Barone (Familias de la mafia 1) 17
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Giulia

El corazón me late a tres mil revoluciones por minuto cuando entro en la antigua guardería de los Barone.

Es un lugar oscuro y muy silencioso que no me da buenas vibraciones.

Es como si estuviese metida en la típica película de miedo donde la que muere primero es la animadora tetona, que, en este caso, soy yo, y no por tener las tetas grandes, sino por haber aceptado venir sola.

Presiono un interruptor que hay junto a la puerta, pero no funciona. Si es verdad lo que dice Adriano y este sitio está abandonado desde hace años, dudo mucho que se hayan preocupado de cambiar las bombillas.

Miro a mi alrededor desde mi posición, porque me resisto a entrar. Apenas puedo vislumbrar nada de lo que hay dentro, salvo un pequeño parque acolchado que se encuentra bajo una claraboya central, por la que entran los tímidos reflejos de la luna.

No soy fan de la oscuridad. Sobre todo si estoy en sitios que no conozco; sin embargo, le dije que lo esperaría aquí y voy a cumplir con mi palabra, aunque no me sienta del todo segura de en dónde me estoy metiendo. En todos los sentidos.

Sé que esto es una maldita ida de cabeza, que no debería dejarme llevar por las emociones, pero no deseo evitarlo.

Ya no. Llevo toda mi vida sintiéndome la última mierda para todos.

Alguien prescindible. Y ahora que encuentro a un hombre que me encanta, que es perfecto y para el que soy su prioridad, no me alejaré.

Si mi padre y los Barone no entienden nuestra relación, es su problema, no el nuestro.

Cierro la puerta detrás de mí y el eco del portazo resuena a mi alrededor.

Los latidos de mi corazón se aceleran cuando comienzo a caminar hacia el interior de la sala, con cuidado de no tropezar con ningún mueble y hacerme daño.

Me dirijo hacia la claraboya, hacia la luz.

Crea una falsa sensación de seguridad a la que necesito aferrarme hasta que Adriano termine de desconectar las cámaras de vigilancia y se reúna conmigo.

Cuando estoy bajo el cristal, levanto la vista hacia el cielo, donde decenas de puntitos brillantes se amontonan alrededor de la luna.

Pero en vez de disfrutar de la visión de las estrellas, a mi cabeza regresan las palabras de Vittoria.

Se ha comportado como una auténtica zorra.

No dejo de darle vueltas al asco que reflejaba su rostro; rebosaba rabia, me miraba como si fuera una sucia alimaña que se había colado a hurtadillas en su casa.

Y a pesar de que siempre he sabido que me odia, tenerla delante y ser el objeto de su ira, ha sido horrible.

Ni siquiera supe reaccionar más que para encajar los golpes.

A diferencia de ella, yo nunca podría hablarle así, por respeto a mis hermanos.

Es su madre, maldita sea, aunque tenga una lengua de víbora venenosa.

Despego los ojos de la claraboya, obligándome a dejar de pensar en esa señora, e intento vislumbrar algo de lo que me rodea, además del parque acolchado en el que me encuentro.

Si este lugar ha sido una guardería, debe haber juguetes o alguna otra evidencia de que en el pasado estuvo repleto de niños.

Sin embargo, cuando me dispongo a dar un paso hacia adelante, una mano agarra fuerte mi brazo y tira de él hasta que acabo chocando contra un torso enorme justo en mi espalda.

—Ni se te ocurra marcharte —la grave voz de Adriano en mi oído me dispara la respiración.

Noto la dureza de sus pectorales en mi espalda; es jodidamente excitante.

Su aliento me acaricia el cuello y logra que mi piel se erice con cada una de sus palabras.

La mano que me sujeta el brazo se mueve lentamente hacia mi estómago.

Apoya la palma en él y agarra con fuerza mi vestido, arrugándolo dentro de su puño en un acto posesivo que logra que mis piernas tiemblen sin remedio—. ¿Adónde ibas, tentazione ?

—Solo quería… reconocer el terreno.

—Está demasiado oscuro. Podrías tropezarte.

—He intentado encender la luz.

—Lleva años sin funcionar. —Acaricia mi mandíbula con su nariz. Después pasa la lengua por el filo, dejándome un ardiente rastro de saliva que me hace jadear—. Pero no la necesitamos. Con la que entra por la claraboya es más que suficiente para lo que voy a hacerte.

Trago saliva al imaginarlo follándome muy duro y cierro los ojos, buscando calma.

—Creía que íbamos a hablar un poco antes. Ya sabes, de nosotros.

—Mírame, Giulia —me ordena imperativo. Giro la cabeza lentamente hacia atrás y mis pupilas encuentran la negrura de las suyas.

El rostro de Adriano está contraído por la tensión—.

Cuando te he seguido hasta el jardín, mi intención era hablar contigo.

Lo ha sido desde que llegué al palazzo esta tarde.

—Se humedece los labios y sus ojos se posan en mi boca—.

Ahora mismo, mis intenciones se han ido al carajo, nena.

—¿Por qué? —Estoy tan alterada como él.

