Barone (Familias de la mafia 1) 14
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Adriano

El grito desgarrado de Paolo Romano, tras romperle el pulgar contra un cajón de su despacho, retumba por las paredes logrando que la sonrisa cruel se me intensifique en los labios.

A mis pies, su hermano se desangra lentamente entre fuertes convulsiones después de haberle pegado dos tiros a bocajarro en el estómago cuando se negó a contestar a una pregunta.

Que se joda. Muerto está mejor. Las sabandijas como los Romano no deberían tener el privilegio de respirar el mismo aire que yo.

—Te lo preguntaré una vez más, hijo de puta —musito, apoyando las manos en su escritorio, muy cerca de él, mientras Teodoro y Lorenzo observan la escena casi con indiferencia a unos pasos de distancia—. ¿Dónde está nuestro dinero?

—Juro que lo tendréis a final de semana —balbucea con un temblor incontenible en los labios.

—Eso mismo dijiste hace siete días, Paolo.

—Esta vez es cierto. Cobraré una deuda y el dinero será vuestro.

—Mmm…

—Adriano, te lo ruego, llevamos haciendo negocios con los Barone desde hace décadas. Solo es un pequeño retraso. Habla con tu tío, él me dará la razón.

—Escucha bien, pequeña mierda, mi tío confía en que la decisión que tome será la adecuada. —Jugueteo con mi pistola haciéndola girar sobre la brillante madera—. Y mi decisión es que no nos vamos a ir de tu casino sin nuestro dinero.

—¡Es que no lo tengo, maldita sea! ¡Dame al menos unas horas!

—No tengo tanto tiempo. —Después señalo a su hermano, que continúa en el suelo desangrándose—. ¿Quieres acabar como el bueno de Francesco? Míralo, es cuestión de minutos que se muera, y todo porque tú no quieres colaborar.

—¡Quiero, por el amor de Dios, claro que quiero! —Junta las manos en oración—. Dame una hora, dos como máximo, y tendréis vuestra parte.

Ladeo la cabeza pensando si aceptar sus condiciones, pero la verdad es que me dan igual. Así que no lo pienso dos veces cuando amartillo la pistola y le disparo directo al corazón, matándolo en el acto sin apenas parpadear.

—No hay trato, gilipollas —declaro con voz helada a pesar de que ya no puede escucharme.

—¡Drio, ¿qué demonios haces?! —salta Teodoro, acercándose a mí con el rostro contrariado—. ¿Es que has perdido la cabeza, joder? ¡No debías matarlo a él también!

—Paolo Romano no iba a pagarnos —sentencio sin más, guardándome el arma en la americana.

—Te estaba suplicando que le dieras unas horas para reunir el dinero, ¿qué coño te pasa? ¡El padrino nos pedirá explicaciones!

—Y se las daré, no te preocupes.

Teo gira la cabeza hacia Lorenzo, que no se ha movido de su sitio, buscando una lógica a mi comportamiento.

—¿Tú sabes lo que pasa? Lleva dos putos días cargándose a todo el que se le pone delante.

—Ni idea —responde Lorenzo.

—No me pasa una mierda —gruño entre dientes.

—Tu hermano siempre ha sido un cabrón sin sentimientos —le quita importancia Lorenzo—. Le dolerá una muela, o algo así.

—Seguro que no es eso. —Se pasa una mano por su largo cabello negro y me mira con el ceño fruncido—. ¿Quieres conversar acerca de algo, Drio? Si te ocurre alguna cosa, podemos…

—¡Que no ocurre nada! ¿Vale? —ladro con desprecio, dirigiéndome hacia el gran armario del fondo, que está cerrado con un grueso candado.

Lo reviento a balazos y, nada más abrir la puerta, encuentro varias bolsas repletas de un polvillo blanco que me resulta demasiado familiar.

Desato una, meto el dedo meñique dentro y esnifo una pequeña cantidad sin pensármelo dos veces.

Bingo. Cuando la droga entra por mi nariz, cierro los ojos con fuerza y una sonrisa ladina curva mis labios—.

Es cocaína y está sin cortar. Le sacaremos mucho más dinero de lo que nos debía ese cabrón.

Le lanzo las bolsas a mi hermano y, sin decir ni una palabra más, doy media vuelta y los dejo a solas en el despacho.

Mi trabajo aquí ha terminado. Ahora le toca a Teodoro llamar a nuestros hombres para que limpien la sangre y se deshagan de los cadáveres antes de que alguien se dé cuenta de lo que ha pasado.

Al salir a la calle, me coloco sobre los ojos las gafas de sol y camino despreocupado hasta mi vehículo, estacionado a unas calles de distancia.

—¡Eh, Drio! ¡Espera!

Es Lorenzo. Viene tras mis pasos a la carrera, después de ponerse sus propias gafas de sol.

Cuando me alcanza, enciende un cigarro y expulsa el humo con satisfacción.

Lorenzo Monti y yo somos amigos desde que tengo memoria.

Su padre fue un gran aliado de mi tío Riccardo en la Sacra Corona Unita hasta que se lo cargaron de un tiro en la nuca en un enfrentamiento con la policía.

Después de aquello, su familia dejó el negocio por miedo a la pasma.

