Barone (Familias de la mafia 1) 15 #2
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—Entonces, vayamos —asiente Alessandro, dando un paso al frente—. Pero antes cogeré algo para matar el hambre por el camino.

Mi padre pone los ojos en blanco cuando el pozo sin fondo de mi hermano mayor pasa por delante y se dirige a la cocina. Luego recorre los escasos metros que nos separan y se acoda en el piano, junto a la banqueta donde estoy sentada.

— Principessa , hoy tendrás que cenar sola. No podremos acompañarte. La nonna está cansada y comerá algo en su dormitorio, y el tío Ettore y Raffaella han ido a visitar a un contacto en Castel del Monte.

—No te preocupes, papá, quizás imite a la nonna y cene también en mi habitación. Me sentiría muy extraña comiendo sola en el salón.

Él asiente y se acerca para darme un beso en la frente antes de marcharse.

—Como prefieras. Nos vemos mañana.

Al quedarme a solas, paso las yemas de los dedos por las teclas del piano mientras el salón se me antoja enorme. No creo que pudiese acostumbrarme nunca a vivir en un sitio como este.

Estoy tan distraída mirando a mi alrededor que ni siquiera me percato de lo que hago hasta que el sonido del instrumento resuena por toda la estancia. Tengo los dedos colocados sobre las teclas. Me pica la curiosidad de averiguar si todavía recuerdo cómo se hace.

Cuando era niña me encantaba tocar el piano.

Mi padre estuvo pagando clases particulares hasta que entré en el instituto y me quedé sin tiempo para seguir practicando.

Siempre me encantó la música. Se me daba bien, era un refugio, un lugar seguro cuando me sentía sola.

La hermana de mi madre me cuidó desde que era un bebé, pero el estigma del abandono de las personas que me trajeron al mundo nunca dejó de doler.

Presiono una tecla, sintiendo la frialdad del marfil en mi dedo, y un la grave, profundo, resuena en la caja armónica del instrumento.

La vibración recorre mis brazos. Una suave sonrisa me curva los labios al sentir de nuevo esa familiar sensación en el estómago.

Un acto que me catapulta a la niñez. Sé que, si vuelvo a presionar otra tecla, el martillo golpeará la cuerda tensada y el melodioso sonido inundará mis oídos.

Así que lo hago. Empiezo a tocar una pieza que todavía recuerdo de memoria, la que mejor se me daba.

Al principio mis dedos buscan las teclas con cautela, como si temiera equivocarme de octava, pero a medida que avanzo algo cambia. Me siento más segura.

Cierro los ojos sintiendo la vibración de las cuerdas; crean un eco cálido que llena el salón.

Una enorme sonrisa curva mis labios. No recordaba lo bien que me siento frente al instrumento.

Mis manos se mueven solas, como provistas de vida propia sobre las teclas.

Es casi mágico. Abro los ojos y asiento orgullosa al percatarme de que, a pesar de la velocidad con que lo hago, no me he equivocado en ninguna nota.

Alargo el brazo para tocar un do alto y, cuando vuelvo a mi posición, levanto la mirada hacia la puerta porque me ha parecido ver un movimiento por el rabillo del ojo.

Entonces contengo el aliento al darme cuenta de que ya no estoy sola.

Dejo de tocar de improviso. Mis dedos se han congelado sobre las teclas.

Adriano se encuentra apoyado en la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa misteriosa en los labios mientras me mira con intensidad.

Va vestido con su típico traje chaqueta negro, aunque tiene los primeros botones de la camisa abiertos y la piel morena de su torso asoma por ella.

Ninguno de los dos dice nada, pero en el estómago comienzo a sentir ese burbujeo tan potente que ya me es demasiado familiar cuando él está conmigo.

Sus oscuros ojos castaños están fijos en mi persona. De repente, siento la boca seca y el nerviosismo regresa a mi cuerpo logrando que me mueva incómoda sobre el taburete.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunto nerviosa.

—El suficiente —declara misterioso, curvando aún más los labios en esa fina sonrisa.

—¿No tienes asuntos turbios de los que ocuparte?

—Tengo la noche libre. Es viernes.

—¿Y qué haces aquí cuando podrías estar en cualquier otro lugar más divertido?

—Me he pasado a saludar.

—Pues mi padre no está, ni mis hermanos. Han salido hace un rato hacia el almacén.

—A ellos ya los vi esta tarde.

—La nonna se retiró a su dormitorio. Estaba cansada. Pero seguro que se alegra de verte.

—No he venido a ver a la nonna .

Los latidos del corazón se vuelven locos dentro de mi caja torácica al comprender lo que significan sus palabras.

—¿Has… has venido a verme a mí?

La sonrisa se pronuncia aún más en sus labios y, aunque no responde con palabras, asiente despacio.

—Sigue tocando el piano, Giulia. Toca para mí.

—Estoy… desentrenada. Seguro que me equivoco.

—Me da igual. Hazlo. Quiero verte.

No se mueve de su sitio. Sigue apoyado en la puerta a varios metros de mí. Prefiere mantener la distancia entre ambos. Así es más seguro.

