8
Giulia
Cenamos en el sofá, frente al televisor, pero ignoramos la película que se reproduce. No hemos dejado de hablar y tontear desde que lo descubrí en mi cocina. Y reconozco que cada palabra que sale de su boca me gusta más que la anterior.
Adriano, además de estar buenísimo y comer coños como un actor porno, es un hombre inteligente, culto, que está pendiente de mí en todo momento.
Tiene una boca que haría combustionar al volcán más extinto del planeta.
Me resulta increíble que solo nos conozcamos una semana.
Es tan fácil hablar con él que tengo la impresión de que podría seguir haciéndolo siglos y no cansarme.
A veces, no nos aguantamos las ganas y empezamos a enrollarnos a lo bestia, a tocarnos, a frotarnos sobre el sofá como unos quinceañeros salidos.
Olvidamos por completo que tenemos los platos en las manos hasta que algún trozo de carne acaba en el suelo.
Sé que mis bragas no llegarán sanas y salvas hasta la noche.
Acabarán desintegrándose por lo caliente que estoy.
Después de separarnos, tras otro intenso beso, me muerdo el labio inferior y lo veo resoplar, aguantándose las ganas. Adriano deja el plato sobre la mesa y apura el vino de su vaso. En realidad, yo tampoco tengo más hambre.
Lo que me apetece es comérmelo a él. Entero. A bocados. A pesar de no haber tenido ni una cita formal. De ser un casi desconocido para mí.
—Y… bueno —comienzo a decir, intentando enfriar un poco el ambiente—. No sé qué edad tienes.
—Treinta y tres. —Su voz es oscura, casi gutural por las ganas contenidas.
—Nueve más que yo.
—¿Supone eso algún problema para ti?
—Ninguno. ¿Cuál es tu apellido?
—De Luca.
—Adriano De Luca. Me gusta. Suena aristocrático.
—Uno de mis tatarabuelos fue conde.
—Mmm… Así que estoy hablando con la nobleza.
—No, qué va. El título se lo quedó la otra rama de la familia. La mía solo conserva una propiedad en ruinas en Bitetto.
Me cruzo de brazos y asiento antes de responder:
—Según mi tía, los Fabbri venimos de familia ganadera. Nuestros antepasados tenían una granja en las afueras de la ciudad, pero se quedaron sin ella cuando Roma creció hacia el oeste. Se la expropiaron.
—Qué mala suerte.
—Sí, bueno, no me veo criando vacas, así que…
Adriano se echa a reír y sus carcajadas resuenan por todo el salón.
Es la risa más varonil y bonita que he escuchado nunca.
Aunque me temo que ya no soy imparcial. Todo lo que tiene que ver con él me fascina.
Cuando termina de reír, se queda mirándome a los ojos en silencio y acerca sus labios para besarme de nuevo con una intensidad que me desarma.
Enreda los brazos alrededor de mi cintura, me pega a su torso mientras me devora.
—Mmm… Parece que te han gustado mis raíces humildes, señor mafioso.
Adriano vuelve a sonreír y asiente.
—Me fascinan.
—Entonces, vas a correrte cuando te diga que un hermano de mi abuelo fue zapatero ambulante.
—Es lo que me faltaba por saber para pedirte matrimonio, tentazione .
—¿Sin un título nobiliario en tu rama de la familia? Ni lo sueñes. Mi padre no dejaría que pisases a dos kilómetros de distancia de su casa.
Él no deja de sonreír. Sus ojos oscuros brillan por la diversión, se le nota relajado, a gusto a mi lado. Pero tras mirarme varios segundos más, su expresión cambia, se vuelve más intensa. Acaricia mi mejilla con una mano y me agarra por la barbilla para que lo mire a los ojos.
—Entonces tendré que hablar personalmente con mi futuro suegro para asegurarle que soy un buen partido.
—Te deseo suerte. Es un hueso duro de roer.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Riccardo.
—Riccardo Fabbri —dice pensativo.
No lo saco de su error. Por el momento, quiero dejar a los Barone a un lado.
Mi padre me aseguró que tienen una relación cordial con la Camorra, pero no quiero que Adriano me juzgue por un apellido que ni siquiera utilizo.
Deseo que me valore por quien soy de verdad: Giulia.
Una chica normal con una vida y un trabajo normal.
Ya habrá tiempo de hablar sobre familias y mafia cuando llegue la ocasión.
—¿A qué se dedica tu padre?
—Es… empresario —respondo intentando sonar natural.
—¿De qué tipo?
—Eeeh…, pues toca varios sectores. —Se me acaba de secar la boca. Joder, no quiero mentirle—. Sobre todo, se dedica al ocio. Salas de juegos, entretenimiento…
—¿Y le va bien?
—Lleva toda la vida en eso, así que, supongo que sí.
—Mi tentazione es la heredera de un imperio. —Sonríe.
—No soy la heredera de nada. Tengo dos hermanos mayores. Ellos se ocuparán de los negocios cuando mi padre no esté.
—A ti te corresponde una parte, por derecho.
—Es complicado. —Sobre todo porque ni siquiera figuro legalmente entre los hijos de Riccardo Barone—. Además, me encanta ser maestra. No tengo ningún interés en eso.
—¿De verdad?
