Barone (Familias de la mafia 1) 28 #2
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—¡Oooh! —gimo al sentir que comienza a acariciarme el clítoris con dos dedos. Me sujeto con fuerza a su cuerpo y lo miro con las pupilas dilatadas—. Adriano…

—Haré que te corras —susurra de nuevo sobre mis labios—. Voy a provocarte un orgasmo tan jodidamente brutal que nunca más pensarás en que lo mejor para ambos es estar separados. Porque no lo es, hostia. Tú te quedas conmigo.

Apenas puedo reaccionar cuando se desliza por mi cuerpo y se mete bajo mi vestido, colocándose una de mis piernas sobre el hombro. Contengo el aliento al sentir que me arranca las bragas y se las guarda en el bolsillo de sus pantalones.

—¡Dios, sí! —exclamo al sentir su boca zambullirse en mi coño.

Me estremezco de arriba abajo y apoyo las manos en su cabeza, animándolo a que siga devorándome.

Yo también había echado de menos tenerlo así, haciéndome enloquecer.

Echaba de menos cada momento vivido con él. Lo que siento cuando lo tengo al lado.

Pasa la lengua de arriba abajo, mordisqueando el clítoris hasta que arqueo la espalda y echo la cabeza hacia atrás.

Uno de sus dedos juguetea con mi agujero.

Me humedezco los labios y levanto la tela del vestido para poder ver cómo me folla con la boca.

Nuestros ojos coinciden de inmediato. En los de él hay fuego.

Me tiene sujeta por el trasero con uno de sus brazos mientras que su otra mano bombea en mi interior, logrando que me ponga de puntillas de gusto.

Voy a correrme. Lo haré en cuestión de segundos si sigue lamiéndome así, como un animal hambriento, tirando de mi cuerpo para que no tenga la mínima opción de moverme.

Pellizco mis pezones y muevo las caderas contra él, mojándole la cara con mis fluidos.

Le gusta, porque un gruñido gutural escapa de su garganta y me lo come con más intensidad.

Pongo los ojos en blanco porque no aguanto más.

—¡¿Adriano?! —De repente, la aguda voz de una mujer al otro lado de la puerta, sumada a varios golpes en la madera, me sacan de la telaraña en la que estoy metida. Es Stella—. ¡Adriano, tienes que salir!

Él no contesta, continúa lamiéndome bajo el vestido e ignora a conciencia la llamada de su prometida. Pero yo no. Me tenso un poco y lo empujo por los hombros para que me suelte.

—¡Adriano, maldita sea! ¡Sé que estás aquí! ¡Haz el puto favor de salir!

Lo escucho maldecir entre dientes por la inoportuna interrupción y me mira desde abajo, sopesando mi reacción. Sin embargo, ahora mismo estoy tan cachonda y confusa por todo que apenas puedo moverme.

—¿Qué coño quieres ahora, Stella? —ruge al tiempo que se lleva una mano a la polla, que luce enorme y apretada contra la tela de sus pantalones, intentando calmar sus ansias de continuar—. ¡Lárgate, estoy ocupado!

—¡Me parece genial que estés ocupado, joder! ¡Pero tu padrino está buscándote por toda la puta casa! —responde ella con tensión en la voz—. ¡Si no queréis que os pillen juntos, más vale que salgas y vayas con él! ¡Todos se están preguntando dónde te has metido!

Maldice en voz baja y se pasa una mano por la frente, asqueado por tener que dejar esto a medias.

—Ya voy —responde sin más. Después se incorpora y me agarra las mejillas con una mano, obligándome a que lo mire a los ojos. En los suyos veo reflejado el hastío mezclado con las ganas de quedarse conmigo—. Tengo que ir a ver qué quiere tu padre.

No contesto, simplemente asiento en silencio. Aunque quisiera, no podría hacer otra cosa. Mi mente ahora mismo es un gallinero.

Adriano me devora la boca por última vez, logrando que vuelva a sujetarme a sus brazos y responda con todas mis ganas. Es algo que no puedo remediar. Mi cuerpo, mi mente y mi corazón lo han elegido a él y me lo demuestran cada vez que lo tengo delante.

—En cuanto pueda escaparme, te buscaré y seguiremos donde lo hemos dejado. —Me da un último beso y sonríe con suavidad—. Quédate con la nonna y dile que no te presente a más gilipollas.

Cuando se va, me llevo las manos al estómago, intentando calmar el torbellino que tengo girando en mi interior.

Ahora que vuelvo a quedarme a solas, me siento vacía, muy excitada y sin bragas.

Mierda. Soy una jodida debilucha. Juré que me alejaría de él y hemos acabado encerrados en el baño de su futuro suegro a punto de follarnos a lo bestia.

