Barone (Familias de la mafia 1) 24
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Giulia

Echo a correr hacia Siena cuando la descubro en medio del jardín, tirando de una pequeña maleta con ruedas. La abrazo con tanta fuerza que logro desestabilizarla y hacerla tambalear un poco hacia atrás.

Reímos, damos vueltas y saltamos como crías por volver a vernos al fin.

Cómo necesitaba a mi amiga.

Con toda esta mierda de Adriano me siento muy sola. En la casa Barone no tengo a nadie con quien hablar, con quien desahogarme, con quien escupir sapos por la boca y salir hasta las tantas para beber y olvidar esta situación.

—¡Pero qué guapa estás, Giulietta! —exclama, apretándome aún más entre sus brazos—. El clima de Bari te sienta de puta madre.

La miro a los ojos, contemplando que todo en ella sigue igual. Su rostro delicado y bonito, su perfecto cabello rubio recogido en una coleta alta, su impecable gusto al vestir y su sonrisa gamberra que me hace sentir como en casa.

—¿De verdad lo crees? Porque me siento fatal.

—No se te nota que estás en la mierda. Pareces la Giulia de siempre.

—Llevo unos días horribles, Siena. —Suspiro—. Aunque supongo que por eso estás aquí, ¿no? Por los audios penosos y desesperados que te envié la otra noche.

—Hubiera venido a verte de todas formas, pero… sí, esos audios me dieron el empujón que me faltaba.

—Lo siento. Sé que tienes una vida superajetreada y repleta de cosas divertidas que hacer. No tendrías que haber venido a consolarme. Me las habría apañado.

—Las amigas estamos para eso, tonta. Además, tengo muchas ganas de conocer por fin al gran Riccardo Barone.

—Mi padre también quiere conocerte.

—¿En serio? Pues no lo hagamos esperar más. Cuando me instale, te invito a cenar por ahí. ¿Te apetece?

—Sí, por favor, lo necesito. Me estoy ahogando encerrada en esta casa.

◆◆◆

Mi padre no se pone excesivamente pesado con las preguntas cuando se entera de que voy a salir esta noche con Siena, pero, como sospechaba, ha mandado que uno de sus hombres nos siga allá adónde vayamos.

En este punto, ya me da igual. Necesito salir y desconectar de todo lo que tenga que ver con Adriano y los Barone.

Y no hay mejor persona para hacerlo que con mi amiga.

Ataviadas con sendos vestidos cortitos y una cantidad nada deleznable de maquillaje y perfume en nuestros cuerpos, vamos a cenar a uno de los restaurantes que hay frente al puerto de Bari.

Eso sí, con el gorila de mi padre vigilando en la puerta.

Es un lugar tranquilo y la comida está deliciosa.

Nos quedamos hablando hasta que son más de las doce, hora en la que Siena sugiere ir a alguna discoteca de la ciudad.

La realidad es que no tenemos que andar demasiado. Cerca del puerto hay varios garitos con buen ambiente y música decente para bailar.

—Acompañadme —nos pide el hombre de mi padre nada más entrar.

Siena y yo nos miramos extrañadas y lo seguimos por la discoteca, sorteando la marabunta de personas que bailan a nuestro alrededor. Nos lleva a uno de los reservados, donde todo es más lujoso y en el que nadie nos molestará, pues solo puede entrar gente importante y clientes VIP del local.

—Quedaos aquí. Tu padre pagará todo lo que consumáis.

Pongo los ojos en blanco. Solo quiero salir a bailar con mi amiga como una chica normal, sin que nadie meta las narices a cada paso. No obstante, cuando estoy a punto de negarme, Siena se me adelanta y le sonríe encantada.

—¡Estupendo! ¡Pues tráenos champán, hombretón, gánate el sueldo!

El gorila de mi padre pone mala cara, pero nos deja a solas cuando va a por el champán. Ya sin nadie a nuestro alrededor, Siena me coge de la mano y me empuja hasta un cómodo sofá desde el que contemplar el local.

La discoteca en cuestión es un lugar amplio y moderno, con techos abovedados y paredes de piedra vista en el que la música techno suena a gran volumen.

El suelo de la pista de baile apenas es visible por la masa compacta de cuerpos que se mueven bajo las luces estroboscópicas.

Hay buen ambiente, lo admito. Y me gusta no tener que estar aplastada junto al resto de personas.

—Pareces una famosa acompañada en todo momento por tu guardaespaldas —comenta Siena con diversión.

—Lo odio. No lo necesito. Nadie va a atacarme, pero mi padre se empeña en que no es seguro que salga sin vigilancia por Bari.

—Se preocupa por ti. Es muy tierno.

—Es agobiante, Siena —resoplo.

—Si yo fuera tú, lo disfrutaría. Cuando vuelvas a Roma, tu vida será tan aburrida como siempre y echarás de menos esto.

—Me gusta mi vida aburrida. Y me gustaría estar en casa.

Mi amiga se acomoda un mechón de su rubio cabello tras la oreja y me observa con detenimiento antes de contestar:

—Todavía no me has hablado de lo sucedido con Adriano. Tuvo que ser una gran hostia enterarte de que estaba prometido.

—Lo fue.

—¿Y cómo estás?

—Aparte de sufrir una hemorragia cerebral cuando supe de la existencia de Stella Valenti, bastante bien —respondo sarcástica para quitarle hierro al asunto.

—Es que… ¡es tan fuerte!

