Barone (Familias de la mafia 1) EPÍLOGO I
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EPÍLOGO I

Giulia

Siempre me he considerado una persona cabal y muy racional en cuanto a las emociones se refiere. Pero eso, ahora mismo, con Adriano lamiéndome entre las piernas, es una tarea de lo más complicada. Mi cerebro acaba de explosionar tras mi tercer orgasmo.

Agito las caderas contra su rostro y le mojo la cara con mis fluidos; con los fluidos de ambos, pues tengo el coño rebosante de su semen después de haberse corrido dos veces dentro de mí y no haberme permitido levantarme de la cama para que no desperdiciase nada.

Y cuando digo que no me lo ha permitido, es en sentido literal, porque estoy esposada al cabecero desde que llegamos a su casa. Al lujoso chalé en el que vive desde que se independizó y se marchó del palazzo . Una enorme construcción situada frente al Adriático, en el extremo noreste de Bari.

Nada más entrar por la puerta, me llevó en volandas a su dormitorio y no hemos salido de él, a pesar de que ya hace varias horas que amaneció.

No recuerdo una noche más épica que esta.

Hemos follado tanto, y ha sido tan intenso, que los recuerdos del tiempo que hemos pasado separados empiezan a emborronarse en mi cabeza.

Y me alegro de que sea así. No quiero sentir de nuevo esa tristeza incapacitante ni volver a separarme de él.

Mi lugar está a su lado. En su cama. En su casa.

En su vida. Me da igual lo que pueda pensar la gente o nuestra familia.

Lo importante es que nos queremos y deseamos estar juntos. Todo lo demás es secundario.

—Vamos, tentazione , sé buena chica y córrete para mí —susurra entre mis piernas justo antes de zambullirse de nuevo contra mis pliegues y devorarme el coño como un salvaje.

Levanto las caderas a modo de respuesta y enredo los dedos en su pelo, animándolo a seguir lamiéndome de esta forma. Su lengua recorre de arriba abajo mi vagina y se detiene en el pequeño botón donde el placer me hace gemir desesperada.

El orgasmo me sorprende con una fuerza descomunal, haciéndome subir hasta las nubes mientras su boca sigue, sigue y sigue. Adriano no se detiene hasta que mi cuerpo termina desmadejado sobre las sábanas, con él todavía desnudo entre mis piernas.

Intento recuperar la respiración. Como sigamos follando de esta forma, mi corazón dejará de latir. No pueden ser sanos tantos sobresaltos; cada vez que él me toca, se vuelve loco latiendo contra mi caja torácica.

Con los ojos todavía cerrados, lo noto ascender por mis piernas y dejarse caer a mi lado en la cama. Pero antes de apoyar la cabeza en la almohada, me lame los pezones, logrando que vuelva a contener el aliento.

—Ya sé lo que te propones —susurro haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salgan de mis labios—. Quieres castigarme a base de polvos por haberme ido de Bari.

La risa de Adriano me hace cosquillas en el oído.

—Has acertado. —Me rodea por la cintura para pegarme a él—. Vas a pagar muy caro el haberme abandonado.

—Si pretendes continuar con tu plan malvado mucho tiempo, más te vale traerme algo para comer. —Abro los ojos lentamente y descubro su rostro varonil y sexi muy cerca del mío—. Llevo sin probar bocado prácticamente un día.

—¿Qué quieres que te prepare?

—Mmm… —Sonrío entre dientes—. Me da igual. Cualquier cosa. Ahora mismo, me comería un ñu.

—Ñus no me quedan en la nevera. ¿Te conformarías con unas tostadas?

—Solo si me permites verte cocinar desnudo.

Adriano me muerde el cuello, dejándome la marca de sus dientes en la suave carne mientras aprieta contra mi costado su polla semierecta para que la sienta.

—De eso nada, nena. Tú no te mueves de mi cama. Yo te traeré la comida.

—¿También me vas a dar de comer? Porque con la mano derecha esposada, me va a ser difícil coger un tenedor.

—Podría hacerlo.

—O podrías soltarme.

—No —sentencia sin pensarlo dos veces.

—¿Crees que quiero escaparme?

—No te voy a dar esa opción, así que…

—Lo que te dije ayer es cierto. No voy a irme a ningún lado, ¿vale? Quiero estar contigo. Te quiero.

La sonrisa de sus labios se torna más amplia y se lanza a mi boca para darme un beso sensual e incitante que me encanta. Después enreda la mano en mi pelo y me obliga a mirarlo a los ojos:

—Ya sé que me quieres, Giulia. Pero eso no te detuvo para marcharte la otra vez.

—Estabas prometido con otra. Era muy doloroso.

—Lo siento, nena, nunca fue mi intención hacerte daño —susurra contra mis labios.

