13
Giulia
Me he acostado con mi primo. Con el hijo menor del hermano de mi padre.
Y lo peor de todo es que soy incapaz de reaccionar.
Me encuentro sentada alrededor de la mesa mientras mi familia paterna cena y habla despreocupada, sin sospechar que dos de sus miembros follaron como animales la pasada semana y se lo comieron todo el uno del otro.
Creo que voy a volver a vomitar por los nervios.
Apenas he probado bocado, aunque la nonna Maddalena no deja de llenar mi plato cada vez que me descuido.
No sé cómo me siento. Tengo tal nudo en el pecho que podría gritar y maldecir mi puta suerte a los cuatro vientos, y aun así sentirme tan miserable como ahora. Apenas participo en la conversación. Cuando me preguntan algo, me limito a responder con monosílabos o a sonreír con amabilidad.
Mis ojos van hacia él. Adriano se encuentra varias sillas más allá, a mi derecha, sentado entre Fabio y Teodoro.
Tiene la mirada puesta en su plato y no ha comido una mierda, igual que yo.
Parece muy enfadado, pues la rigidez de su cuerpo es evidente y su ceño fruncido no hace más que darme la razón.
Esto es un puto desastre. ¿En qué momento se ha convertido mi vida en una película de serie B sin ningún tipo de sentido?
¿Dónde ha quedado la ilusión por todo lo que iba a vivir estas dos semanas en Bari?
¿Con él? ¿Con mi familia? ¿Qué voy a hacer ahora?
—Por cierto, Riccardo, ¿dónde está tu esposa? —se interesa la tía Valentina antes de meterse un poco de ragú en la boca.
—Vittoria está indispuesta, os ruega que la disculpéis —responde mi padre.
Todos se limitan a asentir, pero ninguno de los presentes nos tragamos sus palabras.
La mujer de mi padre no ha asistido a la cena porque yo estoy aquí.
No quiere verme ni tenerme en su casa. Su antipatía no es algo nuevo.
Lo sé gracias a Alessandro. Mi hermano no es muy ducho guardando secretos y en más de una ocasión se le ha escapado el asco que me tiene su madre por ser el fruto de la infidelidad de su marido.
—Bueno, principessa —continúa mi padre, llamando mi atención y la del resto—.
Ahora que estamos todos, quiero que sepas que lo he pensado y que estoy de acuerdo en que ese chico del que me has hablado venga a visitarte.
Si de verdad es una persona seria y de buena familia, no me opondré a tener una conversación con él.
Mierda. ¿Puede dejar el destino de ser tan hijo de puta?
De manera mecánica, mis ojos van hacia Adriano, que acaba de levantar la vista de su plato y me mira con una hostilidad que no merezco.
Aprieta tanto la servilleta entre los dedos que sus nudillos están completamente blancos.
¿En serio? ¿Ahora resulta que la culpa es mía?
¿Toda? ¡Sí, bueno, es posible que yo le ocultase parte de la verdad, pero él me mintió deliberadamente, maldita sea!
¡Ni se apellida De Luca, ni vive en Nápoles y mucho menos pertenece a la Camorra!
¿Ahora se hace el ofendido? ¡Pues que se joda, porque yo también lo estoy! ¡Y muy desilusionada, por cierto!
Cuando vuelvo a centrar la atención en mi padre, me doy cuenta de que no solo me observa él, sino que los demás Barone también esperan una respuesta.
—He decidido que no va a venir, papá —suelto con una frescura que ahora mismo no siento—. Lo he pensado bien y me he dado cuenta de que, en realidad, no vale la pena. Estoy mejor sola.
Un golpe sordo en la mesa hace que todos giremos la cabeza hacia Adriano, al que poco le falta para saltar sobre mí como un lobo rabioso sediento de sangre.
—¿Te ocurre algo, hijo? —pregunta mi tío Ettore al verlo tan crispado.
—Nada, papá, todo está perfectamente —susurra con una rigidez antinatural.
—Me alegro de tu decisión, bambina mia —manifiesta mi padre con una enorme sonrisa por haberse salido con la suya—. Yo te buscaré un buen hombre. Esos gilipollas con los que sales no te convienen.
—Tienes razón —asiento movida por el enfado—. No sé en qué estaba pensando.
—Eres joven, y los jóvenes os equivocáis. Me alegra que hayas recapacitado. Tú déjamelo a mí, te encontraré al marido ideal.
—Seguro que me encanta tu elección. Meter a ese tipo en tu casa habría sido un gran error. —Sonrío con tirantez y levanto la cabeza, altanera—. Oye, papá, ¿sería de muy mala educación retirarme ya a mi dormitorio? Estoy muy cansada. Hoy ha sido un día de grandes emociones.
—Me encantaría que te quedases con nosotros, piccola , pero comprendo que necesites descansar. No todos los días se conoce a toda una rama de la familia.
Después de que palmee mi mano y me dé su aprobación, me levanto de la silla y miro con amabilidad a todos los Barone, excepto a Adriano, al que ignoro a conciencia.
—Disculpadme. Estoy agotada. Prometo que mañana pasaré más tiempo con la familia. —Luego le sonrío a mi abuela—. Buenas noches, nonna . Estaba todo buenísimo.
◆◆◆
Recorro a la carrera los últimos metros que me separan de mi dormitorio, poniendo distancia lo más rápido posible.
