Barone (Familias de la mafia 1) 27
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Adriano

La masseria Valenti está situada a varios kilómetros de Bari, en pleno campo, perdida de la mano de Dios.

Es una elegante finca fortificada de ochenta hectáreas, presidida por una enorme casona de principios del siglo XX y rodeada de huertos repletos de árboles frutales, que le proporcionan un gran beneficio a mi futuro suegro, además de ser una forma sencilla de blanquear el dinero.

Conozco este lugar desde que tengo memoria, podría recorrer cada centímetro de la casona con los ojos cerrados, pero esta noche el ambiente es totalmente distinto.

Está repleta de gente: familias aliadas, conocidos y trabajadores que se apresuran por servir las mesas y tener contentos a los invitados.

Los gritos, los aplausos, las veces que nuestras familias corean nuestros nombres.

Todos se acercan a la mesa para decirme la suerte que tengo por casarme con Stella.

Yo simplemente asiento y fuerzo la sonrisa; porque sacar mi pistola y reventarles los sesos no sería algo que hiciese un futuro novio feliz.

No he probado bocado desde que nos sentamos a cenar. Solo bebo. Este es mi quinto cóctel y, en vez de relajarme y tomármelo con calma, estoy cada vez más enfadado.

Mi atención está fija en ella. En la chica preciosa que cena junto a mi abuela y que sonríe cada vez que el gilipollas de al lado le dice algo al oído.

No sé quién es, pero lo averiguaré y terminará con el cráneo como un colador.

Pensaba que mi nonna bromeaba con eso de buscarle un marido a Giulia, pero no ha dejado de presentarle imbéciles desde que llegamos.

Doy un nuevo trago a mi vaso cuando la veo reír. Cierro los ojos con fuerza y me obligo a mantener la calma para no abalanzarme sobre ese hijo de puta y retorcerle el cuello hasta que sus ojos salten de las cuencas como si fueran un jodido muelle.

¿Por qué coño le ríe las gracias? Ignora mis mensajes, me evita a toda costa y tontea con otro como si yo no existiera. Presiento que esta noche va a correr la sangre.

—Drio, relájate. —La suave voz de Stella, sentada a mi lado en la mesa presidencial, logra sacarme de esta creciente espiral de odio y ansias de muerte.

Lleva puesto un sencillo pero elegante vestido de color crema, con su largo cabello recogido en un moño bajo y el rostro maquillado con naturalidad.

Hago una mueca despectiva con los labios. Estoy hasta la polla de esta situación.

—Ahora mismo la calma no es una opción.

—Entonces, mátalo, si quieres provocar una guerra. —Señala con disimulo al tío que está con Giulia—. Es el hijo menor de Francesco Lombardi, un buen amigo de mi padre.

—Pues lo siento por Lombardi, pero mi paciencia está a punto de irse a la mierda. Se está aprovechando de que Giulia está enfadada conmigo.

—¿Qué coño va a saber él lo que pasa entre vosotros? Y si tanto te molesta que esté aquí, ¿por qué dejaste que viniera? Esto tampoco tiene que ser agradable para ella.

—¿Crees que he podido hacer algo para evitarlo, joder? Ni siquiera responde a mis mensajes. —Me bebo de un trago el contenido de mi vaso y le hago una señal al camarero para que me traiga otro.

—Si no dejas de beber, acabarás haciendo alguna gilipollez.

—Para ti es fácil hablar, ¿verdad, Stella? Tú no estás jugándote nada con esto. —Fijo una vez más la mirada en Giulia y niego con la cabeza—. La estoy perdiendo, joder. Y ya no sé qué más hacer para evitar que siga alejándose.

—¿Quieres que hable con ella?

—Voy a secuestrarla.

—¡Drio! —Pone los ojos en blanco—. Eres un puto cromañón. ¿De verdad piensas que cambiará de parecer estando raptada?

—Sí.

—El cerebro de las mujeres no funciona de esa forma.

—Me da igual. Ella es mía y ya no me queda paciencia.

—¡Adriano, Stella! ¡Bacio, bacio, bacio! —Uno de los invitados grita para que nos besemos y las ganas de cargarme a alguien se tornan imposibles de soportar—. ¡Bacio, bacio, bacio, bacio!