—Ya lo sé.

—Si te sirve de consuelo, no lo pasé mejor que tú.

Lo miro con ojos doloridos cuando recuerdo en qué estado lo encontré anoche en el muelle. Estaba medio ido, ese no era mi Adriano.

—Cuando Stella vino a casa y me contó lo que estabas haciéndote, tuve mucho miedo. Podría haberte sucedido algo horrible. No quiero que vuelvas a tomar nada.

—Las drogas me ayudaban a adormecerme. Eran un inhibidor para las emociones.

—Me agarra la barbilla—. Pero no las necesito, ¿de acuerdo?

A quien necesito es a ti. Tú eres mi droga.

La más dura y adictiva que he probado jamás.

Lo supe desde el primer día en que te vi.

Supe que estaba perdido y que ya no había marcha atrás.

—Prométemelo.

—Prometido. Y ahora, prométeme tú que no volverás a intentar alejarte de mí. Nunca. Jamás.

—Lo prometo. —Al ver que relaja la expresión, junto nuestras frentes y lo beso con sensualidad—. ¿Te han dicho alguna vez que eres un controlador y un celoso enfermizo, señor mafioso?

—Solo cuido lo que amo, Giulia.

—¿Sigue en pie eso de comprar una casa en Roma?

—¿Para qué? Acabas de decir que no te vas a ir de mi lado.

—La semana pasada me llamaron para incorporarme en septiembre de suplente en un colegio.

—Pues rechaza el puesto.

—No puedo, lo acepté.

—Da igual, vuelve a llamar y diles que lo has reconsiderado. Ya sabes lo que pienso sobre eso de que mi mujer trabaje.

—Y tú también sabes lo que pienso de no trabajar. Me gusta lo que hago. En esto no voy a dejarte ganar.

—Está bien —bufa con los ojos en blanco y se queda en silencio unos segundos, pensativo—: Te conseguiré un puesto de profesora en Bari.

—¿Ahora también tienes contactos en el Gobierno?

—Claro, ¿por quién me tomas? —responde con gesto burlón—. Marino tiene cogidos por los huevos a varios ministros. Le deben un par de favores y, si él no lo hace, me los cobraré yo.

—Eres el rey de las ilegalidades, ¿eh?

—Lo que sea por mi reina.

La comisura de los labios se me curva poco a poco en una sonrisa encantada.

—Tu reina tiene un par de condiciones para quedarse en la ciudad del rey.

—Dilas.

—No quiero perder el contacto con mis tíos maternos, ni con Siena.

—Iremos a verlos cada semana. Y puedo comprar una casa aquí para cuando vengan de visita.

—Tampoco quiero tener a ningún gorila siguiéndome cada vez que salga a pasear.

—Es por tu seguridad, Giulia.

—No estoy acostumbrada a que me sigan.

—En esto soy yo quien no puede dejarte ganar. Ser una Barone conlleva riesgos.

—Soy una Fabbri.

—Eres mi mujer y la hija de Riccardo Barone. Irás acompañada por un escolta cuando salgas de casa sin mí.

Aparto la mirada, nada conforme con la decisión de Adriano; no obstante, no puedo enfadarme con él. Aunque me joda admitirlo, tiene razón. Tengo una familia mafiosa y eso conlleva sus peligros.

—Vale, acepto la escolta, pero quiero que guarden distancia.

—Concedido.

—Y una última cosa más.

—¿Qué?

—Quítame las esposas, Adriano. Si de verdad queremos que esto funcione, tendrás que confiar en mí. —Doy un suave tirón y la cadena de metal resuena contra una de las barras del cabecero—. Voy a quedarme contigo, para siempre, porque te amo. Porque ya no imagino la vida sin que tú estés a mi lado.

◆◆◆

Salimos del dormitorio una hora más tarde, después de hacerlo como animales una vez más.

No puedo dejar de sonreír ni de tocarlo. Sé que debo tener una cara de recién follada impresionante. Todo en mi cuerpo es un recordatorio de que pertenezco a este hombre. Tengo marcas moradas en el cuello, en los senos. Sus dientes tatuados en el hombro.

Caminamos jugueteando por el pasillo que lleva a la cocina, descalzos y medio desnudos. Él con el torso al aire y unos pantalones de algodón sin abotonar, y yo con una camiseta suya que me queda gigante y el cabello enmarañado.

Me da igual. Soy feliz. Con él sería feliz donde fuera, incluso bajo un puente en ruinas.

Cuando apenas nos faltan unos pasos para llegar a nuestro destino, Adriano enreda las manos en mi cintura y me levanta en peso, haciéndome gritar por la sorpresa.

