15
Giulia
Escuchamos pasos que se dirigen a la cocina y Adriano me suelta justo a tiempo para que la nonna no descubra lo que estaba pasando entre ambos.
Nuestra abuela regresa con un puñado de albahaca seca en la mano y sonríe cuando nos ve cortando la berenjena como si nada hubiese ocurrido, como si Adriano no acabase de marcarme y declararme de su propiedad.
Me tiemblan tanto las manos que acabaré cortándome.
Mi cuerpo bulle por lo sucedido. Por su proximidad.
Por su forma posesiva de reclamarme. Tengo las bragas empapadas.
¿Cómo puedo estar tan cachonda después de lo que acaba de hacerme?
¿Qué clase de enferma soy? Debería ir a un psicólogo. O hacerme una lobotomía.
Miro de soslayo a Adriano, que continúa laminando la verdura como si nada con una sonrisa victoriosa. No es justo. No debería sentir esto por él. Ni tampoco notar esta euforia en el estómago después de que se haya autoproclamado dueño de mi cuerpo.
—Drio, hijo, ¿qué te ha pasado en el cuello? —pregunta nuestra abuela con preocupación al percatarse de la sangre.
Él niega con la cabeza, restándole importancia, y me mira con disimulo, sonriente.
—Soy muy torpe, nonna . Me he arañado con el cuchillo.
—¡ Mio Dio ! Estás perdiendo tu habilidad en la cocina.
—Tendré que venir más a menudo.
—¿Y tú, Giulia? ¿Por qué estás tan pálida? —me pone una mano en la frente para asegurarse de que no tengo fiebre.
—Yo… No me encuentro bien, nonna . —Dejo de cortar la berenjena—. Necesito echarme un rato. Disculpadme, por favor.
◆◆◆
Ya sé que irme de esa forma es de cobardes, pero necesitaba tomar distancia y dejar de hiperventilar.
Tener a Adriano Barone al lado y no caer en la tentación de saltarle encima es mucho más difícil en la práctica que en la teoría.
Me gusta demasiado, me atrae, me encanta, y eso supone un gran problema.
Cinco minutos más a solas y lo habría montado como a un animal salvaje para que me follase como un psicópata.
Joder, estoy muy mal. Lo acepto. Desde que he vuelto a verlo, mi cabeza no es capaz de pensar nada racional.
Yo, que juraba que los tipos malos no me atraían, que pasaba de ellos…
Pues no. Resulta que llevo más de tres semanas perdiendo el culo por uno.
Y lo peor de todo es que, lejos de asustarme sus amenazas, me ponen muy cachonda. Bien, Giulia, esta vez te has lucido.
Debo irme cuanto antes de Bari o hasta mis tataranietos acabarán excomulgados por mi culpa.
Después de varias horas encerrada en mi habitación, no me queda más remedio que reunirme con todos a la hora de la comida.
Adriano sigue en el palazzo , pero ahora ya no intenta acercarse.
Se muestra indiferente, guarda las distancias y se limita a hablar con su hermano y mi padre sobre los negocios.
Tengo la sensación de que también es difícil para él porque, de vez en cuando, nuestros ojos coinciden sin que podamos remediarlo, y, bajo esa fachada de enfado y orgullo, reconozco el anhelo.
Un deseo compartido demasiado fuerte como para ignorarlo.
La cuestión es: ¿hasta cuándo seremos capaces de aguantar?
Los siguientes tres días él no aparece, pero me siento bien.
Me niego a admitir que lo echo de menos.
Empiezo a convencerme de que tampoco es para tanto.
Es solo un hombre a quien conozco hace tres semanas.
Lo que tuvimos fue muy intenso, sí; no obstante, se acabó.
Y la vida sigue. No es la primera vez que me llevo un desengaño.
La segunda semana en el palazzo de los Barone estoy mucho más libre que la anterior.
Ya no soy la novedad. Todo el mundo ha tenido tiempo de conocerme, así que puedo aprovechar para descubrir rincones de la propiedad que antes no conocía, como la pequeña playa privada en la que nunca hay nadie.
Me quedan tres días en Bari antes de regresar a Roma y tengo la intención de pasarlos al sol, además de conocer la ciudad.
Es curioso que aún no haya salido del palazzo desde que mis hermanos me trajeron, y me apetece respirar un poco de aire fresco.
Termino de darme una ducha y me quito la arena pegada en la piel.
Me he quemado un poco. Tengo los hombros y las mejillas enrojecidas.
Así que me pongo un vestido sin tirantes para no rozarme las quemaduras y abandono mi dormitorio para reunirme con la familia.
Son las ocho de la tarde y la cena no estará lista hasta pasada media hora; sin embargo, suelo acudir antes al salón porque siempre hay alguien con quien conversar. Y hoy no es la excepción.
Mi padre y mis hermanos ya están aquí. Hablan sobre un cargamento de armas que proviene de la isla de Creta, de parte de un tal Mavros; sin embargo, no les presto atención porque prefiero no saber en qué asuntos turbios andan metidos.
—¡ Principessa ! —me llama mi padre al descubrir que avanzo hacia ellos—. Ven con nosotros, teníamos ganas de verte.
Al llegar a su lado le doy un beso en la mejilla. Otro a Fabio, que permanece sentado en el sofá junto a él, y cuando me acerco a la banqueta del piano del salón, donde Alessandro está acomodado, tira de mi brazo y me hace caer a su lado.
