18
Giulia
No soy capaz de calcular el tiempo que pasamos recuperándonos del orgasmo, pero cuando abro los ojos, Adriano me mira con un anhelo que me eriza la piel.
Continúa pegado a mí, con un brazo apoyado en la pared y el otro agarrándome la pierna que tengo enredada en su cadera.
La yema de sus dedos se clava en la carne de mi muslo con una presión que me encanta.
Tiene el rostro sereno, casi soñoliento, pero rezuma esa fiereza masculina que me fascina.
Como si lo tuviese todo bajo control, como si nunca permitiese que nada escapase de su dominio; ni siquiera yo.
Apoyo una mano en su mejilla rasposa y trazo el pequeño hoyuelo que se le forma cada vez que me sonríe.
Es el hombre más impresionante que he visto en mi vida.
Todavía no puedo creer que estemos así de nuevo.
Acerco mis labios y los pego a los suyos con suavidad, provocando un jadeo en su garganta mientras responde con todas sus ganas.
Me devora en cada beso, exige todo lo que soy capaz de darle, y a mí me encanta disfrutar de su frenética posesividad.
Estoy agotada, satisfecha y muy llena, pues todavía tengo su polla semierecta enterrada en lo más hondo de la vagina.
—¿Por qué no te quedas el resto del verano en Bari? —pregunta de repente, sacándome de mis cavilaciones. Sus labios están tan cerca de los míos que siento su aliento chocar en mi piel.
—No sé qué hacer —me sincero—. Mi padre y la nonna no dejan de insistir.
—Me sumo a ellos. No dejaré que te vayas tan pronto, Giulia. Hasta septiembre no empiezan las clases. Y aún no te han asignado un nuevo colegio.
—Lo sé.
—Podríamos vernos a diario. —Roza la punta de su nariz con la mía—. Vendré al palazzo cada noche, cuando termine con mis obligaciones.
—Suena muy bien.
—Suena jodidamente bien, nena. —Me muerde el labio inferior y gimo cuando lo aprieta entre sus dientes—. Quiero aprovechar al máximo el tiempo contigo. Conocernos mejor y dejar todo acordado para cuando tengas que irte.
—¿A qué te refieres?
—Voy a comprar una casa en Roma. Vivirás conmigo.
—Pero solo estarás los fines de semana.
—Los fines de semana y cada vez que pueda escaparme sin levantar sospechas.
Frunzo el ceño y lo miro extrañada.
—¿Sospechas? Suena a secreto a largo plazo.
—Puede que lo sea.
—Alguna vez tendremos que hablar de lo nuestro con la familia, ¿no crees? No vamos a ocultarnos el resto de nuestras vidas, Adriano.
—Hablaremos con ellos, pero necesito tiempo. Esto es más complicado de lo que parece. No quiero defraudar a mi padrino.
—Tendrá que aceptarlo, le guste o no.
—Déjame a Riccardo Barone a mí, ¿vale? —Me devora la boca antes de continuar—: Estamos juntos, eso es lo único que importa ahora.
Cuando me dispongo a responder, escuchamos a lo lejos el rugido de un motor recorriendo el jardín del palazzo . Adriano levanta la cabeza, poniéndose en guardia, y pega su cuerpo al mío como si pudiese protegerme de cualquier cosa.
—Tu padre y tus hermanos han vuelto. Debemos irnos antes de que noten que las cámaras están desconectadas.
Tras darme otro beso salvaje, saca la polla de mi interior, dejándome vacía, y se arregla los pantalones hasta dejarlos perfectos.
Cualquiera diría que acaba de follarme como una bestia, pues luce impoluto.
Lo único que lo delata es un mechón rebelde sobre su frente.
¿Y yo? Debo de tener el cabello despeinado, el vestido arrugado y una cara de recién follada muy evidente.
Sin embargo, lo que me inquieta es el viscoso líquido que empieza a resbalar por mis muslos.
Recojo un poco con la yema de los dedos y, cuando se lo muestro a Adriano, su sonrisa chulesca se intensifica.
—Lo hemos hecho sin condón —declaro a media voz, con los latidos cada vez más acelerados.
—Lo sé.
—No tomo anticonceptivos.
—También lo sé. —Vuelve a acercarse y apoya su mano entre mis piernas, para recoger el semen que resbala por mis muslos e introducírmelo de nuevo—.
Y no podemos desaprovechar nada, tentazione .
Esto es todo tuyo. Si me entero de que desperdicias un poco, te follaré el resto de la noche hasta que cada uno de tus dulces agujeros esté rebosante de mi leche.
—No puedo luchar contra la gravedad —bufo—. Además, podría quedarme embarazada.
