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Giulia
Han transcurrido cuatro días desde que descubrí que Adriano Barone es un puto embustero que me tuvo engañada desde que nos conocimos, y cada maldito minuto que pasa me arrepiento de haber aceptado quedarme en el palazzo hasta el final del verano.
No quiero estar aquí. Quiero irme a Roma, a mi hogar, a mi lugar seguro.
Lo último que me apetece es permanecer en una casa donde todo me recuerda a él.
Con su hermano, con sus padres. Con el nerviosismo constante mordiéndome el estómago por la posibilidad de verlo aparecer y tener que fingir que todo está bien, que no tengo ganas de lanzarle el primer objeto punzante que encuentre y desfigurarle esa cara de adonis con la que engatusa a las tontas como yo.
No debí confiar en él.
A ver si aprendo de una vez.
Estaba tan cegada por todas sus promesas que no quise ver las señales, porque las había y muchas.
Está comprometido con otra mujer. Con una tía preciosa, elegante, que parece sacada del anuncio de un perfume de lujo.
Y ahora solo quedan el arrepentimiento y la culpabilidad por haberme convertido en lo que he rechazado toda mi vida.
Me queda la desilusión porque, a diferencia de él, yo sí pensaba que lo nuestro era real y sincero.
Que esta relación podía llegar lejos. Pero no.
Después de descubrir la verdad, me siento usada.
El segundo plato. Un agujero en el que Adriano Barone se desfogaba hasta su boda con Stella.
Desde que me separé de él, tras nuestra discusión en el acantilado, estoy taciturna.
Apenas converso con nadie ni intento integrarme del todo en la familia.
Mi mente es un bucle constante lleno de odio y arrepentimiento del que no puedo salir.
No aquí. No estando en la casa Barone. Y no lo entiendo, joder.
Tampoco nos conocemos tanto tiempo como para sentirme así.
Hace apenas dos meses que Adriano irrumpió en mi vida.
No debería notar ese vacío en el pecho al repetirme que todo se ha terminado, ni tendría que estar tan decaída, porque no se lo merece.
No puedo permitir que me afecte tanto.
Me muerdo el carrillo para salir de la maraña de pensamientos en la que estoy sumida y remuevo sin ganas el café ya helado que tengo delante, mientras mi padre conversa con Ettore. Varias mujeres del servicio terminan de colocar sobre la mesa las fuentes de bollería para el desayuno.
—¿A qué hora os veréis el viernes con el consigliere de Moretti? —le pregunta a mi tío, tras dejar su taza de café sobre la mesa.
—Hemos acordado vernos en el muelle a las once de la noche. Pero ese gilipollas no lo pondrá fácil. Su actitud al teléfono era altiva y amenazante.
Mi padre se acaricia el mentón y se queda en silencio varios segundos antes de responder:
—Era de esperar. Lo más probable es que tengamos que pagar bastante dinero para que se olviden del terreno.
—Nero va a intentar jodernos por todos los medios, Riccardo.
—Si quiere conservar la cabeza sobre el cuello, no me tocará los cojones. Estoy siendo muy indulgente cuando tendría que haberlo quitado de en medio el día que empezó a darnos problemas.
No sé si estoy acostumbrándome a este tipo de conversaciones, o si mi estado de ánimo me tiene adormecida, pero apenas reacciono a las palabras de mi tío y mi padre; es más, las ignoro y me dedico a romper el papel de una magdalena mientras ellos continúan conversando. Hasta que…
—Ya estoy aquí. Siento llegar tarde, padrino.
Dejo de respirar.
El aire se niega a entrar en mis pulmones y me agarro fuerte a la mesa cuando escucho su voz.
Siento una gran debilidad en mi interior.
Es como si todo mi cuerpo se convirtiera en gelatina y temblase sin poder remediarlo.
Levanto la mirada en un acto reflejo y doy de bruces con Adriano, que se acerca a nosotros vestido con su habitual elegancia.
Seguro de sí mismo, chulesco, despreocupado, como si el mundo girase solo por él, y tan guapo que todo mi interior vibra sin remedio.
—Drio, hijo, llevas cuatro días sin venir al palazzo a vernos —comenta Raffaella, que alarga la mano para rozar su brazo—. ¿Tan ocupado estás que te has olvidado hasta de tu madre?
—No me he olvidado de nadie, mamma . —Entonces, levanta la mirada y posa sus ojos en los míos. Una suave sonrisa curva sus labios—: Es imposible que eso ocurra.
Aprieto los labios cuando mi estómago salta al escuchar sus palabras. Sé que lo ha dicho por mí, pero me niego a dejar que me afecte. Se le da demasiado bien mentir. Por el contrario, aparto la cara como si nada y le doy un sorbo a mi café helado, disimulando una mueca de desagrado.
—Siéntate, Drio —lo anima mi padre, señalando la silla libre que hay frente a la mí. Mierda—. Estábamos hablando de la reunión de mañana con el consigliere de Nero Moretti.
—Ponedme al día —asiente tras acomodarse y servirse un poco del humeante café en una taza limpia.
Luego, vuelve a mirarme de arriba abajo, y el anhelo que veo en sus ojos me eriza el vello de los brazos.
Es como si de repente acabase de empequeñecer el salón.
