Barone (Familias de la mafia 1) 14 #3
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Ni me lo pienso. Abro el cajón de los cubiertos y, con el cuchillo en la mano, rodeo a mi abuela y me coloco a su lado, muy cerca.

Después cojo una berenjena y, en silencio, comienzo a laminarla mucho más rápido que Giulia, quien, al ver lo bien que se me da, para de cortar y mira atenta cómo lo hago, tratando de imitarme.

—Adelanta los nudillos o acabarás rebanándote algún dedo —le indico con voz indiferente. Sonrío complacido cuando veo que me obedece.

Continuamos cortando sin hablar mientras nuestra abuela se ocupa del resto de tareas.

La tengo tan cerca que, de vez en cuando, nuestros cuerpos se rozan, y aunque solo es nuestra ropa la que entra en contacto, produce el mismo efecto en mí que si fuera su mano la que estuviera acariciándome.

Me muerdo el labio inferior y miro disimuladamente su escote.

No es pronunciado, ni siquiera insinuante; sin embargo, mi imaginación vuela y mi polla comienza a crecer dentro de los pantalones.

Trago saliva con dificultad al posar los ojos en su yugular, en la piel nívea y delicada de su cuello.

Ya no tiene las marcas de mis dientes. Han desaparecido por completo.

Daría cualquier cosa por volver a marcarla.

Por dejar tantas marcas en su piel que nadie se atreviese nunca a acercarse a ella.

—¡ Porca miseria ! ¡Otra vez se han olvidado de comprar albahaca! —se queja nuestra nonna , dando un fuerte golpe en la mesa—. Creo recordar que en el sótano dejé secar un poco. Drio, asegúrate de que no se queme el sofrito. Enseguida vuelvo.

Nos quedamos a solas y la tensión que hay entre nosotros crece aún más. Soy consciente de cada uno de sus movimientos, de su olor dulce, de su respiración. Y me repito cientos de veces que no debo acercarme a ella.

—Así que era verdad eso de que cocinabas con tu abuela —dice Giulia de repente, sin apartar la vista del cuchillo con el que corta.

—¿Te sorprende?

—No lo sé, Adriano. —Me mira de soslayo y se encoge de hombros—. Ya no sé qué creer de ti.

—Lo mismo digo.

—¿En serio? —ríe con desapasionamiento—. Solo te omití parte de la verdad para que no salieras huyendo. Todo el mundo teme a los Barone. No es la primera vez que me pasa.

—Me dijiste que tu hermano iba a presentaros a su novia la noche que me preguntaste qué ropa llevar a la cena.

Ella se pone muy recta y abre la boca para contestar, pero de sus labios no sale sonido alguno hasta que pasan unos segundos.

—Eso es una gilipollez.

—Es una mentira.

—Si la comparamos con las tuyas es casi inocente —dice ella con orgullo.

—Haz el puto favor de quitarte el halo de la cabeza, porque no eres ninguna santa.

—Yo no he insinuado eso.

—Ambos mentimos, acéptalo de una maldita vez —sentencio con voz tensa.

Aprieta los labios y fija sus ojos en el suelo antes de continuar:

—La única verdad que me has dicho desde que nos conocemos es que te gusta cocinar con la nonna .

—Puedes creer lo que quieras.

—Me engañaste incluso cuando prometiste que nunca me harías daño.

—No me jodas, ¿y dónde está la mentira?

—Me amenazaste. En mi dormitorio. La última noche que estuviste aquí.

—¿Y qué querías? Acababa de descubrir que la mujer con la que estaba follando era mi prima.

—Así que, cuando algo no sale como tú quieres, te dedicas a amenazar.

—Y tienes suerte de que solo fueran palabras lo que obtuviste de mí.

—Lo estás volviendo a hacer —me recrimina ella.

—Ah, ¿sí? —Sonrío con una frialdad que me hiela el rostro—. Parece ser que me sale solo, así que no me toques mucho los huevos, nena.

Giulia pone los ojos en blanco y bufa, sin la mínima muestra de miedo en su rostro.

—No tengo intención de tocarte nada. De todas formas, lo nuestro se acabó. Tú conocerás a otras mujeres y yo saldré con más hombres. Fin.

Su respuesta me hace erguir la espalda de repente. Se me crispan los dedos de las manos y una profunda ira comienza a enroscarse en mi estómago. Entonces salvo la escasa distancia que nos separa y la acorralo entre la mesa y mi cuerpo con una actitud tan rabiosa que me sorprende incluso a mí.