—Deberías. —Me agarra la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos—. Quizá tendría que hacerte un bebé para asegurarme de que ningún hombre vuelve a acercársete.
—¿No confías en mí?
—Claro que sí, pero hay demasiados hijos de puta que no respetan lo ajeno. Debo mantenerlos alejados.
—Soy muy capaz de hacer eso yo solita. No necesito guardaespaldas.
—Pero ya no estás sola, nena. —Posee mi boca en un beso exigente en el que me mete la lengua demandando una respuesta tan ardiente como la suya—. Ahora somos un equipo.
Salimos de la antigua guardería como entramos: separados, cada uno por una puerta distinta, para no levantar sospechas.
Cuando regreso al jardín y camino de vuelta hacia el palazzo , una enorme sonrisa curva mis labios.
Soy feliz. Soy jodidamente feliz porque todo se ha arreglado entre nosotros.
Sé que las cosas no serán fáciles al principio y que Adriano tiene razón cuando dice que lo más prudente es escondernos un tiempo hasta que él hable con mi padre y acepte que su hija y su sobrino están juntos, pero me da igual.
Lo que de verdad me importa es que vamos a luchar por lo nuestro.
¡Quiere comprar una casa en Roma! ¡Por mí!
¡Y que vivamos juntos! ¿No es una puta maravilla de hombre?
Me muerdo el labio al pensar en lo que dirá Siena cuando le cuente que todo ha cambiado. Sé que nos apoyará a muerte, aunque tengamos a medio mundo en contra. Cruzo la puerta de entrada fantaseando con el resto de mis vacaciones.
—¿ Principessa ? ¿Eres tú? —La voz de mi padre me saca de mis cavilaciones.
Freno en seco y, al entrar en la estancia, mi estómago salta al encontrar a Adriano junto a él y a mis hermanos.
Está sentado en uno de los sofás con un vaso de güisqui en las manos y me mira con una oscura sonrisa que me hace estremecer.
Como si no acabásemos de hacerlo como animales en la antigua guardería, como si llevásemos años sin vernos.
—Hola, papá, no sabía que ya habíais vuelto —miento, haciéndome la inocente. Después, mi atención regresa a Adriano—. Hola, primo, hace días que no te veo por el palazzo .
—He estado ocupado, pequeña, pero prometo venir más a menudo a verte.
—Te tomo la palabra —respondo divertida, viendo cómo él también sonríe entre dientes antes de dar un trago a su copa.
—Giulia, bambina mia , ¿de dónde vienes? —continúa mi padre, que ha tomado asiento junto a Alessandro en el sofá que está frente al que ocupan Adriano y Fabio—. Es tarde para que andes por ahí.
—Paseaba por el jardín. Hace fresco y aún no tengo sueño.
—Pues quédate con nosotros un rato, aunque puede que te aburras; estamos hablando de negocios.
—No quiero molestar, papá.
—Ven aquí, tú nunca molestas. —Palmea el brazo del sofá para que me siente. Cuando lo hago, mis ojos vuelan hacia Adriano. Las mejillas se me colorean por la forma en que me mira—. Además, cuanto más tiempo pases con nosotros, más posibilidades tenemos de convencerte de que no te vayas el viernes.
—No me voy a ir —declaro con voz suave—. He decidido quedarme en el palazzo hasta septiembre.
—¿En serio, piccola ? —salta Alessandro, dando una palmada sobre su muslo.
—¡Es la mejor noticia del día! —exclama mi padre, rodeando mi cintura con un brazo—. ¡Verás cuando lo sepa la nonna !
—Estamos encantados de que te quedes, prima —añade Adriano con satisfacción.
¿Quiero saltarle encima? Con todas mis ganas. ¿Quiero gritar que estamos juntos? Por desgracia, aún no puedo. De momento, me vale con lo que tenemos.
—Bueno, pues volvamos a los negocios —continúa mi padre, sirviéndose un poco de licor en el vaso—. Como te decía, Drio, debemos quitar de en medio a los Moretti. Están tocándome las pelotas con el terreno.
—¿Siguen insistiendo? —Adriano se inclina hacia delante con interés. Apoya los antebrazos sobre las piernas y se rasca el mentón—. Tenemos los documentos que acreditan los trámites de compra.
—Nero Moretti ha sobornado al del banco. Han paralizado la transacción.
—Hijo de puta —susurra entre dientes.
—Papá, no entiendo por qué es tan importante ese terrenucho —se inmiscuye Fabio—. Es un descampado en medio de la nada. Podemos comprar un sitio mejor.
—Es un punto estratégico en Bari —lo corrige Adriano—. Lo valioso no se ve; está debajo.
—¿Qué quieres decir?