—Me gusta mi vida, prefiero las cosas sencillas. —Adriano asiente, aunque puedo percibir que frunce el ceño, pensativo—. Bueno, ¿y qué hay de la familia De Luca? ¿A qué negocios turbios os dedicáis?
Se encoge de hombros.
—Es algo parecido a lo de tu padre, pero también vigilamos el transporte marítimo.
—¿Vuestro territorio es Nápoles o abarcáis alguno más?
—Alguno más.
—¿Dónde?
—Eso no es importante ahora. Cambiemos de tema.
—¿No quieres contestar? —Me quedo un poco extrañada.
—Prefiero que hablemos de otras cosas, Giulia. Mi vida no es tan sencilla como la tuya. No quiero asustarte. Centrémonos en nosotros, por el momento.
Yo también lo prefiero. Y me parece muy tierno que Adriano no quiera asustarme con los negocios de los De Luca.
Si él supiera quién es mi familia… Los Barone son conocidos en Puglia por ser los cabrones más violentos y despiadados de la región.
Soy yo quien debería cuidar lo que digo para no acojonarlo.
—Bien, cambiemos de tema —asiento con una naciente sonrisa en los labios—. Háblame de tus exnovias.
—Ese tema tampoco me gusta —bufa.
—Te aguantas, señor mafioso. Quiero una respuesta.
—Te llevarías una decepción.
—Me arriesgaré —insisto tras darle un último trago a mi copa de vino—. Háblame de cómo es Adriano De Luca en pareja.
—No he tenido parejas, tentazione .
—¡Venga ya!
—Nunca me ha interesado lo suficiente ninguna mujer como para comprometerme a serle fiel y dejar de ver a otras.
—Joder, ¿en serio? —Frunzo los labios en un mohín de sorpresa.
—Ya te he dicho que te ibas a decepcionar.
—No, no es decepción. Es… no sé.
—Cuando me ha gustado una mujer, me la he follado y he seguido con mi vida.
—Creo que necesito más vino.
Adriano sonríe y me agarra el brazo para subirme a horcajadas sobre su regazo. De esta forma, nuestros ojos están a la misma altura y noto apretada contra mi ingle su erección.
—¿Y tú, Giulia? ¿Cuántos gilipollas han perdido el tiempo intentando conquistarte?
—Cinco. —Me quedo pensando—. No, seis, contando a Domenico.
—Tiene nombre de ser un puto perdedor.
—Era una buena persona.
—¿Vive en Roma? ¿Cerca de aquí?
—¿Vas a cargártelo para asegurarte de que no se me acerca? —Bufo, poniendo los ojos en blanco. Pero una sonrisilla tensa en sus labios me basta para comprender que es justo lo que está pensando—. ¡Adriano, ni se te ocurra!
—¿Hasta dónde llegaste con él?
—Solo fueron un par de besos de nada.
—Entonces solo serán un par de disparos de nada.
—¡Vete a la mierda! —Intento quitarme de encima, pero él me rodea por la cintura y me lo impide—. Ya no quiero hablar de este tema.
—Ahora al que le interesa es a mí.
—¿Para qué molestarte? Lo nuestro va a ser otro de tus polvos sin importancia.
—Es la primera vez que viajo cinco horas para ver a una mujer.
—Me alegro por ti, has desbloqueado un nuevo nivel. Enhorabuena.
Trato de soltarme de su agarre. Lo empujo para poder tomar asiento a una distancia prudencial; sin embargo, Adriano enreda una mano en mi pelo y tira hasta que nuestros rostros están demasiado cerca. Tanto que su aliento choca con mis labios.
—Giulia —susurra con una oscuridad en la voz que me encanta—. Me gustas mucho. Cuando te descubrí en la galería Umberto, supe que haría cualquier cosa por volver a verte.
—Ya me has visto —respondo, intentando hacerme la dura.
—Quiero más. Con este fin de semana no será suficiente.
Llevo una puta semana pensando en ti. Deseando tener un maldito hueco libre para hablar contigo por teléfono, para escuchar tu voz.
—Roza mis labios con los suyos y gimo sin poder evitarlo—.
Me he pajeado más desde que te conozco que en toda mi vida.
Recordaba tu cara, tu olor, tu sonrisa. El sabor de tus labios me pone la polla como una piedra, tentazione .
—¿Estás… estás queriendo decir que esto es diferente para ti?
—Diferente. —Me besa con suavidad—. Especial. —Lame mis labios—. Muy fuerte.
Esta vez soy yo la que no aguanta y se lanza a su boca con una intensidad demoledora.
Adriano responde al instante con el mismo ardor.
Sujeta mi cabeza firme con la mano que todavía tiene enredada en mi cabello y la otra apoyada en mi mandíbula.
Me mete la lengua hasta el fondo, exigiendo más, haciéndome estremecer de excitación.
Si me quedaba alguna duda con él, ya no la hay.
Sé que está diciéndome la verdad, que él también siente esto tan potente entre ambos.
Tras morderme la comisura de los labios, lo escucho rugir de un modo tan erótico que mi cuerpo tiembla entre sus brazos.
Me empuja sobre el sofá, hasta tenerme recostada, con su cuerpo pegado al mío.
Comienza a acariciarme las tetas, pero el top le imposibilita entrar en contacto con mi piel, así que desgarra la tela, dejando a la vista mis pezones rígidos.