Me quiere. Ha confesado que está enamorado de mí en medio de la discusión, y creo que todavía me siento volar. Maldita sea, esto es tan complicado…

—¿Molesto?

Al escuchar esa voz, levanto la cabeza de inmediato y me encuentro cara a cara con Stella Valenti.

La prometida de Adriano está preciosa con un sencillo vestido color crema y un recogido bajo que realza sus delicadas facciones.

Se encuentra apoyada en el marco de la puerta y me mira con una suave sonrisa curvándole los labios.

Suspiro antes de responder:

—No, claro que no molestas. Yo… iba a regresar con mi familia, puedes usar el aseo a solas.

—¡Espera, Giulia! —Me coge la muñeca cuando paso por su lado, obligándome a frenar en seco—. ¿Podemos hablar sobre Adriano?

Su pregunta me deja muda. ¿Quiere que hablemos de él?

Lo sabía. Ahora es cuando me insulta por haberme liado con su prometido.

Sabía que esto pasaría tarde o temprano.

¿Qué esperaba? ¿Una palmadita en la espalda y una medalla?

Lo que le hemos hecho a Stella Valenti es horrible y ahora tengo que afrontar las consecuencias.

—Sí, claro, hablemos.

—La primera vez que nos vimos en la casa Barone, como estábamos reunidos, apenas pudimos conversar. Adriano no deja de hablar sobre ti.

Asiento sin más y me encojo de hombros. Joder, ni siquiera sé lo que voy a decirle.

—Lo siento. Te juro que no sabía que existías hasta que llegué a Bari. Yo no soy así, Stella. No me voy metiendo en medio de las relaciones de pareja de los demás.

—Espera, espera, ¿te estás disculpando conmigo? —Enarca una ceja.

—Claro.

—¡Joder, Barone, me importa una mierda a quién se folle Adriano! —Se ríe—. Él hace su vida y yo la mía. ¿Es que no te lo ha dicho? ¡Claro que te lo ha dicho!

—Pero no me siento bien haciendo esto.

—¿Por mí? —Al ver que asiento, da un manotazo al aire quitándole importancia—. Qué tontería. Yo me he acostado con Teodoro muchísimas veces y él nunca se ha molestado.

—¿Teodoro? ¡¿Con su hermano?!

—Con mi futuro cuñado, sí. —Sonríe de oreja a oreja—. Quizá tendría que haberme prometido con él. Al menos Teo me pone cachonda.

—¿Adriano y tú nunca…?

—¡No, joder! —Hace una mueca de asco y se persigna—. Sería como hacer guarradas con mi hermano. Eso te lo dejo a ti, que parece ser que se os da bastante bien.

—¿Nunca habéis intentado nada?

—Bueno, una vez hubo algo —admite, y me hace una señal con la cabeza para que me acerque a ella; cuando lo hago, entrelaza nuestros brazos y me guía hacia la salida del aseo mientras continúa hablando—: Pero fue un fracaso.

Acababan de prometernos. De esto hace casi siete años.

Pues, bueno, la cuestión es que decidimos probar a ver si había… no sé, algo.

—¿Y lo hubo?

Stella se ríe y niega con la cabeza.

—Después de tres intentos, nos rendimos. A él no se le puso dura y yo tuve que pensar en otros hombres para inspirarme un poco. Así que cada uno siguió a lo suyo.

—¿Y qué pasará cuando debáis tener hijos?

—Congelé óvulos hace unos años. Si nuestra familia nos obliga a multiplicarnos, el trabajo será para el laboratorio.

—No puedo creer que hables con esa frialdad sobre tener hijos con él.

—Eso del instinto maternal ha debido saltarse una generación en mi familia. ¿A ti te gustaría ser madre?

—Algún día —asiento.

—Conociendo a Adriano, te hará una docena de críos en cuanto te descuides. —Me da un suave codazo y me guiña un ojo—. Nunca lo había visto tan encoñado de ninguna mujer como lo está contigo. Ni tan insoportable.

—¿Por qué insoportable?

—No se lo estabas poniendo fácil. Él va en serio con lo vuestro, ¿sabes?

—Para mí tampoco es sencilla esta situación. Va en contra de mis principios. No merezco pasar el resto de mi vida siendo la amante de un hombre, su secreto. ¿Dónde queda mi orgullo, Stella?

—No es tan grave. Puedes estar orgullosa, en serio.

—Me agarra de las manos y me mira a los ojos, con amabilidad—.

Él te quiere, Giulia. Si Adriano pudiera, daría marcha atrás, suspendería esta boda y se casaría contigo.

Pero en la mafia las cosas no funcionan así.

Prometimos unirnos para fortalecer el vínculo entre ambas familias, y romper esa promesa significaría perder la confianza de nuestro crimine , pues nuestra palabra dejaría de tener validez.