Me tiembla todo. Mi cuerpo se ha convertido en una maldita gelatina.
Siento tal flojedad en las piernas que, como no llegue pronto, acabaré cayendo de bruces al suelo.
Necesito pensar fríamente en lo que acabo de vivir allí abajo, rezar para que el aire vuelva a llenar mis pulmones y no morir asfixiada como una estúpida.
Una vez me encierro en mi habitación, apoyo la espalda en la pared colindante a la puerta y cierro los ojos tan fuerte que veo cientos de estrellitas centelleantes.
—Mierda, mierda, mierda —susurro entre dientes con un profundo nerviosismo jodiéndome por dentro—. ¿Es mi puto primo? ¿En serio?
Y yo que pensaba que la vida no podía ponerse más hija de puta conmigo después de haber pasado toda la vida siendo señalada como la bastarda de Riccardo Barone.
¡Sorpresa! Pues resulta que sí. Esto ya es pasarse de crueldad.
¡Estaba muy ilusionada con él! Pensaba que todo estaba yendo sobre ruedas, que había encontrado a un tío que de verdad valía la pena, pero la realidad es muy distinta.
¡Me he acostado con el hijo de mi tío Ettore!
Con Drio Barone, la mala bestia que le destrozó la cara al tipo de la furgoneta, uno de los mejores ejecutores de la familia, según mis hermanos. ¡Es Adriano, maldita sea! ¡Mi Adriano!
Estoy tan confusa que no dejo de darle vueltas intentando comprender cómo demonios ha podido pasar.
Apoyo una mano en la pared y miro a mi alrededor, sintiendo que todo lo que me rodea es irreal.
Desde la enorme cama con dosel, propia de una princesa, las torneadas mesitas de noche en madera de cedro colocadas a cada lado del cabezal, las mullidas alfombras en tonos crudos, hasta el amplio baño, al que no le falta detalle.
¿Qué estoy haciendo aquí? Me siento fuera de lugar, jugando a ser la orgullosa hija de un mafioso cuando en realidad solo soy Giulia Fabbri, una chica normal, con una vida y un trabajo normales.
Ni siquiera estoy segura de si debería quedarme las dos semanas que le prometí a mi padre. Y mucho menos después de esto.
Me aparto de la pared y camino lentamente hacia la cama, comenzando a desabotonarme el vestido.
Estoy muy cansada. La desilusión por lo que acaba de pasar me ha deshinchado por completo.
Sin embargo, de golpe, la puerta de mi habitación se abre con violencia y una persona se cuela dentro, asegurando el pestillo antes de girarse y mirarme con esa misma hostilidad con que me premió estando rodeados de los Barone.
Adriano.
—¿Qué haces aquí? —pregunto con aspereza. Luego me llevo una mano al pecho para cubrirme, ya que llevo varios botones del vestido desabrochados.
Su presencia empequeñece lo que nos rodea.
Lo siento enorme frente a mí. Amenazador.
Va vestido con unos tejanos oscuros y una camiseta blanca, sencilla, sobre la que lleva puesta una chupa de cuero que le queda de vicio.
Es la máxima expresión de lo masculino y lo sexi.
Pero esta vez sus ojos no me miran con deseo, sino con rabia.
Sus labios están fruncidos en una mueca de desagrado mientras que su postura rígida da a entender que esta situación le incomoda tanto como a mí.
Durante los primeros segundos no contesta, sino que me mira de arriba abajo, con un gesto tan impersonal como el de cualquier desconocido.
—¿Qué coño significa todo esto, Giulia? —ruge y camina hacia mí.
Cuando lo tengo enfrente, levanto la mirada y mis pupilas encallan dentro de las suyas.
Su respiración es rápida y la rigidez de sus brazos es notable, sobre todo cuando aprieta de nuevo los puños.
Me odia. La forma en que me mira lo deja bastante claro.
Me culpa de todo lo que ha pasado, le da igual que yo tampoco entienda nada.
¡Pues que le jodan! ¡No voy a representar el papel de mártir!
—No lo sé, dímelo tú, Drio, Adriano, o como quieras que te llames —lo reto, negándome a demostrar lo que siento de verdad.
—¡No juegues conmigo y contesta a mi pregunta! —grita él.
—Largo de mi habitación.
—¡No me sale de los huevos irme! —Da otro paso hacia mí, quedando tan cerca que nuestros muslos se rozan—. ¿Tú lo sabías? ¿Sabías que nuestros padres eran hermanos?
—¿Qué? —Lo miro con su misma hostilidad y luego resoplo y me echo a reír—. ¿Que si lo sabía? ¡Pues claro, me encanta follarme a todos mis primos!
—¡No se te ocurra usar el sarcasmo conmigo! ¡No sabes con quién estás hablando!
—Y encima me amenazas. —Me cruzo de brazos—. ¿El chico encantador que me prometía todo también era una farsa? ¿Este es tu verdadero carácter?
—¡Eres mi jodida prima!
—¡Y tú una puta bestia que destroza caras! —lo ataco también.
—¿De qué hablas?
—Del tipo de esta tarde, el que mis hermanos recogieron de la nave. ¡Tú le hiciste esa mierda!
—¡Es mi trabajo! ¡Y no tienes ningún derecho a opinar sobre mí cuando solo me has dicho mentiras desde que nos conocemos!