Barone (Familias de la mafia 1) 8 #2
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Se deshace de su camisa, consiguiendo que varios botones salten a nuestro alrededor.

Su torso moreno y musculoso aparece ante mis ojos.

Los tatuajes de su cuello continúan por sus pectorales y acaban en las costillas.

No puede ser más perfecto. Cierro los ojos y gimo desesperada cuando se lanza a mis pechos, apoderándose de uno de mis pezones, luego del otro.

Los chupa con tantas ansias que se me escapa un grito de puro placer animal.

—Voy a marcarte, Giulia. Quiero dejarte los dientes tatuados en la piel.

Ni siquiera me da tiempo a responder cuando hunde sus dientes alrededor de mi pezón, logrando que me retuerza bajo su cuerpo y contenga el aliento por el escozor.

Sí que duele, pero también noto cómo un ardiente mar me empapa las bragas.

Luego apoya una mano en la cinturilla de mi falda vaquera.

Desabrocha el botón y tira un poco hacia abajo, llevándose las bragas con él.

—¿Quieres que me detenga? —susurra contra mis labios antes de continuar.

—Sigue —le suplico al tiempo que me retuerzo bajo su cuerpo.

Mientras me desnuda, yo hago lo mismo con sus pantalones.

Suelto los botones y los empujo hasta que se queda en bóxers.

Contra la fina tela, un enorme bulto que no me aguanto a tocar.

Al sentir mis dedos en su polla, se le dilatan las fosas nasales y su mandíbula se tensa.

Dios, me encanta que un solo roce lo haga reaccionar de ese modo.

Me hace sentir preciosa, muy deseada. La adrenalina corre por mis venas, mi piel se eriza con cada pequeño contacto; es una maldita locura.

Sé que está luchando por no perder el control, pero quiero que lo haga.

Quiero que se vuelva loco, que me folle como nunca me han follado antes.

—No te atrevas a contenerte —susurro mientras sigo acariciando su polla sobre los calzoncillos—. Lo necesito todo. Hazme lo que quieras.

—¿Sabes lo que estás diciendo? No quiero hacerte daño.

—Si no puedo soportarlo, te pediré que pares.

Una sonrisa tensa y muy oscura aparece en sus labios al tiempo que agarra mis tobillos y me arrastra hasta el borde del sofá.

Entonces, entierra la cara en mi coño y me devora con tantas ansias como lo hizo en mi cama, como si quisiera comerme.

Echo la cabeza hacia atrás y abro la boca en un gemido sordo, al tiempo que me masajeo los pechos intentando calmar el fuego que me abrasa.

Sujeta mis caderas con firmeza mientras me succiona el clítoris. Tengo las piernas apoyadas en sus hombros. Me retuerzo, gimo perdiendo el control por completo. Y cuando desliza un par de dedos en mi interior, me corro de forma violenta y repentina.

—¡Oh, Adriano! —grito en medio de la explosión de placer.

Sigue comiéndome a pesar de mi orgasmo. Se lleva una mano a los bóxers y libera su polla, que es enorme, gruesa y venosa.

Me muerdo los labios al verla al fin. De ella asoma una pequeña gota de líquido preseminal que me muero por lamer, pero lo que de verdad llama mi atención son dos bolitas metálicas que atraviesan su glande de manera horizontal.

Tiene un piercing . Qué fantasía, joder.

Salvo en fotos, nunca he visto una perforación genital tan de cerca. Al darse cuenta de la curiosidad que me produce, Adriano sonríe y empieza a masturbarse lento.

—¿Te gusta?

—Sí. —Vuelvo a acariciarme las tetas, sin dejar de mirar—. ¿Así es más placentero para ti?

—Se siente más intenso.

—¿Puedo?

—¿Quieres tocarlo?

—No. —Sonrío—. Chupártela.

Mi respuesta logra que deje de masturbarse y me mire con una intensidad abrumadora. Su respiración se torna errática.

—¿Es lo que deseas, tentazione ?

—Mucho.

