29
Giulia
La fiesta en casa de los Valenti termina de forma abrupta cuando mi nonna viene a buscarme y me dice que debemos regresar al palazzo de inmediato.
Al parecer, alguien se ha colado en el almacén de los Barone en Alberobello y mi padre ha ordenado que Adriano, mis hermanos y varios de sus hombres se encarguen de los intrusos.
En este mundo, las obligaciones con el negocio son mucho más importantes que una cena de ensayo para la boda de uno de sus miembros; hasta el mismísimo Antonio Valenti ha apoyado esa decisión y ha puesto fin a la celebración.
Cuando llegamos a casa, el resto del crimine se reúne en el despacho y las únicas que no acudimos somos Vittoria y yo. Sin embargo, la mujer de mi padre no pierde la ocasión de poner mala cara cuando nos quedamos a solas y se retira a su dormitorio, dejándome sola en el salón.
No tengo sueño.
Dudo mucho que pueda dormir después de todo lo que ha ocurrido esta noche.
De lo que ha pasado con él. Meterme en la cama ahora mismo solo serviría para pasar horas y horas dando vueltas sobre el colchón con la mente funcionando sin parar.
Así que decido salir al jardín. A ese solitario remanso en el que nadie va a molestarme y donde espero aclarar las ideas.
Como siempre, me siento bajo la figura de la mujer que baila, frente a la enorme fontana, que ahora permanece apagada. A mi alrededor se escucha el sonido de los grillos y la iluminación tenue es tranquilizadora.
Es una noche más oscura de lo habitual. Las nubes cubren el cielo y ni un débil rayo de luna se filtra entre ellas.
Sin embargo, apenas le presto atención a nada de lo que sucede a mi alrededor.
Estoy nerviosa, confusa, sin saber qué cojones hacer con toda esta situación.
Me está sobrepasando. Mi corazón quiere algo totalmente opuesto a lo que me dicta el sentido común, y es doloroso porque me doy cuenta de que, haga lo que haga, decida lo que decida, nunca seré plenamente feliz.
Siempre habrá algo que me recuerde que mi decisión no ha sido la acertada.
Me abrazo a mí misma, recordando a la Giulia ingenua que llegó a Bari hace más de un mes, la que pensaba que la vida estaba empezando a sonreírle, que todo iba de puta madre, y no puedo evitar apiadarme de ella, sentir pena por lo patética y estúpida que fui mientras no sabía la verdad.
Estoy tan metida en mis cavilaciones que el tiempo pasa sin que me dé cuenta. Solo salgo de este círculo vicioso de dudas cuando el crujido de unas hojas secas al ser pisadas rompe el silencio.
Al alzar la vista, veo a mi padre caminando pensativo por el jardín, a pesar de ser de madrugada. Sigue vestido, al igual que yo, con la ropa de la cena. Al parecer, la reunión ya ha terminado.
—¡Ah, principessa ! No sabía que estabas aquí —me saluda suavizando su gesto—. Es la segunda vez que nos vemos hoy junto a la fontana.
—Me gusta el silencio del jardín. Necesitaba pensar.
—En eso nos parecemos. —Sonríe y toma asiento a mi lado a los pies de la estatua—. Yo también he venido a por un poco de tranquilidad.
—Me resulta raro verte pasear a estas horas.
—Hasta que los chicos no vuelvan a casa del almacén, no dormiré tranquilo. Quiero saber quiénes eran esas ratas que se han colado en nuestro territorio y aplastarlas hasta que sus huesos acaben convertidos en polvo.
—Qué explícito. —Hago una mueca de asco.
—No es bonito, ya lo sé, pero es la única forma de demostrar a todo el mundo que con los Barone no se juega. El próximo gilipollas que quiera jodernos se lo pensará dos veces.
—Claro, eso es cierto. —Asiento sin más.
Frunce el ceño al escuchar mi escueta respuesta y, ahora sí, centra toda su atención en mí.
— Bambina , ¿te encuentras bien?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Últimamente te veo muy pensativa.
—Lo estoy —admito con un suspiro—. Es que en mi vida han pasado tantas cosas, y en tan poco tiempo, que me cuesta asimilarlas.
—Sé que no tuvo que ser fácil para ti conocer a todos los Barone de golpe. Siempre has vivido con la familia de tu madre. —Entrelaza nuestras manos y me mira con cariño—. Giulia, sé que me disculpé contigo hace un tiempo, pero quiero volver a hacerlo.
—No, papá, está bien, no pasa nada.
—Odio que sintieses que no eras importante. Porque para mí lo eres tanto como tus hermanos. Sin distinción. —Suspira—. Nunca tuve que haberme separado de ti cuando eras un bebé. Me arrepentiré el resto de mi vida. Yo era joven. Me dejé influenciar por demasiadas personas.
—¿A qué te refieres?
—Rompí el código de honor de un buen líder. En la mafia se dice que, si un hombre no puede serle fiel a la mujer con la que juró pasar su vida, no es de fiar en los negocios, pues si engañas a la persona que duerme a tu lado, ¿qué te impide traicionar a los demás por una mejor oferta?
—¿Te arrepientes de haber conocido a mi madre?
—Nunca, bambina . —En sus ojos se refleja la añoranza—. Me enamoré de Elena Fabbri en cuanto la vi trabajando de camarera en un restaurante en Roma. Y al poco tiempo nos enteramos de que tú venías de camino.
—¿Os alegrasteis, de verdad?