—Frente a la fontana casi te devoro. Ha faltado muy poco para mandarlo todo a la mierda y comerte delante de las cámaras de seguridad.

He tenido que recurrir a toda mi fuerza de voluntad.

—Me muerde el cuello y gimo sin pretenderlo, presa de una mezcla increíble de placer y dolor—.

Llevo aguantando las ganas de joderte desde que nos separamos en Roma.

De tenerte para mí solo y lamerte de arriba abajo.

He estado negándomelo a mí mismo cada puta noche, obligándome a no venir a por ti, secuestrarte y llevarte a donde nadie pudiese encontrarte.

Me he repetido hasta la saciedad que esto no podía ser, que era imposible, que no debía traicionar a tu padre.

—Me agarra el cuello y me obliga a apoyar la cabeza en su hombro para rozarme el lóbulo de la oreja con los labios—.

Pero a la mierda. Me vuelves jodidamente loco.

Eres mi puto talón de Aquiles y te he echado demasiado de menos.

No aguanto ni un segundo más alejado de ti.

La sonrisa logra que mis labios se curven hacia arriba. Noto su erección pegada a mi culo, y en vez de hacer gala de mi sentido común y apartarme, muevo las caderas contra él, frotándome sobre su polla.

—¿Y si nos descubre alguien?

—Aquí nunca viene nadie.

—¿Qué pasaría si viniesen?

—Por su bien, espero que no lo hagan, o tendré que arrancarle los ojos a todo el que te vea desnuda.

—¿Siempre eres tan posesivo?

—Todavía no has visto nada, tentazione . —Sonríe—. Nadie mira, toca ni desea a mi mujer sin acabar con un agujero en la cabeza.

Aprieto las piernas por la excitación cuando Adriano empieza a meter una mano por debajo de mi vestido. Me roza los muslos.

—Ya conoces a mi padre. Quizá quiera presentarme a algún hombre y…

—Ese hombre acabará dentro de una zanja si se atreve a rozarte con uno de sus asquerosos dedos.

—No puedes hacerle daño a todo el que se acerque a mí.

—Sí que puedo. —Cuela la mano en mis bragas y ríe por lo bajo al sentir que me estremezco contra sus dedos—. ¿Qué tenemos aquí? Pero si estás goteando, nena. Tu coño sabe a quién pertenece; se rinde a mí.

—Oooh… ¡Sí! —gimo cuando me mete dos dedos de golpe y bombea en mi interior como un maldito loco.

—Eso es, trágatelos. Mira qué bien lo haces. Has nacido para que te folle. —Clava los dientes una vez más en mi cuello y aúllo de gusto—. Dime cuánto desearías que fuera mi polla en vez de mi mano.

—Mucho. Dios, muchísimo. —Sus dedos me castigan a un ritmo que me vuelve loca. Si sigue masturbándome de esta forma, mientras me dice guarradas al oído, me correré demasiado pronto—. Aaah, Adriano…

Al escuchar que pronuncio su nombre con esa desesperación, me hace girar de forma brusca hasta quedarnos frente a frente. No deja de follarme con los dedos; es más, lo hace con más fuerza, logrando que me agarre a sus brazos para no caer de bruces al suelo.

Cuando nos miramos a los ojos, descubro un fuego atronador en los de él. Su rostro grita sexo. Tiene la mandíbula muy tensa y las aletas de la nariz dilatadas. Nunca había visto nada más erótico en mi vida.

Apoyo las manos en su torso, sobre su americana; me muerdo el labio inferior cuando sus dedos me llevan al borde del orgasmo.

Entonces se lanza a mi boca y me devora con unas ansias brutales a las que respondo de igual modo.

Había echado tanto de menos estos labios…

Su lengua empuja hasta que la dejo entrar y la enreda con la mía, exigiendo una intensidad que estoy encantada de brindarle.

—Oooh, joder… —Me corro. Acabo deshecha por un orgasmo salvaje en sus dedos, entre convulsiones y gemidos silenciados por su boca. Me envuelve la cintura con su brazo libre, sujetándome contra él para que mis piernas, que tiemblan demasiado después del clímax, no me dejen caer de bruces al suelo.

A pesar de que ya he terminado, sus dedos siguen bombeando dentro de mí, lo que logra que una sensación rara me embargue entera; una mezcla de dolor y placer comienza a calentar de nuevo mi vagina. Deja de besarme al notar que empiezo a responder de nuevo a sus embestidas.

—No voy a ser suave contigo, Giulia.

—Nunca lo eres.

—Hoy menos que nunca. —Enreda la mano en mi pelo y tira de él para que levante la cabeza y lo mire a los ojos—. Quiero marcarte, follarte hasta que tu cuerpo tenga mi nombre.

—¿Eso… eso significa que me harás daño?

—No lo sé. ¿Te da miedo que pueda dolerte si no logro reprimirme lo suficiente?

—Puede. Pero no quiero que te reprimas.

—No sabes lo que estás diciendo, tentazione . Estoy demasiado cachondo por tu culpa.

—¿Debería echar a correr?

—Deberías si yo estuviese dispuesto a permitirlo.

—Pero no lo estás.

