Barone (Familias de la mafia 1) 24 #2
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24 #2

Como el que no quiere la cosa, el tiempo va pasando entre risas y charla, sobre todo, gracias a Siena, que tiene conversación para rato.

Mi amiga se metería en el bolsillo al mismísimo presidente si quisiera.

Tiene soltura, gracia y derrocha buen rollo.

Todo lo contrario que yo, que apenas presto atención al tipo que tengo al lado y que no deja de insistir en que baile con él.

—No me va la música techno —repito tras su quinto intento.

—Yo haría que te gustase. Bailo de puta madre.

Niego con la cabeza una vez más y jugueteo con los anillos de mis dedos.

No estoy a gusto y se me debe de notar en la cara, porque Siena me hace una señal para que me relaje.

Lo intento. De verdad. Pero no puedo. Yo no soy un animal social como ella.

Y, para colmo, el tipo de mi derecha acaba de apoyar la mano sobre mi cintura mientras comienza a hablar de su coche de carreras.

—Quita la mano de ahí —le pido con voz seria.

—¿Qué mano? —Sonríe haciéndose el inocente.

—No te conozco y no te he dado permiso para que me toques.

—Me llamo Andrea. Y podemos conocernos mejor, si quieres. Tengo mi coche fuera, te doy una vuelta. Podríamos pasarlo bien.

—¿Esta mierda te funciona con las tías?

—¿Contigo no?

—Joder. —Me río con desapasionamiento y le aparto yo misma la mano—. Andrea, siéntate más lejos. No me interesas ni tú ni tu coche.

No responde, se limita a rumiar entre dientes y se centra por fin en Siena, que está encantada de tener tantos admiradores.

Respiro más tranquila. Con un poco de suerte, me dejarán en paz.

Lo que le he dicho a Siena iba en serio, no estoy de ánimos para tontear con nadie.

No obstante, el alivio me dura demasiado poco.

El tipo de la perilla ocupa el sitio de ese tal Andrea y me sonríe con chulería al tiempo que da un nuevo sorbo de su vaso de tubo.

—Pareces incómoda.

—Lo estoy.

—¿No te caemos bien mis amigos y yo?

—No podría responder a tu pregunta, ni siquiera os conozco.

—Siena dice que te has peleado con tu novio y por eso estás tan seria.

—Frunzo el ceño y me encojo de hombros. No tengo ganas de hablar de ese tema con un desconocido.

Al darse cuenta de que no voy a contestarle, el tipo de la perilla me da un suave empujón con el hombro y sonríe—. Eres de las difíciles, ¿eh?

—Simplemente, no me interesa tontear con nadie.

—Toma, bebe un poco. Te vendrá bien para relajarte.

Me apoya su vaso en los labios. No tengo más remedio que beber. Doy un sorbo y vuelvo a empujarlo para que lo aparte.

—Ya he bebido.

—Entonces, es cuestión de tiempo que te suavices. Ya verás.

—¿Qué quieres decir con eso?

El de la perilla sonríe encantado.

—Mi cóctel lleva polvos mágicos, preciosa.

—¿Polvos mági…? ¡¿Droga?!

—Muy poco, no te preocupes. Lo justo para que disfrutes con nosotros.

—¡Pero ¿de qué coño vas?! ¡Lo que acabas de hacer es un delito!

—Me lo agradecerás en unos minutos.

—¿Qué mierda me has dado?

—No montes un drama. Solo es éxtasis.

—¿Solo éxtasis, hijo de puta? —Lo empujo con una rabia que empieza a subirme por el estómago y me colorea las mejillas—. ¡Cabrón de mierda! ¡Debería llamar a la policía para que ellos se ocupasen de ti, maldito asqueroso!

Él apenas reacciona a mis insultos. Va tan puesto, entre el alcohol y el éxtasis, que se ríe y me inmoviliza los brazos para pegarme a su pecho a pesar de mis intentos por soltarme.

Giro la cabeza hacia Siena en busca de ayuda; sin embargo, ella me da la espalda y ríe de forma escandalosa con el resto de los tíos, sin percatarse de lo que está sucediendo.

Me agobio. Este tío no me suelta por más que lo empujo e intento pegarle. Pero en el preciso instante que abro la boca para gritar, un fuerte estruendo se escucha a nuestro alrededor y la puerta del reservado se abre de forma violenta, chocando con la pared.

Al levantar la mirada, mis ojos coinciden con los de Adriano, que se encuentra en la entrada del reservado con el rostro desfigurado por la rabia y un fuego devastador reflejado en sus pupilas. Su atención se centra en el tipo de la perilla y en la forma en que me agarra de los brazos.

Se me acaba de secar la boca. La amenaza que desprende su rostro es terrorífica y su cuerpo permanece rígido mientras apunta al tío que está a mi lado con una pistola. El silencio en la sala es absoluto. Incluso Siena se ha quedado sin palabras, y eso es muy raro en ella.

Tras él se encuentra Lorenzo, que aguarda con el semblante pétreo a recibir alguna orden.

Pero eso no ocurre, porque es el mismo Adriano quien comienza a caminar adentrándose en el reservado y fulmina a todos los que me rodean, incluida a Siena, hasta que sus ojos se posan en mí.

Y lo que veo en ellos me eriza la piel de los brazos.

Es la primera vez que me mira de esta forma: con desprecio, como si acabase de cometer el delito más horrible del mundo, como si no me conociera.

—Levántate de ahí. —Se dirige a mí con un rugido gutural, posando después la mirada en el tipo de la perilla. No obstante, estoy tan nerviosa y alterada que mis oídos tardan en procesar su orden.

—¿Q-qué?

