11
Giulia
Si dijera que el resto del viaje sigue siendo tan relajado y agradable, me crecería la nariz hasta la estratosfera.
No he estado tan tensa y ansiosa en toda mi vida.
El hombre ensangrentado que tengo al lado no ha dejado de quejarse y lloriquear durante todo el trayecto.
Alessandro ha acabado apuntándolo con su arma para que cerrase el pico de una vez y lo dejara comerse otra de sus barritas energéticas tranquilo.
Me niego a mirarlo. No quiero volver a ver sus ojos suplicantes ni lo destrozado que tiene el rostro.
Si lo hago, acabaré saltando de la furgoneta en marcha y huyendo con el rabo entre las piernas de vuelta a casa.
Estoy tan nerviosa que no me doy cuenta de que Fabio ha parado el vehículo hasta que la puerta vuelve a abrirse y Alessandro saca al tipo de un fuerte tirón, haciéndolo caer de bruces al suelo.
—De pie, hijo de puta, se te ha acabado el viaje.
—Giulia —la voz de Fabio me sobresalta—. Quédate un momento por el jardín. Papá tiene que ocuparse de unos asuntillos antes de darte la bienvenida.
Asiento de forma convulsiva y salgo de la furgoneta como si el asiento me estuviera abrasando el trasero.
No tengo que preguntar cuáles son esos asuntos, porque el asunto en cuestión vuelve a caer de rodillas frente a nosotros cuando mi hermano mayor lo empuja con bestialidad para que eche a andar.
Pensar en el horrible desenlace que sufrirá ese hombre me pone el vello de punta.
Así que doy media vuelta con la ansiedad mordiéndome el estómago, sin despedirme de ellos ni agradecerles el viaje, y me alejo por un camino bordeado de setos al que grandes árboles proporcionan sombra.
No sé hacia dónde conduce. A algún lado llevará, digo yo. Me da igual. Necesito tomar distancia.
De todos modos, ni siquiera sé dónde estamos. He pasado los últimos quince minutos tan nerviosa que mi mente no ha almacenado esa información. Camino con el estómago revuelto hasta que ya no aguanto más y acabo vomitando detrás de un enorme ciprés.
—Mierda —susurro tras enjuagarme la boca con un poco de agua que llevo en el bolso—. Y solo son las primeras horas con los Barone. Joder.
Apoyo la espalda en el tronco y, ahora sí, algo más repuesta, levanto la vista hacia lo que me rodea.
Estoy en medio de un jardín de estilo renacentista, precioso, muy bien cuidado y repleto de plantas en plena floración; limoneros y algún que otro olivo centenario.
A mi alrededor vuelan mariposas de colores.
Si no acabase de ver a un tipo ensangrentado en la furgoneta de mis hermanos, podría jurar que estoy dentro de un sueño.
Incluso hay estatuas que evocan la monumentalidad y el realismo etrusco, esparcidas a lo largo del camino.
Los muros del lugar no me dejan ver qué hay tras ellos pues, además de ser bastante altos y contar con cámaras de seguridad, están flanqueados por árboles que dan sombra a la mayor parte del terreno.
Me obligo a seguir caminando y me adentro aún más en el sendero que bordea el jardín, en el que encuentro una espectacular fontana esculpida como si fuera un teatro romano. La contemplo con detenimiento. El sonido del agua y la belleza de la composición son hipnóticos.
—Espectacular, ¿cierto? Es obra de Nicola Salvi, el arquitecto que diseñó la Fontana di Trevi.
Una repentina voz femenina a mi espalda me sobresalta.
Cuando me doy la vuelta, encuentro a una mujer madura de cabellos negros, rostro anguloso y unas marcadas líneas de expresión alrededor de los labios y la frente.
Va vestida con una elegante sencillez. Pantalones de pinza azul marino y camisa crema con motivos geométricos que acentúan las bonitas formas de su cuerpo.
Debe de ser Vittoria Conti, la mujer de mi padre.
—Lo siento, no pretendía husmear por su jardín —digo sin saber muy bien cómo comportarme frente a ella—. Es que… me han dicho que esperase aquí y…
—No te disculpes, querida. Tu padre me ha pedido que te haga compañía hasta que acabe con los asuntos que tiene entre manos.
—Sonríe y da un paso hacia mí, observándome con detenimiento—.
Santo Dios. Eres bellísima. Te pareces mucho a tu madre.
A Vittoria no va a gustarle tener un clon de Elena Fabbri en nuestra casa. Es un tema espinoso para ella.
—¿Usted no es…? Disculpe, pensé que era Vittoria.
—Soy tu tía Raffaella, la mujer de Ettore, el hermano de tu padre.
—La madre de Teodoro y Drio —ato cabos.
—¿Ya conoces a mis hijos?
