26
Giulia
Ha pasado una semana desde que hui de la playa y apenas he visto a Adriano. Lo esquivo y lo ignoro; intento pasar el menor tiempo posible con él.
No me controlo cuando lo tengo delante. Mis ganas y mis emociones son más fuertes que mi sentido común, y esta situación empieza a ser dolorosa.
Hace mucho que lo nuestro dejó de ser algo físico.
De hecho, creo que nunca lo ha sido. Cuando estamos juntos, hay conexión.
Una conexión tan fuerte, intensa y real que dudo poder mantenerme fría y distante por mucho tiempo.
Es perfecto, maldita sea.
Nunca había conocido a nadie que me complementase tan bien. Ni siquiera Siena, a la que se lo cuento todo y ha sido mi mayor apoyo desde que tengo uso de razón.
Esta situación es una gran putada; a veces, me planteo seriamente si aceptar sus condiciones y convertirme en su amante. Ser el tipo de mujer con principios opuestos a los míos y nula moral.
Por suerte, todavía me queda un poco de sentido común y el recuerdo de lo jodida que fue mi niñez por ser el fruto de una relación extramatrimonial.
Sí, vale, Adriano no quiere a Stella. No obstante, seguirá siendo su mujer a ojos de la sociedad. En cambio, yo sería una paria, el objeto de rabia y burla de todo el mundo.
Doy un hondo suspiro y me seco el sudor de la frente sin apartar la mirada de la fontana del jardín.
Estamos a mediados de julio. Hace un mes que vine a la casa Barone sin saber que mi vida se convertiría en un absoluto caos. Lo peor es que todavía queda otro mes antes de regresar a Roma. Y no sé si lo soportaré sin volverme loca por el camino.
Apoyo la espalda contra la estatua en la que suelo sentarme para contemplar la fontana. La de la mujer bailando. Cierro los ojos, dejando que el sonido del agua me inunde. Busco un poco de paz en medio del embrollo que reina en mi mente.
—Ah, eres tú —pronuncia de improviso una voz femenina que reconozco al instante.
Cuando abro los ojos, descubro a Vittoria frente a mí, observándome con el ceño fruncido y una mueca asqueada en sus perfectos labios pintados de carmín.
La mujer de mi padre y yo no hemos hablado desde nuestro primer encuentro. Pero, aun así, no deja pasar la oportunidad para demostrar que mi presencia en el palazzo le da un asco tremendo. Es triste, pero ya me he acostumbrado a sus ataques y los ignoro. Todos.
—¿Es que no puedo pasear tranquila por mi propia casa sin tener que soportar tu presencia?
—Ignórame, Vittoria, ¿vale? No me apetece discutir con nadie.
—¿Cómo voy a ignorarte si siempre que miro hacia un lado estás tú? En mi territorio. Con mi familia.
—¿Es que no te cansas, joder? —maldigo entre dientes—. Yo solo quiero vivir en paz.
—Entonces, vuelve a Roma. Aquí no se te ha perdido nada. Me altera tu presencia.
Resoplo poniendo los ojos en blanco y me levanto de los pies de la estatua.
—Vale, pues a la mierda, pasea tranquila. Vuelvo a mi habitación.
Camino por su lado, airada, pero antes de marcharme, agarra con fuerza mi muñeca y me obliga a permanecer frente a ella.
—¿Por qué nunca discutes conmigo, niñata? ¿Es que eres masoquista? ¿Te gusta que te insulten?
—Lo que no quiero es incomodar a mi padre con peleas estúpidas que carecen de sentido. ¿Crees que a él le satisface esta situación? ¿Que su mujer y su hija se lleven tan mal?
—Es el castigo por su infidelidad. —Sonríe.
—Lo que tú digas.
—No le contaste a Riccardo que te traté mal la primera vez que nos vimos. Te quedaste callada, no me acusaste. ¿Por qué?
—Te lo repito: no quiero peleas. En un mes regresaré a casa y no tendrás que verme más. No es necesario montar un circo. Si tanto odias mi presencia, ignórame, como yo hago contigo, y hagamos esto más fácil.
—¡No se te ocurra decirme cómo tengo que actuar!
