16
Adriano
Giulia se ha ido llorando. Y ahora mismo mis ganas de asesinar a la esposa de mi tío de forma cruel y despiadada van en aumento.
Se encuentra ante mí con gesto victorioso al saberse la ganadora de la pelea.
Una pelea que ella ha empezado y en la que ha luchado sola, pues Giulia ha intentado ser conciliadora en todo momento.
—¿Qué demonios te pasa, madrina? ¿Esto es lo que buscabas? ¿Machacar a una inocente?
—Esta no es su casa.
—¡Es la hija de tu marido!
—Es una bastarda. No la quiero aquí.
—¿Dónde está tu puta humanidad?
—¡Me la robó su madre, la zorra que se lio con mi esposo! ¡Giulia Fabbri es su viva imagen, otra fulana que busca vivir de Riccardo!
—¡Basta, es suficiente! —rujo, dando un paso hacia ella, amenazante—. No voy a permitir que vuelvas a insultarla, porque si lo haces, tú y yo tendremos un serio problema.
—Sigues defendiendo a alguien que no merece la pena, Drio.
—Quizá sea al revés. En el poco tiempo que conozco a Giulia, me ha demostrado que es una buena chica, alguien que no ataca sin motivo ni escupe veneno a personas inocentes.
—¡Tenme un respeto, te lo exijo!
—¡Entonces compórtate como la señora del Palazzo Porto Antico, no como una barriobajera sin educación, maldita sea!
—Aprieto los dientes al tiempo que la miro de arriba abajo—.
No voy a hablarle de esto a mi padrino, porque si se entera de lo que le has dicho a su hija, acabarás en la calle y con un tiro entre las cejas, tía Vittoria.
Pero, te lo advierto, deja a Giulia en paz.
Si vuelves a hablarle de esa forma, olvidaré el cariño que te tengo y estarás en serios problemas.
Ni siquiera espero su respuesta; doy media vuelta y salgo airado del salón en dirección al jardín. Voy a buscarla. Debe de estar destrozada, joder. No permitiré que nadie vuelva a hacerle daño, por mis cojones. Aunque tenga que liarme a balazos con todo el puñetero mundo.
Llevo, desde hace tres días, cuando la encontré cocinando con la nonna , sin dejar de darle vueltas a todo lo que siento.
Sé que debo alejarme de ella, que, si alguien descubre lo que ocurrió entre ambos en Roma, puede armarse un escándalo de la hostia.
Que no es ético desear a mi propia prima.
Pero, joder, es malditamente difícil. Ni siquiera he podido mantener la distancia.
Es viernes por la noche; debería estar con mis amigos tomando algo por Bari, o follándome a cualquier tía que llame mi atención.
En cambio, aquí estoy, en el palazzo . He venido a verla.
Siendo consciente de mis actos. Me ha dado igual todo lo demás.
Así que creo que ya tengo una respuesta.
Una que no debería agradarme, porque estoy dándome cuenta de que no soy capaz de controlar mis impulsos por una mujer.
Me he obsesionado de un modo brutal con Giulia Fabbri.
Una vez piso la húmeda hierba del jardín, miro a mi alrededor intentando encontrarla entre los matorrales y las plantas en plena floración.
El cielo está oscureciendo; en cuestión de minutos la noche caerá al fin sobre Bari, así que las farolas que alumbran el jardín ya están encendidas, dándole un halo místico a todo lo que me rodea.
Sigo el camino de tierra que lleva a la fontana, desde el que se oye el rumor del agua. Cuando éramos pequeños, mis primos, mi hermano y yo jugábamos por aquí cada tarde, después de que nuestra profesora se marchase del palazzo .
Sin embargo, no presto demasiada atención al conocido paisaje porque, de repente, la descubro frente a mí.
Giulia está sentada cerca de la fuente, a los pies de una estatua femenina que parece bailar.
Rodea sus piernas con los brazos y mantiene la vista fija en un punto del suelo mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas.
Es preciosa, maldita sea. Y haría cualquier jodida cosa porque no volviese a llorar nunca más.
Cuando me descubre acercándome a ella, se limpia las lágrimas que humedecen su rostro y se remueve nerviosa a los pies de la estatua, mirándome con desconfianza.
No digo nada; me limito a tomar asiento a su lado, en el suelo, sin que me importe una soberana mierda que los pantalones se manchen con la hierba.
Observo la fontana en silencio, deleitándome con su olor dulce y afrutado; quiero que se acostumbre a mi cercanía, que deje de estar tan tensa cada vez que me tiene enfrente.
Aunque no tardo en girar la cabeza. Es un impulso superior a mí.
Necesito mirarla. Recorrer su rostro a placer, beberme cada gesto, cada mueca.
