25 #2
La reunión no acaba hasta el mediodía, y, tras cumplir con la petición de mi padrino de telefonear a los Valenti para informarles de la situación, voy al salón, donde el servicio nos ha preparado un pequeño ágape, ya que ni siquiera hemos desayunado.
Sin embargo, allí solo están mi madre y mi primo Fabio, que charlan algo más relajados.
Tomo asiento en mi silla habitual y miro hacia la que tengo enfrente.
La de Giulia. Ella habrá desayunado temprano, pues no pertenece al crimine .
Y me pregunto qué estará haciendo ahora.
¿Seguirá en su dormitorio? ¿Paseando por Bari?
Esté donde esté pienso buscarla y pasar el resto del día con ella.
—Qué callado estás, hijo —comenta mi madre, sacándome de mis cavilaciones—. ¿No tienes hambre?
—Sí, pero ¿el resto no viene?
—Mi padre sigue encerrado en su despacho con el tuyo —continúa Fabio—. Y Alessandro se fue con Giulia a la playa de la propiedad.
—¿Están en la playa? —La comisura de mis labios se curva hacia arriba. Bingo.
—Mi hermano está empeñado en ser el favorito de Giulia. Tiene celos de que pase más tiempo con ella y nos llevemos mejor. Pero, conociéndolo, se le pasará el interés en cuanto le entre el hambre canina y tenga que regresar al palazzo .
—Quizá los acompañe —suelto como si nada, aunque, en realidad, tengo unas ganas locas de ir con ella y contemplar su cuerpecito delicioso enfundado en un bikini—. Me apetece tomar un poco el sol.
—Drio, hijo, pero si tú odias la playa —salta mi madre tan extrañada como lo parece mi primo—. Ni siquiera te gustaba cuando eras un niño. Aborrecías la arena.
No respondo, me limito a encogerme de hombros y a sonreír.
Es cierto, nunca he sido fan de la playa.
Siempre he preferido las piscinas. Sobre todo la del palazzo , a la que nunca va nadie.
No obstante, solo con imaginar allí a mi tentazione tumbada al sol, se me antoja el mejor lugar del mundo.
Quiero revolcarme con ella por todas las malditas playas de Bari o arrastrarla a una isla desierta donde nadie pueda encontrarnos.
Media hora más tarde, con mi bañador puesto y sin camiseta, me dirijo hacia el solitario muelle de la propiedad, pues la playa está justo al lado.
Desde aquí puede apreciarse lo inmensa que es la finca que rodea el palazzo .
Estoy tan acostumbrado a verlo que a veces se me olvida lo impresionante que debe parecerles a nuestros socios y aliados al visitarlo por primera vez.
Cuando estoy a punto de llegar, escucho la risa de Giulia mezclada con el sonido de las olas.
Adoro oírla reír, aunque no sea conmigo.
Aprieto el paso y me interno en la pequeña bahía de arena fina de los Barone, con vistas al mar Adriático, donde ella y Alessandro charlan relajados sobre sus toallas.
Todavía no saben que estoy aquí, así que puedo aprovechar para mirarla a placer.
Está bocabajo, apoyada en su toalla sobre los codos, con una coleta alta despejando sus facciones y un diminuto bikini color morado que deja a la vista la mayor parte de su cuerpo.
Mis latidos se aceleran y la polla empieza a endurecerse dentro de mi bañador.
La parte de abajo de su bikini es un tanga, por lo que su trasero redondito está jodiéndome la vida a base de bien, porque, si por mí fuera, mi boca ya estaría lamiéndolo y mordisqueando su suave piel hasta que la marca de mis dientes quedase tatuada en él.
Me humedezco los labios al contemplar la pronunciada curva de su cintura y sus caderas generosas, tan blanditas y mulliditas. En una ocasión, Giulia se quejó de sus cartucheras, pero, por más que las miro, solo veo un puto monumento.
Maldigo en silencio por lo cachondo que está poniéndome, y ni siquiera sabe que estoy aquí. Así que me recoloco la polla dentro del bañador, intentando disimular la erección, y recorro la distancia que nos separa. Mis pasos decididos llaman la atención de Alessandro, que me saluda de inmediato.
—¡Eh, Drio! ¿Te quedas con nosotros?
Giulia se pone rígida. Lo noto en la forma en que yergue la espalda a pesar de estar tumbada. Gira lentamente la cabeza hacia mí y ni siquiera intenta disimular que no le gusta que haya venido.
No me importa.
Coloco la toalla junto a la suya y le sonrío con socarronería, mirándola de arriba abajo una vez más.
—Prima… —Luego le contesto a Alessandro—: Me apetecía tomar un poco el sol.
—Joder, pues me alegro. —Estira la mano y lanza algo que lleva en ella y que cojo al vuelo. Es una botella de protector solar—. Voy al palazzo un momento, me muero de hambre. Ponle tú la crema a mi hermana en la espalda.
—¡No, no es necesario! —salta Giulia con los ojos muy abiertos, negando con la cabeza sin parar—. Yo puedo hacerlo.
— Piccola , acabas de pedirme que te la ponga precisamente porque no llegabas —resopla Alessandro—. El primo Drio se encargará.
—Claro, yo lo hago. No me importa. —Giulia me mira desconfiada, con ojos ariscos, pero como su hermano insiste, termina cediendo—. Relájate.
