13 #2
—¿Conque solo he sido yo? —Lo empujo con todas mis fuerzas, pero no logro moverlo ni un centímetro—. ¡Un embustero es lo que eres! ¡Así que tu nombre era Adriano De Luca! ¿De Luca? ¡Ja! ¡Eres un maldito Barone!
—De Luca es el apellido de mi madre.
—¡Ya lo sé, me lo dijo ella cuando casi me dio un síncope al verte aparecer! —bufo con ira—. Ni eres un De Luca, ni vives en Nápoles, ni perteneces a la maldita Camorra. ¡Y ahora resulta que la mentirosa soy yo!
—¡No quise asustarte, Giulia! ¡Todo el mundo teme a los Barone, pensé que saldrías huyendo cuando supieras quién era! —Me mira con desprecio—. ¡Pero no, porque tú eres de los nuestros, joder!
—¡Soy Giulia Fabbri!
—¡Eres la jodida hija de mi tío! —truena muy cerca de mis labios—. ¡Y me lo ocultaste!
—Iba a decírtelo esta noche.
—Ya —resopla él.
—¡No se te ocurra volver a llamarme mentirosa! ¡Si no te lo dije antes fue porque tampoco quise espantarte con el apellido de mi padre, pero todo lo demás que sabes sobre mí es cierto!
—¡Ahora eso ya da igual! ¡Somos familia! ¡Primos, joder! —Niega con la cabeza y me señala con el dedo índice—. Nadie puede enterarse del error que cometimos, ¿me oyes?
—¡Vaya, me habían llamado muchas cosas antes, pero es la primera vez que me dicen error ! —Lo miro a los ojos con fiereza, notando que un gran peso me aplasta el pecho, y doy media vuelta alejándome de él—. No quiero volver a saber nada más de ti. Vete de mi habitación, Adriano.
—¡No me des la espalda! ¡No se te ocurra darme la espalda en tu puta vida, porque todavía no hemos terminado!
—Me agarra por el brazo y me obliga a girar hasta que acabo aplastada contra su pecho musculoso.
Después enreda su otro brazo en mi cintura, cruel, y me aprieta con fuerza, hasta que nuestras bocas están tan cerca que siento su aliento en mis labios—.
Podría destrozarte, Giulia. No me costaría ni dos segundos partirte el cuello y dejarte caer sin vida a mis pies.
—Y a mí no me costaría nada gritar para que toda nuestra familia supiera lo que está ocurriendo.
—¡A mí no me amenaces! —Me zarandea.
Peleo contra él para que me suelte, pero solo logro desestabilizarme y acabar encajonada entre la pared y su cuerpo.
—¡Suéltame, maldita sea!
—No quiero —susurra contra mis labios con una sonrisa helada.
—Después de todo, yo tenía razón, ¿verdad? Tampoco eres ese hombre dulce que me hiciste creer.
—Podría haberlo sido, nena. Por ti habría sido el gilipollas más suave del mundo, pero me has jodido. No te lo mereces.
—Largo de mi habitación —repito entre dientes—. Ya.
—Me iré cuando quiera. A mí nadie me echa de ningún sitio. —Enreda los dedos en mi pelo y me obliga a levantar la cabeza—. ¿O es que vas a pelear contra mí para que me vaya?
—¡Me haces daño! —Intento pegarle, pero me inmoviliza del todo entre su cuerpo y la pared. Después vuelve a tirarme del pelo y nuestros labios se rozan. Me quedo muda.
No deja de mirarme con una intensidad que me confunde, es como si estuviera decidiendo entre permitirme seguir viviendo o, por el contrario, mandarme al infierno de una vez.
Entonces hace algo que me desconcierta del todo.
Apoya la mano en mi mejilla y la acaricia.
¿Por qué me acaricia? Es como si estuviera memorizando la textura de mi piel, cada pequeño surco de mi cara.
Es extraño para mí estar tan enfadada con Adriano y desear que no deje de tocarme. ¿Qué clase de locura es esta?
Sus dedos se posan en mis labios, delineando el arco de Cupido, acariciando su piel, mientras siento contra mi estómago la dureza de su polla.
Se me disparan los latidos cuando junta nuestras frentes e inspira mi aroma, llenándose los pulmones con mi olor.
Cierra los ojos y aprieta aún más la mano en mi pelo.
Sus labios tocan los míos y mi respiración se dispara.
Entreabro la boca y jadeo excitada, agarrándome con fuerza a sus brazos.
—Joder, Giulia —susurra con intensidad, logrando que me tiemblen las piernas sin remedio.
No puedo pensar en nada que no sea él, en lo que me hace sentir, en lo mucho que deseo que salve la ínfima distancia que nos separa y me bese de una maldita vez.
Sin embargo, un ruido sordo sobre mi cabeza rompe la magia del momento.
Adriano acaba de golpear la pared con el puño, mirándome como se mira a un imposible—. Joder, tentazione .
Entonces se aparta de mí. Lo hace con tanta brusquedad que me tambaleo.
Parece tan confuso como yo. No dice nada más, ninguno lo hace; no podría articular palabra aunque me lo propusiera.
Simplemente nos miramos a los ojos, cachondos, muy enfadados.
Hasta que de repente da media vuelta y camina hacia la puerta para abandonar mi dormitorio.
Sale dando un violento portazo, dejándome sola y con un vacío gigante en el estómago que no sé cómo gestionar.
◆◆◆
No puedo dormir en toda la noche. Juro que lo intento, pero lo ocurrido con él me mantiene despierta y nerviosa hasta que amanece.
