Barone (Familias de la mafia 1) 19
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Adriano

Me agarro a las sábanas cuando un intenso calor me moja la polla de arriba abajo.

Algo suave y juguetón se desliza por mi tronco y captura el glande con una intensidad flipante, tirando suavemente del piercing hasta hacerme estremecer.

Es tan bueno que me olvido de respirar. Solo puedo sentir.

Sentir que es la mejor sensación del puto mundo y que no quiero que acabe nunca.

Cuando estoy a punto de asfixiarme, abro la boca y lleno mis pulmones con una gran bocanada. No sé en qué momento he empezado a tener este sueño erótico, pero parece real, como si estuvieran mamándomela de verdad, de repente, por las buenas.

—Oooh…, joder —susurro en sueños al tiempo que alzo las caderas para ir al encuentro de esos suaves labios que me están llevando tan alto.

Suelto las sábanas y deslizo una mano entre mis piernas, buscando alivio.

Sin embargo, en lugar de mi polla, enredo los dedos en una suave mata de cabello que sube y baja a un ritmo constante.

Abro los ojos de golpe. Se siente demasiado real; esto no puede ser un sueño.

Estoy muy cerca de correrme y nunca he llegado tan lejos con un puto sueño erótico.

Entonces, la veo. A ella. No estoy soñando. Giulia agarra mi polla con un puño mientras se la mete hasta el fondo en la boca, casi hasta la base, mirándome con ojos ardientes.

Hemos follado tanto esta noche, desde que me colé a hurtadillas en su habitación, que no creí posible estar listo en tan poco tiempo. Pero, mierda, sí lo estoy. Ella me convierte en una bestia insaciable.

— Tentazione , ¿te has propuesto matarme a polvos?

—Eso es lo que tú pretendes conmigo —responde con la boca pegada a mi tronco—. Ahora soy yo la que exige venganza.

Vuelve a acoger mi polla entre los labios y succiona rápido, girando la lengua alrededor de la punta hinchada.

El piercing vibra de un modo increíble y se me pone más dura que nunca.

A pesar de que me encantaría responder a su provocación, no puedo.

Estoy demasiado cachondo como para hacer otra cosa que no sea levantar de nuevo las caderas y clavarme en su garganta con una fuerza desmedida.

—Qué boca tienes —susurro sin dejar de bombear contra ella. Veo que empiezan a saltársele las lágrimas por la fuerza con que la penetro—. Me gusta tanto que me la mames que vas a tragarte hasta la última gota, ¿de acuerdo?

No puede hablar, pero asiente sin dudarlo, y eso me da alas para tirar más de su pelo y follarle la boca con brutalidad.

La miro con ojos ávidos, no quiero perderme ni una imagen suya.

Es una puta preciosidad. Tensa la mandíbula con cada acometida.

Tiene los ojos cerrados. Ahora que he tomado el control de la situación, se limita a dejarse hacer, a darme placer y acariciarse las tetas.

—Gi-Giulia. Joder, Giulia… —pronuncio su nombre perdiendo el control—. Estoy a punto, nena.

Me estremezco al sentir que su mano empieza a masturbarme a la vez que su boca.

Echo la cabeza hacia atrás y gimo su nombre una vez más.

Mi polla palpita contra su lengua, está tan tensa e hinchada que es cuestión de segundos que me corra.

Y cuando estallo, silencio un hondo gemido mordiéndome los labios mientras el orgasmo me barre con una intensidad abrumadora.

Mi respiración acelerada rompe la calma del dormitorio.

No puedo moverme, sigo desplomado sobre el colchón intentando recuperar el control sobre mi cuerpo.

Al verme tan hecho polvo, Giulia suelta una risita y escala por mi piel al tiempo que se relame los restos de mi corrida.

Sus labios están hinchados y brillan jugosos tras pasarse la lengua sobre ellos.

Qué delicia. Y pensar que he vivido tantos años sin saber que existía…

Está completamente desnuda, como yo. No le he permitido vestirse en toda la noche. Quiero ver ese cuerpo cada vez que abra los ojos y tener acceso a él cuando me apetezca tocarla.

Cuando apoya las manos a cada lado de mi cabeza, me da un tierno beso en la punta de la nariz y se sienta a horcajadas sobre mis caderas.

—¿Sigues vivo?

—Ahora mismo, no lo sé.

—He dudado en si despertarte. Estabas muy guapo dormido mientras me abrazabas. —Me lame los labios y gruño de gusto rodeándole la cintura con los brazos, logrando que sus suaves tetas queden aplastadas contra mi torso.

—Pero has cambiado de opinión.

—Ajá. Me ha entrado hambre. Y tú estás demasiado bueno, no he podido contenerme.

—Eso se llama gula, nena —bromeo encantado.

—Mañana iré a confesar mis pecados y te echaré la culpa de todo.

—Si le cuentas a un cura lo que me has hecho, se pondría cachondo y tendré que matarlo por fantasear con mi mujer. Confiésate conmigo.

—¿Me mandarías hacer una buena penitencia?

—Ya lo creo. Te pondré de rodillas para que expíes tus pecados en mi polla.

