Barone (Familias de la mafia 1) 22
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Adriano

Llevo siete putos años comprometido con una mujer a la que no quiero. Y cada día que amanece me obligo a olvidar que mi destino quedó sellado cuando mi tío y Antonio Valenti decidieron que lo mejor para ambas familias era reforzar la alianza a través del matrimonio.

Me eligieron a mí. De entre todos mis malditos primos, fui yo al que eligió mi padrino. Lo peor de todo es que no me negué. Acepté de buen grado lo que se me encomendaba. Por la familia. Por ascender de posición en el crimine .

Era tan jodidamente joven que ni siquiera sopesé que existiese la posibilidad de encontrar a una mujer que me gustase de verdad para formar una familia.

Tenía veintiséis años, una lista interminable de tías a las que follarme y cero ganas de sentar la cabeza.

Nunca fue una prioridad. El matrimonio era para mí un trámite más por el que había que pasar para ser aceptado por la sociedad.

Y si la boda era con Stella, todo sería mucho más fácil para ambos.

Nos conocemos desde niños, su personalidad me agrada y nunca la he considerado un muermo.

Al contrario. Tenemos una forma de ver la vida similar.

Es preciosa, divertida, leal… Tiene todo lo que cualquier hombre podría desear en una mujer.

Pero no la quiero, no la deseo y no lo haré nunca, porque mi puto cuerpo ha decidido volverse loco con la hija de mi padrino.

He sido un cabrón por ocultarle a Giulia la existencia de Stella y ahora está enfadada conmigo. Lo comprendo. Entiendo que pueda sentirse traicionada, pero se le pasará. Yo haré que se le pase y que me acepte de nuevo.

Lo que le he dicho en el acantilado es cierto.

Tenía un plan desde el principio: hacer que se enamorase de mí para que no pudiese dejarme cuando le contase lo de la boda con Stella, pero se me han adelantado, joder.

Giulia tenía que haberse enterado por mí, a solas, con palabras tiernas que suavizasen el golpe.

No ha sido así y ahora debo arreglar lo que se ha roto. La traeré de vuelta. Para siempre.

Cuando llegamos al palazzo , mi tentazione va directa a su habitación sin mirarme ni una sola vez. Necesita tiempo para procesar lo que acaba de descubrir. Se lo voy a dar. Le concederé unos días. No la presionaré. Le daré su espacio y después regresaré a por ella.

Esto no ha terminado. Y una mierda. No me va a dejar.

Está hecha para mí y haré todo lo que esté en mi mano para traerla de vuelta, aunque no quiera y se resista.

Aunque eso signifique sumirla en un caos tan violento e impredecible que su única opción sea agarrar mi mano para que su mundo deje de tambalearse. Yo seré su faro, su dios, su todo.

De nuevo en el despacho, ni siquiera recuerdo la excusa que les he puesto a mi padrino y a los Valenti para justificar mi marcha a la carrera en plena negociación, pero parecen haberse quedado conformes y la reunión sigue su curso durante una hora más.

Al acabar, me quedan dos cosas claras: que la boda se celebrará el 14 de septiembre en la finca de Antonio Valenti y que debo empezar a hacer hueco en mi casa para las pertenencias de Stella.

El despacho queda en silencio cuando mi padre y mi tío acompañan a mi futura familia política hasta la entrada del palazzo una vez termina la reunión.

A solas, me froto los ojos con una mano y maldigo entre dientes mi puta suerte.

Cuando creía que por fin tenía a Giulia, todo se ha desmoronado una vez más.

Volvemos al punto de partida. Bueno, no.

En realidad, es todavía peor, porque ahora me odia y será muy complicado acercarme a ella teniendo a toda nuestra maldita familia pululando alrededor.

—¿A qué viene esa cara de culo? —De improviso, una tintineante voz se cuela en el silencioso despacho.

Ni siquiera tengo que levantar la mirada para saber de quién se trata; sin embargo, lo hago de todos modos, y la curvilínea figura de Stella aparece ante mis ojos.

Mi prometida se encuentra apoyada en el marco de la puerta en actitud relajada, con los brazos cruzados y la curiosidad refulgiendo en sus grandes ojos azules—. ¿Va todo bien?

—No, no va todo bien —respondo con tirantez—. Va de puta pena, de hecho.

—¿Por qué? ¿Qué te pasa?

—No es qué pasa, sino quién.

—¿Pues a quién nos cargamos entonces? —Me guiña un ojo.

—A mí. Reviéntame los sesos de un tiro y acabemos de una maldita vez con esto.

Stella suelta una musical carcajada y despega el costado de la puerta, para acercarse con andares felinos y elegantes hasta detenerse frente a la silla en la que estoy sentado con los brazos en jarras.

—Y una mierda, Barone. Si te mueres, me casarán con algún soplapollas del tres al cuarto. No voy a encontrar mejor partido que tú, así que te quiero vivito y coleando.

—Hoy no estoy para gilipolleces, Stella. ¿Qué haces aquí? Tu padre acaba de irse.

—Ya lo sé, pero no ha puesto inconvenientes cuando le he dicho que me quedaba un rato con mi prometido.