—Es una sugerencia.
—Y tú un maldito estorbo —escupe, soltando todo su veneno en mí—. Más te valdrá no dejar que…
—¡Oh, estás aquí! ¡Te estaba buscando, principessa !
—Es mi padre. Camina hacia nosotras con agilidad y buen humor hasta que descubre que no estoy sola.
Entonces mira a Vittoria con los ojos entrecerrados, pues supone que no tenemos una apacible conversación familiar.
Y ha acertado, por supuesto—. ¿Va todo bien, bambina ?
—Sí, papá, todo bien —miento, logrando que su mujer me mire con incredulidad porque he vuelto a encubrir sus ataques—. Solo estábamos hablando.
—¿Hablando, Vittoria? —le pregunta directamente. La conoce demasiado bien.
Sin embargo, ella no contesta; se limita a dar un resoplido y a observarlo con rabia. Con tanta rabia como cuando me mira a mí. Después da media vuelta y se larga con un exagerado contoneo de caderas, ignorándonos a ambos.
En el tiempo que llevo viviendo en el palazzo , no he visto nunca a mi padre tener una conversación agradable con ella; no son cariñosos el uno con el otro, ni se miran con complicidad. Entre ellos solo hay silencio y frialdad.
—Llevo un rato buscándote, Giulia —comenta él de repente, olvidando el desplante de su esposa y regalándome la sonrisa que no le ha dado a ella.
—¿Ocurre algo?
—Solo quería avisarte de que esta noche saldremos a cenar fuera. Y que sobre tu cama tienes dos vestidos que la tía Raffaella ha comprado hace un rato para ti.
—¿Vestidos? —Frunzo el ceño—. ¿Dónde vamos?
—Los Valenti nos han invitado a cenar a su casa. —Me rodea por los hombros y comenzamos a andar hacia el palazzo —. Ya sabes que Drio y la hija de Antonio se casan en septiembre. Desean celebrar una especie de cena de ensayo.
Se me cae el alma a los pies. Por un momento lo veo todo negro.
Mi padre quiere que vaya a la cena de ensayo de la boda de Adriano. Que esté presente cuando se besen, cuando todos coreen sus nombres, que finja una sonrisa y me comporte como si la situación me fuera indiferente. Como si me alegrase por ellos.
—Eeeh, papá, yo… —Me humedezco los labios. De repente, tengo la garganta muy seca—. ¿Te importa si no voy? Es que… me pone nerviosa estar rodeada de gente a la que no conozco.
—Giulia, tienes que venir. Estaremos todos los Barone.
Seguro que a Drio le encantaría que asistieses.
Te llevas fenomenal con tu primo. —Me da un codazo mientras esboza una sonrisilla ladeada—.
No vas a arrebatarme la ocasión de presumir de hija delante de nuestros aliados de la Sacra Corona Unita, ¿verdad?
—Pero, yo…
—Hazlo por mí, principessa . ¿De acuerdo?
—De acuerdo —acepto a regañadientes porque sé que insistirá hasta obligarme a dar mi brazo a torcer.
—¡Estupendo! Saldremos hacia la casa de los Valenti a las seis.
◆◆◆
Raffaella tiene un gusto exquisito para la ropa y los vestidos que me ha comprado son preciosos.
Elegantes, sencillos, atemporales. Elijo el de color melocotón.
No lleva mangas, ni ningún otro adorno más que un delicado cuello halter cruzado por delante.
Es largo hasta los tobillos y parece bastante cómodo pues, a pesar de ajustarse a la cintura, la falda es vaporosa y liviana, dándome bastante margen de movimiento.
Me recojo el pelo en una coleta baja con la raya en medio y me pinto los labios de carmín, intentando darle un toque de color a mi cara.
No me encuentro bien. Tengo el estómago revuelto por los nervios. Lo último que quiero es pasar la noche viendo a Adriano y a Stella juntos mientras nuestras familias los felicitan por su futura boda.
Mi teléfono no ha dejado de vibrar sobre la mesita de noche desde hace más de una hora.
Sé que es él; intenta hablar conmigo, pero no he tenido valor de contestar.