—¿Eso te gustaría? —Agita las caderas y restriega su coño contra mi pene semierecto.

Resoplo al sentir un latigazo de placer.

—Joder, pues claro.

—¿Quieres que empiece ahora?

—Aunque quisiera, estoy muerto después de la mamada que acabas de hacerme.

—¿Eso significa que tendré que correrme sola?

La respiración se me dispara al comprender lo que quiere decir. Enredo la mano en su pelo y la acerco tanto que nuestros labios se rozan.

—¿Vas a usarme?

—No te importa, ¿verdad? Tú te has corrido, pero yo me he quedado con las ganas.

Mi polla da un nuevo tirón.

—Hazlo, quiero verte y tocarte hasta que te corras para mí. Quiero tu coño húmedo mojándome la piel.

Giulia se incorpora hasta quedar a horcajadas sobre mi bajo vientre.

Me mira desde arriba con el deseo reflejado en su rostro.

La suave luz que se cuela por la ventana dibuja bellas formas en su cuerpo, en sus tetas.

Son tan pálidas y delicadas que no me resisto a levantarme y atrapar una con la boca, logrando que un gemido lastimero escape de su garganta.

Comienza a mecerse sobre mí. Lo hace lento, intenso, frotando su húmeda vagina en mi bajo vientre.

La polla me da un nuevo salto y se pone tan dura como si no acabase de correrme de manera apoteósica entre sus labios.

Le succiono los pezones con mucha intensidad, sé que le quedarán marcas.

Me encanta marcarla. Ver en su cuerpo la señal de que he estado ahí.

Cuando mordisqueo su rugosa piel, gime en voz alta y aumenta el ritmo con el que se restriega.

—Adriano…

—Eso es, di mi nombre. Me encanta cómo suena en tu boca. —Cuelo una mano en su coño. Mis dedos se mojan con sus eflujos y los deslizo por su clítoris para empezar a masturbarla.

—¡Oooh, Dios!

—Siempre tan mojada por mí. —Atrapo su cuello con la mano libre y lo aprieto hasta arrebatarle el aire.

Me mira con una suave sonrisa y no intenta apartarse, por el contrario, sus movimientos se aceleran tanto que sus glúteos rozan mi polla erguida—.

Me estás llevando al límite de nuevo, Giulia.

¿Qué haces conmigo? Me has arruinado. Pensar en otra mujer es imposible para mí desde que te conocí. Estoy perdido.

Ella sonríe con la excitación rezumando por todos sus poros y junta nuestras caras para darme un beso tan sexual que gimo sin pretenderlo.

—¿Te arrepientes?

—Nunca, tentazione . —Agarro sus mejillas con una mano para que me mire a los ojos—. Ese puto viaje a Nápoles es lo mejor que he hecho en la vida. ¡Joder, estás tan mojada…!

—Apuesto a que lo estaré más cuando me folles con todas tus fuerzas —susurra en voz baja—. Estaré tan empapada que me retorceré sobre tu polla y te suplicaré una y otra vez que me destroces; y tú lo harás, con la condición de mamártela hasta que estés a punto de correrte.

—Joder, joder…, qué boca más sucia tienes.

—He aprendido del mejor.

Me cojo la polla con una mano y siento que yo también estoy preparado de nuevo.

Tengo el prepucio mojado por varias gotitas de líquido preseminal, los huevos muy duros y la polla temblando de anticipación.

Definitivamente, estoy tan cachondo que vuelvo a tener ganas de follármela como si no lo hubiera estado haciendo durante toda la noche.

Con ella estoy caliente las veinticuatro horas del día.

Guío la polla hasta su abertura y Giulia apoya las manos en mis pectorales para levantarse un poco y acomodarse sobre ella.

Está tan mojada que penetrarla es una delicia.

Su carne se abre delicadamente para acoger mi grosor, quedando apretada en sus paredes como una vaina perfecta.

Noto que un escalofrío le recorre la espalda al sentirse llena.

Me mira maravillada al tiempo que empieza a moverse sobre mí, como una diosa del sexo.

Apoyo las manos en sus caderas y la aprieto contra mi carne con cada movimiento descendente, incrustando la polla en su profundidad.

—Mmm…, así, tentazione .

Voy a correrme. Sí, sé que no lo creía posible hace un rato, pero ahora es un hecho. La veo rebotar sobre mi polla sin parar, con las manos apoyadas en mis muslos y el cuerpo echado hacia atrás. Sus tetas saltan ante mis ojos y me las meto de nuevo en la boca. Es un vicio, coño.

—Más rápido… —lloriquea entre dientes, pidiéndome intensidad; así que se la doy. La consentiré en todo lo que me pida. Siempre.

Con un brusco tirón, la hago caer de espaldas en la cama para colocarme encima de ella, entre sus piernas, y bombear como un maldito psicópata en pleno brote.

Mi cuerpo la cubre entera. Le muerdo el hombro hasta que grita presa de la excitación y me araña la espalda.

El sonido de nuestra carne al chocar se escucha por toda la habitación. Es la maldita mejor música del mundo.