—Al ver que mi única respuesta es resoplar, se acuclilla hasta quedar a la altura de mi regazo y apoya los brazos sobre mis rodillas antes de continuar—: No, en serio, ¿qué te pasa, Drio? Hace un rato estabas bien.

—Creo que la he cagado con ella, y mucho.

—¿Con ella? —Frunce el ceño—. ¿Te refieres a Giulia? ¿Por eso has salido corriendo hace un rato?

—Quería que se enterase por mí —respondo con una seriedad impenetrable, fijando los ojos en los suyos. Doy un puñetazo al reposabrazos de mi asiento—. ¡Joder! ¡Me cago en la puta vida!

Stella parpadea varias veces en silencio, sin quitarme la vista de encima, intentando comprender mi repentino arranque de ira. Hasta que…

—Adriano, ¿estás queriendo decirme que ella no lo sabía? —Agito la cabeza con desapasionamiento como respuesta—. ¿No le dijiste a Giulia que estábamos comprometidos? ¡¿Por qué?!

—No estaba preparada. Aún no. Quería esperar un poco más para darle la noticia.

—¿Has dejado que se entere por otras personas?

—No tendría que haber venido al despacho. Ni siquiera tenía que haber estado en el palazzo . Íbamos a vernos en el pueblo después de la reunión.

—Y por tu forma de comportarte, presumo que se lo ha tomado bastante mal.

—No quiere volver a verme.

—Normal, yo te habría cortado la polla y hubiese hecho vudú con ella. Se sentirá engañada y usada.

—Si lo que quieres es pisotearme, lo estás consiguiendo.

—No seas imbécil, sabes que estoy para lo que necesites, pero… —Se muerde el labio cuando una carcajada traidora escapa de su garganta—. Joder, has sido tan torpe…

—No te rías o te rajo el puto cuello.

Ella vuelve a hacerlo, pasando por alto mi amenaza. Me mira con una sonrisilla cabrona en los labios. Sabe que jamás le haría daño.

—Es que me sorprende que, con lo meticuloso que eres para el negocio, hayas dejado que ocurra esto.

Adriano, llevas hablándome de Giulia Fabbri desde hace dos meses.

Estás obsesionado con esa chica, no has dejado de repetir lo perfecta que es para ti.

Somos amigos desde que éramos críos y, hasta que la conociste, nunca pensé que te vería caer de rodillas ante una mujer.

Pero, joder, la has espantado como un maldito principiante.

Aprieto los dientes y fulmino a Stella tras escuchar su réplica.

—No necesito un sermón cuando soy plenamente consciente de mi error. Así que haz el puto favor de irte a la mierda y dejarme tranquilo.

—¿Que me vaya? —Alza las cejas—. Claro que me voy a ir. No tengo intención de quedarme en la jodida casa Barone todo el día. Pero tú te vienes conmigo.

—No.

—Mueve el culo y llévame en tu coche a Bari.

—Palmea mi rodilla y se incorpora del suelo—.

De todos modos, ya estás en la mierda. Ella no va a perdonarte, al menos de momento.

Te invito a un trago. Hace un rato hablé con Farnese.

Me dijo que ella y Marino iban un rato al club. Te vendrá bien despejarte.

◆◆◆

El club al que se refiere es un selecto casino que se encuentra en el centro de la ciudad, muy cerca del puerto deportivo, en el que solemos reunirnos varios días a la semana desde hace años.

No me apetece ir. Lo que de verdad necesito es buscar a Giulia y obligarla a que me escuche.

Hacerle entender que este compromiso y la futura boda con la hija de Antonio Valenti no significan nada para ninguna de las partes implicadas.

Pero en este momento estoy atado de pies y manos.

Ella no quiere verme y, aunque me encantaría raptarla y follarla como un puto tarado hasta que acepte mis condiciones, en esta ocasión lo mejor es dejar que se calme antes de hacer mi siguiente movimiento.

Una vez en el estacionamiento privado del casino, le lanzo las llaves al aparcacoches y camino hacia el interior del local con Stella a mi lado.

He recorrido este trayecto cientos de veces.

La indiferencia cubre mi rostro cuando cruzo las enormes puertas de madera tallada.

Como de costumbre, las lámparas de cristal derraman una luz cálida que hace brillar las mesas de juego.

El contraste entre lo clásico y lo contemporáneo tiene su encanto: columnas antiguas conviven con pantallas digitales y ruletas electrónicas.

A nuestro alrededor se respira una mezcla de perfume caro, tabaco y café recién hecho.

Sin embargo, no nos detenemos en ninguno de los juegos, en los que decenas de gilipollas pierden su dinero creyendo que la suerte va a sonreírles.

Sino que cruzamos el lugar hasta darnos de bruces con unas gruesas cortinas de terciopelo azul que llevan a las salas privadas.

A las que solo acceden los clientes VIP y personalidades que lo frecuentan.

Abro la puerta de la sala que tenemos reservada y doy un golpe de cabeza indicándole a Stella que entre primero.

Al poner un pie en la elegante estancia, me doy cuenta de que no estamos solos.

Frente a nosotros se encuentra otra persona que fuma despreocupada en uno de los sofás mientras ojea su teléfono sin demasiado interés.