—¡Que te alejes de ese gilipollas, Giulia! ¡Ya!

Aprieto los labios, con una mezcla de alivio y furia centrifugándome en el estómago tras su dictamen. Aun así, hago lo que me exige y me levanto del sofá.

—¡Más lejos! —Doy un paso hacia la izquierda—. ¡Más! ¡A la pared del fondo!

—¿Por qué?

—¡Porque te lo estoy ordenando, maldita sea! ¡Aléjate de ese desgraciado!

Levanto un poco la mirada hacia Lorenzo y el gorila de mi padre y ambos asienten, advirtiéndome de que no lo contradiga.

Ahora mismo no reconozco a Adriano. Su rostro está desfigurado por la ira y su cuerpo parece una montaña gigante y amenazadora que se abalanzará sobre nosotros al mínimo descuido.

Hago lo que me exige. Camino, todo lo digna posible, hasta la pared del fondo y aguardo en silencio mientras él continúa acercándose al tipo de la perilla sin soltar la pistola.

—¿Quién mierda eres tú, hijo puta? —rumia, observándolo con asco.

—Yo… —Se remueve nervioso en el sofá—. Amigo, no sabía que ella tenía relación con la mafia. Lo juro.

—La estabas tocando. —Frunce el ceño—. ¿Por qué tocabas algo que no te pertenece?

—Creía que estaba disponible. No sabía que era tu mujer.

—Adriano, por favor —le suplico al ver que levanta la pistola y lo encañona con una frialdad que me eriza la piel—. Te lo suplico, no hagas…

—Silencio. Contigo hablaré luego —me interrumpe con desagrado y sus ojos se fijan de nuevo en el rostro del de la perilla—. ¿Sabes qué les ocurre a los perros que no respetan a las mujeres ajenas?

—¡No! ¡Perdón! ¡Ella no me dijo nada, pensé que…! —El estallido de un disparo interrumpe su contestación y su cuerpo sin vida se desploma hacia atrás en el sofá, mientras un río de sangre comienza a brotar de su frente.

Me tapo la boca con ambas manos, pero no puedo evitar que el grito de terror se escuche a mi alrededor.

Aprieto la espalda contra la pared y las lágrimas escapan de mis ojos sin pedir permiso.

Miro a Adriano horrorizada, sin poder creer lo que acaba de hacer, pero su semblante sigue furioso y helado como el del mejor asesino.

Los cuatro tíos restantes huyen del reservado muertos de miedo y pidiendo perdón, dejando a Siena sola en medio de la sala con la boca abierta y las manos temblorosas.

—Se acabó la fiesta. Llevadlas de regreso al palazzo .

Niego con la cabeza ante sus palabras y mi respiración comienza a tornarse rápida y furiosa por todo lo que acaba de suceder.

—¿Cómo te atreves? —susurro entre dientes, dando un paso hacia él—. ¿Cómo coño te atreves a comportarte como si fueras un puto dios? ¡Acabas de arrebatar una vida!

—No voy a discutir contigo ahora, Giulia.

—¿No? ¡Pues qué pena, porque es justamente lo que me propongo! ¡A no ser que también me dispares a mí!

—¡No digas estupideces, mujer!

Me planto frente a él y lo encaro con una rabia desbordante en mis pupilas.

—¿Por eso no quieres que discutamos? ¿Por si pierdes los papeles y me disparas?

—¡Yo nunca te haría daño!

—¿Y debo de creérmelo o es otra de tus mentiras? —Lo miro con desprecio—. ¿Cómo me has encontrado?

—¿Eso ahora a quién le importa?

—¡Me importa a mí! ¿Cómo sabías dónde estaba?

—Ya te dije que tengo mis métodos.

—¿Me has puesto un localizador en el móvil? ¿Es eso? —Lo saco de mi bolso y se lo muestro con rabia. Acto seguido lo arrojo al suelo con mucha fuerza, destrozándolo en el acto—. ¡Pues que te jodan! ¡No tienes ningún derecho a seguirme!

—No me toques los huevos, Giulia, porque esta noche ya lo has hecho suficiente. —Levanta la mirada hacia el gorila de mi padre—. Llévala al palazzo . Debo esperar hasta que nuestros hombres limpien toda esa sangre y se lleven el cuerpo.

Adriano da media vuelta y se aleja de mí, dejándome en medio de la sala con una impotencia y unas ganas de gritar imposibles de reprimir.

—¡A mí no vas a dejarme a medias!

—Señorita, volvamos a casa —me pide el gorila de mi padre con voz tranquila.

—¡Yo no me voy a ninguna parte hasta que él se disculpe!

Adriano se ríe al escuchar mi exigencia.

—Joder. —Niega con la cabeza—. Paolo, llévatela de aquí.

—¡Que no me voy! ¡No me muevo de este puto sitio!

—Ya has oído a tu primo.

—¡Que le jodan! ¡Él no es mi dueño!

—Debemos obedecer a Drio. En ausencia de tu padre, él es quien manda.

—¡Sobre mí no manda una mierda! ¡Eh, pero ¿qué haces?! —El tal Paolo, alias el gorila, me agarra de la muñeca y tira de mí para que abandone la sala, a pesar de que me resisto a hacerlo—. ¡Suéltame! ¡No me toques! ¡No quiero irme!

—Solo sigo órdenes.

—¡Haz lo que te salga de la polla, pero no sois nadie para obligarme a…! ¡Aaah, imbécil! —Rodea mi cintura y me levanta en peso para sacarme de allí a pesar de que pataleo y grito—: ¡Me haces daño, joder! ¡Déjame en el suelo! ¡Sé andar! ¡Ah! ¡Déjame!