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Giulia
Solo voy a estar dos semanas en la casa de mi padre. No me preocupo por llevar demasiado equipaje; el justo y necesario para no ir en bañador delante de los Barone.
Bari es un destino turístico cada vez más popular entre las familias italianas. La ciudad es bonita y sus playas no están masificadas, por lo que vaticino que pasaré las horas muertas en la arena. Sobre todo, si me siento incómoda rodeada de la familia de mi padre.
Llevo años, qué digo años, toda la vida soñando con que Riccardo Barone me invite a conocer a los suyos, pero ahora que se va a hacer realidad, no sé si habría sido mejor rechazar la invitación.
Estaré rodeada de mafiosos a los que no conozco de nada.
Sí, ya sé que no van a poner mi vida en peligro; no obstante, ¿de qué voy a hablar con ellos si no tenemos nada en común?
Yo no entiendo de negocios turbios ni de extorsión; me dan miedo las armas y le tengo pánico a la sangre.
Soy todo lo contrario a lo que debería ser la hija de un mafioso.
Si no fuera demasiado tarde, cancelaría el viaje.
Pero mis hermanos están aquí. De hecho, Alessandro continúa apoyado en el marco de la puerta de mi habitación, observando cada cosa que hago.
Vigilante, no se le escapa el mínimo movimiento.
Y me está poniendo de los nervios. Lleva unas gafas de sol sobre la cabeza mientras mastica a placer un bocado del panini que sostiene en la mano derecha.
Es el mayor de los hijos de Riccardo Barone y el que heredará el cargo de capo cuando él falte.
Alessandro es un tío alto, fuerte y guapo, con mirada de perdonavidas y el cabello perfectamente echado hacia atrás gracias al kilo y medio de gomina con el que suele peinarse.
Tiene treinta y cuatro años, está soltero por decisión propia y, de mis dos hermanos, es el más parecido a nuestro padre.
Posee un rostro cuadrado de lo más anguloso, unos intensos ojos marrones y la habilidad de comer a todas horas sin llenarse.
Es como un pozo sin fondo versión mafiosa.
Y un cabrón al que nadie quiere tener de enemigo.
—Estás llenando el suelo de migajas y barrí esta mañana —bufo, cerrando la maleta.
—Le prometí a papá que no te quitaría la vista de encima hasta que llegásemos a Bari —responde con su voz de macho alfa—. Además, me aseguro de que no haya escondido por aquí otro gilipollas que se crea lo suficientemente bueno para estar con mi hermana.
—Alessandro, no te metas en mis asuntos —le advierto con voz tensa.
—Tus asuntos son nuestros asuntos. Le rajaré el cuello al próximo que se atreva a tocarte.
—Ni se te ocurra, ¿me oyes? Soy mayorcita para arreglármelas sola.
Suelta una suave carcajada y niega con la cabeza tras darle otro bocado al panini .
—Tendrías que haber visto a ese gilipollas de Domenico Vitale bailando la tarantela mientras le apuntaba con la pistola.
—A mí no me hace gracia. No podéis encerrarme en una jaula ni evitar que los hombres se interesen por mí.
—Cuando quieras un hombre, papá te conseguirá un marido como Dios manda. Mientras tanto, seguiré divirtiéndome con tus amiguitos.
—¿Te gustaría que yo hiciera lo mismo con las mujeres que te follas?
—No es lo mismo, Giuli. Yo soy varón.
—Y un machista del carajo. —Resoplo. Después, bajo la maleta de la cama y tiro del asa hasta que me pongo frente a él—. Quítate de en medio, ya he terminado.
—Pero no te enfades, piccola . Esto lo hacemos por tu bien. —Frunzo el ceño y levanto la mirada hasta que nuestros ojos coinciden. Luego, de improviso, le doy un gran bocado a su panini , dejándolo casi sin nada. De hecho, me cuesta masticar de tan llena que tengo la boca—. ¡Eh, mi comida!
Cuando consigo tragar, fuerzo una sonrisa.
—Es el precio por meterte donde no te llaman. —Le doy un empujón—. Ya podemos irnos.
Salgo a la calle perseguida por Alessandro, que murmura enfadado por haberlo dejado sin su comida.
Que se aguante. No voy a seguir permitiendo que todo el mundo se crea con el derecho de meterse en mis asuntos.
Tiro de la maleta y me dirijo a una furgoneta negra aparcada frente a mi edificio, de la que se incorpora un hombre que me saluda con una suave sonrisa.
Es Fabio, mi otro hermano.
A diferencia de Alessandro, Fabio es un tipo más diplomático. Con él se puede hablar sin que acabe soltando ninguna gilipollez sobre la diferencia entre sexos. Quizá sea porque es el más joven de los dos, casi de otra generación, pues solo es un año mayor que yo.
—¿Cómo estás, piccola ? —Me abraza con fuerza y besa mi frente—. Cuánto tiempo sin verte.
—Estaría mejor si el monstruo de las galletas dejase de meterse en mi vida —respondo, señalando a Alessandro.
Se echa a reír y niega con la cabeza.
—Nosotros solo seguimos órdenes.
—Pues podrías hacer oídos sordos de vez en cuando, ¿no?
—Sabes tan bien como yo que papá nos cortaría el cuello. —Frota mis brazos—. Se toma muy en serio tu seguridad.