Se suman más invitados coreando que nos besemos, así que Stella y yo nos acercamos el uno al otro y le doy un casto beso en la mejilla que dura menos de un segundo; no obstante, ese inocente contacto logra que todos griten y aplaudan coreando de nuevo nuestros nombres.

La mejilla. Es lo máximo a lo que vamos a llegar. Ninguno de los dos está dispuesto a ir más allá.

Sin embargo, cuando mi atención regresa Giulia, la veo con la cabeza gacha, mirándose el regazo y jugueteando con la tela del mantel para evitar ver el beso.

Mierda.

Esto está siendo una puta tortura para ambos y lo peor de todo es que la noche acaba de empezar. Los camareros recogen los restos de la cena, pero la sobremesa durará hasta el amanecer, pues Antonio Valenti ha contratado una orquesta para que amenice la velada con música en vivo.

Me levanto de mi asiento en cuanto tengo ocasión y me pierdo entre la gente, buscándola. Giulia ya no se encuentra sentada junto a mi abuela, como tampoco lo está ese gilipollas que la ha hecho reír desde que llegamos. ¿Dónde coño se han metido?

—¡Eeeh, aquí está el futuro novio! —Dante Marino aparece a mi lado y me rodea los hombros con un brazo, zarandeándome con cariño. A su lado, Ginevra Farnese nos observa como si fuéramos dos sucios críos de parvulario—. ¿Cómo va la noche?

—Estoy hasta la polla.

—Mmm…, cuánta felicidad desprendes —ironiza ella, enarcando una ceja tras dar una calada a su cigarro.

—No estoy para tonterías, Farnese.

Ambos van vestidos de gala, como corresponde a la ocasión.

Ella con un vestido negro de lentejuelas y él con un traje gris que se ajusta a su cuerpo musculoso.

Están alejados del resto de los invitados.

Podría jurar que siguen aquí porque no tienen más cojones, pues sus familias son aliadas; sin embargo, tanto Dante como Ginevra saben perfectamente que esta boda es una farsa.

—¿Dónde está Stella? Hace un rato que no veo su rostro de futura novia amargada en la mesa presidencial —se interesa Ginevra, cruzándose de brazos.

—¿Y yo qué sé? No soy su padre.

—No, claro. ¿Cómo se me ocurre? ¿Por qué te iba a importar dónde está tu prometida?

Ni siquiera le hago caso, mi atención está puesta en la mesa donde estaba sentada Giulia, en la que solo permanece mi abuela hablando con mi tío Riccardo.

—Amigo, creo que te han quitado a tu novia —continúa Dante como si nada.

—Cállate.

—Tu Giulia se ha cansado de ti y se ha ido con otro.

—¡Marino, que cierres el puto pico!

—Drio, cariño, esta noche estás especialmente insoportable —añade Ginevra a nuestro lado.

—¿La habéis visto? —es mi única respuesta.

—¿A tu prima? Sí —responde Dante, encogiéndose de hombros—. Te acabo de decir que se ha ido con otro. La he visto salir al jardín con el hijo de Lombardi.

—¿Al jardín? ¿Solos? —trueno, sintiendo que todo a mi alrededor se torna rojo por la cólera.

—Se la veía muy sonriente —añade Ginevra, echando más leña—. Seguro que se la folla. Es tan guapa que hasta yo me la tiraría.

—¡Farnese, no lo calientes más o la fiesta acabará en una jodida masacre!

—Bien, a ver si nos divertimos un poco, porque esto es un muermo —sentencia ella.

Ya no los escucho. Mi mente ha entrado en un bucle del que no puedo salir. Aprieto los puños a cada lado del cuerpo y me alejo de mis amigos sin decir ni una palabra más.

—¡Eh, Barone! ¿Adónde vas?

Por el rabillo del ojo veo a Ginevra agarrar a Dante para detenerlo.

Farnese es una cabrona incendiaria. Si esta fiesta se convirtiese en un maldito campo de batalla sería la tía más feliz del mundo.

Y quizás esa es mi intención. Quiero ver arder al hijo de Lombardi por haberse atrevido a desear a mi mujer.