—Saber que existías me hizo el hombre más feliz del mundo —asiente—. Compré una casa en Bari para tu madre y se vino conmigo. Fue una época inolvidable.
—¿Y qué pasó luego?
—Alguien nos vio juntos y todo se desmoronó.
Mi día a día se convirtió en discusiones con Vittoria, con la nonna , con el resto de la familia.
Nuestros aliados nos retiraron su confianza, el negocio tambaleó.
Y yo… hice lo que todo el mundo esperaba de mí: dejé de ver a tu madre.
A pesar de que estaba loco por ella, corté nuestra relación y mis abogados se encargaron de darle dinero para que siguiera viviendo cómodamente.
—¿Por eso me abandonó? ¿Tuvo miedo de criar sola a un bebé?
—Tu madre no te abandonó. —Aprieta los labios y suspira con pesar antes de continuar, como si seguir hablando fuera tan doloroso como una puñalada en el pecho—. Elena Fabbri murió mientras daba a luz en la casa que compré para los dos.
Dejo de respirar.
¿Qué demonios…? ¡No! ¡No, es imposible! Me abandonó, joder. Es lo que mis tíos maternos me dijeron desde que era una niña.
—¿Q-qué?
—Ella te amaba tanto como yo, Giulia. —Sus ojos brillan por las lágrimas contenidas—. Pero la dejé, maldita sea. Abandoné a la mujer que quería y murió sola y asustada mientras nacía nuestra hija.
—Papá… ¡No! —Una lágrima resbala por mi mejilla y niego convulsivamente con la cabeza—. ¡Nunca me quiso y me dejó con su hermana! ¡Mi madre…!
—Yo te llevé a casa de tus tíos unos días después de tu nacimiento. Vittoria se negaba a tenerte en el palazzo y yo me sentía tan culpable por todo lo que la había hecho pasar que decidí complacerla.
No puedo hablar. No soy capaz de reaccionar a esto. He pasado toda la vida creyendo que la mujer que debía quererme por encima de todo se había despreocupado de mí. He llegado a odiarla, a desear que fuera infeliz, que sufriera lo mismo que había sufrido yo por su abandono. Y ahora…
—¿Por qué nadie me lo dijo? ¡¿Por qué incluso mi tía, su propia hermana, repite hasta la saciedad que Elena Fabbri me abandonó?!
—Porque fue lo que yo les conté.
—¡¿Mentiste?! ¡¿Mentiste sobre ella?!
—No pude hacer otra cosa. Tus tíos nunca vieron con buenos ojos que Elena se enredara conmigo.
Me temían; tenían miedo a la mafia y me habrían acusado si hubiesen sabido que estaba muerta.
Nunca habrían creído la verdad y hubieran ido a la policía.
Lo último que necesitábamos los Barone, en aquel momento de debilidad, era una investigación sobre nuestra familia.
—¡Papá, he crecido viviendo una mentira! ¡Lo que hiciste fue horrible! —grito dolida, mientras me limpio las lágrimas y niego con la cabeza.
—No hay día que no me arrepienta de mis actos, Giulia.
—¿Dónde está? ¿Dónde está mi madre? ¿En qué cementerio la enterraste? ¡Quiero verla!
—Elena no está en ningún cementerio.
—¡¿Te deshiciste de su cuerpo como si fuera una criminal?!
—La llevé al único lugar donde puedo visitarla cada vez que necesito un poco de su paz: a mi hogar.
—¿Está aquí?
—Estamos sentados sobre su tumba, principessa .
Me levanto como un resorte y me llevo una mano a los labios, estoy temblando. Entonces mis ojos se posan una vez más sobre la estatua. La mujer bailando. Delicada, etérea, preciosa.
—¿Es… ella?
Mi padre se coloca de pie, a mi lado, y contempla la escultura con dolor en los ojos.
—La mandé construir en su honor. A modo de disculpa.
Elena me dio lo más bonito que tengo, bambina : a ti.
La amé como nunca he vuelto a amar a ninguna mujer y me aseguré de que su descanso eterno fuera en el jardín más bello del mundo, porque ella merecía lo mejor, la felicidad más absoluta, el amor más puro e intenso. Y yo no pude dárselo.
No puedo dejar de llorar. Me duele haber pensado tan mal de ella, haber pasado tantos años guardándole un rencor que no se merecía.
Mi padre me abraza y me acuna entre sus brazos, y yo dejo que lo haga. Sé que debería estar furiosa con él y, en cierto modo, lo estoy, pero no puedo culparlo. No cuando yo también guardo un secreto que nunca podré contarle. No soy mejor que él ni que nadie.
Riccardo Barone no es un santo, actuó mal, se equivocó, pero en sus ojos tormentosos veo que lleva pagando esa equivocación desde hace veinticuatro años.
Permanecemos abrazados durante una eternidad, en silencio, mirando la estatua de la mujer que me dio la vida, a la que él siempre quiso a pesar de que todos estuvieron en contra.
Sin embargo, el sonido de su móvil rompe esta débil paz. Mi padre, todavía rodeándome con los brazos, se pone el aparato al oído y responde con autoridad:
—Barone al habla. ¿Venís de regreso? ¿Habéis encontrado a las ratas que se metieron en nuestro almacén?
—Escucha con atención lo que su interlocutor responde al otro lado de la línea, pero hay algo en él que llama mi atención, pues de repente se pone rígido—.
¿Heridos? ¿Cómo que heridos? ¿Quiénes? ¡No me jodas, Luca!