Me agarro a su cuello y nos comemos la boca durante el resto del trayecto, que lo hacemos dando bandazos de un lado a otro.

Besándonos contra las paredes, tocándonos como si no acabásemos de echar un polvo apoteósico.

Como si no llevásemos toda la noche haciéndolo.

Me acaricia con una increíble intensidad. Mete las manos bajo la camiseta y me toca los senos al tiempo que enredo una pierna alrededor de sus caderas, rozándome contra él. Sin embargo, de repente, escuchamos un carraspeo a nuestra espalda.

Adriano y yo giramos la cabeza hacia el inesperado sonido y se me corta la respiración cuando descubro a mi padre, a mi tío Ettore y a Raffaella frente a nosotros.

Noto que él se pone rígido contra mi cuerpo y que se coloca delante para que no me vean, aunque no vaya desnuda. Le ha cambiado la cara. Ya no es el chico relajado y divertido de hace un momento; ahora es Adriano Barone, el temido ejecutor de la familia.

—¿Quién coño os ha dejado entrar en mi casa sin mi permiso? —truena, encarando a nuestros padres con gesto hostil. Apoyo una mano en su hombro para tranquilizarlo.

—¿Qué permiso, joder? —salta mi padre, tan recto como siempre, sin demostrar ni una pizca de arrepentimiento—. A mí nadie me impide entrar en ningún sitio.

—¡Esta es mi puta casa, hostia!

—¡Y esa que está contigo es mi hija!

—¡Papá, basta! —me inmiscuyo, cansada de su sobreprotección—. Soy lo bastante mayorcita como para saber qué hago y con quién.

—Esa no es la cuestión, Giulia.

—Estáis haciendo las cosas mal —concluye mi tío Ettore, apoyando a mi padre.

—¿En serio? —Adriano sonríe hostil—. ¿Y qué sugerís? ¿Qué dices, mamá? Has venido con ellos, así que debes de apoyar su decisión de entrometerse en nuestras vidas.

—Drio, cariño, en esta ocasión estoy con tu padre y con Riccardo.

—Fuera de mi casa.

—No. —Mi padre se planta delante de nosotros y se cruza de brazos, mirándonos con mucha seriedad. Sin embargo, a quien se dirige es a él—. Adriano, siempre te consideré un hombre de honor, y me has decepcionado.

—¿Te he decepcionado por enamorarme de ella? —resopla.

—Puedo entender esa parte. Lo que no entiendo ni voy a consentir es que mi hija esté viviendo en la casa de un hombre que no es su marido. Giulia es una mujer decente, no una cualquiera.

Adriano se queda en silencio tras la réplica, pero la que contesta esta vez soy yo:

—Estamos juntos, papá, no hay nada de malo en eso.

—¡Si duermes con él, te casas con él!

—Joder, ¿puedes dejar que vayamos a nuestro ritmo, maldita sea?

—En la familia no funcionan las cosas de ese modo, hija. Y no consentiré que nadie cuchichee sobre ti por estar viviendo con un hombre.

—¿Quién va a cuchichear?

—¡Nuestros putos aliados! ¡Ambos sois Barone!

—¡Esto es ridículo! ¡Estamos en el maldito siglo XXI!

—Me casaré con ella —suelta Adriano de repente.

—¿Qué? —Se me abren los ojos como platos.

—Nos casaremos, Giulia. Tu padre tiene razón.

—¿Ahora tiene razón?

—Tú ya eres mi mujer, has sido mi mujer desde que te conozco. Así que lo formalizaremos.

—Adriano, ¿estás hablando en serio?

—Sí, tentazione . —Entrelaza nuestras manos y una suave sonrisa aparece en sus labios—. Nos queremos y queremos estar juntos, ¿por qué esperar?

—Porque debería ser decisión nuestra y de nadie más.

—¿Es que no te gustaría? —Me acaricia la mejilla, logrando que las piernas me tiemblen sin remedio.

—Claro que sí. Pero ¿no es un poco precipitado?

—Me habría casado contigo en la jodida Galería Umberto, cuando te descubrí en medio del gentío.

Cuando te acompañé a tu hotel esa misma noche después de buscarte en esa discoteca.

O cuando te visité por primera vez en Roma.

Me casaría contigo cada vez que me sonríes.

Cuando te enfadas. Siempre que me miras con esos ojazos marrones.

—Eso son muchas bodas. —La emoción aletea en mi pecho.

—Muchas bodas y todas perfectas, porque serían contigo, nena.

Porque cuando pienso en el futuro, solo hay una persona con la que quiero recorrer el camino.

—Junta nuestras frentes y suspira contra mis labios—.

Giulia, ¿tan malo sería darle la razón a tu padre por esta vez y hacer las cosas como las haría un Barone?