Ahogo sus gemidos con un beso y apoyo la frente sobre la suya aumentando el ritmo. Cuando está a punto, pone los ojos en blanco y su cuerpo tiembla porque va a venirse abajo.

—Eso es, cariño, déjate ir. Enséñame cómo te corres para mí.

Lo hace. Cae en un violento orgasmo llevándome con ella. Las convulsiones de su coño me han vuelto loco y el clímax que experimento es tan fuerte que por un momento se me nubla la visión.

Estoy en la puta gloria. Tengo a Giulia pegada a mí en la cama, desnuda, complaciente y muy cariñosa. Desde que hemos terminado de follar, seguimos abrazados en silencio. Y admito que aún me resulta extraño estar tan acaramelado con una mujer.

Desde que tengo uso de razón, he utilizado a las tías para mi propio placer, olvidándome de ellas nada más guardar la polla dentro de los pantalones. Nunca he sido un tipo cariñoso ni detallista. Sin embargo, ella despierta algo en mí que no creía que existía.

Todos los matrimonios que conozco han sido pactados.

He crecido rodeado de parejas que no se profesan cariño ni pasión.

Entre ellos solo reinan el respeto y una gran lealtad por el apellido de sus familias.

Ni siquiera mis padres se casaron enamorados.

Mis abuelos pactaron la boda siendo unos adolescentes y no tuvieron otra alternativa que aceptar su destino.

Así que, para mí, los sentimientos nunca han sido algo importante en un casamiento.

La familia era lo primero sin discusión posible.

Pero, desde que la conozco, mi forma de ver las relaciones conyugales ha cambiado, y eso puede ser tan peligroso como jugar a la ruleta rusa.

No sabes si el tiro te salvará o te mandará directo al cementerio.

Se me escapa un suspiro al separarme de ella y me obligo a levantarme de una vez, aunque me quedaría en la cama todo el maldito día a su lado. Me acerco al sifonier donde está mi ropa y comienzo a vestirme en silencio.

—Eh, ¿qué haces?

Cuando la miro, se me curvan los labios en una sonrisa lasciva al contemplar sus tetas respingonas, enrojecidas gracias a mis mordiscos, y su coño brillante por la mezcla de nuestros fluidos.

—Tengo que marcharme ya.

—Todavía es de noche, son las cinco de la madrugada.

—El servicio del palazzo empieza a trabajar a las cinco y media. No quiero que nadie me vea saliendo de tu dormitorio.

Giulia hace un mohín con los labios, porque no quiere que me vaya, y se sienta sobre el colchón para contemplarme en silencio. Tiene el pelo revuelto, las mejillas sonrosadas y los labios hinchados por mis besos. No he visto nada más bonito en mi vida.

—No me mires así, tentazione , o me obligarás a hacer alguna locura. —Me abotono la camisa lentamente, sin dejar de mirarla a placer.

—¿Te veré hoy?

—En dos horas, en el desayuno. Te espero a las siete en el salón. —Meto la camisa por dentro del pantalón antes de continuar—: ¿Qué planes tienes para hoy?

—Había pensado en ir a ver el pueblo. Aún no conozco Bari. Pero mi padre quiere que uno de sus gorilas me acompañe, y no me apetece tener a un tipo serio y peligroso siguiendo cada uno de mis pasos.

—No es seguro que salgas sola, nena. Aquí nos conoce todo el mundo.

—Bueno, pero yo no tengo nada que ver con vuestros negocios.

—Eres una Barone —digo sin más—. Y un blanco fácil.

—Pues menuda mierda.

Una suave carcajada escapa de mis labios.

—Lo sé. Puede ser agobiante al principio. —Cuando termino de ajustarme el pantalón, me acerco a ella a paso lento y apoyo las manos en la cama, a cada lado de su cuerpo—. ¿Quieres que te acompañe yo en lugar de un gorila, como tú lo llamas?

—¿Vendrías? —Sonríe de oreja a oreja y no me resisto a capturar sus labios y darle un beso posesivo e intenso con el que la hago gemir.

—Tengo una reunión a las nueve y media que me tendrá ocupado un par de horas, pero luego, soy todo tuyo.

—¿Me lo prometes?

—Ajá. —Le mordisqueo el cuello—. Te llevaré a ver el pueblo, las calas y el paseo de Lungomare.

—¿Sin gorilas ni hombres enfadados vestidos de negro?

—Solos los dos. Le diré a tu padre que me ofrezco como guía turístico. —Giulia ríe encantada y yo hago de tripas corazón para no volver a meterme una de sus tetas en la boca.

—Vale, pues tenemos una cita, señor mafioso. Esperaré en el palazzo a que termine tu reunión y nos iremos a visitar Bari.

—No tienes que esperarme aquí. Puedes ir mientras tanto al centro comercial, a las mujeres os encantan esos sitios.

—Me da igual, Adriano, te esperaré. Ya lo veré otro día.

—Te aburrirías —insisto—. Estas reuniones son largas y pesadas. Ve a divertirte y, en cuanto pueda escaparme, me reúno contigo y le damos una patada en las pelotas al gorila que tu padre haya mandado a vigilarte.