Pero me llevo una sorpresa, porque Giulia también me mira a mí.
Nuestros ojos coinciden fijos en los del otro y se me acelera la respiración. Se me acelera todo el puto cuerpo.
—Ven aquí —susurro en voz baja.
No le doy tiempo a que reaccione, pues yo mismo enredo los brazos en su cintura y tiro hasta que la tengo pegada al costado.
Hasta que siento su cuerpo curvilíneo junto al mío.
Espero unos segundos a que llegue su reacción.
A que se intente apartar y se aleje de mí; sin embargo, Giulia hace todo lo contrario.
Apoya la cabeza en mi pecho y se acurruca dejando que las lágrimas sigan resbalando por sus mejillas.
—No llores, tentazione —digo con la boca pegada a su pelo mientras hundo la nariz en él y aspiro su olor.
—No puedo remediarlo —responde a media voz.
—Tú no tienes la culpa de nada.
—Vittoria me odia.
—Es su problema, no el tuyo.
—Estoy en su territorio. Me siento una intrusa que no debería seguir aquí.
—Eres la hija de Riccardo Barone. Tienes todo el derecho de estar en su casa. —Apoyo la mano en su pelo y hundo también mis dedos en él—. Mi madrina tendrá que aceptarlo tarde o temprano.
—¿Y si nunca lo hace? —pregunta, levantando la cabeza para mirarme de nuevo.
—Sigue sin ser tu problema. Has sido amable, has intentado conciliar a pesar de los insultos.
Ella suspira y pasa la mano por mi camisa hasta que se agarra fuerte a mi brazo. Joder. No quiero que lo suelte en toda la puta noche.
—Tengo tan mala suerte… —se queja al tiempo que se limpia otra lágrima.
—No es verdad.
—Vaya que si lo es. He pasado la vida soportando el rechazo de todo el que se entera de quién es mi familia, sintiéndome menos que mis hermanos por no haber nacido dentro de un matrimonio. Desde que tengo uso de razón, me he sentido sola, Adriano.
—Pensaba que te criaron tus tíos maternos.
—Sí, y les estaré agradecida siempre. Ellos son mis padres de corazón.
Pero la espina del abandono siempre ha estado aquí.
—Se toca el pecho—. Elena Fabbri me dejó nada más nacer, nunca vino a visitarme, ni se preocupó de si estaba enferma o si la necesitaba.
Simplemente, desapareció. Y mi padre… bueno, él ya tenía otra familia de la que ocuparse, así que a mí me dio dinero y pensó que con eso sería suficiente.
Cierro los ojos con fuerza y maldigo en voz baja. Siento unas repentinas ganas de matar a mi propio padrino por haber tratado a Giulia de ese modo. Como si fuera una maldita segundona.
—Aquí siempre supimos que existías. Mi tío hablaba mucho de ti.
—¿Y nunca os enseñó una foto mía?
—Posiblemente, pero la verdad es que yo no hacía caso a esas cosas.
—Me humedezco los labios—. Para mí eras alguien demasiado lejano, alguien que no llamaba mi atención y a quien nunca conocería.
Hasta hace unas semanas, seguía pensando que eras una niña, ¿sabes?
No te consideraba parte de mi familia, así que, si hubo alguna fotografía, ni me molesté en mirarla.
—Es normal. —Se encoge de hombros—. Para mí, los Barone erais algo parecido. Sabía que existíais, que compartíamos sangre, pero tampoco me preocupé por conocer vuestra identidad. Me sentía tan dolida con mi padre que nunca me ha interesado su rama de la familia. Solo significabais problemas.
—Espero que tu visión sobre nosotros haya cambiado un poco. —Sonrío.
—Me jode admitirlo, pero sí. Sobre todo por cierta octogenaria mandona que es un maldito cielo y cocina como los ángeles.
Suelto una suave carcajada y la sonrisa se tatúa en mis labios sin poder evitarlo. Tampoco puedo evitar apretarla más contra mi cuerpo.
—La nonna es la mejor de todos, y no hay discusión.
Giulia asiente y cuando mis ojos van de nuevo hacia ella, ya no llora, sino que sonríe con timidez.
—Gracias, Adriano.
—¿Por qué?
—Por hacer que me sienta mejor.
—Ya. —Me humedezco los labios y trago saliva antes de continuar—: Ahora el que está jodido soy yo, ¿sabes?
—¿Por qué? —Su sonrisa se ensancha, extrañada, y me mira de frente.
—Porque, en realidad, es a mí a quien le persigue la mala suerte.
—Imposible. Eres bueno en tu trabajo, la familia te respeta, eres alto, guapo. No creo que exista nadie con mejor suerte que la tuya. Lo tienes todo.