—¿Qué me vas a contar? Estaba ilusionada. Muchísimo. Llevo hecha mierda cuatro días, vagando por el palazzo como un alma en pena. Y el cabrón de Adriano se ha atrevido a presentarse como si nada.

—Eso significa que has vuelto a verlo.

—Esta mañana. En el desayuno. Está convencido de que superaremos esto.

—¿A qué te refieres? Él está prometido.

—Quiere que sea su amante. Que acepte la boda con Stella y me convierta en la otra.

—¡No puede ser tan hijo de puta!

—Dice que me lo dará todo, que yo seré su mujer en todos los aspectos, que Stella no es importante para él, que solo es un contrato para sellar la alianza de ambas familias.

—La miro con ojos tormentosos y niego con la cabeza—.

Pero no puedo. ¡No puedo! Si hiciera algo así, iría en contra de mis principios.

Siena se queda pensativa unos segundos antes de soltar:

—En realidad, si lo piensas bien, Dios dijo: «No desearás a la mujer del prójimo». ¡Mujer! Se lo dijo a ellos, a nosotras no nos dijo nada.

—¡Estoy hablando en serio! —Pongo los ojos en blanco.

—¡Vale, vale, disculpa! Tienes razón. Es que… no sé, Giulietta. Ya habíais superado eso de ser primos. ¿Convertirte en su amante te parece más horrible que el incesto?

—No quiero convertirme en mi madre ni joderle la vida a otra mujer.

—Pero Adriano dice que no la quiere, que solo es un contrato entre familias.

—Ya no sé si creerle. No me fío. —Suspiro y me cubro la cara con ambas manos, sintiendo que el agobio regresa a mí—. ¡Maldita sea! ¿Por qué tuve que fijarme en él?

—Porque está buenísimo, por ejemplo.

—Si solo fuera eso… —me lamento—. Adriano es guapísimo, sí, pero también es un jodido cielo cuando está conmigo.

Me consiente, me cela, me protege. ¡Es una puta desgracia que me guste tanto!

¡Cada vez que estoy con él mi cuerpo se vuelve loco!

¡Es algo muy fuerte, algo que no puedo controlar!

¡Todo me empuja a su lado! ¡Incluso tú me empujaste cuando lo conocimos en Nápoles!

—¿Y por qué me haces caso? Dios, Giulia, parece mentira que no me conozcas. Yo nací por cesárea, no supe ni por dónde nacer.

Su respuesta me hace reír, a pesar de la desesperación que me reconcome por dentro. Esa es la cualidad que más me gusta de Siena. Logra sacarme una sonrisa aunque esté sumida en la mierda más absoluta.

—¿Sabes qué? —comenta ella de repente—. Se acabó hablar de tu mafioso. Esta noche vamos a divertirnos.

—¡Sí, por favor, lo necesito!

—Y dicen que un clavo saca otro clavo.

—¡Oh, no, no! ¡No quiero saber nada más de los hombres ni de las relaciones de pareja! Cuanto más lejos, mejor.

—Ese es tu problema. Que piensas en los tíos solo para cosas serias y aburridas. —Me agarra por los brazos y me zarandea—. Giulia, diviértete. Úsalos, pásatelo en grande y olvídate de ellos nada más acabar. Es simple.

—Yo… no soy así.

—Esta noche lo vas a ser. —Sonríe, se levanta de su asiento y se apoya en la barandilla que da a la pista de baile.

Mira hacia el gentío durante unos segundos, atenta, en busca de algo interesante entre el mar de cuerpos sudorosos que bailan.

Cuando encuentra un objetivo, señala con el dedo hacia un grupito de cinco chicos que se encuentran bebiendo en una esquina.

Agita la mano y los saluda para llamar su atención e invitarlos a que se unan a nosotras—. Ya tenemos compañía.

—Siena, no estoy segura de esto. No sabemos quiénes son.

—Relájate y diviértete. Fíjate en mí.

—Pero ¿tú no estabas saliendo con esos dos tíos de los que no dejabas de hablar por teléfono?

—No es nada serio. Ya sabes.

Abro la boca para responder; sin embargo, la puerta del reservado se abre de repente y por ella empiezan a entrar esos cinco chicos a los que Siena acaba de invitar.

El gorila de mi padre se adelanta y les corta el paso con actitud amenazante, pero mi amiga le hace una señal de que todo está bien y acepta marcharse a regañadientes tras darnos la botella de champán que ha traído.

—¡Pasad! ¡Vamos a divertirnos! —dice mi amiga con su mejor sonrisa—. Estábamos muy solas aquí. Este reservado es demasiado grande para nosotras.

Los chicos son bastante guapos, altos y con pinta de haber bebido más de la cuenta, pues a algunos les cuesta pronunciar bien según qué palabras. Genial. Ahora voy a tener que lidiar con una panda de borrachos mientras mi cabeza no deja de darle vueltas al tema de Adriano. Jodida Siena.

—¿Quién era ese que no nos quería dejar pasar? ¿Es que sois famosas? —pregunta el más guapo de todos. Un tipo moreno con perilla que derrocha chulería y bebe con pasotismo de su vaso de tubo.

Dos de los recién llegados toman asiento a mi lado y me sonríen con simpatía y ojillos bailongos por el alcohol. Les devuelvo la sonrisa y me encojo sobre mí misma, intentando conservar un pequeño espacio vital entre sus dos cuerpos y no tenerlos pegados a mi costado.