—Mis hermanos me han hablado de ellos.
—Les vas a encantar. La familia lleva mucho tiempo deseando conocerte, Giulia. —Apoya una mano en mi hombro y lo frota con calidez—. Si esta presentación se ha atrasado tanto ha sido para no incomodar a Vittoria.
—No quiero molestar a nadie.
—Tendrá que acostumbrarse —le quita importancia—. Este también es tu hogar. Riccardo habla maravillas de ti. Dice que eres perseverante, trabajadora y cabezota, como una buena Barone.
—Pues es mucho más de lo que me ha dicho a mí.
—Mi cuñado no es de los que se deshacen en halagos con nadie, pero se nota que está muy orgulloso de la mujer en que te has convertido.
—Vaya. —Se me forma un incómodo nudo en la garganta con el que no puedo tragar con normalidad. Después de toda una vida desempeñando el papel de la bastarda indeseada y apartada de la familia, escuchar esto en boca de una Barone es, cuando menos, sorprendente.
—Vamos, te acompañaré al despacho de tu padre. Estará a punto de terminar con los asuntos que tenía pendientes. Lleva eufórico desde que aceptaste venir al palazzo .
—¿ Palazzo ? —¿En serio? ¿Los Barone viven en un maldito palacio?
—El Palazzo Porto Antico —asiente Raffaella—.
Tu padre y mi marido lo compraron hace más de treinta años, cuando el negocio comenzó a ser rentable.
Si seguimos el camino de la fontana, llegaremos a la entrada.
El terreno es irregular y los árboles no nos dejan verlo. Está construido en lo alto de la loma.
—¿Tan grande es la propiedad?
Asiente en silencio.
—Cuenta con once hectáreas, embarcadero propio y playa privada.
Hasta que mi cuñada Valentina y sus hijos se fueron, toda la familia vivíamos junta.
Y, bueno, ya sabes, los niños crecen y quieren independizarse.
—Sonríe—. Mis hijos también se fueron a vivir a sus propias casas.
Los únicos que se quedaron con nosotros fueron tus hermanos, pero también se marcharán cuando se cansen de convivir con los carcamales de sus padres y sus tíos.
Me río por lo bajo con ella y continuamos paseando hasta que una construcción señorial aparece ante nosotras.
Un palacio. Un. Puto. Palacio. De estilo barroco tardío, repartido en dos plantas construidas en piedra caliza que ha adquirido un tono dorado con los años.
Tiene infinidad de balcones de hierro forjado y varios escudos familiares erosionados por el aire salino del Adriático.
Los grandes portones de madera oscura están reforzados con clavos de bronce y permanecen abiertos de par en par.
—Joder —susurro por lo bajo sin ser capaz de asimilarlo. Otro detalle más que explicarle a Adriano cuando tenga que contarle la verdad sobre mi familia.
Raffaella continúa hablando sin darse cuenta de que estoy a punto de sufrir un shock por la impresión.
No, en serio: ¡mi padre vive en un maldito palacio barroco!
Una vez dentro, cruzamos el vestíbulo de techos abovedados y coloridos frescos que representan una escena mitológica que no reconozco.
Al llegar a la sala principal, lo primero que llama mi atención son las lámparas de cristal de Murano que deben de costar tres riñones y medio cada una.
Además de las alfombras orientales que cubren el suelo y la infinidad de retratos de gente que no conozco y que nos observa desde las paredes.
—El despacho de tu padre está en la planta superior. La tercera puerta por el pasillo de la derecha.
—Espera, Raffaella, ¿no me acompañas? —La miro suplicante.
—Tranquila, no tiene pérdida, yo tengo que ocuparme de unos asuntillos. —Me da un beso en la mejilla—. Nos vemos a la hora de la cena.
Abro la boca para responder; sin embargo, el fuerte eco de un disparo, el cual reverbera por cada rincón del salón, me hace contener el aliento y agarrarme fuerte a su mano. La miro horrorizada.
—¿Qué cojones…?
—Ahora sí, Riccardo ha terminado con sus negocios. Ve con él, te estará esperando.
No oigo nada mientras subo por las escaleras en dirección al despacho de mi padre; mi corazón late demasiado fuerte como para escuchar otra cosa que no sean sus latidos desbocados.
—Qué buena idea, Giulia —susurro sarcástica—.
Qué divertido es visitar a papá y mezclarte con su familia de asesinos.
¿En qué coño pensabas? —Subo otro escalón—.
Vas a pasar dos malditas semanas de tus vacaciones de verano en un palacio repleto de mafiosos para sentirte parte de una familia a la que nunca le has importado un carajo.
Alcanzo el último escalón y miro a ambos lados del señorial pasillo.
Después, tomo rumbo a la derecha, tal y como me indicó mi tía Raffaella.