—¿En serio? Pues hace casi un mes, conocí una chica preciosa, que me voló la cabeza y me dejó embobado, cuando cruzaba con mis hombres la Galería Umberto —digo con solemnidad—.
Me obsesioné tanto con ella que mandé averiguar el hotel donde estaba alojada.
Hice que la siguieran y me informasen del lugar donde se encontraba en cada momento, para poder ir en su busca cuando terminase con los negocios que tenía pendientes en Nápoles.
—Giulia se incorpora un poco, pero no deja de mirarme con una suave sonrisa, esperando a que continúe—.
Cuando hablé con ella en persona, me pareció perfecta.
Tenía todo lo que buscaba en una mujer, incluso más.
Era divertida, preciosa, buena y mi cuerpo reaccionaba a ella con una intensidad a la que no estaba acostumbrado.
La semana siguiente, fui a verla a Roma y después de unos días acojonantes, en los que la follé como nunca y nos conocimos mejor, supe que estaba completamente perdido.
Que era la mujer que quería para mí. Pero ¿sabes qué descubrí el siguiente viernes?
—Es una pregunta retórica y Giulia guarda silencio—.
Descubrí que era mi prima. Que compartíamos sangre.
El destino me jodió de un modo tan cruel que me negaba a creerlo.
—Es una mierda —asiente en voz baja.
—Una puta mierda, tentazione , porque, por mucho que me repita que somos familia, mi cuerpo y mi mente se niegan a dejarte ir.
Ni puedo ni quiero hacerlo. Tú eres para mí.
—Le acaricio la mejilla—. Quizás he llegado al límite de la locura contigo, porque me da absolutamente igual que seas mi prima.
Un puto parentesco no me va a separar de lo que es mío.
Los labios de Giulia tiemblan al escuchar mi declaración, pero no dice nada. Se limita a mirarme a los ojos y a respirar de forma entrecortada. Del mismo modo que lo hago yo.
¿La he asustado?
Joder, no quiero asustarla, pero tiene que entender que no voy a dejarla ir, y mucho menos permitiré que otro hombre se apropie de ella. Sin embargo, después de unos segundos agonizantes, apoya la mano en mi mejilla y me acaricia con una suavidad que me hace jadear.
—Creo que somos dos los que hemos perdido la cabeza, Adriano, porque a mí tampoco me importa nuestro parentesco. Ya no. Estoy cansada de negar lo que siento cuando estás conmigo.
—No lo niegues más, nena. —La euforia que ahora mismo bulle en mi interior es tan fuerte como nunca. Acabaré cometiendo alguna estupidez si no me contengo a tiempo—. Nada importa más que nosotros, ¿de acuerdo?
—¿No crees que esto sea algo demasiado inmoral?
—De todas formas, voy a ir al infierno, ¿qué más da otro pecado si con eso puedo tenerte?
Te has metido bajo mi maldita piel. —Acerco mi rostro al suyo y me humedezco los labios al tenerla tan cerca.
Quiero devorarla, comérmela entera y no dejar ni un puto hueso.
Necesito resarcirme por estas semanas sin poder tocarla.
Destrozarle la ropa, follármela como un psicópata desesperado, desbordar sus dulces agujeros con mi semen y marcarla de tal forma que a nadie le quepa duda de a quién pertenece.
Sin embargo, a pesar de que estoy deseando lanzarme a ella, separo nuestros rostros y maldigo en silencio—. En el jardín hay cámaras de vigilancia.
—Es verdad —responde, poniéndose más recta y tomando algo de distancia.
—Debemos llevar cuidado, aquí hay ojos en todas partes, Giulia. —Me quedo en silencio una vez más, buscando algo de sentido común en mi excitada mente—. Maldito palazzo . Quiero estar contigo a solas, nena.
—¿Y qué hacemos?
De repente, una idea pasa por mi mente como un flash brillante que me hace curvar todavía más la sonrisa.
—¿Ves esa puerta de allí? —Mira hacia donde señalo.
Una pequeña edificación colindante que lleva muchos años cerrada—.
Es la antigua guardería, el cuarto de juegos de todos los primos.
Nuestros padres la construyeron cuando éramos niños, para que no molestásemos a las visitas si acaso venían a hacer negocios.
—¿Y dices que allí no hay cámaras?
—Las hay, pero puedo desactivarlas. Nadie las echará en falta. Hace varios años, estuvieron a punto de echar la guardería abajo y construir un gimnasio separado de la casa, pero tu padre decidió conservarla para cuando viniesen los nietos.
—¿En serio? —Sonríe—. Pues vamos.
—Ve tú primero y espérame allí. Me reuniré contigo cuando desactive las cámaras. Hay otra puerta que comunica la cocina con el cuarto infantil. Así nadie nos verá entrar juntos.