De hecho, desde hace más de veinte años la cuarta mafia está muy debilitada.

Solo quedamos cuatro familias al frente de la organización: los Barone, los Valenti, el matriarcado Farnese y los hermanos Marino.

Lorenzo camina a mi lado en silencio, aunque sé que tiene algo que decirme. Lo conozco demasiado bien. Y cuando titubea tanto es porque sabe que sus palabras me van a incomodar.

—¿Qué quieres? —rumio entre dientes al darme cuenta de que no deja de mirarme.

—¿Por qué tendría que querer algo?

—Porque me estás persiguiendo en vez de ayudar a mi hermano con los cuerpos de esos cabrones.

No me contradice, sino que se echa a reír y se rasca el cogote después de darle otra profunda calada a su cigarro.

—Es solo… Me preguntaba cómo estás después de la borrachera de anoche.

—No es la primera borrachera de mi vida, Lorenzo. —Frunzo el ceño—. No me mires así, estoy bien.

—Pero sí que es la primera vez que te enrollas con una chica que resulta ser de tu familia, tu pr…

—¡No lo digas!

—Adriano. —Suspira—. No hace falta que finjas.

—No quiero hablar del tema, ¿de acuerdo? Haz como si nunca hubiera sucedido.

—Es que sí que ha sucedido. Te encontré en el club a punto de sufrir un coma etílico por una mujer.

—Me pasé un poco bebiendo, eso es todo. Giulia no tiene nada que ver.

—Alguien que no te conozca podría tragárselo. Yo, no. Estuve ahí, ¿recuerdas?

—¿Ahí? ¿Dónde?

—¡En Nápoles! ¡En la puta Galería Umberto! Drio, moviste cielo y tierra para saber quién era ella y en qué hotel estaba alojada.

—¿Y qué? —Pongo los ojos en blanco—. Quería echar un polvo, ¿qué hay de raro en eso?

—Que lo tuyo con Giulia no era solo un polvo. —Aplasta el cigarro con un pie antes de continuar—. Somos amigos, llevo viendo cómo te follas a infinidad de mujeres desde que tengo memoria. Te las tiras y pasas de ellas como si nada. Con esa chica era distinto.

—¡¿Podemos cambiar de puto tema?!

—Es normal que estés jodido por lo que ha pasado.

—¡Deja de darme el coñazo, maldita sea! ¡No tendría que haberte dicho nada!

—Estabas demasiado borracho como para frenar tu lengua.

—Se ríe—. Vale, si quieres que deje de hablar de ella, lo haré, pero no me creo que te sea tan indiferente.

He visto cómo lo dejabas todo, incluso el trabajo, para contestar cuando ella te escribía un puto mensaje de mierda a la hora que fuese.

Has conducido hasta Roma sin tomarte ni un descanso por las ganas que tenías de verla.

Llevabas toda la puta semana eufórico porque este fin de semana ibas a volver a encontrarte con ella.

Así que, de acuerdo, no volveré a sacarte el tema, pero no quieras tomarme por gilipollas, porque no lo soy.

—¿Has terminado ya de darme el sermón? —Lorenzo suspira y finalmente asiente—. Bien, pues me voy. Tengo cosas que hacer. Dile a mi hermano que le lleve las bolsas de cocaína a nuestro padrino cuando acabéis aquí.

Monto en mi coche, un Maserati MC20 de color negro, una maldita bestia de seiscientos treinta caballos y doble turbo, y cierro la puerta de un fuerte golpe, dejando a Lorenzo de pie en la acera cuando acelero a fondo y las ruedas chillan sobre el asfalto.

Aprieto los dientes muy fuerte al pensar en todo lo que acaba de decirme y le doy un violento golpe al volante, porque el cabrón tiene razón.

Estoy jodido desde que encontré a Giulia en la casa de mi tío y nos enteramos de nuestro parentesco.

Llevo furioso y desatado desde entonces.

No me controlo, no controlo mis actos. Solo han pasado dos días sin saber de ella y ya me he cargado a siete personas sin motivo alguno.

Necesito descargar la tensión y la rabia de algún modo, y hacerle comprender a mi mente que tenerla ya no es posible.

No puedo reclamarla para mí, como llevo deseando desde que la conozco.

Es la hija de mi padrino. Tenemos la misma sangre. Sería un puto escándalo.

Llevo reprimiendo las ganas de ir a verla desde que me largué la otra noche hecho un basilisco.

Es la primera vez, desde que me independicé de la familia, que me apetece regresar al palazzo y ocupar mi vieja habitación para estar cerca de ella.

Es un sinsentido, porque sé que no debo hacerlo.

Giulia y yo no podremos volver a estar juntos nunca, y esa certeza me pone tan furioso que podría despellejar a todos los gilipollas que se pongan en medio sin sentir el mínimo remordimiento.

Era perfecta para mí. Sí, vale, nos conocemos poco más de dos semanas, pero han sido suficientes como para tener claro que habría viajado a Roma durante el resto de mi vida solo porque ella estaría allí esperándome.

Puto destino. Puta mierda de vida. De entre todas las mujeres de este jodido mundo, ¿por qué ha tenido que ser ella la hija de Riccardo Barone?