Inspiro hondo, tratando de llenar de oxígeno mis pulmones, y asiento, dispuesta a hacer caso a su petición. Tampoco es que Adriano me haya pedido un estriptis, solo quiere que toque el piano. Soy una tía patética comportándose como una exagerada frente al chico que le gusta.

Apoyo de nuevo los dedos sobre las teclas, pero ahora me tiemblan tanto como las piernas al saber que está aquí observándome con atención, como si verme tocar un instrumento fuera un planazo de la hostia para una noche de viernes.

Continúo la pieza por donde la dejé, en un arpegio suave con la mano izquierda mientras la derecha continúa la melodía fluida tocada con un legato .

Me muerdo el labio inferior al mirarlo de reojo. Siento la intensidad de sus ojos en mi cuerpo. Nunca habría creído que ser observada mientras toco un instrumento pudiera ser tan estimulante, pero vibro junto al piano porque él está aquí.

Sin embargo, cuando estoy a punto de terminar, unos pasos furiosos a mi derecha junto con una exclamación ahogada me hacen frenar de golpe.

—¿Quién coño te ha dado permiso para tocar mi piano?

Cuando fijo la mirada en la recién llegada, descubro a una mujer morena, entrada en años, que me mira como si ante ella hubiese aparecido uno de los ángeles del Apocalipsis tocando la trompeta.

Sus ojos desprenden veneno, la rigidez de su cuerpo es antinatural y la mueca iracunda que me dedica deforma sus bellas facciones maduras.

Es algo más alta que yo, viste con elegancia y delicadeza y es la primera vez que nos encontramos desde que llegué al palazzo , porque se ha ocupado de evitarme a toda costa y de demostrar que mi presencia aquí no es de su agrado.

Vittoria Conti, la esposa de mi padre, da un par de pasos hacia el piano y me mira de arriba abajo, como a una cucaracha asquerosa.

—Aparta las manos de mi instrumento, ya.

Me levanto del taburete y alzo los brazos a la altura de mi rostro, demostrando que no quiero pelear, que voy en son de paz.

—Señora, no quería molestarla.

—Tu sola presencia me molesta —escupe entre dientes.

—Tía Vittoria, sé amable. —Adriano se inmiscuye entre ambas. Ya no está apoyado en la puerta, sino que camina hacia nosotras, cauteloso.

Ella ríe con una frialdad impenetrable en su delicado rostro y bufa antes de responder:

—Esta niñata no se merece ni un ápice de amabilidad por mi parte.

—No era mi intención…

—¿Qué? ¿Incomodarme? ¡Tu vida me incomoda! ¡Saber que existes me incomoda!

—No es justo que diga eso.

—¡¿Que no es justo?! ¡Yo te diré lo que no es justo! —Me señala con descaro—. ¡No es justo que te pasees por mi casa como si tuvieras todo el derecho del mundo de hacerlo! ¡Que te comas mi comida, que disfrutes con mi familia, que te traten como a una más!

—¡Tía Vittoria! —vuelve a meterse Adriano con voz tensa.

—¡Tú no eres una Barone! —continúa sin piedad—. ¡Solo eres un descuido de mi marido! ¡Un polvo desgraciado con una puta que se abrió de piernas creyendo que sería la señora del Palazzo Porto Antico!

—Siempre le he tenido un gran respeto, Vittoria. Pero no voy a permitir que me hable así ni hable así de mi madre.

—¡Tu madre no te quería! ¡Te abandonó nada más darte a luz y se marchó lejos a engañar a otro desgraciado para que la mantuviese! —Suelta una carcajada y me mira de arriba abajo con desprecio—. Lo mejor para todos es que te hubieras muerto.

—¡Vittoria, basta! —grita Adriano, colocándose delante de mí, protegiéndome con su cuerpo de los ataques de la mujer de mi padre—. ¡Giulia no tiene la culpa de que tu marido te pusiese los cuernos con otra! ¡Ella es una víctima como tú, joder!

—¿Por qué la defiendes? ¡Tendrías que estar de mi parte! ¡Yo te sostuve en brazos cuando naciste, Adriano! ¡Y el día de tu bautismo! ¡Te he tratado siempre como uno más de mis hijos!

—Te tengo un gran aprecio, madrina, pero no voy a permitir que la machaques por algo de lo que no es culpable.

Me tiemblan los labios por las ganas de llorar. Las palabras de Vittoria Conti duelen. Desgarran como un par de puñales en el estómago. Nunca he querido una enemistad con la mujer de mi padre. Incluso puedo llegar a entender su dolor.

Es una batalla perdida. Para ella soy escoria.

Y lo peor es que tiene razón. Mi madre nunca me quiso.

Me abandonó al nacer y se fue sin mirar atrás.

Sin importarle lo que pudiera sucederme.

Una lágrima resbala por mi mejilla mientras Adriano y Vittoria siguen enzarzados en su discusión.

No quiero que me vean llorar. Pero el dolor acumulado todos estos años es traumático y punzante.

Doy varios pasos hacia atrás, alejándome de ellos.

Necesito tomar distancia, protegerme. Reconstruir el escudo que llevo en los hombros desde que tengo memoria.

Así que me limpio una nueva lágrima y echo a correr hacia el jardín del palazzo antes de que un sollozo escape de mi garganta.