21
Giulia
—¿Quieres algo? —pregunta ella con antipatía, con una voz profunda y sexi que resultaría de lo más agradable si le diera la gana.
Doy un paso hacia atrás y paseo la mirada por la desconocida, aunque no quiero parecer maleducada.
Pero es una mujer tan bonita que no puedo evitarlo.
Me puede la curiosidad. Tiene el cabello de un intenso color negro que forma una perfecta cascada hasta media espalda.
Ojazos enormes de un azul tan vivo que parecen hechos de agua.
Rostro oval y delicado de piel perfecta, pómulos altos de lo más orgullosos y unos labios llenos y rosados que ahora mismo están fruncidos, esperando a que le responda.
Es de mi misma altura, pero su cuerpo es mucho más armonioso, esbelto y con unas tetas perfectas. Parece una modelo.
Sin embargo, la paciencia no es lo suyo, porque bufa poniendo los ojos en blanco antes de volver a hablar:
—¿Es que no sabes que el puto servicio tiene prohibido molestar cuando hay una reunión?
—P-perdona, no soy del servicio.
—¿Y puede saberse quién eres?
Eso podría preguntar yo, porque no la conozco de nada. Si fuera una Barone, lo sabría, así que supongo que será parte de la familia Valenti.
Le muestro la carpeta con los documentos que me ha dado mi tío y le sonrío, intentando ser maja, no como ella.
—Tengo que darle estos documentos a mi padre.
—¿Tu padre? —Enarca una ceja y entonces sus ojos vuelven a posarse en mi cara, aunque esta vez con más interés, como si antes ni siquiera hubiese reparado en mí—. ¿Tú eres Giulia?
—Eeeh, sí. —Frunzo el ceño—. ¿Nos conocemos?
La comisura derecha de sus labios se alza en lo que parece un amago de sonrisa.
—No, no nos conocemos, pero he oído hablar mucho de ti. —Me tiende la mano, esperando a que se la estreche—. Soy Stella Valenti. Tenía muchas ganas de conocerte.
—Giulia Fabbri. —Se la estrecho—. ¿Por qué tenías ganas de conocerme?
No responde, salvo por otro misterioso amago de sonrisa, al tiempo que se encoge de hombros. Después se hace a un lado y señala hacia el interior del despacho con una mano.
—Pasa. Estábamos a punto de empezar.
Asiento en silencio y cruzo la puerta con la carpeta bajo el brazo, notando que nada más entrar decenas de ojos se posan sobre mí.
A un lado, los Barone; al otro, supongo que los Valenti.
Mi padre levanta las cejas al descubrirme allí; no obstante, mi atención se posa de inmediato en Adriano, que se encuentra sentado a su lado y que acaba de ponerse muy rígido.
Me observa con el semblante tan serio que me resulta de lo más extraño, porque él nunca me mira así.
Parece alterado, furioso de que haya aparecido en el despacho.
—Giulia, ¿qué ocurre? —dice mi padre, que se levanta de su silla para recibirme.
—Disculpa, papá, pero el tío Ettore me ha dicho que te trajese la carpeta. Dice que te hacía falta.
—Oh, gracias, principessa . —Me pellizca la mejilla como si fuera una niña.
Por el rabillo del ojo veo a la tal Stella caminar por el despacho y rodear la mesa hasta sentarse en la silla vacía que está junto a la de Adriano. Le susurra algo al oído, a lo que él asiente con esa odiosa rigidez que sigue poseyendo su cuerpo.
—Riccardo, amigo, ¿esta es tu pequeña? —La voz de un hombre a mi derecha me hace despegar la atención de Adriano.
—Sí, Antonio, quiero que conozcas a mi Giulia.
El desconocido se levanta de su asiento. Viene a mi encuentro con los brazos abiertos y una enorme sonrisa en los labios. Tendrá la edad de mi padre. Su rostro es redondo y amigable, cabello corto completamente blanco y unos pequeños ojos color pardo, que reflejan serenidad e inteligencia.
— Cara , qué placer conocerte al fin. —Me rodea entre sus brazos y le palmeo en la espalda, sintiéndome bastante incómoda. Nunca se me ha dado bien gestionar que un desconocido me abrace—. Tu padre me ha hablado mucho de ti.
—Gracias, señor. Es usted muy amable.
—Oh, ¡no, no! Antonio. Nada de señor. —Me da un beso en la mejilla y me mira complacido—. Los Valenti y los Barone somos prácticamente familia.
—¡Y tanto que sí! —responde mi padre con euforia.
Doy un paso atrás antes de volver a mirar a Adriano, que continúa en su asiento, mirándome con el gesto demasiado serio. ¿Le molesta que haya interrumpido la reunión? No entiendo por qué está tan rígido. A su lado, la hija de Antonio Valenti me dedica una sonrisa misteriosa, que tampoco comprendo.
—Giulia, bambina , no te entretenemos más —añade mi padre, señalando hacia la puerta—. Sé que querías dar un paseo por Bari. Luca te acompañará a donde quieras ir hasta que tu primo pueda reunirse contigo.
—Bien, vale. Pues me voy ya. —Miro a mi alrededor, sonriéndoles a todos—. Buen día.
Miro una última vez a Adriano, antes de dar media vuelta, y ahora sí que me sonríe.