Al fondo, escucho voces amortiguadas. Supongo que saldrán del despacho de mi padre.
Cuando estoy a punto de llegar, la puerta se abre de golpe y por ella aparecen Alessandro y Fabio bromeando, mientras arrastran por el suelo un enorme saco manchado de sangre del que asoma una pierna.
Y da la casualidad de que esa pierna lleva los mismos pantalones que el tipo de la furgoneta.
Me tapo la boca para ahogar un grito y pego la espalda a la pared cuando pasan por mi lado. Fabio me guiña un ojo.
— Piccola , papá te está esperando.
—Nos vemos a la hora de la cena —añade Alessandro, dando un tirón tan contundente al saco que la otra pierna se une a la primera y ambas acaban arrastrándose por el suelo—. Volveremos a casa enseguida. Tenemos que sacar la basura primero.
El trayecto que me separa del despacho lo hago a toda leche, con la ansiedad bailando en mi estómago. Así que, cuando cruzo la puerta, estoy hiperventilando.
— Principessa , ¿qué te pasa?
La profunda voz de mi padre me hace levantar la mirada hacia un antiguo escritorio de madera que preside la sala, donde Riccardo Barone se encuentra revisando unos papeles.
Su presencia resulta abrumadora. Desprende tal dominio y liderazgo que me siento insignificante a su lado.
Es un hombre apuesto de cabello moreno cubierto de canas, rostro cuadrado y severo, que siempre suaviza cuando me tiene enfrente.
Posee una altura considerable que ninguno de mis hermanos ha podido superar.
A sus sesenta y un años, goza de una energía arrolladora que podría desbancar a cualquier jovencito que empieza en el negocio.
Al verme tan nerviosa, deja los papeles a un lado y recorre la distancia que nos separa para darme un abrazo que intenta ser tranquilizador; aunque a mí se me antoja agobiante al recordar que acaba de disparar a una persona.
—Papá, ¿qué demonios has hecho? —le recrimino nada más abrir la boca—. Ese hombre… El de la furgoneta…
—¿Qué le pasa?
—¡Lo habéis matado!
—Estaba enfermo, no sufras por eso.
—¿Enfermo? No fastidies, ¿y qué tenía? ¿Agujeritis fulminante? ¿Plomitis aguda?
Mi padre se echa a reír y niega con la cabeza, mirándome como si fuera la cosita más inocente y dulce del mundo. Comparada con todos ellos es posible que lo sea.
—Es parte del negocio, bambina ; yo no escribí las reglas, me limito a hacerlas cumplir. Quien traiciona a los Barone paga las consecuencias.
—¿No podrías haberle pedido dinero o algo así?
—En nuestro mundo las cosas no funcionan de ese modo, Giulia. Esos gilipollas deben comprender que con nosotros no se juega.
—¿Quién… quién era?
—Nadie importante. —Rodea mis hombros con un brazo—. Estás aquí para relajarte y conocer a la familia. Deja que yo me ocupe de lo demás. Limítate a disfrutar el tiempo que pases con nosotros.
Sé que tiene razón. Sabía qué iba a encontrar cuando acepté venir.
No son santos. Siempre lo he sabido y nunca me ha importado demasiado.
Me dolía más pensar que para Riccardo Barone yo era una donnadie.
A ver, no es que me dé igual que mi familia paterna vaya cargándose a gente a diestro y siniestro, pero lo tengo asumido desde que era una niña.
—Está bien, intentaré relajarme y disfrutar de estos quince días contigo.
—Así me gusta, principessa . Estoy deseando que toda la familia conozca a mi pequeña. Tu abuela lleva preguntando por ti desde que le dije que vendrías.
—¿Mi abuela? —Abro los ojos como platos. Siempre he sabido que tenía una, pero para mí era algo tan lejano que nunca he considerado a esa señora como a una abuela.
—La conocerás en la cena. Ahora está descansando. Lleva todo el día preparando la comida de esta noche.
—¿Ha cocinado ella sola?
—La nonna Maddalena no deja que nadie entre en su cocina. —Se ríe—. Hace tres meses amenazó con un picahielos al chef que tu tío Ettore contrató para aliviarle el trabajo.
Me muerdo el carrillo para no reír porque sé que tuvo que ser horrible para ese pobre hombre verse amenazado por una matriarca de la mafia agresiva y territorial.
—Me… me han dicho Fabio y Alessandro que toda la familia ha venido a Bari para conocerme.
—Ajá. Nadie ha querido perderse la presentación de mi pequeña. —Aprieta su abrazo y me besa en la frente—. Ven, acompáñame, te llevaré a tu habitación. Todavía faltan unas horas para la cena. Querrás darte una ducha, ponerte cómoda y organizar tu ropa en el armario.