Miro el móvil de reojo cuando vuelve a vibrar y me doy la vuelta para meter mis cosas en el bolso.
Uno bastante pequeño en el que solo caben mi cartera y el teléfono.
Cuando solo me queda guardar el móvil, no resisto la curiosidad y desbloqueo la pantalla. En ella aparecen veinte llamadas perdidas y cinco mensajes.
Adriano
Coge mi llamada, tentazione , tenemos que hablar.
Adriano
Giulia, no me ignores.
Adriano
Intento respetar tus tiempos, pero no me lo estás poniendo fácil, nena.
Adriano
Quiero hablarte de la cena de esta noche.
Adriano
¡Descuelga el puto teléfono, joder!
Cierro los ojos con fuerza y meto el móvil en el bolso antes de abandonar mi dormitorio.
Son las seis en punto de la tarde, hora en la que mi padre dijo que saldríamos hacia la casa de los Valenti, y noto tal flojedad en las piernas que dudo poder soportar varias horas poniendo buena cara y siendo amable con todo el mundo, cuando la realidad es que me apetece meterme en la cama y dormir cien días.
Aun así, camino por el pasillo del palazzo y desciendo las escaleras que llevan al salón, donde la mayoría espera a que estemos todos para marcharnos.
Nada más poner un pie en él, mi mirada queda atrapada en la de Adriano, que permanece apoyado en una de las paredes vestido con un impoluto traje de chaqueta negro y un clavel rojo prendido de la solapa.
Sin embargo, en sus ojos no encuentro su habitual calidez.
Me mira con una fría hostilidad que me acelera los latidos.
Está molesto porque he ignorado sus llamadas.
Tan molesto que ni siquiera me sostiene la mirada, sino que se gira y me da la espalda con la excusa de hablar con Teo.
—¡Giulia, cielo, estás preciosa! —exclama Raffaella, agarrando mi mano con una gran sonrisa—. Sabía que este vestido era ideal para ti.
—Gracias, es muy bonito, tienes un gusto increíble.
— Bambina , vas a ser la sensación de la cena. —Mi padre me besa la frente—. Esta noche, todos los solteros se pelearán por tu atención.
—¡Pues si ya estamos todos, vayámonos! —salta mi tío Ettore—. ¡Adriano estará ansioso por llegar! ¿Verdad, hijo?
—Claro, papá —declara con voz helada, mirándome con malicia—. Estoy deseando ver a mi prometida y celebrar la cena de ensayo de nuestra boda.
Qué hijo de puta.
Lo está haciendo para joderme, ya lo sé. Lo peor de todo es que lo consigue y, a pesar de seguir rodeados por nuestra familia, las miradas de furia y odio que nos dedicamos deben de ser muy evidentes.
—Giulia, cara , ¿vendrás conmigo en el coche de tu padre?
—Una vocecilla suave llama mi atención al mismo tiempo que noto cómo alguien entrelaza nuestros brazos.
Al girar la cabeza y ver a mi nonna , el enfado se esfuma de mis facciones.
Le regalo la sonrisa más sincera que he esbozado en esta semana.
—Claro que sí. Iremos juntas.
—Quiero ver las caras de todos los invitados cuando te vean llegar —se ríe—. Esta noche te ayudaré a conseguir un marido. Tú déjamelo a mí. Confía en la nonna .
De repente, pierdo el equilibrio cuando alguien pasa por mi lado y choca con mi hombro. Me apoyo en el respaldo del sofá antes de levantar los ojos. Descubro que ha sido Adriano, quien me mira con una hostil indiferencia.
—Perdón, prima. No te había visto.
—Ya. Claro.
—Puedo llevarte en mi coche si tienes prisa por encontrar a ese marido del que habla la nonna .
—No, gracias. Ese asiento es para Stella. ¿Quién soy yo para ocupar el lugar de tu prometida?
—Bien dicho. —Me guiña un ojo y me mira de arriba abajo con descaro antes de encaminarse hacia la salida, dejándome con unas ganas enormes de tirarle la banqueta del piano a la cabeza.
—Gilipollas —murmuro con una rabia muy potente bulléndome en el pecho.