Parece mucho más tranquilo. No entiendo nada.
Pero, claro, ¿qué voy a saber yo de reuniones de las mafias?
Me despido de Stella Valenti con un suave asentimiento de cabeza y me dirijo hacia la puerta, escuchando a mi padre reanudar la conversación.
—Bien, prosigamos. —Da un golpe sobre su escritorio—. Hay mucho de lo que hablar, señores. No podemos estar esperando a Ettore eternamente. Cuando regrese mi hermano, le contaré cuál ha sido nuestra decisión.
Apoyo la mano en el pomo, lo giro para abrir la puerta y salir del despacho. Sin embargo, antes de marcharme, Antonio Valenti dice algo que me detiene en seco:
—Y tanto, amigo mío. Drio y Stella deben casarse cuanto antes. Su compromiso está durando demasiado.
Se me hiela el cuerpo. La mano que tengo agarrada al pomo se queda rígida, igual que mi espalda. Durante unos segundos ni siquiera sé si he escuchado bien. El corazón ha empezado a latirme a un ritmo tan imperioso que me siento incluso mareada.
¿Ha dicho que están prometidos? ¿Adriano?
¿Con… Stella Valenti? No. Es imposible. ¡Es jodidamente imposible!
Él y yo… Nosotros estamos juntos. Va a comprar una casa en Roma para que viva con él, nos hemos follado hasta la saciedad, me ha dicho que lo que siente por mí no lo ha sentido por nadie, se está jugando el pellejo con los Barone para estar conmigo.
¿Cómo va a estar comprometido con otra? ¿Con esa mujer preciosa que parece una supermodelo?
¿Con la hija de… del jodido amigo de mi padre?
No soy capaz de reaccionar. Apenas puedo respirar con normalidad.
Un enorme nudo me tapona los conductos y el oxígeno no llega a mis pulmones.
Doy la vuelta para mirarlo y que me diga que es una puta equivocación, que él no es ese Drio del que Antonio Valenti está hablando.
Sin embargo, cuando poso la mirada en él, Adriano tiene los ojos cerrados muy fuerte y sus labios pronuncian una muda maldición.
—Por mí no hay inconveniente y supongo que Adriano estará deseando que Stella se convierta en su mujer y formar al fin una familia —asiente mi padre.
—Como no se den prisa, estos dos nos dejarán sin herederos —se ríe Antonio, palmeando la espalda de Adriano, que abre los ojos y los fija en mí, en silencio.
No lo contradice, se limita a mirarme con el rostro desencajado, esperando una reacción por mi parte—.
Mi hija tiene treinta años, Riccardo. Dejó de ser una jovencita hace tiempo. Se va a hacer vieja sin darme un nieto.
—Podemos fijar la boda para septiembre —continúa mi padre mientras abre la carpeta que le he traído y mira algunos papeles antes de añadir—: Tres meses son más que suficientes para organizarlo todo.
—Eso pensaba yo. Adriano ya compró una casa grande donde vivir con Stella aquí en Bari, y podemos celebrar el banquete en mi jardín.
—Bien, pero la comida corre de nues…
Un pitido me taladra los oídos de repente.
No oigo nada. Es como si estuviera metida en un túnel donde todo pasa demasiado deprisa y donde solo hay luces ante mis ojos.
De lo único que soy consciente ahora mismo es de los latidos furiosos de mi corazón y de los intentos infructuosos de mis pulmones por recoger algo de aire.
Me ahogo. Me asfixio, joder.
La imagen de Adriano sentado junto a Stella Valenti se desdibuja de repente hasta que solo distingo un borrón sin sentido.
Doy un paso atrás, luego otro. Si no me largo de aquí, mis piernas acabarán fallando y caeré al suelo delante de todas estas personas.
No puedo permitir que me vean tambalear.
Retrocedo un paso más. Adriano se remueve en su silla y se pasa una mano por la cara, nervioso.
No deja de mirarme. O al menos creo que me mira a mí. Ya no estoy segura de nada.
—Eh, Giulia, ¿aún por aquí?
Descubro a Ettore a mi lado, en la puerta del despacho.
Pero ya no puedo responder. Ni siquiera soy capaz de abrir la boca.
Simplemente, lo miro acongojada, luego observo a Adriano por última vez y echo a correr hacia ninguna parte, dejando atrás esa maldita reunión y a toda la gente que hay en ella antes de venirme abajo.
◆◆◆
No sé a dónde voy. Ni siquiera me he parado a pensar antes de salir disparada fuera de la propiedad.
He aprovechado que la gran puerta de hierro se ha abierto para dar paso a una furgoneta de reparto y me he alejado del palazzo sin mirar atrás.
Llevo cinco minutos corriendo en paralelo a unos acantilados.
Los pulmones me queman tanto que no puedo evitar frenar un poco y apoyarme en la gran pared de piedra que tengo a mi izquierda.
Levanto la mirada hacia el horizonte para recuperar la respiración y me topo con la inmensidad del mar.
Con el intenso color azul que serpentea frente a la costa de Bari, en la que navega algún que otro velero, dejándose mecer por las suaves olas.
El sol comienza a ascender en el cielo donde reinará hasta el ocaso y el calor ya es notable a mi alrededor, así que más me vale encontrar algún lugar donde resguardarme o acabaré quemándome la piel.