—¿Por qué haces esto? —pregunta con voz tensa una vez Alessandro se marcha.
—¿El qué? ¿Ponerte crema solar?
—Adriano, no te hagas el estúpido.
Le echo un poco de loción en la parte baja de la espalda y la extiendo suavemente con ambas manos, dando un suave masaje sobre su caliente piel.
—Solo pretendo pasar tiempo contigo. No nos vemos desde hace dos días. No sé cómo estás después de lo que ocurrió en el club.
Giulia se humedece los labios y suspira al notar que mis manos ascienden poco a poco por su espalda. Está nerviosa, lo sé. Su respiración es rápida y la piel de su espalda se eriza cada vez que mi mano pasa por una nueva zona.
—Me siento rara —admite a media voz—. Es la primera vez que intentan… abusar de mí.
—Jamás lo hubiese permitido —respondo acercando la boca a su oreja—. Siempre voy a cuidarte.
—¿Eso es lo que hiciste? ¿Llevarme a casa y cuidarme?
—Te llevé a un médico y luego te dejé en tu habitación.
—¿Y ya está? ¿Me dejaste en la cama y te marchaste?
—¿Qué estás insinuando? ¿Crees que me aproveché de ti mientras estabas drogada? —mi voz suena helada—. ¿Crees que soy igual que esos hijos de puta?
—No. Yo… —Se muerde el labio inferior y en sus ojos se refleja la culpabilidad—. No he querido… Perdón. Joder, perdón, Adriano. No eres como ellos. Ya lo sé. Es que todavía estoy un poco en shock .
—No necesito aprovecharme de mujeres indefensas para follar. —Le echo un poco más de crema en la espalda, junto al omóplato derecho—. Por suerte siempre he tenido donde elegir.
—Claro que sí, donjuán —responde con sequedad—. ¿Y por qué no eliges ponerle crema a otra?
—Giulia, no quiero discutir contigo, ¿vale? La otra noche te perseguí, es verdad. Te seguiría hasta el fin del mundo, nena.
—Eso suena a discurso de acosador.
—Quizá lo sea. —Sonrío—. Por ti estoy haciendo cosas de las que nunca me creí capaz.
—¿Como engañar a tu prometida?
—Eso es un golpe bajo.
—Es una simple pregunta.
Suspiro.
—No he engañado a Stella, ¿y sabes por qué? Por el simple y jodido hecho de que nunca hemos estado juntos. Nos conocemos desde niños. Es algo así como una hermana.
Giulia gira una vez más la cabeza y me mira con el ceño fruncido, sin intención de ser amable.
—Por supuesto. Porque tú nunca haces nada mal. No tienes nada de lo que arrepentirte, ¿verdad?
—Hay cosas de las que me arrepiento a medias.
—En eso no hay punto medio. O te arrepientes o no.
—Me arrepiento a medias de haberte puesto un localizador en el teléfono.
—Eres un puto cabrón.
— Tentazione. —Acerco mi rostro a su oreja sin dejar de masajearle la espalda—. Me arrepiento porque sé que está mal, que mereces privacidad. Pero por otro lado, me alegra haberlo hecho porque ese localizador me permitió encontrarte antes de que esos perros cabrones te hicieran daño.
—¿Y qué se supone debo hacer yo? ¿Perdonarte a medias?
—Quiero una tregua absoluta y total entre ambos.
—Una tregua —repite con voz plana.
—Lo último que deseo es que volvamos a discutir.
Ella se muerde el labio inferior, sopesando mis palabras, y se encoge de hombros antes de responder:
—Ya sabes cuál es mi postura en cuanto a tu boda con Stella.
—Eso ahora mismo me da igual. Solo quiero que dejes de mirarme como si fuera el mayor hijo de puta de la Tierra. —Le acaricio el hombro cuando termino de untarle la crema—. Te he comprado algo.
—¿A mí?
—Sí. —Sonrío al ver su incredulidad.
—¿Piensas que voy a cambiar de opinión con un regalo?
—No, lo que pienso es que destrozaste tu móvil y odio no poder escribirte mensajes. —Meto la mano en el bolsillo de mi toalla y le doy el teléfono que compré ayer en el pueblo, perfectamente empaquetado y con un lazo rojo adornándolo.
Ella me mira con reparo.
—No puedo aceptarlo.
—Sí que puedes.
—Este teléfono es muy caro. El mío no valía ni la mitad.
—¿Crees que tengo problemas de dinero? —Río y se lo pongo en la mano a pesar de que se resiste—. ¿Sabes qué es lo mejor de este teléfono?
Giulia se incorpora sobre sus codos y da media vuelta, quedando sentada frente a mí, mirando su nuevo móvil.
—Venga, dime, ¿qué es lo mejor de este teléfono?
—Que no lleva ningún localizador. De momento.
Una sonrisa traidora aparece en sus labios e intenta disimularla. Le ha hecho gracia mi respuesta.
—Más te vale.
—Te doy mi palabra.
—No tengo más remedio que aceptarla, ¿verdad?
—O podrías confiar en que digo la verdad.
Ella me mira a los ojos, directamente, sin titubeos, como si pudiera ver a través de mis pupilas. Yo también lo hago, y lo que veo me gusta. Parece mucho más relajada que estos días atrás.
—Está bien, Barone. Te creo —sentencia al fin—. Acepto tu regalo y tus medias disculpas.