Solo lo veo a él. A nadie más—. Giulia. ¿Cómo estás?
Me muerdo la lengua para no decir nada fuera de lugar delante de nuestra familia y me limito a encogerme de hombros, intentando no ponerle mala cara.
—Perfectamente, gracias.
—Me alegro. Tenía ganas de verte.
—Pfff —bufo cortante. Después, vuelvo la cabeza hacia mi padre, que ha empezado a hablar de nuevo, e ignoro a Adriano a conciencia.
Me da absolutamente igual que mi corazón haya empezado a latir tan fuerte que parezca a punto de destrozarme la caja torácica.
Que el remolino de mi estómago esté dándome ganas de vomitar.
Y que sus ojos sobre mi cuerpo me produzcan un hormigueo inmarcesible en la piel de los brazos.
Estoy tan dolida, y me siento tan usada, que me niego a ablandarme ni un poco.
He pasado cuatro días sin verlo y ojalá hubiesen sido cuatrocientos. Estoy mejor sin él. Punto.
Así que, cuando mi teléfono empieza a vibrar, tengo que contenerme para no estamparlo en el suelo, porque sé que es Adriano quien está escribiéndome. Esta vez no leeré sus mensajes. Ni siquiera sé por qué no he bloqueado su número.
El aparato vibra sin parar, pero me limito a metérmelo en el bolsillo de los pantalones e ignorarlo…
Hasta que siento algo que me roza la pierna.
Es él. Doy un sobresalto y me pongo muy rígida en la silla.
Está intentando llamar mi atención para que le haga caso.
Lo mataría. Lo juro. ¿Cómo se atreve a presentarse en el palazzo y actuar como si no hubiese pasado nada? Le retorcería el cuello, maldita sea.
— Piccola , ¿estás bien? —me pregunta Fabio, extrañado por el salto que he pegado en la silla. Mi hermano desayuna a mi lado y me mira como si me hubiesen salido tres cabezas.
—Eeeh, sí. —Le doy una patada a Adriano para que deje de rozarme con la pierna y fuerzo una sonrisa.
—Te noto inquieta.
—No, es que…
—¿Te ocurre algo, bambina ? —Ahora es mi padre quien llama mi atención y, con él, todos los Barone comienzan a mirarme. Mierda.
—Esto…, yo…, tengo que ir al servicio —respondo con lo primero que se me ocurre—. Disculpadme.
Me levanto como un resorte y me niego a girar la cabeza hacia el hombre guapísimo y traicionero que tengo enfrente.
—¿Puedes traer a la vuelta más café, cielo? —me pide mi tía Raffaella con una suave sonrisa—. ¿Te importa?
—Claro que no, ahora lo traigo. Enseguida vuelvo —respondo con suavidad y salgo del salón casi con desesperación, alejándome de Adriano y maldiciéndome por actuar de esta forma, porque han bastado dos minutos con él para que todo mi ser se vuelva completamente loco.
Me encierro en el enorme baño que está pegado al salón y apoyo la espalda en la puerta, en busca de serenidad.
No puedo seguir comportándome así. No se lo merece.
No merece todo lo que provoca en mi interior.
Ni tampoco merece que haya pasado cuatro putas noches casi sin poder dormir porque mi cabeza no deja de dar vueltas a sus mentiras.
Debo recomponerme.
Para bien o para mal, he prometido quedarme en el palazzo el resto del verano y me niego a pasar el mes que me queda condicionada por ese infiel sin corazón.
Permanezco en el baño diez minutos hasta que reúno las fuerzas que necesito para continuar frente a Adriano y los Barone el resto del desayuno y, tras echarme un poco de agua al cuello, me dirijo a la cocina a por el café que mi tía Raffaella me ha pedido.
Una vez cruzo la puerta, descubro que la cocina está vacía.
No hay ni rastro del chef ni de las señoras del servicio, pero sobre la mesa del fondo hay una humeante cafetera colocada sobre una fina bandeja de metal, lista para servir.
Junto a ella, una docena de cucharas esperando a ser metidas en el cajón de los cubiertos.
Me dirijo hacia la cafetera y la agarro por el asa para llevarla al salón; sin embargo, antes de levantarla de la mesa, un movimiento a mi espalda me hace erguir la cabeza y ponerme de nuevo en tensión.
A través del reflejo del cristal de la ventana distingo a un inesperado acompañante: un hombre apoyado en el marco de la puerta, en silencio, observa cada uno de mis movimientos como si fueran lo más fascinante del mundo.
Ni siquiera necesito girarme para saber quién es.
Lo reconocería incluso con los ojos cerrados.
La energía que desprende es arrolladora.
Aprieto los dientes con fuerza y apoyo las manos sobre la mesa antes de decir:
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Tardabas mucho y quería asegurarme de que estabas bien —responde Adriano con voz calmada.
Giro sobre mis talones y lo enfrento con gesto hostil, ignorando la suave sonrisa que curva sus labios, su enorme cuerpo musculoso y el temblor de mis piernas.
—Estaba perfectamente hasta que he vuelto a verte.
—Te echaba de menos, tentazione .
—¿Por qué has venido al palazzo ?
—Esta también es mi casa. Tengo derecho a estar aquí, ¿no crees?