Se incorpora del suelo y apoya los brazos en el respaldo del sofá, de tal forma que su polla queda a la altura de mi boca.

Es la primera vez que hago esto y la verdad es que estoy tan caliente que ni siquiera me preocupo por si sabré mamársela bien.

Abarco su miembro con una mano y comienzo a masturbarlo lento, mientras me relamo los labios.

Lo primero que chupo es esa deliciosa gotita de líquido que asoma por la pequeña abertura, logrando que él se estremezca y apriete los labios en señal de contención.

Después, doy suaves besitos en su glande y paseo mis labios por la suave piel hasta que me la meto en la boca despacio.

El contraste de su suavidad con la dureza del piercing es increíble al tacto de mi lengua.

Adriano me sujeta con fuerza el pelo y tira de él, animándome a comérsela hasta el fondo.

—Así, nena, joder…

Cierra los ojos y gime entre dientes. Luego, me agarra más fuerte del cabello y toma impulso para empezar a follarme la boca a una velocidad ascendente.

Lo miro desde abajo y lo que veo me excita demasiado.

Un gigante musculoso de rostro sexi que parece a punto de correrse mientras le chupo la polla con todas mis ganas.

—Me estás volviendo loco, Giulia —gruñe con fuerza y aumenta la fuerza de sus embestidas hasta que doy una pequeña arcada. Pero en lugar de pedirle que pare, me llevo una mano a mi sexo y empiezo a masturbarme mientras llevo a Adriano cada vez más alto.

Tras un nuevo gemido, frena de golpe y saca la polla de mi boca, dejándome con ganas, huérfana. Desciende por el sofá y me devora los labios con un hambre desmedida.

—Luego te exigiré que vuelvas a comérmela. Te lo tragarás todo, hasta la última gota. Pero ahora… quiero tu coño.

Alarga la mano hasta sus pantalones y de ellos saca un condón debidamente cerrado. Cuando me lo muestra, nos sonreímos. Me muerdo el labio inferior por lo sexi que me parece que lo abra con los dientes y se lo ponga con una sola mano.

Al penetrarme, ambos contenemos el aliento, disfrutando de la increíble fricción de nuestra carne. Me agarro con fuerza a sus brazos y gimo cuando llega al fondo de mi conducto, tras un fuerte empujón.

—Sabía que serías tan jodidamente dulce, Giulia —me susurra al oído. Después, me muerde el lóbulo, haciéndome estremecer—. ¿Estás bien? ¿Quieres que pare?

Niego rotundamente con la cabeza.

—Sigue.

Entonces me folla con fuerza. Profundamente.

Se hunde sin control en mi interior, como si su vida dependiese de ello.

Con cada penetración nuestros jadeos llenan el salón con su musical sonido.

Me siento empalada. Tan llena de él que no soy capaz de moverme.

No puedo. Es demasiado grueso, demasiado bueno.

Adriano bombea contra mí como una bestia salvaje.

Sus embestidas son una mezcla de placer y dolor que me hacen subir al cielo y caer a plomo después.

Mis pechos se agitan arriba y abajo, bambolean por la fuerza con la que se mece contra mí.

Se me tensa el estómago al notar que estoy a punto de correrme otra vez.

Nuestros cuerpos están sudorosos. La piel de Adriano brilla bajo la luz de la lámpara.

Es un espectáculo. Mis pulmones arden, pero no quiero que pare.

Noto cómo me agarra el culo con una mano para darse más impulso.

Fiero, casi despiadado, me folla sin medida.

Finalmente, ya no aguanto más. Arqueo la espalda sobre el sofá y mis gritos resuenan a nuestro alrededor cuando otro orgasmo me barre de forma apoteósica.

Él se corre poco después, y sus profundos gemidos me erizan la piel.

Su polla convulsiona dentro de mí. Tiene los latidos desbocados y respira de forma irregular contra mi cuello.

Se deja caer al relajarse tras el orgasmo.

Pesa, pero es tan agradable que me quedaría así para siempre.

Unos minutos más tarde, nos quedamos dormidos.