Barone (Familias de la mafia 1) 9
25%

9

Giulia

Es el mejor fin de semana de mi vida, aunque no hayamos hecho ninguna de las cosas que había planeado para su visita.

No le he enseñado Roma ni lo he llevado a mis restaurantes favoritos; ni siquiera hemos salido a la calle.

Llevamos dos días metidos en casa follando, conociéndonos, comiendo todo lo que Adriano cocina para mí.

Y, joder, reconozco que ha superado mis expectativas de un modo que aún no soy capaz de asimilar.

Después de tres años sin sexo, mi sequía ha acabado de forma apoteósica. Y con el tío bueno más impresionante del mundo, para más inri.

El domingo, a mediodía, después de que Adriano me lo haga en el suelo del salón como una bestia hambrienta, lo ayudo a recoger su ropa y guardarla de nuevo en el petate, porque en un rato tiene que marcharse de vuelta a Nápoles.

Vestida con unas mallas cortas y un top a juego, espero, apoyada en la puerta de mi dormitorio, a que termine de ponerse la americana.

Lo miro con una suave sonrisa en los labios, intentando parecer indiferente, aunque me da pena que tenga que irse.

He estado tan a gusto con él que me resisto a volver a la rutina.

Cuando termina de abotonarse la prenda, se cuelga el petate al hombro y se acerca con una sonrisa parecida a la mía.

Mis ojos se pasean por su rostro, memorizándolo.

No sé cuándo volveré a verlo, o si esta es la última vez.

Espero que no. Adriano se sitúa tan cerca que sus pantalones negros me rozan las piernas.

Su aroma llena mis fosas nasales. Esa mezcla de bergamota y sándalo tan característica en él.

Es demasiado intenso; esto no puede terminar aquí. Me niego.

Levanta una mano y me sujeta la barbilla para alzar mi rostro hacia el suyo. La desliza hacia mi nuca hasta que apoya la palma en mi cuello, tirando de mí para juntar nuestras bocas.

El primer roce me hace jadear. Es un beso tan ardiente y posesivo que tengo que agarrarme a su americana para no perder el equilibrio.

Adriano me muerde los labios, los chupa, los reclama, y yo respondo con las mismas ganas, dándole todo lo que me pide.

Con el otro brazo me rodea la cintura y me levanta en peso, aplastándome entre su cuerpo y la pared.

Cuando nos separamos, estamos jadeantes, muy cachondos y aguantando apenas las ganas de continuar.

—¿Me acompañas hasta la puerta, tentazione ? —pregunta con la voz oscura y gutural.

—Claro.

Sin embargo, no me suelta. Recorre conmigo en brazos el apartamento, sin dejar de besarme, y yo no aguanto la risa.

—¿De qué te ríes?

—Sé andar. Así parezco otra de tus pertenencias.

—Es que eres de mi propiedad.

—Sí, por supuesto —me burlo.

Él frena de golpe y me obliga a mirarlo de nuevo a los ojos antes de decir:

—Te has corrido en mi polla, así que eres mía, Giulia. Nadie más que yo va a tocarte.

—Si estás exigiendo fidelidad, más vale que sea recíproca, señor mafioso.

—La duda ofende, nena —asiente de inmediato.

Se me acelera el corazón. Ni siquiera sé qué contestar, porque acaba de resolver todas mis dudas en menos de dos frases.

Está interesado en mí y quiere que lo respete, que no me acerque a otros, porque él tampoco va a ver a otras mujeres.

¿Qué maravilla es esta? ¿Puede ser Adriano De Luca más perfecto de lo que ya es?

Estoy tan en shock que ni siquiera sé qué responder, así que digo lo primero que se me pasa por la cabeza, algo que no tiene nada que ver, por cierto:

—¿Dónde tienes el coche?

—Lo dejé en el aparcamiento subterráneo de la vía Val Pellice.

—Jura que llevarás cuidado de regreso a Nápoles.

—Prometo que llegaré de una pieza. —Me da otro beso antes de dejarme en el suelo, frente a la puerta de la entrada—. Te llamaré cuando esté allí y cada vez que tenga un hueco esta semana.

—Vale.

—Tienes mi número. Úsalo. Esto también debe de ser recíproco, tentazione .

—Lo será —aseguro con una sonrisilla ilusionada en los labios.

Adriano asiente complacido y junta de nuevo nuestras bocas en otro beso intenso que me hace temblar.

—El próximo fin de semana no hagas planes —susurra contra mis labios—. Vendré a verte.

—No los haré, te esper… —Dejo de hablar a mitad de la frase cuando me acuerdo de algo. Entonces, me llevo una mano a la frente y maldigo en voz baja—: Mierda. El próximo fin de semana será imposible.

—¿Por qué? —Frunce el ceño.

—Estaré en la casa de mi padre. Le prometí que pasaría con la familia un par de semanas.

—Un par de semanas —repite. Después niega con la cabeza—.

No voy a estar un par de semanas sin verte, Giulia.

Ni de coña. —Se muerde la comisura de los labios, pensativo—.

