10 #2
—Déjala en paz, joder —resopla Fabio y le da un empujón para que vuelva a sentarse bien—. Métete en tus asuntos. Es mayorcita. Bastante tiene con papá.
Nota mental: comprarle a Fabio un regalo de la hostia esta Navidad. A Alessandro, no, porque empieza a discutir sobre mi edad y mis obligaciones con la familia. Que si debo casarme con alguien que ellos elijan… Que si las buenas mujeres italianas deben hacer esto y aquello…
Desconecto mentalmente. He escuchado esta conversación cientos de veces y siempre acaba igual: Giulia tiene que obedecer lo que diga papá. Y no me sale de las narices. Punto.
Sin embargo, una nueva llamada los interrumpe mientras siguen enzarzados en la discusión. Y esta vez no es mi teléfono, sino el de Alessandro. Mis hermanos callan de repente y el susodicho se coloca el aparato en la oreja antes de contestar:
—¿Qué ocurre, Teo? Sí, estamos a punto de llegar a Bari.
—Alessandro se queda en silencio unos segundos antes de responder—: Llevamos a mi hermana en la furgoneta, ¿de verdad te ha dicho que hagamos eso?
Ah, está bien. Sin problema. Dile a Drio que en quince minutos llegaremos al almacén. Que tenga la mercancía preparada.
Cuelga.
—¿Me desvío entonces hacia el almacén? —se asegura Fabio antes de dar media vuelta.
—Tenemos que llevarle a papá la mercancía. La está esperando.
—¿Y qué pasa con Giulia?
Alessandro se gira de nuevo hacia mí.
— Piccola , ¿te molesta que hagamos un trabajito antes de llevarte a casa?
—Adelante. —Primer viaje con mis hermanos y mi primera incursión en las ilegalidades de los Barone. En fin, vengo preparada mentalmente para ver alijos de droga, sobornos y todo lo demás.
—Te dejaríamos primero en casa, pero papá le ha dicho a Teo que quiere la mercancía ya.
—¿Quién es Teo? —me intereso tras escuchar varias veces ese nombre.
—Teodoro, el hermano de Drio.
—Vale, genial, tampoco conozco al tal Drio.
—Son los hijos del tío Ettore, del hermano de papá.
—Vale, así que finalmente tengo primos. —Sonrío.
—Tienes seis primos —asiente Fabio—. Teodoro y Drio, y los cuatro hijos de la tía Valentina: Luca, Marco, Giovanni y Leonardo, que viven en Livorno.
—¿Todo chicos? ¿No tengo ninguna prima?
—Los Barone solo sabemos engendrar machos —contesta Alessandro orgulloso—. Tú eres la única niña de la familia.
—Eres la primera a quien consentir, piccola . Se pelearán por pasar el tiempo contigo.
—¿Van… van a estar todos en casa de papá?
—Nadie ha querido perderse tu visita —comenta Fabio sonriente—. Y papá tampoco lo hubiera consentido. Es importante para él que la familia conozca a su pequeña. Considéralo tu presentación formal después de veinticuatro años.
A veces no sé para qué abro la boca. Si hubiera estado calladita, ahora mismo seguiría en mi casa, tranquila, esperando a Adriano, y no de camino a convertirme en la estrella del show en un nido de mafiosos. ¿Es demasiado tarde para arrepentirme y pedir que me lleven de vuelta a Roma?
Tras varios minutos en silencio, Fabio para el coche frente a una enorme nave de ladrillo construida en medio de ninguna parte.
Un almacén que parece haber tenido tiempos mejores y que luce abandonado desde hace décadas.
Alessandro y Fabio salen de la furgoneta y me ordenan que no me mueva de aquí.
¿Adónde creen que voy a ir? No sé dónde estoy.
Suben la persiana de la nave y entran como si nada.
Claro, estarán acostumbrados a pasear por sitios como este en busca de la mercancía con la que trapichean los Barone.
Me entretengo sacando el teléfono y entrando en mis redes sociales; esas que tengo olvidadas desde hace años y a las que prácticamente no hago ningún caso.
Si voy a tener que viajar los últimos kilómetros hasta la casa de mi padre junto a un alijo de droga, necesito una fuente de entretenimiento y hacer scroll a lo bestia.
No tardan demasiado. Cuando me doy cuenta, Fabio ha vuelto a ocupar el asiento del conductor y Alessandro abre la puerta trasera, a mi lado, para cargar la mercancía.
—Quieto aquí, perro —rumia entre dientes.
Y cuando levanto la mirada hacia la supuesta droga, lo que encuentro es a un tipo maniatado y con el rostro cubierto de sangre que me mira suplicante.
—¡Pero qué cojones, Alessandro! —Pego el cuerpo todo lo posible a la puerta y lo miro horrorizada.
El hombre que mi hermano acaba de cargar a mi lado parece de mediana edad, aunque su rostro está tan destrozado que no podría asegurarlo.
Tiene un ojo cerrado, hinchado y muy amoratado, la nariz rota y su boca rezuma sangre al haberle arrancado varios dientes.
—Tranquila, piccola , si quiere seguir respirando, este gilipollas no moverá ni un músculo.
—¡Está herido! ¡Este hombre…! ¡Su cara!
—Drio ha hecho un buen trabajo, ¿verdad?
—No jodas, ¿te… te refieres a nuestro primo? —Los observo sobrecogida porque al tipo le cuesta hasta respirar—. ¿Él le ha hecho esto?
—Es un artista haciendo cantar a los traidores que venden a la familia —dice Fabio con orgullo.
—Joder, joder… —Mi recién estrenado primo es una mala bestia, maldita sea.
Entonces Alessandro coge del cuello al tipo y lo zarandea amenazante, logrando que toda la furgoneta se balancee por la fuerza con que lo hace.
—Y tienes suerte de que no te haya matado, hijo de puta —susurra despectivo—. Pero no cantes victoria todavía. Mi padre se encargará de terminar contigo ahora que has admitido tu traición.
Voy a vomitar. Juro que vomitaré aquí mismo si pienso en el desenlace que le espera a este hombre. Lo más triste es que no debería sorprenderme la crueldad de los Barone. Llevo toda la vida escuchando barbaridades sobre ellos, pero una cosa es oírlo y otra vivirlo en primera persona.