Todavía en la cama, me rodeo las piernas con los brazos y apoyo la barbilla en las rodillas, me siento tan rara como nunca.
No sé si estoy preparada para volver a verlo ni si sé seré capaz de disimular delante de nuestra familia.
Cuando Adriano está frente a mí, mi cuerpo se comporta como un yonqui en busca de su dosis.
¿Cómo es posible que en solo dos malditas semanas me sienta de este modo?
No es lógico ni sano, y debo obligarme a fingir que esto no está ocurriendo.
La desesperación es tal que sopeso la idea de no acudir al desayuno.
Prefiero ayunar que ver de nuevo esos ojos furiosos sobre mí.
Necesito desahogarme con alguien, pero me es imposible hacerlo con ninguno de los Barone sin exponer lo que hemos hecho Adriano y yo.
Así que alargo la mano hasta la mesilla de noche y tecleo el número de la única persona con la que puedo vomitarlo todo.
Tras dar señal varias veces, la voz soñolienta de Siena me saluda al otro lado de la línea.
—Más te vale que sea importante, Giulietta. Estaba durmiendo.
—Es importante.
—Y estoy acompañada —apunta ella.
—¿Has conocido a un tío y no me habías dicho nada?
—En realidad, he conocido a dos. —Se ríe—. ¿Alguna vez has hecho un ménage à trois ? No, no me contestes, ya sé que no. En fin, yo tampoco… hasta esta noche.
—¡Siena! —exclamo mientras me tapo los ojos con una mano—. ¿Te has follado a dos tíos a la vez?
—En serio, deberías probarlo. He hecho cosas que no sabría ni explicar. Alucinarías con la elasticidad que tenemos ahí abajo.
Me echo a reír y niego con la cabeza, algo más despejada. No falla. Dos minutos hablando con mi amiga es mejor que una maldita terapia.
—No sé si quiero saberlo, la verdad.
—Repetiré, seguro. Nunca me habían follado por el culo.
—Vale, demasiada información por el momento.
Escucho que un suspiro sale de sus labios antes de continuar:
—Y, bueno, dime, ¿qué era esa cosa tan importante que tienes que decirme?
—Creo que me voy a morir —me quejo al recordar lo sucedido con él.
—Sí, ya, como todos.
—No, en serio, Siena, tengo una mala suerte del carajo.
—¿Te ha pasado algo malo con la familia de tu padre? ¿Los Barone se han portado mal contigo?
—Todavía peor.
—¿Te has quedado preñada?
—¡No! ¡Es por Adriano!
—¿Ha pasado de ti?
—¡Es mi puto primo! —Trago saliva—. ¡Hijo de mi tío Ettore! ¡Del hermano de mi padre!
—¡Espera! Creo que me he perdido. ¿De qué Adriano estamos hablando? Solo conozco a un Adriano al que te follas y es de Nápoles.
—No es de Nápoles. Me mintió.
—¡¿Qué cojones?! ¿Me estás diciendo que tu primo te mintió para poder follar contigo? ¡Qué turbio, coño!
—¡No, él tampoco lo sabía! ¡Ninguno sabíamos que éramos familia cuando…! —Me tapo la cara con una mano y lloriqueo como una niña—: ¡No es justo!
—Giulia, deja que lo procese durante unos segundos, te juro que me he quedado blanca.
—Pues imagínate yo. Estaba superilusionada con él. Dios, ¿por qué tengo tan mala suerte?
—Vamos a recapitular: Adriano es tu primo, no lo sabías y habéis follado como bestias.
—Básicamente, sí.
—Uf, te van a negar la entrada a la iglesia por hereje.
—Querrás decir por incesto, en todo caso —la corrijo.
—Eso suena mucho peor.
—Lo sé. Mierda, es que es mucho peor.
—Madre mía, es tu primo. Estoy flipando.
—Así llevo desde ayer.
—¿Y qué dice él? ¿Cómo ha reaccionado Adriano a la noticia?
—Mal. Me culpa de todo. Se comporta como si solo yo hubiera estado ocultando información, pero él también lo hizo, me mintió.
—Típico de los hombres. Ahora se lava las manos y la mala eres tú —bufa ella—. Estoy pensando en hacerme lesbiana.
—Te has zumbado a dos hombres a la vez esta noche, ¿cómo vas a hacerte lesbiana?
—De pensamiento.
—¡Cállate! —Me echo a reír—. A ti te encantan las pollas.
—Por desgracia. Y a ti te encanta la polla de tu primo.
—Sí, qué puta mierda —admito con voz triste.
—¿Y qué vas a hacer?
—Estoy pensando en volver a Roma.
—¡Espera! ¿Vas a volver a casa con el rabo entre las piernas por un tío al que apenas conoces? ¡Ni se te ocurra, Giulietta!
—No me apetece verlo todos los días.
—¡Entonces ignóralo! ¿No has dicho que está muy enfadado contigo?
¡Pues mejor! Adriano mantendrá las distancias y tú podrás seguir disfrutando de las vacaciones con tu padre.
¡Llevas años deseando que Riccardo Barone te incluya en su familia!
¡Ahora que por fin lo ha hecho, no vas a dejar que un tío lo estropee todo!
¡Aunque sea un maldito dios del sexo y esté buenísimo!
¡Eres Giulia Fabbri, nena, que no se te olvide!
¡Puedes merendarte a todos los Barone de este maldito mundo y dejar un hueco para el postre!
¡Así que ponte guapísima, finge tu mejor sonrisa y métete a esos mafiosos en el bolsillo!