El sábado, cuando termine con mi trabajo, te llamaré y te raptaré de la casa de tu padre un par de días.

Avísalo, porque tendrá que compartirte conmigo. En esto no estoy dispuesto a negociar.

◆◆◆

La última semana lectiva termina en un abrir y cerrar de ojos.

Las notas de los niños ya están en la plataforma del colegio, en manos del jefe de estudios, así que, estos últimos cinco días, durante las horas de clase, no hacemos nada más que jugar y practicar con los instrumentos.

Voy a echarlos de menos. Es muy probable que no vuelva a verlos.

No sé en qué colegio trabajaré tras las vacaciones.

Hasta la fecha, he sido suplente. Y, por el momento, a menos que salga un concurso público y consiga plaza fija, seguiré siéndolo.

Pero me lo tomo con filosofía. Es eso o tirarme por un puente.

Y yo no soy de las que aman los deportes de riesgo.

Ya me parece peligroso andar por casa con el suelo recién fregado, así que figúrate.

Además, estoy contenta. Bueno, más bien eufórica, gracias a cierto mafioso que ha cumplido su palabra de seguir llamándome todos los días.

Adriano y yo hablamos cada noche. Y alguna tarde.

Siempre hay algo que me recuerda a él, pero intento no escribirle mucho para no molestarlo mientras se ocupa de sus tareas de gánster, que no sé cuáles son.

Y prefiero no saberlas. Mis chacras alineados y mi salud mental me lo agradecen.

Lo que sí tengo son muchas ganas de volver a verlo.

Por videollamada no es lo mismo, aunque nos pongamos calentorros y acabemos masturbándonos a distancia antes de dormir.

Me falta tocarlo. Tener sus labios pegados a mí.

Hablar y tontear mientras comemos sentados en el sofá algo delicioso que haya cocinado.

Creo que me estoy ilusionando. Nunca había sentido esto por ninguno de los tíos con los que he salido hasta la fecha.

Y eso que a Adriano lo conozco mucho menos tiempo que a ellos.

El jueves por la noche, como manda la tradición, quedo con Siena en la cafetería que hay cerca de su casa para ponernos al día de nuestra semana y quejarnos de todo sin ser juzgadas por nadie.

Cuando llego, mi amiga aún no está sentada en la mesa que siempre solemos ocupar, así que le pido un par de cócteles al camarero y la espero dando unos sorbos a mi bebida.

Dejo el vaso en la mesa y una sonrisilla divertida curva mis labios cuando se me ocurre algo.

Saco el móvil, le hago una foto al cóctel y se la envío a Adriano sin texto.

Antes de bloquear el teléfono, ya me ha contestado.

Adriano

¿Has quedado con Siena?

Giulia

Hoy toca noche de chicas.

Adriano

Cuidado con la bebida. No estoy allí para quitarte a los babosos de encima.

Giulia

Aunque hubiera alguno por aquí, yo solo tengo ojos para cierto napolitano que cocina como los ángeles.

Giulia

En fin, solo quería avisarte de que, posiblemente, esta noche, cuando hablemos por teléfono, me notes mucho más cariñosa. Cuando bebo me pongo muy cachonda, sobre todo si pienso en ti.

Adriano empieza a escribir. En la pantalla se ven los tres puntitos, pero su mensaje no termina nunca de llegar. Hasta que…

Adriano

Joder.

Adriano:

Mierda.

Adriano

Estoy demasiado lejos, nena.

Giulia

Tendremos que conformarnos con decirnos guarradas por videollamada.

Adriano

¿Llevas escote? Mándame una foto.

Giulia

¿Has terminado de trabajar?

Adriano

No, pero quiero saludar a mis tetas. El trabajo puede esperar.

—¡Pero qué sonriente estás, Giulietta! —La voz de Siena me interrumpe antes de poder responder. Mi amiga me da un beso en la mejilla y toma asiento en la silla de enfrente. Luego le da un gran trago a la copa que he pedido para ella—. ¡Dios, cómo necesitaba esto!

Me despido de Adriano mucho más rápido de lo que me gustaría y dejo el teléfono sobre la mesa para prestarle atención a la recién llegada.

Siena va vestida con unos pantalones de ganchillo blanco y un top a juego que le queda de vicio.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta y unas gafas de sol sobre la cabeza, a pesar de que es de noche. Está estupenda, como siempre.

—¿Mucho lío en el taller? —le pregunto, dando otro trago a mi cóctel—. Es raro que tú llegues tarde a nuestra cita de los jueves.

—Ha sido un día de mierda. Mi madre no deja de meter las narices en la nueva colección. No acepta que está jubilada. —Resopla—. A veces lo mandaría todo a pastar y montaría mi propia firma de joyería. Pero luego recuerdo que sin el apellido Greco no me comería ni un colín, y se me pasa.

—Problemas del primer mundo.

—En fin, no quiero hablar más de trabajo. —Suspira y apoya la espalda en el asiento de su silla. Después sonríe—. La que tiene que cantar como un pajarito sobre lo de este fin de semana eres tú.

—Ya hablamos el lunes por teléfono, y el martes. ¿Qué más quieres saber?

