Barone (Familias de la mafia 1) 22 #2
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—Menos mal, cabrones, llevo esperando media hora —resopla con aburrimiento al tiempo que ofrece la mejilla cuando Stella se acerca para darle un beso.

—Hola, Gin —la saluda con cariño—. La reunión se ha alargado más de lo que pensaba.

—Barone, no te esperaba hoy. ¿Ya se ha cansado tu novia de ti?

—Que te den por culo, Ginevra —respondo a modo de saludo, dejándome caer en el sofá que se encuentra frente al de ellas—. ¿Tienes un cigarro?

—Toma. —Me lanza el paquete junto al mechero—. Un cáncer de pulmón es más divertido si se comparte entre amigos.

Aprieto los labios aguantando la sonrisa y, después de encenderlo, expulso el humo del cigarro con satisfacción. No suelo fumar, solo cuando estoy estresado o nervioso, así que hoy, que tengo un cóctel explosivo de ambos sentimientos en el estómago, me viene de puta madre.

Tras dar una segunda calada, mis ojos se dirigen de nuevo a Ginevra Farnese, hacia el traje de chaqueta que lleva puesto y que le queda como un guante. Siempre elegante, siempre perfecta. Con su abundante cabello rubio peinado hacia un lado y sus eternos labios rojos.

Es la hija menor de Isabella Farnese, la matriarca y líder de su crimine . Una de las mayores aliadas de los Barones, junto a los Valenti y los hermanos Marino.

La conozco desde que era un niño, tanto tiempo como a Stella, pero con Ginevra mi relación no es tan estrecha porque ella no ha dejado que lo sea.

De hecho, no permite que nadie se le acerque demasiado.

Es desconfiada, arisca y sufre fuertes episodios de disociación emocional que la convierten en una zorra sin sentimientos.

—Bueno, ¿y qué? ¿Ya hay fecha para la boda?

—El 14 de septiembre —responde Stella sin una pizca de emoción en la voz—. Y creo que necesito emborracharme.

—Sí, ya veo que estáis los dos saltando de la ilusión —se burla al tiempo que aplasta la colilla de su cigarro en uno de los ceniceros sobre la mesa—. Drio, deberías hacer algo para alegrar a tu futura mujer.

—No me toques los huevos, Farnese. Hoy no estoy para bromas.

—Joder, sois tan divertidos que tengo ganas de suicidarme.

—Adriano la ha cagado con Giulia —le rebela la otra con voz neutra.

—¿Cómo que la ha cagado? ¿Qué has hecho?

—No tengo ganas de hablar de ello. Ocúpate de tus putos asuntos.

—Mis asuntos están en orden, me interesa más meter las narices en los tuyos —bromea, pero no insiste.

Ginevra es una tía inteligente, sabe cuándo tiene que dejar de tocarme la moral.

En cambio, mira su reloj de muñeca y resopla desencantada—: Hoy no puedo quedarme mucho tiempo en el club.

Tengo que hacer un trabajito en Trani. Un gilipollas nos debe dinero.

—Pensaba que de esas cosas se encargaba tu madre personalmente —se extraña Stella.

—La he obligado a que delegue obligaciones. Últimamente parece cansada.

—Está bien que os involucréis en el negocio, tarde o temprano será vuestro. Alice y tú debéis aprender a llevarlo todo.

—Mi hermana pasa del puto negocio. Está demasiado ocupada criando a esa panda de delincuentes que parió tras casarse con mi cuñado.

—Me conmueve el amor que profesas por tus sobrinos.

Me río al escuchar la réplica de Stella y doy una nueva calada al cigarro antes de comentar:

—Farnese es tan dulce y cariñosa como una lija de grano cuarenta.

—Y lo dice el que acaba de perder a su novia —me ataca la afectada donde sabe que escuece. Echa el cuerpo hacia adelante, dispuesta a rematar—. Venga, Barone, ¿tienes ganas de reírte? Pues vamos a reírnos todos. ¿Por qué te ha dejado la hija de Riccardo?

Como respuesta, levanto la mano derecha y le muestro el dedo corazón mientras la observo con el rostro helado.

—Lo que nos pase a Giulia y a mí no te incumbe. Todas las parejas discuten. Pero es normal que no lo sepas. El único que aguanta tus mierdas es tu vibrador.

—Porque los tíos no valéis la puta pena. Ninguno. Por algo las Farnese somos un matriarcado, Drio. —Me guiña un ojo—. Y a mucha honra.

Se me curvan los labios en una sonrisa. Ginevra Farnese es una víbora venenosa que ataca a todo el que se atreve a acercarse a su lado, pero me gusta.

Siempre me ha fascinado su crudeza, que no se muerda la lengua con nadie.

A pesar de que es una jodida loca, tanto ella como su familia son leales.

Si dan su palabra, puedes estar seguro de que la cumplirán.

—¡Eeeh, hijos de puta! ¿Me echabais de menos?

De improviso, una grave voz interrumpe nuestra conversación. Cuando volvemos la cabeza hacia la puerta, descubrimos a la persona que faltaba para que el grupo esté completo.

Dante Marino.

El gilipollas sanguinario más lascivo que he conocido en mi vida. Y un amigo barra aliado de puta madre, también hay que decirlo.