—Y una mierda. Voy a meterme en tu piel como un puto parásito y no querrás dar un paso si no estoy contigo.

Elevo las cejas, asombrada por su declaración. Una sonrisa chulesca aparece en mis labios.

—Lleva cuidado, señor mafioso, porque el plan puede volverse en tu contra.

—Se volvió en mi contra hace semanas. Ya estoy perdido, total y completamente, así que te arrastraré conmigo.

Vuelve a besarme y esta vez es tan salvaje y exigente que su intensidad me parece incluso aterradora.

Me come como si quisiera dejar sus labios tatuados sobre los míos.

Agarra mi pelo de nuevo con una mano y me sujeta con firmeza mientras su lengua reclama mi boca con totalitarismo.

Escucho suaves gruñidos salir de su garganta.

Su cuerpo enorme se aprieta contra el mío, dejándome el pulso muy acelerado y la piel en llamas.

Entonces, antes de que pueda saber qué está pasando, Adriano me rodea la cintura con sus fuertes manos y me sube en volandas hasta que mi espalda choca con una de las paredes.

Me toca por todas partes, exigente, reclamándome casi con brutalidad.

Le envuelvo el cuello con los brazos y le devuelvo el beso con sus mismas ganas.

Doblo la rodilla y subo la pierna hasta su cadera, empujándolo hacia mí, aunque eso no sea posible, pues nuestros cuerpos no pueden estar más juntos de lo que ya lo están. Y cuando su mano regresa a mi coño, estoy tan preparada que, con un par de caricias, ardo, a punto de correrme por segunda vez.

—Lo siento, tentazione —susurra sobre mis labios sin dejar de besarme ni un segundo—. Perdóname.

—¿Qué? —Frunzo el ceño—. ¿Por qué dices que lo sient…

? —Se me atascan las palabras en los labios cuando me penetra de golpe.

Su enorme polla se abre camino por mi conducto con una violencia que me roba el aliento.

Estaba tan pendiente de cómo me besaba que ni siquiera me he dado cuenta de que se había soltado los pantalones.

—Oooh, joder… —gime tembloroso contra mí, quedándose muy quieto en mi interior. Yo apenas puedo articular palabra. Un intenso escozor hace que me encoja un poco contra él—. Giulia, maldita sea, me encanta la forma en la que me ordeña tu coño.

Varias lágrimas escapan de mis párpados y corren por mis mejillas. Ha sido brusco e intenso, pero el escozor empieza a remitir poco a poco. Sin embargo, Adriano no deja que se vaya del todo, pues comienza a bombear con una brutalidad salvaje contra mi coxis.

Siento que va a destrozarme. Acabaré rota a sus pies por la fuerza con la que me folla. Es la primera vez que alguien se vuelve tan loco contra mi cuerpo. Ni siquiera sé cómo reaccionar, pero, con cada nueva penetración, un furioso calor comienza a calentarme la piel. Es demasiado intenso.

¿Me estoy poniendo cachonda a pesar de que está a punto de partirme en dos? La respuesta es sí. Rotundamente sí.

Lo que empieza como un tímido calor en mi centro se convierte en un incendio que me devora entera y me sube tan alto como nunca.

—¿Es demasiado? —pregunta casi sin voz, tan caliente como empiezo a estarlo yo. Me agarra la barbilla con una mano y me come la boca con un gemido ahogado escapando de ellos—. ¿Quieres que pare, Giulia?

Niego con la cabeza mientras las lágrimas no dejan de resbalar por mis mejillas.

—Sigue —lo animo con la piel tan sensible que la mínima caricia es una locura—. No se te ocurra parar. ¡Sigue!

Sus labios se curvan en una sonrisa depredadora. Apoya una mano en la pared para darse más impulso y clavarse en mi interior con todas sus fuerzas. Me folla como si su vida dependiera de ello, como si hacerlo de otro modo fuera doloroso para él.

—Eres mía —susurra contra mis labios—. De mi maldita propiedad. Mía, joder.

Un sollozo escapa de mi garganta y asiento, a punto de correrme de forma apoteósica.

—Mírame, Giulia —me ordena con la voz oscura y gutural—. Quiero que lo digas tú también.

Acelera el ritmo de las embestidas, aunque no creía que fuera posible, y todo lo demás se desdibuja para mí. Solo está él en el mundo.

—Soy tuya. —Ni siquiera he intentado oponer resistencia.

—Sí, tentazione . Mi mujer.

Los latidos de mi corazón resuenan con tal estruendo bajo mi esternón que me parece increíble que él no pueda escucharlos.

Voy a acabar hecha un charco a sus pies.

Es el polvo más increíble que me han echado nunca.

Al verme tan excitada, Adriano me rodea el cuello con una mano y me sujeta fuerte mientras me folla con todas sus ganas, hundiéndose hasta el fondo una y otra vez.

Nos corremos. El orgasmo nos barre a la vez entre gemidos y balbuceos lastimeros, llevándonos tan alto que acabamos sudorosos y muy agotados, apoyados en el cuerpo del otro. Entonces me besa profundamente y descansa su frente en la mía mientras una suave sonrisa satisfecha le curva los labios.