—¡Todo, Giulia! ¡Quiero saberlo todo, con pelos y señales! ¡Con muchos pero muchos pelos! Sé patriótica con las pobres mujeres como yo que nunca cataremos a un espécimen como él.

—¡Pero si te follaste a su amigo!

—Sí, bueno, quien no conoce a Dios a cualquier santo le reza.

—¡Siena! —Me echo a reír.

—A ver, que no digo que Lorenzo follase mal.

—¡Regresaste al hotel alucinando!

—Estuvo de vicio para deshacerme del estrés, pero visto desde la distancia, fueron unos polvos bastante mejorables. —Levanta la mano para pedirle al camarero otros dos cócteles, aunque no me quita los ojos de encima—. ¿Y bien?

—Fue perfecto.

—¿ Perfecto significa que te la metió por todos los agujeros habidos y por haber?

—Eres muy burra. —Pongo los ojos en blanco, pero una sonrisa traicionera curva mis labios antes de continuar—: Adriano es increíble, Siena. Educado, simpático, atento…

—Y dime que, además de eso, el sexo se le da de muerte. Por favor. Por favor. Por favor.

Sonrío porque no tiene remedio.

—Se le da de muerte.

—¡Lo sabía! ¡Te ha reventado a polvos y ha sido la hostia!

—¡Shhh! —Miro hacia todos los lados con las mejillas teñidas de un rojo delator.

—Relájate. No me ha escuchado nadie.

—Claro, aparte de mí y de media Roma, nadie más.

—Recapitulando: has pasado todo el fin de semana sin bragas y ese hombretón ha limpiado las telarañas de tu hambriento conejito.

—¿Cómo es posible que en tu boca suene tan sórdido?

—Pornográfico, no sórdido. —Me guiña un ojo—. ¿Cómo te sientes después de haber sido su juguete sexual? Yo estaría eufórica. Da igual que no vuelvas a verlo en la vida; esto es algo que toda mujer debería incluir en sus memorias.

—Sería una buena historia. —Sonrío—. La cuestión es que sí vamos a volver a vernos.

La mandíbula de Siena cae estrepitosamente por el asombro. No sé qué me hace más gracia, su cara de estupor o que acaba de derramar medio cóctel.

—Repite eso ahora mismo. Creo que la conmoción me ha hecho sufrir un fallo renal o algo así.

Otra carcajada escapa de mi garganta. No hay nadie más dramática que Siena Greco.

—Adriano y yo nos divertimos juntos y funcionamos en la cama. No hay nada de raro en que él quiera seguir viéndome, ¿no?

—¡Y encima fue idea suya! ¡Vaya jodida suerte tienes! ¡Si soplases una vela, se te cumpliría hasta lo que no has pedido!

—Yo todavía alucino cada vez que me llama —le doy la razón y me retuerzo las manos al pensar en él, notando ese inquieto nerviosismo que Adriano De Luca despierta en mí desde que lo conocí—. No sé. Creo que me gusta mucho.

—¿Y a quién no?

—¿Es normal que esté ilusionándome a pesar de conocerlo menos de dos semanas?

—No lo sé, ¿cómo de grande tiene la polla?

—¡Siena, que estoy hablando en serio!

—Y yo, y yo. Es directamente proporcional.

Abro la boca para responder; sin embargo, mi teléfono vuelve a sonar. Cuando lo cojo de la mesa y veo que es un mensaje de Adriano, un estremecimiento me recorre entera.

Adriano

Sigo esperando la foto de mis tetas, tentazione.

Aprieto los labios para no reír y niego con la cabeza, apagando el teléfono sin contestar. Al levantar de nuevo la mirada, descubro a Siena mirándome con los labios curvados en una sonrisa.

—¿Era él?

—Sí.

—¿Te estás ilusionando de verdad, Giulia?

—Creo que sí —acepto, dándome cuenta de que, en realidad, me da miedo sentir esto.

—Y él también está encoñándose, por lo que parece.

—No lo sé. Ojalá.

—Te llama todos los días, os mandáis mensajes a todas horas, va a volver a Roma para verte. Blanco y en botella, ¿no crees?

—Bueno, en realidad no podremos vernos aquí. Mañana vienen mis hermanos para llevarme a Bari con mi padre.

—Ah, joder, es verdad. —Frunce el ceño y me mira solemne—. ¿Él sabe quién es tu familia?

—No, pero se lo diré cuando volvamos a vernos.

—Espera, espera, ¿pretendes verte con Adriano en Bari? ¿En la misma boca del lobo?

—Aún no lo sé. Tengo que hablar antes con él.

—No creo que a Riccardo Barone le guste que otro tío al que no conoce de nada vaya tras su hija, y mucho menos encontrárselo en su propia casa.

—Pues que se aguante. Ya va siendo hora de ponerme firme con este tema. Tengo veinticuatro años. Más le vale no meter las narices en mi vida, porque si vuelve a hacerlo, si amenaza a Adriano y consigue que se aleje de mí, regresaré a Roma. Cortaré mi relación con él y con los Barone para siempre.