28
Giulia
Cierro la puerta del enorme baño detrás de mí y me apoyo en el lavabo con el cuerpo tembloroso y unas ganas de llorar que apenas puedo soportar.
No me apetece estar aquí, en esta puta casa, oyendo cómo todos corean los nombres de Adriano y Stella, viendo cómo se besan y cómo todos se alegran de su próxima boda mientras yo me retuerzo de dolor intentando fingir que estoy bien y que también me alegro por ellos.
No quiero que mi nonna sospeche ni me vea triste.
He aceptado coquetear con ese tal Filippo Lombardi, le he reído todos sus chistes malos, lo he acompañado al jardín y, después, me he lanzado a sus labios intentando que mi mente me diera un respiro para dejar de pensar en Adriano.
¿Lo he conseguido? Rotundamente, no. Todo lo contrario; ahora me siento mucho peor.
Me miro en el espejo con el semblante inexpresivo.
Mi reflejo tiene una apariencia perfecta; sin embargo, me siento como si me faltase medio cuerpo.
Como si estuviera incompleta. Paso el dorso de la mano por los labios, fuerte, rabiosa, borrando el rastro de la boca de Filippo.
No me ha gustado, no ha despertado nada en mí, ni una puta emoción.
Y no tengo la intención de repetir. Solo quiero largarme, joder.
Cierro los ojos unos segundos, buscando las fuerzas que necesito para seguir afrontando esta maldita noche.
La puerta del baño se abre y suspiro al darme cuenta de que ya no estoy sola.
Aprieto los labios y me preparo para fingir otra sonrisa, esta vez para la persona que acaba de entrar.
Sin embargo, el corazón se me detiene al descubrir que Adriano está detrás de mí, en silencio.
En sus pupilas hay rabia, burla, chulería, un brillo macabro que no me gusta nada.
Tiene el cuerpo crispado, los puños apretados a cada lado de sus caderas.
Parece un león a punto de abalanzarse sobre una indefensa gacela.
Lo que no imagina este león es que la gacela está cansada de acabar malherida.
—Este es el baño de las mujeres —digo como si nada, ignorándolo a conciencia mientras abro el grifo.
Espero una contestación que no llega. Así que levanto la mirada y lo descubro todavía más cerca.
Tanto que podría tocarlo tan solo dando un paso atrás.
Su olor penetra en mi nariz y logra que mis piernas comiencen a temblar.
Es matemático. Cuando lo tengo cerca, me convierto en un flan, maldita sea.
Pero no esta noche. No después de todo lo que ha pasado.
Yergo la espalda y fuerzo una sonrisa burlona.
—¿No contestas? ¿Vas a castigarme con tu silencio, señor mafioso?
—Ríete una puta vez más de mí y sufrirás las consecuencias.
—¿Me estás amenazando?
—Puedes estar segura, joder —brama entre dientes, pegando su pecho contra mi espalda, intimidante. Luego acerca sus labios a mi oreja—: De repente, me apetece verte gritar de dolor, prima.
—Vete a la mierda y déjame en paz. —Le doy un empujón para que se aparte y paso por su lado en dirección a la salida, con su misma chulería. No pienso rebajarme.
—¿Adónde crees que vas?
—¡Lejos de ti!
Ni siquiera puedo dar dos pasos más antes de que me agarre de los brazos y me empuje con violencia contra una de las paredes, la que está junto a la puerta.
Cuando mi espalda golpea los azulejos, me quedo sin respiración y aprieto los dientes por el dolor.
Me tiene inmovilizada entre la pared y su cuerpo, con los brazos apoyados sobre mi cabeza y su rostro tan cerca del mío que siento su aliento chocar con mis labios.
—¡¿Qué cojones estás haciendo?! ¡Suéltame! ¡Ya!
—A mí nadie me da órdenes, tentazione —susurra rabioso—. ¡Y ahora mismo, serías la última persona a quien obedecería!
—¡Olvídate de mí!
—¿Crees que no lo haría si pudiese?
—¡Pues inténtalo con más ganas!
—¡Mi paciencia no está para gilipolleces esta noche, Giulia! ¡Así que cierra la puta boca hasta que yo te ordene lo contrario!
—¡Que te jodan! —Me zarandeo para intentar soltarme de su agarre, pero Adriano me sujeta los brazos más fuerte, haciéndome daño—. ¡Vas a romperme la maldita muñeca!
—Tienes suerte de que no te haga lo mismo que a tu amiguito y acabes con la frente agujereada.
Frunzo el ceño sin comprender a qué se refiere.
—¿Qué amiguito? ¿De qué coño hablas?
—Es el segundo hombre que mato por ti, Giulia.
—El seg… —Me quedo muda al comprender a lo que se refiere—. No. ¡No!
—¡Sí! —Sonríe rabioso—. ¿Lo echarás de menos, nena?
—¿Has disparado a Filippo? —Se me revuelve el estómago.
—Qué tierna, incluso sabías su nombre —se burla—. En estos momentos, tu querido Filippo va de camino a su tumba.
—¡Estás loco! ¡Eres un jodido loco, un asesino sin corazón!
—¡La única que no tiene corazón de los dos eres tú!
—¿Yo? —Jadeo incrédula e intento darle una patada en la espinilla, pero Adriano parece haberme leído el pensamiento y la esquiva—. ¡Asesino de los cojones, mentiroso, infiel de mierda!
—¿Me llamas infiel cuando eres tú la que se ha besado con otro? —brama entre dientes y me zarandea—. ¿Yo soy el infiel?