Por apartarla del resto, por susurrarle cosas al oído.

Cruzo la puerta que da al jardín, ignorando a los invitados que intentan retenerme por el camino. Que les jodan a todos. Ahora mismo solo puedo pensar en una cosa: hacer desaparecer a ese gusano y secuestrar a Giulia Fabbri durante el resto de la eternidad para que nunca vuelva a huir de mí.

Una vez piso la húmeda hierba del exterior, el sonido de la música y el barullo de las voces de los invitados se tornan cada vez más lejanas. El jardín de la masseria Valenti es enorme. Rodea la casa y tiene una arboleda que llega hasta el comienzo de la zona de huerta.

Agudizo la vista intentando descubrirla en medio de esta semioscuridad y frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que no hay nadie a mi alrededor.

Estén donde estén, voy a tener que buscarlos.

Y lo siento mucho por ellos, esta noche no van a follar, porque se me da de puta madre dar con el paradero de mis presas.

Camino hacia la arboleda, prestando mucha atención a cada pequeño sonido, a las pisadas que hay sobre la hierba húmeda.

Hace una noche fresca, a pesar de estar en pleno julio. La brisa mueve las hojas de los árboles y alivia la sensación de bochorno de estos días atrás. Levanto levemente la mirada al cielo, dándome cuenta de que las nubes cubren la luna, por lo que todo está más oscuro de lo que debería.

Cuando doy el primer paso dentro de la arboleda, la silueta de un cuerpo me hace frenar en seco. Es el hijo de Lombardi, que permanece apoyado contra el tronco de un árbol mientras se fuma un cigarro, relajado. De Giulia, ni rastro.

—¡Ah, Barone, maldita sea, qué susto me has dado! —exclama nada más percatarse de mi presencia.

No digo nada, continúo caminando hacia él hasta detenerme justo enfrente, cara a cara.

No nos conocemos. De hecho, ni siquiera recuerdo haber hablado con su padre, pero el asco que me da este gilipollas es tan fuerte que no soy capaz de disimular.

Lo miro de arriba abajo, intentando averiguar qué ha visto en él Giulia, porque yo solo veo a un tipo del montón, enclenque y prepotente que no sabe cómo funciona el maldito mundo.

—¿Dónde está? —pregunto de repente como si nada. Sin especificar, sin decir su nombre.

—¿Buscas a tu prima? —Da una nueva calada a su cigarro—. Regresó a la fiesta hace unos minutos. Me reuniré con ella en cuanto acabe de fumar.

—¿Qué quieres de Giulia? Llevas toda la noche con la lengua en su culo.

—¿Que qué quiero? ¿Por qué tendría que querer algo? Joder, pero si apenas la conozco —se ríe.

—¡Contesta!

—Pu-pues… —Frunce el ceño al percatarse de que no estoy bromeando con este tema—. Supongo que quiero lo mismo que ella: divertirme y pasar un buen rato.

—¿Te lo ha dicho Giulia? —mi voz es dura y helada.

—¿Decirme? ¿El qué?

—Que quiere pasar un buen rato contigo.

—No ha hecho falta. Ya sabes.

—Pues no. No lo sé. Explícate.

—Eh, eh, tranquilízate, Barone. He sido un caballero en todo momento. No me he propasado con tu prima. Incluso fue ella la que me pidió que la besase.

Yergo la espalda de repente al escuchar sus últimas palabras a la vez que unas ganas irreprimibles de hacer trizas el puto mundo me golpean sin piedad. Me acerco a él con el rostro embargado por la ira.

—¡¿Te has atrevido a hacerlo, hijo de perra?! —bramo entre dientes.

—¡Fue idea suya, no estoy mintiendo! ¡Puedes preguntarle si quieres!

Apoyo una mano en el tronco donde está apoyado, amenazante, con las pupilas dilatadas y la respiración convertida en sonoros jadeos.

—Repíteme lo que acabas de decir.

—En serio, ¿qué demonios te pasa? ¿Por qué tanto drama? Tu prima me dijo que estaba soltera.

—Conque está soltera —digo para mí, notando que puedo reprimirme a duras penas—. Cuánto lo siento por ti, hijo de puta.