—¡Aaah, idiota! —Me río al tiempo que le doy una palmada en el hombro. Antes de poder levantarme, mi hermano mayor me da un sonoro beso en la mejilla.
—Quédate aquí. —Pulsa una tecla del piano—. Enséñame cómo funciona esta cosa, profesora Barone.
—Llevo años sin tocar uno. Los niños en el colegio donde daba clase tocan la flauta dulce.
—No te esfuerces con él, bambina , lo único que se le da bien a Alessandro es comer a todas horas —se burla Fabio, guiñándome un ojo.
—Tú cállate, gilipollas, por tu culpa hemos perdido un buen negocio esta tarde.
—¡No me culpes de tus mierdas! —Se levanta del sofá encarándolo—. ¡Fuiste tú quien presionó demasiado a ese hijo de puta de Giovinazzo!
—¡Basta! —sentencia mi padre, levantando los brazos para que ambos guarden silencio—. Se acabó el trabajo. Vuestra hermana merece nuestra atención.
—No te preocupes por mí, papá, no me importa que habléis de los negocios.
—De todas formas, prefiero que nos cuentes qué has hecho todo el día en el palazzo .
Sonrío y me encojo de hombros, porque, en realidad, no hay mucho que contar.
—Pues… por la mañana he estado un rato con la nonna y luego he pasado el resto del día en la playa.
—Te has quemado —señala Fabio, frunciendo el ceño—. Papá, manda a alguien del servicio a comprarle crema. Debe escocerle.
Me muerdo el labio inferior y sonrío cuando mi padre saca su teléfono y le da la orden a la persona que ha contestado. Desde que estoy aquí, estos tres peligrosos mafiosos se desviven por consentirme y cuidarme como si fuera un tesoro.
—No pasa nada, papá, quiero salir mañana a pasear por Bari, puedo comprar yo la crema.
—¿Al pueblo? —asiente—. Está bien, avisaré a alguno de mis hombres para que te acompañe.
—¿Por qué? Puedo ir sola. No necesito un canguro.
—Una Barone no andará por ahí sin protección. Es peligroso.
—Llevo toda la vida haciéndolo y sigo viva.
—Esto no es Roma, principessa , estás en nuestro territorio. Pueden relacionarte con nosotros. No dejaré que nadie te haga daño.
Pues nada. A la mierda mi paseo relajante por Bari. Ahora tendré que soportar que uno de los gorilas de mi padre vaya pisándome los talones cuando salga del palazzo .
—Por cierto, ¿has tomado ya una decisión sobre lo que hablamos ayer?
—Papá, no hay nada que decidir, dije que me quedaría dos semanas en Bari.
—Es muy poco tiempo, Giulia. No puedes dejarnos tan pronto.
—Es que… no he traído más ropa y…
—Puedo comprarte toda la que quieras. Es más, mañana meteré dinero en tu cuenta para que vayas a…
—No es eso, es que… —No sé cómo excusarme para que mi subconsciente no me traicione y acabe nombrando a Adriano. Si me quedo más tiempo en el palazzo , seguiremos viéndonos y necesito tomar distancia, aunque eso signifique separarme de ellos.
—La nonna no deja de insistir, bambina —habla Fabio, poniendo cara triste—. Vas a partirle el corazón si te vas.
—¡Eso no vale, es chantaje emocional!
—Es la verdad —lo secunda Alessandro—. No la he visto más feliz en mi vida.
Me muerdo el labio inferior sin saber qué responder.
—Piénsatelo, Giulia —insiste mi padre, premiándome con su sonrisa más cariñosa—. Nos harías muy felices a todos. Somos tu familia. Podrías quedarte el resto del verano y regresar a Roma cuando empiecen las clases.
Podría y me encantaría. Joder, ¿cómo es posible que esto se haya complicado tanto?
Estoy rechazando pasar más tiempo con mi padre por un hombre.
Por mi primo, maldita sea. Pero la puta verdad es que ahora mismo estoy bloqueada, no podría darles una respuesta coherente de la que luego no me arrepintiese.
Sus ojos están fijos en mí. Esperan una respuesta y temo que no va a gustarles lo que voy a decir.
No obstante, cuando abro la boca para rechazar su ofrecimiento una vez más, su teléfono comienza a sonar con mucha insistencia.
Cuando se lo pone al oído y contesta, su cuerpo toma una rigidez antinatural que logra que mis hermanos se levanten de sus asientos porque saben que algo no va bien.
—¿Quién te ha dado el chivatazo? ¿Estás seguro de que Russo ha sido el culpable? —Se lleva una mano a los ojos y los frota con fuerza antes de golpear el sofá en el que está sentado—. ¿Tenéis a ese hijo de puta? ¡Lo quiero vivo! ¡Yo me encargaré de él! ¡Nos vemos en media hora en el almacén!
Una vez vuelve a guardarse el móvil en el interior de su americana, mira a mis hermanos con solemnidad.
—Hemos encontrado a la rata que le filtraba información a la policía.
Los labios de Fabio se curvan en una sonrisa terrorífica que me pone los pelos de punta porque sé lo que significa. La última vez que sonrió así, él y Alessandro acabaron arrastrando un cadáver frente a mí por el pasillo del palazzo .