Barone (Familias de la mafia 1) 24 #3
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—¡Eh, eh, suéltala ahora mismo, maldito cabrón!

—grita Adriano, viniendo hacia nosotros con el rostro desfigurado por la rabia.

Me arrebata de los brazos de Paolo y después le propina un derechazo que lo hace tambalear—.

¡No vuelvas a rozar ni un centímetro de su piel si no quieres acabar muerto como ese gilipollas!

—Pero Drio, ella no quería venir y…

—¡Vete! ¡Fuera de aquí, joder! —lo echa. Luego mira a Lorenzo, que está junto a mi amiga observando la escena con tensión—. Llévate a Siena al palazzo . Giulia se viene conmigo.

—¡Yo no voy contigo a ninguna parte!

—¡Cállate! —me grita perdiendo los nervios.

—¡Cállate tú, imbécil! —Lo empujo con toda mi rabia y niego con la cabeza, mirándolo como si no conociera en absoluto al hombre que tengo delante.

Lorenzo y Siena acaban de salir por la puerta. Estamos a solas en el reservado con un cadáver tirado en el sofá, pero la furia que reina en mi interior es tan brutal que no me importa lo más mínimo. Solo quiero gritar y maldecir el día en que lo conocí.

—¡No tienes ningún derecho a prohibirle a nadie que me toque! ¡Eso lo decidiré yo!

—¿En serio? —Curva los labios en una sonrisa tan fría que no parece él—. Creo que te olvidas de algo, nena.

—¿De qué?

—¡Eres mi maldita mujer!

—¡No soy nada tuyo, ya tienes una prometida!

—¡Mi mujer! —repite, acercando la boca a mi rostro—. ¡Y no voy a tolerar que nadie te ponga un puto dedo encima!

—¡Pues buena suerte, porque me pienso follar al primer tío que se cruce en mi camino!

—¡Hazlo si quieres provocar una masacre! —chilla entre dientes.

—¡Eres un asqueroso asesino!

—Sí, no lo niego, pero a ti te encanta que este asesino te folle, tentazione . —Enreda una de sus manos en mi pelo y tira de él, haciéndome contener el aliento por el dolor. Me obliga a levantar la mirada y nuestros ojos quedan frente a los del otro.

—No soy de tu propiedad.

—Deberías estarme agradecida por haberte quitado de encima al imbécil del sofá. Se te veía incómoda.

—No eres mi salvador, no te lo he pedido. Puedo defenderme sola. El hecho de ser mujer no me convierte en una persona débil.

—Te defiendo porque eres mi mujer, no porque crea que seas débil o incapaz de hacerlo por ti misma.

Mi corazón late desacompasado y a un ritmo imposible tras su respuesta.

No sé qué responder, pero debo hacerlo, decir cualquier cosa que acabe con este silencio.

Sin embargo, cuando voy a abrir la boca, comienzo a no poder enfocar bien la mirada, veo el rostro de Adriano doble.

Debe de ser por el éxtasis que ese desgraciado me hizo beber.

Agito la cabeza y me obligo a seguir pensando con claridad.

—Lo único que quiero es que me dejes en paz —respondo al fin—. ¡Lo nuestro nunca funcionará!

—Funcionará aunque tenga que retenerte a mi lado hasta que aceptes que tú también quieres esto.

—Vas a conseguir que te odie. —Apoyo las manos sobre sus brazos, buscando apoyo.

Con cada minuto que pasa me siento más y más débil.

A pesar de que lo tengo pegado a mí, su rostro comienza a convertirse en un borrón—.

Si me obligas a estar contigo, te aborreceré, me escaparé en cuanto tenga una oportunidad.

—¡Entonces buscaré en cada rincón del puto mundo y te traeré de vuelta!

—¡Eres un enfermo!

—Un enfermo obsesionado por ti, nena. —Salva la distancia que nos separa y me come la boca con unas ansias salvajes que me hacen contener el aliento.

Sus labios sobre los míos son exigentes y duros.

Me muerde, me lame, me succiona. Reclama mi boca y yo no hago nada para remediarlo.

No puedo aunque quisiera. La droga está privándome de mis plenas facultades, de mi capacidad de razonar.

Así que respondo a su beso. Lo hago con sus mismas ganas, alegremente, como si estos cuatro días no hubiesen sucedido nunca, como si todo entre nosotros fuese como antes.

Enredo los brazos alrededor de su cuello y lo aprieto contra mi cuerpo, dándole alas para que no deje de besarme, para que me levante en peso y me estampe contra la pared, devorándome como un animal hambriento.

Sus manos me masajean las tetas y un gemido lastimero escapa de mis labios.

Estoy en una nube, como metida en un dulce sueño donde creo flotar, donde solo existe el placer que Adriano provoca con cada caricia.

Me cuesta tanto abrir los ojos que me parece más fácil dejarlos cerrados y abandonarme a él, a lo que quiera hacerme. Sea lo que sea.

—Giulia, pasa la noche conmigo —susurra contra mis labios con la voz tan grave que se me eriza la piel de la espalda—. Déjame compensarte por no haberte contado lo de Stella.

No respondo. Es un esfuerzo que no merece la pena. Simplemente asiento con los ojos cerrados.

—¿Eso es un sí? Giulia, mírame. —Me acuna la cara con ambas manos—. Mírame.

Me es imposible abrir los ojos. Lo intento, pero no responden. Estoy tan concentrada luchando contra mi cuerpo que, de repente, me fallan las piernas y comienzo a desvanecerme. Si no caigo al suelo es porque Adriano me sujeta entre sus brazos e impide la caída.

—Eh, ¿qué te pasa? ¡Nena, abre los ojos! ¿Te encuentras mal?

—Estoy muy bien. —Mi respuesta es un susurro tan suave que apenas es audible.

— Tentazione , mírame. —La cabeza se me ladea. No tengo fuerzas ni para soportar su peso—. ¡Giulia, maldita sea! ¿Qué pasa?

—Éxtasis —susurro a duras penas.

—¿Has tomado éxtasis? ¡El éxtasis no te hace esta mierda! ¡Dime qué te has metido!

—El cadáver me engañó. —Intento sonreír, pero en mis labios apenas asoma una mueca.

—¿Ese hijo de puta te drogó? ¡Tendría que haberlo desollado vivo, joder!

¡Un balazo en la frente es una puta mierda para lo que se merece!

—grita entre dientes con una rabia devastadora.

Luego suspira y acaricia mi mejilla, haciéndome gemir de nuevo—.

Te pondrás bien. Vamos a ver a un médico y luego te llevaré de vuelta a casa.