También es moreno, aunque su cabello se tiñe de reflejos color miel bajo la luz.
Es guapo y alto, pero con el rostro más afilado que Alessandro.
Sus ojos son verdes y tiene una arruga permanente en el ceño que solo desaparece cuando sonríe.
Mi padre asegura que Fabio es un clon de su mujer, Vittoria.
Sin embargo, aparte de saber su nombre y que no soy de su agrado, nunca la he visto.
—Antes de emprender el viaje, pasa por una gasolinera —ladra Alessandro cuando llega a nuestro lado—. Tengo hambre.
—Te acabas de comer un panini , joder.
—La piccola me lo ha robado a traición.
Cuando ambos se quedan mirándome, la sonrisa se me amplía en los labios.
—Ups —me hago la inocente.
Fabio suspira y abre la puerta trasera de la furgoneta para cargar el equipaje. Después, coge la maleta en peso y la asegura con una cinta a uno de los laterales.
—¿Dónde está el resto de tus cosas?
—Solo llevo esto.
—¿Una maleta para dos semanas? —Levanta las cejas—. ¿Estás segura?
—Voy a pasar casi todo el día en la playa, tampoco es que necesite veinte vestidos de gala, ¿no?
—Y si los necesitas, papá te los comprará —sentencia Alessandro, hinchando el pecho.
—Tengo mi propio dinero.
—Ya conoces a Riccardo Barone, no querrá que gastes ni un euro mientras estés en casa. Acostúmbrate a que te consienta.
—Venga, vámonos, el viaje es largo —apremia Fabio, que cierra el maletero y se acomoda al volante—. Si no nos damos prisa, nos pillará atasco para salir de Roma.
Tomo asiento en el sillón de atrás y me pongo el cinturón cuando el coche comienza a moverse. Es la primera vez que viajo a Bari, pero he buscado la distancia por internet y sé que se tarda más de cuatro horas en llegar.
◆◆◆
Paramos varias veces a lo largo del camino para que Alessandro compre comida.
No, en serio, mi hermano mayor debe tener algún parásito intestinal para comer de este modo sin engordar.
Es casi enfermizo. Por lo demás, es un viaje bastante tranquilo.
Fabio conduce relajado y la música es aceptable.
De vez en cuando pego alguna cabezada, aunque la vibración del cristal en mi mejilla acaba despertándome.
Hablamos a ratos. Preguntan por el trabajo en el colegio, por mis amistades.
Me cuentan cosas de su vida en Bari, de la familia, alguna pincelada del negocio…
Y ninguno de los dos me ha dejado pagar nada desde que estoy con ellos.
Cuando paramos en alguna gasolinera, se ocupan de comprarlo todo.
He decidido no salir más del coche hasta que lleguemos a la casa de nuestro padre.
Ha llegado un punto en que compran cada cosa que llama mi atención, aunque no lo quiera, aunque solo lo esté mirando y ni siquiera me apetezca.
Parece una competición por ver quién me consiente más de los dos.
Media hora antes de llegar, el sonido del teléfono me despierta de otra pequeña cabezada. Al mirar los mensajes y ver el nombre de Adriano en la pantalla, un intenso burbujeo me remueve el estómago.
Adriano
Qué raro no haber recibido ningún mensaje tuyo esta mañana, tentazione .
Giulia
Voy de camino a la casa de mi padre.
Giulia
No estoy sola.
Adriano
¿Te acompaña algún miembro de mi futura familia política?
Giulia
Mis hermanos.
Adriano
¿Me los presentarás cuando vaya mañana a verte?
Me muerdo el labio inferior al pensar que muy pronto tendré que hablarle a Adriano de los Barone y explicarle que no estoy en Roma.
No quiero, maldita sea. No me apetece meter a mi familia tan pronto en nuestra relación, pero es inevitable.
Merece saber con quién se está viendo y en qué maldito lío se está metiendo, porque, en cuanto mi padre y mis hermanos sepan de su existencia, empezarán a amenazarlo.
Además, Bari está demasiado lejos de Nápoles como para que venga a pasar un día.
Lo más probable es que no podamos vernos esta semana.
Quizá la próxima. Bueno, eso si no sale huyendo cuando sepa quién soy.
Giulia
Si quieres conocerlos, te los presentaré.
Adriano
Pero primero te raptaré durante algunas horas para hacerte todas las guarradas que tengo en mente desde el domingo pasado.
Giulia
Lo estoy deseando.
Adriano
¿Le has hablado ya a tu padre de mí?
Giulia
Aún no lo he visto. Quizás esta noche.
Adriano
Bien, avísalo de que iré a su casa a buscarte. Tengo muchas ganas de verte, nena. Esta semana se me ha hecho eterna.
Giulia
Y a mí.
Adriano
Me habría encantado haber ido hoy, pero me ha surgido un asunto familiar y no podré escaparme hasta mañana.
—Eh, piccola , ¿con quién estás hablando? —la voz de Alessandro me hace pegar un pequeño respingo y apagar rápido el teléfono antes de poder contestarle a Adriano.
Cuando levanto la mirada, veo a mi hermano prácticamente girado hacia mí en el asiento. Tiene el ceño fruncido y señala el móvil con la mano con la que sostiene una barrita energética de fresa.
—Es una amiga —le quito importancia.
—¿Siena Greco?
—Sí.
—¿Y por qué pones ojitos hablando con tu amiga?