

Raffaella asiente y besa la mejilla de Adriano, dándole las buenas noches; luego se coloca frente a mí, me acaricia el cabello y me da otro beso en la mejilla, igual que a él.

—Descansad y recobrar fuerzas. Nos vemos mañana.