—¡Eres el que me vendió una vida de ensueño teniendo una prometida!
—¡Te lo he explicado cientos de veces! ¡Stella no significa…!
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡No quiero volver a oír esa mierda nunca más!
—¡No me da la puta gana, me escucharás porque me sale de las pelotas! —Niega con la cabeza, mirándome fijamente—. ¡Me has ignorado! ¡Has ignorado mis llamadas, mis intentos de acercarme! ¡No hago más que arrastrarme a tu lado y tú sigues empeñada en poner obstáculos!
—¡Vas a casarte!
—¡Sí, y también voy a secuestrarte! —Enreda su mano en mi pelo con fuerza, haciéndome daño, y me obliga a mirarlo a los ojos—. ¡Esto no entraba en mis planes, pero me estás obligando a hacerlo!
—¡Te odiaré el resto de mi vida!
—¡Te quedarás a mi lado, aunque me odies! ¡Si tengo que follarte cada día, cada hora, cada puto segundo, hasta que entres en razón, lo haré!
Una lágrima resbala por mi mejilla. No quiero reaccionar a sus amenazas, pero, joder, me parece lo más romántico que nadie ha hecho por mí en la puta vida.
Está dispuesto a cualquier cosa para que me quede a su lado.
¿Por qué tiene que ser tan perfecto? ¿Por qué no puede darme igual? Debo estar tan enferma como él.
—No te entiendo. —Doy un nuevo zarandeo, tratando una vez más de soltarme—. ¡Adriano, maldita sea, no te entiendo! ¡Podrías tener a quien te diera la gana y te empeñas en que sea yo, cuando sabes que no puedo aceptar tu boda con Stella!
—¡Tú eres mi mujer! ¡Esa boda no tiene validez para mí!
—¡Pero para el resto del mundo sí la tendrá, y para mí! —Otra lágrima escapa de mis ojos—. ¡Deja que me vaya, me duele esta situación! ¡¿Por qué no me dejas marchar?!
—¡Porque te quiero, hostia! —exclama, juntando tanto nuestros rostros que siento su frente rozar la mía—.
¡Estoy enamorado de ti, Giulia! ¿Te queda claro ahora, joder?
¡Te quiero con una intensidad y una desesperación tan acojonantes que dan miedo!
¡No puedo dejar que te vayas, no vas a separarte de mí! ¡Eres mi puto oxígeno!
He dejado de respirar tras su primera frase.
Su declaración de amor me ha dejado temblando por fuera, pero sobre todo por dentro.
Mi pecho sube y baja a un ritmo frenético, pues los latidos se me han disparado y ya no sé si mis piernas siguen sujetándome o sigo en pie gracias a que Adriano me tiene inmovilizada.
—¿Q-qué? —Solo soy capaz de decir eso.
—Te quiero, tentazione —repite con voz suave, sin rastro de la ira ni de la rabia—. Me has jodido a base de bien, porque ya no sé vivir sin ti, nena.
No puedo despegar los ojos de su rostro, del dolor que transmite cada centímetro de su cara.
Juraría que ambos nos miramos igual: con unas ganas y unas enormes ansias de estar juntos.
Me limpia las lágrimas y me suelta los brazos para sujetarme las mejillas con ambas manos, acunándolas, logrando que mi respiración se dispare porque sé que va a besarme.
Y aunque debería separarlo de mí una vez más, resistirme a sus caricias, respondo a su beso en cuanto sus labios rozan los míos.
No puedo seguir negando lo evidente. Acaba de confesar que me quiere, no soy de piedra, maldita sea. No puedo luchar contra los sentimientos.
Abro la boca al sentir su lengua presionando contra mis labios y todo se desdibuja a mi alrededor. Rodeo a Adriano con ambos brazos por el cuello mientras nos besamos como si la vida nos fuese en ello, como dos locos salvajes que respiran del otro.
Gimo cuando rodea mi cintura y me pega a su cuerpo con más fuerza. Me muerde, me lame, me toca, me aplasta contra la pared para no darme la oportunidad de volver a escapar. Pero no quiero. No quiero, maldita sea. Lo necesito.
—Mi mujer. Mi diosa —susurra con voz muy grave, haciéndome jadear de pura excitación—. No tendrías que haber venido a esta mierda de cena, Giulia.
—Mi padre insistió.
—Déjame compensártelo. —Me devora los labios una vez más—. Quiero hacerte olvidar de alguna forma esta situación.
—¿Cómo?
No responde. Sus labios se curvan en una sonrisa sexual.
Me agarra el cuello mientras vuelve a poseer mi boca casi con brutalidad.
El oxígeno entra a duras penas a mis pulmones cuando sus dedos ejercen presión alrededor de mi tierna carne, dejándome sin aliento.
Sin embargo, mi única reacción es gemir más fuerte porque su lado dominante me pone muchísimo.
Comienza a descender por mi cuello, dejando una húmeda estela de saliva y calor que me hace apretar las piernas buscando alivio.
—Te he echado tanto de menos —susurra contra la piel de mi cuello.
Siento que una de sus manos se cuela bajo mi vestido para ascender con lentitud por la pierna; me pellizca la cara interna del muslo, haciéndome gemir.
Luego sigue subiendo hasta encontrar mi vagina—.
He echado mucho de menos mi coño. Tan suave, tan caliente, tan empapado por mí.
Se me hace la boca agua cada vez que pienso en comértelo, Giulia.