—¿Lo sientes? ¿Cómo que lo s…? —No puede continuar hablando porque de repente apoyo la pistola contra su estómago y le sonrío con una indiferencia que le hace contener el aliento—. Barone, ¡¿qué coño haces?!

—¡Reclamar lo que me pertenece!

—Pero si vas a casarte con la hija de Antonio. Giulia no es… —Le propino un fuerte puñetazo en la cara y su frase vuelve a quedar a medias, pues se tambalea y no le queda más remedio que sujetarse al tronco.

—¡Giulia es mía, asqueroso de mierda! —trueno cada vez más furioso, apoyando de nuevo la pistola contra su cuerpo.

—¡Adriano, maldita sea! ¡Ella no me dijo nada! ¡Incluso tu abuela me animó a que la cortejase y…!

—¡Ni una puta palabra más!

—¡No vas a hacerme daño! —exclama, intentando que entre en razón—. ¡Mi… mi padre destruiría tu familia si algo me sucediera, es vengativo! ¡Y esto es una traición! ¡Somos aliados de tu suegro!

—¡Vuelve a amenazar a los Barone y lo próximo que sentirás es una bala en tu puto estómago!

—¡Entonces deja que me vaya! ¡Esto ha sido un error! ¡No volveré a acercarme a ella, te lo juro!

—La has besado, Lombardi —le recuerdo con voz muy suave—. Has mancillado sus labios ¿y pretendes que lo olvide y lo deje pasar?

—Me acabo de disculpar.

—Claro, perdona, se me olvidaban tus disculpas. —Sonrío entre dientes al tiempo que le apoyo la pistola en la frente. Después ladeo la cabeza y lo observo como se observan a las alimañas indeseables—. Qué pena que me la sude.

Disparo. Y a través del agujero de su frente puedo ver el tronco del árbol en el que sigue apoyado.

Aunque no por mucho tiempo. El hijo de Lombardi cae al suelo desplomado, sin vida, con la sangre saliendo a borbotones de su cabeza y la mirada vacía.

Lo observo desde arriba con una indiferencia pasmosa.

Mi única reacción es darle una patada en los cojones, aunque ya no sienta nada, y escupirle con desprecio antes de dar media vuelta para marcharme en busca de Giulia.

—¡Dios mío! —Una conocida voz femenina rompe el silencio de repente, seguida por la maldición de un hombre—. ¡Drio! ¡¿Qué demonios acabas de hacer?!

Stella corre hacia el cuerpo del hijo de Lombardi y lo contempla horrorizada, cubriéndose la boca con ambas manos, sin saber cómo actuar. Ginevra, que se coloca a su lado, le da unos empujoncitos con la pierna, como si fuera un pobre animal atropellado.

—Está muerto. Por más que lo muevas no va a resucitar.

—Barone, tú sí que sabes cómo animar una fiesta —se ríe ella.

—¡Callaos los dos! —se entromete Stella, visiblemente nerviosa—. ¿Has perdido la cabeza, Adriano? ¡Su padre está en la casa, a menos de veinte metros, es un aliado, joder!

—Me importan una mierda tus aliados. Este gilipollas no se acercará nunca más a Giulia.

—¡Te lo has cargado!

—¡Lo mío no se toca! —bramo.

—¡Te advertí que te calmases, Barone! ¡Mira lo que has hecho!

Dante pasa por delante y mira en silencio el cuerpo sin vida antes de hablar en tono solemne:

—Hay que hacerlo desaparecer antes de que alguien más lo vea.

—O podríamos dejar que lo encuentren —añade Ginevra con ojos ilusionados—. Piénsalo. Sería un final de fiesta épico. ¡Disparos, muertos y diversión!

—¡Cállate, Farnese! —Dante pone los ojos en blanco—. Joder, necesito una raya para pensar con claridad. ¿Alguno lleváis coca?

—Dejad de decir gilipolleces y de actuar como putos tarados novatos —resoplo, poniendo los ojos en blanco—.

Yo me ocuparé de este hijo de perra. Mis hombres lo descuartizarán y lo enterrarán en cal para que su papaíto nunca lo encuentre.

Y ahora, si habéis terminado de hiperventilar, me largo a buscar a mi víctima número dos.