—¡Atrévete! —susurro entre dientes, fulminándola con la mirada—. ¡Atrévete a acercarte a otro tío!

—¿Puedes dejar de amenazarme de una jodida vez?

—No. Y escúchame bien, tentazione , porque esto no es ninguna mentira: si permites que un hombre que no sea yo te ponga las manos encima, haré mucho más que amenazar.

Giulia frunce el ceño y me empuja, intentando apartarme de ella; sin embargo, lo único que consigue es que una de mis manos acabe enredada en su pelo.

—¿De qué coño vas? ¡Tú y yo no vamos a estar juntos! ¡No puedes negarte a que conozca a otros hombres!

—Sí que puedo y lo estoy haciendo. —Acerco mis labios a su boca y susurro con tono gutural—: Tú. Eres. Mía.

—Esto no tiene ningún sentido, maldita sea.

—Nadie ha dicho que lo tuviese.

—Déjame en paz, Adriano.

—Jura que no vas a dejar que ningún gilipollas te toque.

—¿Pretendes que me quede sola toda mi vida?

—Joder, sí —respondo convencido.

Giulia aprieta los dientes al escuchar mi respuesta y me pega en el pecho.

—¡Suéltame, ya!

—¡Promételo!

—No lo repetiré dos veces. ¡Déjame en paz!

—Oblígame.

De repente, con un rápido movimiento de su brazo, me apoya el cuchillo en el cuello. Apretándolo contra mi yugular, firme, amenazante.

—¿Así, o quieres que te obligue un poco más, primo ?

El asombro y la admiración logran que una amplia sonrisa curve mis labios. Giulia Fabbri tiene cojones, y eso me pone muchísimo. Maldita sea, ¿hay algo de ella que no me guste?

—¿Serías capaz de hacerlo?

—¿Rebanarte el cuello? Yo que tú no me pondría a prueba.

—Hazlo —la animo con la diversión reflejada en las pupilas—. Vamos, mátame. Lo tienes muy fácil, no opondré resistencia.

Ladeo el cuello, dándole vía libre a mi yugular, y ella me mira horrorizada. Traga saliva y niega con la cabeza. La seguridad desaparece de sus ojos; en cambio, me mira como si hubiese perdido del todo la cabeza.

—¿Estás loco?

—Vamos, termina lo que has empezado. —Pego aún más el cuello al cuchillo, logrando que un hilillo de sangre resbale por mi piel cuando la afilada hoja me corta.

—¡Estate quieto! ¡Adriano! —exclama horrorizada al ver mi sangre manchar el arma. El miedo logra que se le humedezcan los ojos—. ¡Joder, para! ¡Te vas a hacer daño!

—¿Te asusta que pueda pasarme algo?

—¡Sí, maldita sea, y ahora para!

La sonrisa helada de mis labios se hace aún más amplia.

Respira de un modo tan rápido y superficial que sus pechos rozan contra mi torso a gran velocidad.

Siento los incontrolables latidos de su corazón y el temblor de su cuerpo.

Separo el cuello del cuchillo al fin y me quedo mirándola con fijeza, entendiendo que quizás estos cinco días separado de Giulia han sido una batalla perdida desde el primer segundo, porque ya ni siquiera recuerdo por qué debo permanecer alejado.

—Deberías haberlo hecho —susurro contra sus labios—. Has tenido la oportunidad y la has desaprovechado.

Entonces le arrebato el cuchillo de las manos y, sin darle tiempo a reaccionar, presiono la punta contra su hombro para dibujar una A mayúscula en su piel. La marco con mi inicial de tal modo que, aunque no llega a sangrar, es suficiente para que el grabado resalte.

—¡Aaah, Adriano! ¡¿Qué cojones?! —Se zarandea y abre los ojos como platos al ver la letra que ahora tiene marcada en su piel.

—No te cubras el hombro. Quiero que todo el mundo la vea.

—¡¿Has perdido la maldita cabeza?! —me grita ella.

Pego la boca a su hombro y lamo a placer los arañazos que acabo de hacerle. La escucho contener el aliento, pero no se aparta. Luego le agarro las mejillas con una mano para que me mire a los ojos.

—No puedo tenerte, Giulia, estás prohibida para mí, pero tampoco lo harán otros. Juro que mataré a todo el que se atreva a intentarlo.