Entre él y su hermano reflotaron el negocio de su familia, convirtiéndose en los reyes de los sobornos en toda la región y consiguiendo la confianza de mi tío Riccardo tras demostrar que son tipos serios, comprometidos con la Sacra Corona Unita.

Los hermanos Marino son relativamente nuevos en el mundillo de la mafia, pero su abuelo fue uno de los capos más poderosos que se recuerda en Bari, hasta que la policía lo cosió a balazos en una redada.

Cierra la puerta una vez entra en la sala privada y camina hacia nosotros con gran seguridad.

Es tan alto como yo, medirá más de un metro noventa.

Cabello moreno, corto y rapado por los lados.

Rostro anguloso de piel aceitunada y cuello grueso.

El cabrón tiene buen porte. Viste ropa informal, pero eso no parece ahuyentar a las tías, que pelean por su atención cada vez que sale a algún antro a divertirse.

Y a Dante le encanta ser el centro de atención.

Es como un íncubo que se deja querer por todo el que se acerca.

Al llegar junto a los sofás, Dante les guiña un ojo a Stella y Ginevra y se deja caer a mi lado.

—¿Lleváis mucho tiempo esperándome?

—¿Esperándote para qué? —habla Stella, enarcando una ceja.

—Seguro que estabais muertos de aburrimiento sin mí. —Nos sonríe—. Lo entiendo.

—Este cabrón se cree la última Coca-Cola del desierto —le da un codazo Ginevra, burlándose.

—Nos las estábamos apañando bastante bien sin ti, Dante. Pero gracias por preocuparte.

—Ay, Valenti, Valenti. Tienes suerte de que estés comprometida, o haría que te tragases tus palabras a base de polvos.

—Por mí no te cortes —respondo, encogiéndome de hombros.

—No, gracias —declina Stella de inmediato—. Ya lo he probado, y no fue para tanto.

—Pues te abalanzaste desesperada sobre mí.

—Estaba borracha, Dante.

—Todavía no puedo creer que te follases a Marino y no pillases una venérea —comenta Ginevra con asco—. Se tira a todo lo que se mueve. Sea del sexo que sea.

—Él. Ella. Elle. ¿Qué más da? Con que tenga un agujero, me es suficiente. Mi polla está para usarse, Farnese.

—Pues asegúrate de usarla lejos de mí si no quieres acabar degollado como un cerdo.

—Algún día me buscarás, nena. Da igual que finjas que no te gusto.

Ginevra se gira hacia Stella y le dice sin titubeos:

—Si me ves tan desesperada como para follar con él, te doy permiso para que me pegues un tiro.

—Hecho, para eso están las amigas.

—Gracias.

—¡Eh, que os follen a las dos! —exclama Dante, fingiendo estar contrariado, pero sabemos que a él se la suda todo.

Vive en su mundo de orgías, negocios y diversión.

Tanto es así que mete la mano en el bolsillo de sus tejanos y saca una bolsita repleta de coca con la que comienza a hacerse una raya sobre la impoluta mesa, que después esnifa con indiferencia.

—Deja esa mierda, Dante, o te llevará al cementerio —le aconsejo con el ceño fruncido.

—Moriré feliz porque he vivido al límite y de putísima madre. —Sonríe. Después nos mira a todos al tiempo que apoya la espalda en el respaldo del sofá—. Bueno, ¿qué?, contadme, ¿cómo ha ido la reunión entre los Barone y los Valenti?

—Tenemos fecha de boda —responde Stella con desagrado.

—Después de siete años, nuestra parejita finalmente pasará por el altar.

—No jodas, Marino —salto con voz helada—. No es una buena noticia. Es una farsa.

—Y ambos están depresivos —se ríe Ginevra, señalándonos—. Han venido con unas caras…

—Debemos hacernos a la idea de que finalmente esta boda se va a celebrar —añade Stella soltando un suspiro—. No tenemos escapatoria.

Dante la mira con una sonrisilla en los labios.

—Pero si ni siquiera vais a consumar. Todavía alucino cuando recuerdo que congelaste tus óvulos para cuando debáis darle un heredero a ambas familias.

—¿Y qué pretendes que hagamos? —se defiende Stella—. Drio y yo no vamos a acostarnos. Sería como follar con mi hermano, joder.

—Este compromiso siempre ha sido y será una farsa para ambos —sentencio sin titubeos—. Yo ya tengo una mujer.

—Oh, claro, me había olvidado de la hija de tu padrino —declara Dante, agitando las cejas—. ¿Y qué opina ella de tener que compartir a su hombre?

—Giulia no tendrá que compartirme con nadie —exclamo entre dientes.

—Pero a ojos de la sociedad será tu amante. La mala.

—¡Cierra el puto pico, Dante!

—Uuuh, parece que este tema es espinoso. ¿No será que la hija de Riccardo no está de acuerdo?

—Eres un tocapelotas, Marino —sentencia Stella con un bufido.

—Giulia lo aceptará —sentencio con determinación, porque con esto no pienso claudicar—.

Puede que ahora no esté muy convencida, y lo entiendo, pero me aseguraré de que sepa que ella es mi prioridad.

Siempre. Así que deja de tocarme los huevos si no quieres terminar el día con la lengua metida por el culo.