—Hemos descubierto que tiene acceso directo a una red de túneles antiguos que conectan con el puerto. Podríamos mover mucha mercancía sin que la policía sospechase nada.
Mi padre asiente al ver la sorpresa de mi hermano menor y suspira pensativo, antes de sentenciar:
—Nos reuniremos con Nero y los convenceremos de que abandonen la idea.
—Ese cabrón no se echará atrás —lo avisa Alessandro sin dudarlo—. Ya lo conoces. Si sabe que puede jodernos un negocio, no parará.
—Entonces, lo obligaremos a que se tranquilice un poco. —Sonríe—. Mi paciencia es finita y ese gilipollas lleva agotándola demasiado tiempo.
Eso significa muertes. Más tíos con el rostro destrozado en sacos de plástico. Ya no me gusta esta conversación. Me remuevo incómoda en el sofá.
—Por cierto, Russo yace a tres metros bajo tierra —le cuenta mi hermano a Adriano.
—¿Os lo habéis cargado?
—Era el topo —asiente Alessandro como si nada—. Le he reventado el corazón a tiros. Se acabó dar chivatazos a la poli.
—Le hemos mandado a su viuda tres dedos y un zapato para el funeral —se burla mi padre—. Y puede dar gracias de que hayamos dejado vivir a su familia.
La respiración se me acelera al pensar en el cuerpo desmembrado de ese hombre. Se me revuelve el estómago. No puedo creer que sigan como si nada tras cargarse a una persona. A pesar de que comparto ADN Barone, no puedo ser insensible. ¡No puedo, joder!
A los Fabbri no nos gusta la sangre, ni la violencia, ni los asesinatos, sea por el motivo que sea.
—Parece que Giulia está cansada —dice Adriano. Se ha dado cuenta de mi incomodidad y quiere evitarme el mal trago—. La hemos aburrido con los negocios, padrino. Debería irse a descansar.
— Bambina , ¿quieres marcharte? —Mi padre me regala su mejor sonrisa. Ya no parece el peligroso asesino de hace unos segundos—. ¿Te hemos aburrido?
—No, yo… es que tengo sueño. —No quiero que me vean como una debilucha.
—Pues a la cama. —Me besa en la mejilla—. Tenemos muchos días por delante, piccola . Me alegra que hayas decidido quedarte con nosotros hasta septiembre.
Salgo del salón con tanta prisa que ni me despido de Adriano.
Si me quedo un minuto más escuchándolos, acabaré vomitándoles encima.
Cierro la puerta de mi habitación y me acerco a la mesita de noche, donde tengo mi teléfono.
Veo llamadas de mis tíos, un mensaje de Siena y notificaciones, pero paso de todo y escribo a toda velocidad:
Giulia
Gracias por salvarme de acabar hecha un guiñapo en el suelo del salón.
Dejo el teléfono sobre la mesita y empiezo a desnudarme. No pasa ni un minuto cuando suena una notificación:
Adriano
Parecías a punto de colapsar.
Giulia
Lo estaba.
Adriano
Te has ido tan rápido que no me has dado ni las buenas noches, tentazione .
Una sonrisilla traviesa curva mis labios.
Giulia
Buenas noches, señor mafioso.
Adriano
Vas a tener que esforzarte un poco más.
Giulia
Ja, ja, ja, ¿en serio?
¿Y cómo quieres tus buenas noches?
Adriano
Para que fueran buenas de verdad…
De repente, la puerta se abre y aparece él. Se apoya en el marco con el teléfono encendido y una sonrisa chulesca que hace que mis piernas tiemblen.
—Quiero que mis buenas noches sean contigo —responde con voz grave, mirándome de arriba abajo, a medio vestir, pues solo me ha dado tiempo de ponerme la camiseta que uso para dormir.
Corro hasta él. Tiro de su mano y lo meto en la habitación antes de cerrar.
—¿Qué haces aquí?
—Me quedo a dormir en el palazzo . —Envuelve mi cintura con sus brazos y me pega a él—. Hemos bebido y tu padre no quiere que conduzca.
Mis labios se curvan todavía más.
—¿Y si te descubren?
—Merece la pena el riesgo.
—¿Estás seguro?
—¿Crees que podría dormir en otro puto dormitorio sabiendo que estás aquí?
Una mierda. —Enreda los dedos en mi pelo, provocándome una deliciosa mezcla de placer y dolor.
Me obliga a levantar la cabeza hasta que clava sus pupilas en las mías—.
Antes me has preguntado cómo quería mis buenas noches y ahora ya lo sabes.
Las quiero en tu cama. Contigo desnuda. Y follándote hasta que no me queden fuerzas.